Capítulo 8. No más promesas #2
Los baños estaban en un pasillo junto al escenario, mientras que enfrente, detrás del grupo de gente, había dos mesas de billar y la barra pegada a la pared de la derecha.
Juliano se hizo una idea clara del ambiente y se dio cuenta de que ni siquiera el olor a gente, cigarrillos y alcohol le molestaba estando con Lucas, que a su lado se movía discretamente al ritmo de la última canción que tocaba la banda.
Los dos se miraron y sonrieron, compartiendo el momento.
Para un músico que había crecido en la vida nocturna de la capital, tocando aquí y allá en bares por el precio de una cerveza, estar allí era el tipo de rutina banal de siempre.
Pero la compañía de Juliano hacía que todo pareciera un poco menos decadente, con un aire salvaje e indisciplinado, atractivo.
Cuando la banda agradeció al público, que aplaudió, silbó y gritó, Borges pasó con los demás miembros de Vaselina Arenosa hacia el escenario para montar su equipo: conectar los cables de los instrumentos de cuerda, cambiar los platillos, ajustar los pedales personales y colocar la caja amplificadora de apoyo para el saxo.
Juliano ayudó a Baiano a cargar una pieza de batería que faltaba en el escenario porque pertenecía a la banda anterior y la estaban retirando, lo que les daba tiempo para organizarse.
Probaron el micrófono, los niveles de voz y guitarra, y finalmente comenzaron el show, con Juliano en primera fila.
Abrieron con una versión.
Lucas le había explicado que la táctica era emocionar a la gente con canciones famosas que el público quería escuchar y mezclarlas con las propias, colar una o dos de las suyas, y así conseguir que se les quedaran grabadas como parte de algo que siempre habían oído, facilitando que la gente cantara con ellos.
A los borrachos de los bares les encantaba cantar con la banda, y si oían una canción desconocida, la ignoraban sin más y volvían al fresco del exterior.
Así que comenzaron con Black Dog , de Led Zeppelin.
A Juliano le encantaba ver los riffs que desplegaban los dedos de Lucas, sobre todo porque se lucía muchísimo bajo aquellas luces de colores, en el interior oscuro y sofocante del bar, donde hasta el sudor que le corría por el cuello y los brazos tatuados parecía saber a neón.
Tenía el pelo claro húmedo por el calor natural que amplificaban las luces sobre las cabezas, y se le erizaba.
Tenían talento; era una buena banda, sin duda.
Juliano sonrió, aunque sentía el cuerpo disolverse en calor; era satisfactorio escuchar a la gente cantar feliz, bailar y reír de aquella manera tan humana, sin ningún tipo de problemas, como si allí estuvieran libres de sus vidas.
Él también se sentía libre, dejándose llevar sin más por las melodías bien ensayadas.
La multitud vibró cuando tocaron las primeras notas de « A verdade sobre a Nostalgia » , [35] de Raul Seixas, atendiendo con euforia las peticiones de un grupo del fondo que gritaba: « Toca Raul! [3 6] »
Todos se divertían; era una noche divertida para Lucas, que normalmente afrontaba su trabajo como algo mecánico, pero esa noche parecía haberse sentido como un simple adolescente otra vez, como cuando pisó un escenario por primera vez y tocó.
Estaba más exhibicionista de lo habitual; incluso Duca lo miraba y se reía, satisfecho con la manera magistral en que tocaba su guitarrista.
Baiano cerró los ojos, disfrutando de la energía brutal de la armonía entre ellos, con una sonrisa inocente mientras dejaba que las manos guiaran las baquetas, y de fondo escuchaba el coro de voces, los instrumentos que sonaban juntos.
Borges disfrutaba de esa armonía y daba lo mejor de su voz, la más entusiasta, al espectáculo, mientras vagaban por diferentes estilos y tempos, alternando entre rock internacional, nacional y regional, con tiempo incluso para reescribir las notas de canciones populares.
Hubo una versión punk rock de Tim Maia [37] que hizo que todos cantaran a voz en grito, satisfechos. Cuando estaban muy borrachos, no había barrera musical; solo quedaba la diversión de abrazar los hombros sudorosos y ebrios de los amigos y gritar canciones conocidas.
Juliano observó desplegarse ante sus ojos el cambio absoluto, significativo, brutal hacia el que parecía dirigirse su vida, y sin poder evitarlo, sin aliento, miró a Lucas en aquel escenario, tan alto e iluminado por la coloración rosada de las luces, que lo dejaba casi sordo a los sonidos del ambiente.
Como si el mundo hubiera entrado en cámara lenta, como si fuera un personaje de película, muy distinto de Juliano Abbenhaus, padre de dos niñas, casado desde hacía años, un empresario sin perspectiva de felicidad simple, sino otro hombre.
¿Quién era ese hombre? No lo sabía.
O tal vez simplemente estaba muy perdido, distante.
Quizás era la continuación de aquel joven de antes del antes, antes de dejarse empequeñecer —y no por su esposa, no por la vida, sino por falta de coraje, por ceder a las presiones.
Definitivamente no era un desconocido quien sostenía el saxofón, después de ser anunciado por el vocalista de la banda, en medio de los aplausos amortiguados, las sonrisas amistosas y curiosas.
El tipo que se plantó en el escenario no era un extraño, porque lo había hecho muchas veces antes.
Era el mismo chico que amaba la música y jugar al fútbol con los amigos, que tenía grandes sueños para el futuro y no pretendía dejarse convertir en alguien como sus padres, un Juliano del pasado que finalmente parecía incapaz de volver a la burbuja de frustración, que se negaba a despedirse de los momentos simples y complicados que le daban un inmenso placer por vivir.
No podía negarse ese momento a sí mismo.
Despertó de su ensoñación; estaba junto a Lucas mientras la banda tocaba la fatídica canción elegida antes, Never Tear Us Apart , y Borges cantaba una parte concreta.
«I, I was standing You were there Two worlds collided And they could never tear us apart.»
Parpadeó despacio y miró a Lucas, que tocaba con expresión serena, mientras el público, entregado, cantaba y sonreía.
La idea de volver a hacerlo, esta vez solo por diversión, trajo a Juliano una ola abrumadora de pasión por aquellas personas desconocidas, por aquel escenario diminuto y caluroso, por la banda que tocaba, pero sobre todo por Lucas, que ladeó levemente la cabeza siguiendo la melodía y lo miró con ternura, comprensión y amistad, los mismos sentimientos inmutables que no necesitarían cambiar por ninguna razón.
Tocaba para él esa noche; podía ver en los ojos de Lucas que la guitarra iba dirigida a él, como un regalo, y se conmovió con aquel gesto.
Así que, cuando llegó su momento, se llevó los labios al lugar correcto del saxo y dejó que las notas fluyeran como si estuvieran hechas de algo líquido, una cascada de notas que inundó el bar entre grititos de aprobación del público.
Vio la amplia sonrisa de Lucas, que lo observaba tocar con un rostro genuinamente lleno de admiración, los dedos acariciando las cuerdas mientras Juliano soplaba y se movía con la melodía, lo que provocó reacciones entusiastas de la banda y el público.
Un saxofón en un lugar como ese.
Parecía una lógica sin ningún fundamento; sin embargo, funcionaba.
Funcionaba muy bien.
Continuó con notas suaves que encajaban perfectamente con la voz de Borges y la instrumentación de la banda, y hacían que la canción sonara aún más redonda.
Finalmente, cuando la canción terminó, no parecía haber terminado, no por cómo sintió una enorme sonrisa en su propio rostro mientras Lucas lo abrazaba por los hombros y le apretaba la mejilla sudorosa con un beso prolongado.
Tras la última canción de la banda, después de un vasto repertorio, los chicos celebraron con el público.
Juliano no tenía ni idea de si había algo mágico en aquel momento o si era solo su cuerpo reaccionando a los rastros de sus sentimientos, pero desde luego Lucas parecía entenderlo.
Sí. Siempre entendía.
No se dijeron nada, porque las palabras parecían trivialidades fugaces, incapaces de revelar o dar alguna idea de lo que les estaba sucediendo por dentro a los dos.
Recogieron los cables y el equipo musical para que actuara la siguiente banda y se dispersaron por el bar a beber más cerveza, a tomar el aire fuera, a fumar un cigarrillo.
Lucas esperaba en la acera, con la guitarra al hombro, cuando Juliano volvió del interior del bar. Había ido a buscar otra cerveza fría para los dos y venía riéndose de las conversaciones intrascendentes y los piropos que le habían soltado.
Se detuvo a su lado con un hondo suspiro. Y, como solía pasarles cuando hablaban por mensaje, dijeron lo mismo a la vez, esta vez aún más rápido.
—¿Nos vamos de aquí? —dijeron los dos a la vez.
Se rieron de esa conexión absurdamente íntima que compartían, aunque a esas alturas ya no les sorprendía.
¿Cómo iba a ser nuevo después de tanto, tanto tiempo, si solo se habían tenido el uno al otro?
Y no hacía falta que dijeran lo que pensaban hacer esa noche.
—Sí, supongo que ya no quedan promesas que cumplir —suspiró Lucas, dejando entrever lo que Juliano ya sabía.
Podemos prometer que no pasará nada, porque eso sería el final.
Juliano sonrió al recordar aquella promesa, una que era del todo imposible de cumplir, sobre todo porque había salido de casa decidido a saltarse cualquier barrera.
—Ya no hay promesa, porque esto no es el final. Es solo el comienzo.