El corazón anónimo Capítulo 2. La hora en que la ciudad se desenmascara #3
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Capítulo 2. La hora en que la ciudad se desenmascara #3

Se trataría de su mundo, pieza a pieza, como una colcha de retazos que va tomando forma.

Lo vería a través de los ojos de sus amigos, conocería a esos amigos y compararía cómo se trataban entre sí; tendría la experiencia completa de una persona real, ya no habría nada de Lucas que pudiera ocultársele. Era una ventaja, pero en ese momento percibió cuánto había bajado también la guardia.

No podía rechazar una amabilidad tan espontánea.

—¿No te causará ningún problema? —preguntó Juliano, fingiendo indecisión.

—No, porque tengo una forma muy buena de asegurarme de que nada cambie —comentó Lucas, sonriendo con picardía, sin apartar la vista de su mano.

—¿Y cuál es?

—Diré que eres mi primo de Río, que te llamas Julio. Así no sonará raro si te llamo Ju, por el motivo que sea.

Juliano sonrió, perplejo. Le parecía una idea absurda, pero muy buena.

—¿Quieres mentirles a tus amigos?

—¿Y qué tiene de malo? —soltó por fin la mano de Juliano, se acomodó en la silla y lo miró con una sonrisa astuta—. ¿Olvidaste que no son mis amigos? Todo es cuestión de perspectiva. En realidad, tú también puedes mentir, ¿sabes?

Juliano asintió. Se sentía más seguro al crear junto a él otra realidad fabricada, de la que solo ellos dos conocían las contraseñas y los secretos; ahora sí parecía haber una nueva conexión, un nuevo teatro.

—Já é ! [8]

Capítulo 3. La nota correcta

—Da igual el calor de mierda que haga —dijo Lucas—. De repente cambiará el tiempo y la ciudad se inundará.

Esa noche, el cielo comenzó a nublarse casi por arte de magia, y en el horizonte aparecieron relámpagos que captaron la atención de Juliano, aunque los ignoró, sin terminar de creerse la advertencia.

Como para darle la razón, pronto empezaron a caer goterones en el balcón, que los obligaron a refugiarse dentro, mientras un viento frío y agradable recorría todas las habitaciones de la casa.

Con el ambiente más fresco, los dos por fin parecieron relajarse, y hablaron de volver a verse en invierno, cuando la vida siempre parecía más justa. Aun así, la idea de que volverían a verse, incluso antes de que acabara esta visita, sonaba prometedora.

Lucas estaba un poco más borracho de lo habitual; Juliano apenas se tenía en pie, pero aun así se les metió en la cabeza hacer una lasaña, mientras en el salón sonaba a todo volumen Nico and the Velvet Underground .

Juliano había oído esa canción en su adolescencia, aunque nunca logró recordar exactamente dónde ni con quién.

Mientras tanto, Lucas hablaba sin parar de su pasión por Jim Morrison a la vez que cortaba rodajas enormes de tomate, cebolla y pimiento picado a lo loco. Juliano se apoyó en la encimera, bebiendo otro vaso de cerveza que entraba aún más suave que el anterior.

—Siempre pensé que moriría a la edad a la que mueren las estrellas de rock —dijo Lucas con una leve sonrisa de borracho mientras cortaba la cebolla y se secaba los ojos con el paño de cocina—.

A los veintisiete, la edad a la que murieron los grandes, pero aquí estoy, llorando por culpa de las cebollas.

Juliano escuchaba, aunque apenas entendía lo que Lucas decía. Le pidió el cuchillo con un gesto, ocupó su lugar y empezó a cortar la cebolla con una destreza que hizo que Lucas lo mirara horrorizado, como si esperara que se rebanara un dedo en cualquier momento.

—¿No está un poco pasado de moda eso de «vive rápido, muere joven» ?

—preguntó Juliano, con los ojos ya escocidos por la cebolla.

Sin pestañear, terminó de picar la cebolla en cubitos perfectos y los echó a la sartén con los tomates triturados.

Lucas puso cara de horror al ver el estropicio—.

Deberías ir engrasando la fuente y dejarme a mí lo de picar —dijo Juliano.

Lucas obedeció y engrasó la fuente con una servilleta de papel, con aire pensativo.

—No sé. Era solo un pensamiento.

—Creo que eso era lo que querías, morir a los veintisiete, como tus ídolos idiotas.

Intercambiaron una mirada. Lucas vio lo irritado que estaba Juliano con su sueño infantil, pero aun así se sintió ofendido de que despachara así a sus ídolos.

No eran idiotas. El Rey Lagarto no era ningún idiota.

—No tiene nada que ver con eso, tío, solo pensé que podría...

—¿Morir? —Juliano se dio la vuelta con una sonrisa sarcástica en el rostro, esos malditos dientes de anuncio de televisión, la mirada turbia por el alcohol—.

¿Sabes qué habría pasado si hubieras muerto a los veintisiete, Lucas?

Nada. Na-da —gesticuló con el cuchillo—.

Morir por nada es lo más estúpido que he oído en mi vida.

Un poco enfurruñado, Lucas terminó de engrasar la fuente y la dejó de cualquier manera sobre la mesa antes de rasgar los dos paquetes de láminas de pasta precocida.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué merece la pena morir, entonces? Todo el mundo muere algún día, y la vida de nadie importa una mierda. Como dije, estoy vivo a los veintiocho. ¿Te basta con eso? Estoy vivo.

Juliano observó cómo Lucas arrojaba las láminas de pasta al molde, sin cuidado, como todo lo que hacía, pero no dejó de mezclar la salsa hasta que quedó suave, dejándole la primera capa a Lucas.

Cuando terminó, Lucas se llevó las manos a la cintura y se balanceó ligeramente en el centro de la cocina, un poco mareado. Volvió a mirar a Juliano, que ya lo estaba observando.

Suspiraron casi al unísono cuando Juliano le hizo un gesto para que añadiera sal al caldo rojizo que se formaba en la sartén. Lucas obedeció y luego se apoyó en la encimera del fregadero, escuchando el rugido de la tormenta afuera y el helecho que se balanceaba y crujía en su gancho.

—¿Cuál de nosotros seguirá vivo después de los veintisiete? —refunfuñó Lucas, mirándolo con los párpados pesados y un parpadeo lento sobre sus ojos claros. Juliano odiaba esa cara aún más que la primera vez que la vio.

—Se te ocurre cada teoría y cada absurdo en esa cabeza tuya —lo regañó—. Eres tan dramático, tan pesimista. Claro, cuando se trata de ti, todo bien, pero conmigo, ¡ah no!, ¡ahí sí te conviertes en el puto Dr. Freud!

—Es que eres mi paciente favorito, Ju-ju —dijo con una risa burlona, poniendo cara de burla antes de girarse hacia la sartén hirviendo donde los tomates se deshacían.

Juliano se rio del estúpido apodo, dicho con ese tono afectuoso y burlón, y negó con la cabeza por las tonterías que Lucas era capaz de soltar en los momentos más críticos.

—¿Cómo está tu padre? —preguntó Lucas, de repente serio, como si se le hubiera pasado la borrachera de golpe. Volvió a ser ese tipo gruñón, poco fiable, pero formal.

Juliano suspiró, se encogió de hombros y chasqueó la lengua, dejando claro que no quería tocar el tema.

—Muriéndose, como cualquier hombre con cáncer que rechaza el tratamiento. Muriéndose un poco cada día.

—¿Y tu madre?

—Muriéndose con él. Ya sabes cómo es, un matrimonio de mierda durante tantos años, y ahora está a punto de perderlo —dijo, mirando a Lucas mientras removía la sartén—.

Ya sé que suena a cliché eso de no poder terminar mi matrimonio para no darles más disgustos, pero en serio, ¿qué harías tú en mi lugar?

Lucas arrancó un trozo de pasta, lo enrolló y le dio un mordisco con expresión despreocupada.

—Pediría el divorcio.

—Qué va, eso no lo harías, tío...

—¿Que no? —Arrugó la nariz, totalmente convencido—. ¡Pues claro que sí! Juliano, con cáncer o sin él, estás casado con la mismísima Tiamat.

—Ya, pero ellos no lo saben —dijo Juliano, riéndose de cómo Lucas había llamado a su mujer—. Es que no quiero asustarlos ahora. Sofía todavía es muy pequeña, tiene...

—¿Quién? —preguntó Lucas, atento.

Juliano reflexionó un momento sobre lo que había dicho y pareció entender lo que Lucas esperaba.

—La-Más-Nueva.

—¿Sofía? —se rio con desdén—. ¿Y la otra cómo se llama? ¿Valentina? ¿Quién eligió un nombre tan genérico?

Juliano cambió el peso de un pie a otro y suspiró.

—No te metas con el nombre de mi hija, imbécil. Lo elegí yo. Y no, no es Valentina, es Amanda.

—Amanda, claro que tenía que ser Amanda —siguió sonriendo, pensando que no debería insistir demasiado. El tema parecía delicado, pero el alcohol le había soltado la lengua. Se aclaró la garganta y le hizo un gesto para que siguiera hablando.

—Ni siquiera eres capaz de inventarte un apodo, Lucas —susurró Juliano—. Ni siquiera tienes una mascota, así que no me vengas con que no sé ponerle nombre a un hijo. ¿Cómo llamarías al tuyo, si tuvieras alguno?

—Jim.

—Claro que sería Jim. ¿Y si fuera niña?

—Janis.

—Vete a la mierda, punk —soltó una carcajada.

Sonriendo, Lucas se apartó cuando Juliano apagó el fuego y le indicó que pusiera las capas de salsa y pasta. Lucas lo animó a hacer su parte mientras él colocaba las lonchas de jamón y queso.

—¿Por qué elegiste Sofía? —volvió a preguntar, curioso.

—Me pareció bonito, sin más. Sin ninguna razón en particular.

Lucas emitió un «hmm» que murió en su garganta mientras vertía la salsa sobre la pasta y el relleno, y luego le hizo un gesto a Juliano para que la cubriera con otra capa.

Juliano esperó a que Lucas insistiera, a que le arrancara la verdad, pero lo que de verdad quería era no ver esa expresión de suficiencia que había aparecido en el rostro de Lucas cuando confesó que no tenía otros amigos de verdad.

Odiaba esa expresión.

—No tendrá nada que ver con la película que vimos juntos, ¿no? —insistió Lucas.

Fingiendo desdén, Juliano hizo un mohín y negó con la cabeza.

—¿Qué película era esa, mermão?

—«La decisión de Sophie», imbécil —insistió, entornando los ojos de forma amenazante—. Esa por la que casi lloraste, analizando las partes trágicas durante dos horas. Esa en la que al final te consolé como...

—¡Ah, joder! —se quejó, echando la salsa un poco torcida en el molde. Lucas no dijo nada, pero se le torció la comisura de la boca—. Fue por eso, me pareció bonito el nombre, ¿qué tiene de malo?

Lucas le lanzó una mirada cargada de odio, pero no dijo nada.

No necesitaba decir nada.