El corazón anónimo
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Capítulo 1. Dos extraños en una ciudad extraña
Las dos de la madrugada, el sonido del tráfico hacía honor a su reputación. Era el nexo entre dos de las avenidas más importantes de la ciudad, y aquel lugar nunca dormía.
Todo tipo de bares, borrachos, prostitutas, todos derramándose en la calle como una plaga en busca de un trago de lo que fuera que satisficiera el eco que roía cada alma en aquella ciudad en bancarrota.
Después de medianoche, cuando el movimiento se convertía en un zumbido parpadeante que quemaba a cualquier insignificante desgraciado, Lucas podía quitarse la ropa y dejarse caer en la cama.
Había noches en que rodaba entre las sábanas, el peso devorándole la cabeza, la manipulación del mismísimo diablo contra su cordura sacudida entre una dosis de medicación y otra.
Pero en su completo desapego de la propia condición, aquellas mordidas violentas dentro del cerebro no eran más que pequeñas vibraciones agudas y ocultas.
Un secreto.
Uno de los muchos secretos enterrados en las profundidades del dolor.
Estaba bien.
El cuerpo efervescente de una pastilla contra la resaca que nunca se iba —no hasta que volviera a emborracharse—, y el gruñido del cansancio nunca le impedía abrir la tapa del viejo portátil y recostarse en las almohadas antes de encender un cigarrillo arrugado y hacer clic en el icono de un usuario anónimo en particular.
Resopló mientras revisaba los mensajes recibidos durante el día, soltando una risilla por la nariz ante alguna que otra tontería, mientras saboreaba el gusto agridulce y explosivo que le bajaba por la garganta como las patitas de un ciempiés imaginario.
El siglo XXI era una compilación de aberraciones visuales, todas desfilando por escaparates virtuales como si pertenecieran allí, y después de tantas horas conectado, sin saber realmente cómo lidiar con las noches de insomnio plagadas de migrañas, como cualquier vampiro profesional, Lucas encontró en medio de aquellas salas de chat anónimas y lúgubres algún tipo de consuelo al hablar con cualquiera que estuviera dispuesto.
Mentía sobre su vida, el sexo, el nombre; al final mentía sobre cualquier cosa que pudiera liberarlo de su realidad sin esperanza. Por suerte había gente aún más jodida que él, y en esas situaciones, como cualquier vampiro, absorbía sus quejas y encontraba en ello una extraña emoción.
Era como jugar a ser otro.
Cada noche, Lucas era quien quisiera ser.
Nunca era Lucas, el músico arruinado de una banda llamada «Vaselina Arenosa [1] », eso habría sido traicionar la vieja ley de la noche en línea.
Nunca supo cómo terminó haciéndose amigo de Juliano, quizás su ilustre comienzo lo había determinado todo: «Soy una mierda».
Parecía el candidato perfecto, lo bastante accesible, para entablar un diálogo.
Un tipo jodido que, de entrada, se exponía así.
Los sitios de chat anónimos no eran diferentes de la avenida abarrotada frente al pequeño apartamento alquilado donde vivía Lucas: prostitutas, borrachos, amas de casa desesperadas, gente sin perspectivas de vida, insomnes.
Se enorgullecía de formar parte de la manada que no tenía vergüenza alguna.
Entre sus personajes, había cometido los ultrajes más absurdos, contado historias sobre su vida que ni se acercaban a la verdad, encarnado papeles miserables; sin embargo, nunca se había presentado con tanta desesperación como Juliano.
No, Juliano era un artículo de lujo para los vampiros de la red: se hacía real y hacía que los demás también se sintieran reales. Parecía interesante.
Al cabo de unos minutos empezó a sentir lástima por el desgraciado, que se puso a contarle su patética vida junto a su esposa manipuladora y oportunista; dijo que trabajaban juntos, una de esas mierdas del Home Office, palabras extranjeras para decir que se pasaban el día sentados en casa, de espaldas el uno al otro, dirigiendo la empresa que Juliano había creado.
Dijo que había creado una aplicación para contratar guardias de seguridad para eventos y locales privados, con la que ganaba buen dinero que invertía y que crecía con el tiempo.
Estaba muy metido en asuntos de internet, quizás por eso encontraba consuelo allí para confesarse.
Su esposa era la contable de la empresa cuando esta se convirtió en un local físico, pero aun así Juliano encontró la manera de que siguieran trabajando desde casa.
Según él, fue la peor idea que había tenido en su vida.
Mientras trabajaban, la única hija de la pareja, cuyo nombre nunca mencionó, estaba en la guardería porque era muy pequeña. Lucas oyó al tipo hablar de lo talentosa que era la niña, curiosa, el amor de su vida.
Normal.
La esposa era el problema.
Se gastaba cinco mil reales en extensiones de pestañas rusas —nunca supo qué demonios era eso—, uñas de gel, zapatos y ropa caros, perfume importado.
La Desgraciada, como Juliano se refería a ella, tenía el don absoluto de menospreciar cualquier cosa que hiciera su marido, desde sus talentos hasta sus logros.
Juliano dijo que había ganado un par de entradas de cine en un concurso tonto de un supermercado local y que, después de saltar de alegría al ganar en una ruleta, ella parecía insatisfecha.
Lucas se rio, porque aquel golpe al delicado orgullo de Juliano parecía haber generado una amargura surrealista; la bendita ruleta debería haberse celebrado, nunca menospreciado, nunca.
Por si acaso, Lucas aplaudió la querida ruleta de Juliano, afirmando que él también habría saltado de alegría. Al fin y al cabo, ¿quién no se habría muerto de emoción al ganar un par de entradas de cine en la ruleta de un supermercado?
¿Quién?
¿Quién?
Juliano nunca entendió su cruel ironía inicial, y tampoco es que fuera capaz de entender nada de todos modos, con los dedos tecleando frenéticamente mientras se desahogaba sobre todo lo que la Desgraciada le hacía.
Los padres de Juliano vivían en la playa. Él era un chico de playa, un c arioca [2] de nacimiento, dijo; toda la familia estaba loca por la playa, pero la Desgraciada odiaba ir a la casa de la costa, según el propio Juliano, solo para atormentarlo.
Llegaron al punto, según él, de mudarse a São Paulo, donde lo único que había era tráfico, prisas y contaminación.
Lucas estuvo de acuerdo: sí, la mujer era un coñazo.
¿Por qué no se separaban, esos dos locos?
Se lo preguntaba sin parar desde el momento en que por fin tuvo la oportunidad de que el hombre lo escuchara.
En ese momento imaginó a Juliano como un hombre calvo de mediana edad, perturbado por las crueldades de una esposa frígida y pasiva-agresiva, y se sorprendió cuando le informó de que tenían la misma edad.
Veintisiete años.
No hubo tiempo para inventar nada aquella noche; solo sintió lástima por el pobre desgraciado y pensó que probablemente necesitaba a alguien con quien desahogarse, dado que estaba en un entorno completamente privado.
—Si la Desgraciada se entera de que estoy hablando de ella, ni siquiera sé qué haría —confesó Juliano, completamente agotado, aunque Lucas casi podía ver un atisbo de risa en las palabras y en cómo estaban escritas.
A él también le hizo gracia, atraído por el resplandor de la pantalla, donde los hombres y las palabras se convertían en lo mismo.
La colección de letras que era Juliano parecía reducir el nivel de estrés ensordecedor. Mencionó haber tocado el saxofón en la adolescencia; tenía una guitarra que ya no tocaba.
Su esposa, la Desgraciada, no aprobaba a sus amigos, así que, sin un trabajo al que ir por la mañana y del que volver por la noche, la vida era eso: veinticuatro horas de cautiverio.
No sabía cómo dejar a la mujer sin perder la empresa, sin perder todo lo que había construido; al fin y al cabo, tenía una buena vida, según él, a pesar de los gastos desorbitados de ella.
Juliano parecía una criatura al borde del abismo, del tipo que, al final de esa noche, le pegaría un tiro a su esposa, a su hija y luego se volaría la cabeza.
Aquello se convirtió en una preocupación alarmante para Lucas.
Era imprudente, claro, pero convertirse en cómplice de un hombre tan desequilibrado no parecía buena idea.
Por eso le siguió el juego, respondiendo a preguntas concretas sobre su propia vida a continuación, comparando lo opuestos que eran.
Lucas, un músico arruinado que tocaba y trabajaba en un pub decrépito frecuentado por mala gente; aun así, su vida rebosaba una libertad que Juliano consideraba un regalo.
Por supuesto, se quejó de que no había tomado una cerveza desde el Mundial en que Brasil perdió contra Alemania; el tipo estaba realmente seco, necesitado, daba pena verlo.
Lucas sintió lástima por él, se compadeció.
Dejó que la conversación fluyera; al fin y al cabo, el pobre tipo no tenía a nadie más con quien hablar con tanta franqueza.
Dijo que sus padres veían su matrimonio como perfecto, ni siquiera sabían que su esposa era una especie de residuo tóxico capaz de atormentar a un hombre hasta hacerle identificarse de aquella manera inicial: «Soy una mierda».
Normalmente habría dicho que el tipo estaba exagerando, que debía de ser un marido terrible, un padre terrible, haciéndose la víctima en internet. Pero cuando imaginó por qué un hombre confesaría algo así directamente a otro, aquello solo confirmó la desesperación en la que parecía estar sumido.
Pensar en la desesperación de Juliano le impedía pensar en su propia mazmorra, en ese lugar donde las emociones habían sido robadas por las migrañas frecuentes y la certeza de un final inminente.
Desde luego, quizás era buena persona, pero Lucas nunca confirmó esa teoría, prefiriendo deducir que obtenía alguna ventaja sórdida al mostrarse solidario.
La conversación evolucionó. Intercambiaron números de teléfono privados, con tal de poder desahogarse, poner verde a la Desgraciada y los logros baratos de cada uno, quejarse de la falta de amigos de verdad de uno y del viejo grupo de amigos jodidos del otro, de los coches que uno deseaba mandar al infierno y de la moto de Lucas que no paraba de averiarse.