El corazón de las montañas (Serie Legado 3)
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Capítulo
A bordo del Ferrocarril Central del Pacífico.
F orajidos... por favor, Dios. No dejes que me elijan a mí.
Elinor Grace Kristensen susurró la plegaria para sí misma mientras bajaba la mirada hacia los nudillos blancos que apretaban las asas de la maleta que tenía en el regazo.
Una gota de sudor le resbalaba por la mejilla, pero resistió el impulso de levantar la mano siquiera para secársela.
El calor era sofocante —sobre todo ahora que el tren se había detenido—, pero no se atrevía a moverse en absoluto por miedo a que alguno de los bandidos se fijara en ella.
Mantuvo la mirada baja, moviendo los ojos solo lo suficiente para mirar por la ventana en busca de alguna señal de la ley o de un pueblo cercano.
No vio nada más que la hierba aplastada de las praderas de Nebraska, y recordó que el revisor había dicho que sería casi de noche antes de que llegaran a la siguiente parada.
El anochecer. Se estremeció de miedo y luego enderezó la espalda, conteniendo la respiración mientras otro par de botas de vaquero polvorientas pasaba junto a su asiento.
Gracias a Dios no estaba sentada junto al pasillo.
La idea de que uno de esos hombres terribles la tocara —aunque fuera sin querer al pasar— le resultaba espantosa.
Sintió una punzada de culpa por la dulce anciana que tenía al lado y que le había ofrecido el asiento de la ventana.
Pero, se consoló Elinor, al menos su compañera tenía una edad que la ponía a salvo de las insinuaciones lascivas de los hombres.
Elinor esperaba que ella también aparentara una edad que la mantuviera a salvo de esos hombres.
Por una vez, se sintió agradecida por el desagradable traje de lana marrón que llevaba.
Aparte de picarle y darle calor, sabía que hacía tiempo que había pasado de moda, y la cubría modestamente desde el cuello hasta las muñecas y los tobillos.
Seguramente los hombres estarían más interesados en las otras mujeres de aquel tren.
Se había fijado en muchas de ellas cuando subieron hacía dos días.
Sus elegantes peinados, bonitos sombreros y coloridos vestidos indicaban que se dirigían al oeste como novias o, posiblemente, incluso. .. No quería ni pensarlo.
Elinor tragó el nudo que se le había formado en la garganta seca. Era terrible por su parte imaginar tales cosas de aquellas mujeres simplemente porque eran atractivas. Ser guapas era su destino tanto como lo era el suyo ser fea. Y en ese momento, parecía que ella era la afortunada.
—Te quiero, cariño —retumbó una voz grave en algún lugar detrás de ella, seguida de los chillidos de la siguiente víctima elegida.
Elinor apretó con fuerza la bolsa de viaje hasta que la amable señora que tenía al lado se inclinó y le puso la mano encima.
—Todo irá bien. Se irán pronto —la tranquilizó la anciana—. Ya se han llevado a casi una docena.
—¿Una docena? —susurró Elinor, horrorizada—. Esas pobres chicas...
Su compañera asintió solemnemente y le apretó la mano.
—Pero te habrás dado cuenta —continuó la anciana, con tono de reproche— de que no todas protestan.
Elinor abrió mucho los ojos ante lo que insinuaba.
—No querrá decir que quieren...
Su susurro se detuvo cuando otro par de botas pasó lentamente junto a ellas.
—Date prisa, Rowland —gritó una voz de hombre desde la parte trasera del vagón—. Ya llevamos demasiado tiempo parados. Búscate una guapa, coge el oro y lárgate de este tren.
—Ya voy en un minuto. Y no quiero ninguna guapa —murmuró el hombre que estaba justo detrás de ella, dejando caer la última frase entre dientes.
Justo al pasar por delante de su asiento, se detuvo. Los dedos de la anciana apretaron los de ella.
—Tú. Mírame.
Elinor mantuvo la barbilla agachada, pero percibió un movimiento en el asiento de al lado.
—No tú, anciana. La que está a tu lado. Tú, morenita.
—No.
La negativa salió de la boca de Elinor antes de que tuviera tiempo de pensar. Un segundo después, oyó el inconfundible sonido de una pistola amartillándose.
—No creo haberte oído bien, muchacha.
Elinor levantó la cabeza y se volvió hacia el hombre.
Unos ojos azules la atravesaron, y percibió su ceño fruncido tras el pañuelo descolorido que le cubría la mayor parte del rostro.
El pelo rubio le salía en todas direcciones, y los músculos se tensaban bajo su camisa gastada y sucia.
Sintió que fruncía la nariz con disgusto al ver las manchas de sudor bajo sus axilas.
Junto con el terror absoluto que amenazaba con abrumarla, una sorprendente chispa de ira se encendió en lo más profundo de su ser. Se le sonrojó el rostro mientras él la evaluaba.
—¿Eres profesora?
—Sí. Me esperan en Sterling. Las clases empiezan el lunes por la mañana. Veintidós alumnos...
—Ya basta —la interrumpió él—. Servirás. Vamos.
Apuntó con su arma hacia el pasillo.
Elinor pensó que el corazón se le iba a salir del pecho.
—No. No puedo. Yo... yo...
Miró a la anciana.
—Viajo con mi abuela. Necesita mi ayuda...
Solo es una pequeña mentira, Señor. Y por mi seguridad, ya que no respondiste a esa última oración hace unos minutos.
—Mis disculpas, señora.
Para sorpresa de Elinor, el hombre se quitó el sombrero y asintió a su acompañante.
—Pero creo que ahora mismo necesito más a su nieta. Le deseo lo mejor en su viaje.
Se volvió a colocar el sombrero polvoriento en la cabeza y miró expectante a Elinor. Su tono hosco regresó.
—Vamos. No tengo todo el día.
Ella se encogió hacia la ventana, con un gemido escapándose de sus labios.
—Por favor, no haga esto. No soy ese tipo de mujer. Yo...
Una mano áspera se extendió y la sacó bruscamente del asiento.
—Ay, Dios mío... —exclamó la anciana mientras el hombre arrastraba a Elinor por encima de su regazo.
—Disculpen —añadió el secuestrador, todo cortesía y modales mientras apretaba su agarre.
Elinor se estremeció cuando sus dedos se le clavaron en el brazo.
La arrastró al pasillo justo cuando el tren se puso en marcha.
Su brazo la rodeó por la cintura, la pistola balanceándose frente a ellos, advirtiendo a cualquiera que intentara ayudar.
De todos modos, nadie parecía dispuesto a hacerlo.
Al parecer, Dios no tenía intención de salvarla. Elinor decidió que era ahora o nunca. Inclinando la cabeza, hincó los dientes en la mano de su captor.
Él gritó y retiró la mano de un tirón. La pistola cayó al suelo a sus pies, y ella la pateó con todas sus fuerzas, enviándola a rodar por el pasillo hacia la parte trasera del vagón.
El forajido soltó una retahíla de obscenidades en su oído, lo que reforzó la convicción de Elinor de que, a toda costa, tenía que escapar.
Levantando el pie, le dio un fuerte golpe con el talón en el dedo del pie, y luego se esforzó por zafarse de su agarre. Su otro brazo se agitaba en el aire mientras él intentaba sujetarlo también. Se retorció y gritó, tratando de alcanzar su rostro para poder usar las uñas.
—Ayúdenme —gritó—. Que alguien, por favor, me ayude.
Elinor se dio cuenta de que en su vagón, extrañamente, no había hombres —y casi tampoco mujeres, ahora que los forajidos se habían llevado a tantas—. Su única esperanza era su anterior compañera de asiento, que estaba rebuscando en la maleta abandonada de Elinor.
—Coge el diccionario —gritó Elinor—. Golpéale en la cabeza con él.
Siguió luchando, dando patadas inútiles mientras él la arrastraba hacia la puerta. Bajo sus pies sintió que el tren ganaba velocidad.
Finalmente logró sujetarle el otro brazo y se lo inmovilizó a la espalda mientras se agachaba para recoger su pistola y empujaba la puerta con el hombro.
Elinor bajó la vista hacia los raíles que se deslizaban a su lado.
¿Acaso el loco pretendía empujarla hacia la muerte?
Una oleada de ira la invadió. No había llegado tan lejos ni luchado tan duro por su libertad para que un desconocido se la arrebatara.
No se la iba a quitar, se juró a sí misma, y le dio un cabezazo con toda su fuerza en el pecho.
Él soltó un gruñido de dolor, aflojando el agarre sobre su muñeca lo justo para que ella liberara la mano. Dándose la vuelta, le clavó el dedo en el ojo izquierdo, con tanta fuerza que esta vez él la soltó para protegerse la herida.
—¡Maldita mujer! No tenías por qué dejarme ciego.
Con una mano aún cubriéndose el ojo, se abalanzó para agarrarla de nuevo.
Elinor se agachó y cargó hacia delante, utilizando toda la fuerza de su metro sesenta y cinco de estatura para embestirlo. Tomado por sorpresa, él trastabilló hacia atrás, saliendo por la puerta abierta del tren.
Elinor gritó, apretando los ojos con fuerza, esperando sentir la sacudida del tren al atropellarlo.
En cambio, no oyó nada más que el constante chasquido de las ruedas contra el raíl. Conteniendo la respiración, se abalanzó hacia la ventana más cercana y se sintió medio aliviada al ver a su aspirante a secuestrador de pie, corriendo junto al tren.
Así que no había matado al hombre. Bien.
Y había salvado su virtud. Ahí quedaba la terrible predicción de su padre de que no duraría ni una semana en el indómito Oeste.
Sintiéndose extraordinariamente satisfecha de sí misma, Elinor se alejó de la ventana para cerrar y echar el cerrojo a la puerta, no fuera que el hombre los alcanzara y volviera a subir.
La anciana se acercó a ella.
—Se ha ido.
Le tocaba a Elinor tranquilizarla. La mujer se aproximó con una expresión peculiar en el rostro.
—No pasa nada —dijo Elinor, dándose la vuelta mientras alcanzaba el pomo—. Voy a asegurar la puerta y...
Un empujón por la espalda la hizo caer de bruces hacia delante, fuera de la parte trasera del vagón. Con las manos extendidas delante de ella, no pudo hacer otra cosa que cerrar los ojos mientras las vías, la grava y la pradera se precipitaban hacia ella.