El corazón de las montañas (Serie Legado 3) Epílogo
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Epílogo

W alter sacó la cadena de oro del bolsillo y miró su reloj justo cuando el agudo silbido de un tren atravesó el bosque.

—Justo a tiempo —murmuró, con una lenta sonrisa de expectación en el rostro.

El clic constante de las ruedas sobre las vías de acero llegó a sus oídos, y accionó el freno del vagón y se bajó. Se dirigió tranquilamente hacia el andén, esperando con impaciencia ver por primera vez la línea Burlington Northern y a los ocupantes que transportaba, tan queridos para su corazón.

Los sonidos se hicieron más intensos y luego se transformaron en un chirrido agudo cuando el tren comenzó a detenerse. El silbido volvió a resonar cuando la locomotora tomó la curva y se dirigió hacia ellos.

—Es una belleza, ¿verdad? —comentó el hombre que estaba a su lado.

Walter asintió, aunque seguía inquieto ante la posibilidad de que la llegada del ferrocarril a las Colinas acabara por destruir la belleza intacta de la naturaleza. La locomotora pasó traqueteando junto a ellos, y luego desfilaron dos vagones más antes de que el tren se detuviera por completo.

Walter se acercó a los vagones de pasajeros. Habían sido tres largos meses y estaba deseando volver a ver a Rowland, Ellie y Ethan, sin olvidar a la nueva incorporación a la familia.

Ellie fue la primera en reconocerlo. Se detuvo en la puerta, con una mano protegiéndose el rostro mientras escudriñaba la multitud.

—¡Walter!

Bajó los escalones apresuradamente y se lanzó a sus brazos.

—¡Qué alegría verte! ¡Ya estamos en casa! —exclamó sin darle tiempo a responder—. ¿Dónde está Pearl?

Walter soltó una carcajada y se apartó del abrazo.

—La dejé en tu casa. Quería asegurarse de tener una buena comida preparada para ti.

Alzó la vista hacia Rowland, que descendía del tren con más cuidado que su esposa, con un bulto rosado en los brazos.

—Pearl y yo estábamos deseando veros… y sobre todo a la pequeña —añadió mientras se quitaba el sombrero y lo hacía girar entre las manos.

Rowland se acercó a ellos.

—Walter, me alegra verte. Gracias por venir a recogernos.

Dio un paso adelante y le dio una palmada en la espalda.

—No he venido hasta aquí para ver tu fea cara —replicó Walter con buen humor—. Quiero echarle un vistazo a tu hija.

—Bueno, aquí la tienes.

Rowland apartó la manta y dejó al descubierto al bebé.

—Walter Whitford, te presento a Jennifer Lynn MacRae. La llamamos Jenny.

—Parece una muñeca —susurró Walter, inclinándose con reverencia para observarla mejor.

Rowland dejó escapar una risa.

—No es ninguna muñeca cuando dan las nueve de la noche, créeme.

Como si quisiera corroborarlo, Jenny bostezó y, al abrir los ojos y descubrir al desconocido tan cerca, rompió a llorar.

—Déjame cogerla —pidió Ellie.

Rowland depositó a la niña en sus brazos.

—Tranquila, tranquila… —la calmó Ellie.

—¿Dónde está Ethan? —inquirió Walter de pronto, con un deje de preocupación.

—Aquí —respondió el niño, y Ellie y Rowland se apartaron para dejarle paso.

—¿Quién ha dicho eso? —preguntó Walter, entre sorprendido y divertido.

—Yo —afirmó Ethan, mirándolo.

—Mis… piernas… han… mejorado —añadió mientras avanzaba con ayuda del andador—. Este… es… el abuelo.

Los ojos de Walter pasaron del muchacho al hombre que estaba junto a él.

—Walter, este es mi padre, Daniel Kristensen —explicó Ellie—. Papá, te presento a Walter Whitford. Él y Pearl son dos de nuestros amigos más queridos.

—Sus únicos amigos —apostilló Walter con sorna.

—Eso también —convino Ellie entre risas—. Pero compensan con creces la falta de otras familias en la zona.

Inclinó la cabeza hacia atrás, mirando más allá de su padre hacia los altos pinos.

—¿No es exactamente como te lo describí? Respira hondo y huele el aire del bosque.

Cerró los ojos, obedeciendo su propia sugerencia.

—Es precioso.

Una sonrisa serena iluminó su rostro al volver a abrirlos.

—Vamos. No creo que pueda aguantar ni un minuto más esperando. No hay nada que desee más que subir el camino hasta nuestra casa, entrar y sentarme en nuestra propia mesa.

—Y dormir en nuestra propia cama —murmuró Rowland en voz baja.

Walter le lanzó una mirada de reojo.

—La carreta está justo ahí. Vamos a por los baúles.

—Ellie, ¿por qué no os adelantáis tú y tu padre con los niños? —propuso Rowland—. Walter y yo iremos con las cosas en un momento.

—Gracias, cariño.

Se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.

—Es maravilloso estar en casa. No volveremos a irnos nunca más —prometió—. El próximo bebé nacerá aquí mismo.

—¿El próximo bebé? —repitió su padre con cierta brusquedad.

Ellie no respondió; se limitó a dedicarle a Rowland una sonrisa tímida.

Él le devolvió un guiño antes de volverse hacia el tren. Ellie, su padre y Ethan desaparecieron entre la multitud.

—Veo que nada ha cambiado —observó Walter—. Lleváis un año y medio casados, sois padres de dos niños y seguís comportándoos como un par de enamorados. No podéis dejar de miraros.

—¿Puedes culparme? —replicó Rowland.

Al reconocer sus baúles en el andén, tomó el más grande y dejó el otro a Walter.

—Bueno —continuó este mientras se lo echaba al hombro—, todo ha salido tal como esperabas. La cama de trineo llegó la semana pasada. Combina perfectamente con la cuna, y Pearl ha terminado ambas colchas.

—Te debo una, amigo.

Rowland sonrió al imaginar los cambios en la habitación de arriba. A partir de ahora, para sus hijos sería un lugar de recuerdos únicamente felices. Caminaron hacia la carreta, y Rowland comprobó con satisfacción que Ellie estaba sentada delante, con Jenny en brazos.

Estaban en casa, en aquellas colinas que él tanto amaba. Era su rancho…

Ellie se volvió hacia él en ese instante. Se había quitado la cofia y retiraba las horquillas, dejando caer el cabello libre sobre su espalda. Lo miró y sonrió.

A Rowland se le encogió el corazón. La Ellie de Boston había desaparecido. Su Ellie había vuelto.

—Te amo. articuló en silencio.

Ella asintió.

Te amo, Ellie , pensó. Para siempre.