El Contrato de Invierno (Lazos de Hielo nº 1) CAPÍTULO 14 — RED DE PROTECCIÓN #3
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CAPÍTULO 14 — RED DE PROTECCIÓN #3

—Piénsalo desde el punto de vista periodístico —prosiguió con creciente aplomo—.

Un hombre desesperado, ahogado en deudas, recién casado con la hija de su adinerado jefe, que intenta proyectar una posición de éxito y decide filtrar información difamatoria contra la hermana de su expareja para chantajear a un multimillonario.

Esa perspectiva, respaldada con datos financieros sólidos, anula cualquier credibilidad ante un periodista mínimamente riguroso.

Arthur la escuchó con atención renovada y un claro gesto de aprobación estratégica.

—Es un planteamiento mucho más astuto que un simple requerimiento legal —admitió con respeto profesional.

—Exacto —asintió Mel—. Y por esa razón debo estar presente cuando encaremos a Thomas.

No para buscar un enfrentamiento físico ni exponerme a un peligro innecesario, sino porque conozco sus patrones de conducta.

Sé qué argumentos y qué evidencias lo desestabilizarán por completo, un matiz que ningún abogado corporativo, por muy competente que sea, sabría aportar desde fuera.

Arthur permaneció en silencio un largo momento. En su rostro era evidente el dilema entre su instinto de protección y la lógica irrebatible que ella exponía.

—No puedo garantizarte una seguridad absoluta si estás presente en ese encuentro —comentó al fin, suavizando el tono pero sin ocultar la preocupación.

—No te pido garantías de seguridad absoluta, Arthur —respondió Mel con serenidad, acortando la distancia entre ambos—. Te pido que me trates como a una socia de pleno derecho en este asunto, no como a alguien frágil a quien hay que proteger al margen de todo.

Le tomó las manos, combinando en ese contacto delicadeza y determinación:

—Tú mismo dijiste que yo ya no era la sombra de nadie —recordó con voz baja pero firme—. Eso implica también que no voy a permitir que tomes decisiones unilaterales sobre cómo afrontar esta amenaza, por muy buenas e intencionadas que sean tus razones.

Arthur la contempló tras esa declaración. En sus ojos grises se adivinaba la aceptación plena de la entereza que ella demostraba ante cada desafío.

—Eres extraordinaria, Melissa —expresó al fin con una mezcla de admiración, respeto y rendición ante su determinación.

Le estrechó suavemente las manos en señal de conformidad:

—De acuerdo —asintió con gesto resuelto—. Lo encararemos juntos. Pero prometes seguir mis indicaciones de seguridad durante el encuentro.

—Lo prometo —confirmó Mel, consolidando en ese acuerdo una alianza real que superaba con creces el pacto inicial que los había unido semanas atrás.

El cerco se cierra

Transcurrieron algo más de tres horas antes de que el teléfono corporativo de Arthur volviera a vibrar, mostrando en la pantalla el contacto de su equipo de investigación financiera.

Mel sintió cómo la tensión se instalaba de nuevo en el ambiente mientras observaba a Arthur responder con rapidez y aplomo.

—Monsieur Sterling —se oyó por el altavoz la voz satisfecho del investigador—, hemos confirmado nuestras sospechas.

La indagación financiera ha localizado una transferencia realizada hace unas cuarenta y ocho horas desde una sociedad pantalla radicada en Luxemburgo y controlada de forma indirecta por Pierre Laurent.

El destino ha sido una cuenta personal a nombre de Thomas Reston en un banco suizo.

A Mel se le aceleró el pulso ante una prueba tan determinante. Las sospechas sobre la maniobra conjunta adquirían al fin la solidez de un hecho irrefutable.

—¿De qué suma estamos hablando? —inquirió Arthur, manteniendo la voz serena, aunque la rigidez de sus hombros delataba la gravedad del momento.

—Doscientos cincuenta mil euros —informó la voz por el altavoz—. La documentación bancaria indica que se trata de un primer pago. Hay pactada una compensación mucho mayor sujeta al éxito de la extorsión.

Arthur y Mel se cruzaron una mirada franca. Una prueba de tal magnitud cambiaba por completo las reglas del enfrentamiento al que estaban a punto de medirse.

—¿Tenemos localizada la posición actual de Thomas? —preguntó Arthur.

—Confirmado —aseguró el equipo—. Está alojado en un pequeño chalé alquilado a través de ese mismo competidor local, en la cara este de la montaña, a unos quince minutos de su propiedad.

Arthur asintió en silencio, evaluando los datos para trazar la línea de acción.

—Quiero toda la documentación financiera compilada de forma clara y ordenada —ordenó—, junto con copias impresas de los mensajes que Thomas ha enviado. Llevaremos el expediente completo en persona.

Al colgar, Arthur guardó silencio unos instantes, con el semblante marcado por la resolución contenida que Mel conocía bien.

—No montaremos un despliegue vistoso ni nos presentaremos con un séquito de seguridad —sentenció con firmeza—. Eso solo agravaría una situación ya de por sí tensa y podría entorpecer las medidas legales que decidamos emprender.

—¿Cuál es el plan, entonces? —preguntó Mel, coordinando las ideas desde la perspectiva táctica.

—Iremos los dos directamente —respondió Arthur con voz tajante—, pertrechados con las pruebas documentales irrefutables.

Lo encaremos en persona y le dejaremos claro que insistir en la amenaza traerá consigo consecuencias legales y financieras nefastas, respaldadas por las pruebas de su implicación en una conspiración de chantaje.

Mel sintió cómo la determinación cobraba fuerza en su interior. Aquel enfoque sereno y calculado prometía la máxima eficacia sin necesidad de incurrir en un dramatismo innecesario.

—Antes de salir —añadió Arthur, suavizando un poco el tono—, necesito asegurarme de que estás preparada para esta confrontación. No va a ser sencillo, Melissa. Ver a Thomas cara a cara, tras la amenaza vertida contra tu hermana, removerá emociones difíciles.

Mel respiró hondo. Una última oleada de inquietud recorrió sus nervios antes de dar paso a una convicción absoluta.

—Estoy lista —afirmó con rotundidad, apoyada en la entereza que la había sostenido en las últimas semanas—.

Esto ya no es solo un intento de Thomas por herirme mediante la manipulación.

Se trata de proteger a mi hermana de las consecuencias de actos que no ha cometido.

No voy a permitir que el miedo me impida defender a quienes quiero.

Arthur la miró con sincero respeto ante la firmeza de sus palabras y le ofreció la mano.

—En marcha —dijo con resolución, sellando la complicidad que se había consolidado entre ambos.

Mel tomó su mano, entrelazando los dedos con los suyos en un gesto de firmeza compartida. Salieron juntos hacia el vehículo que aguardaba a la entrada del chalé, prestos a afrontar el encuentro decisivo que pondría fin a la crisis desencadenada por Thomas.

El automóvil descendió con rapidez por la carretera serpenteante hacia la ladera este de la montaña.

En el habitáculo reinaba un silencio espeso, cargado de expectación.

Ambos sabían que aquel cara a cara resolvería la extorsión y terminaría de definir el rumbo de la sólida relación que se había forjado entre ellos, paso a paso, desde que firmaron aquel pacto inicial semanas atrás en la biblioteca de los Alpes.