CAPÍTULO 14 — RED DE PROTECCIÓN #2
—Esto ya no es cuestión de proteger mi patrimonio ni de mantener la versión pública que diseñamos —añadió Arthur, con un peso emocional cada vez más evidente—.
Se ha convertido en algo muy personal para mí, Melissa.
Porque tú me importas de Verdad, mucho más allá del contrato que firmamos hace semanas, y cualquier persona a la que quieras, incluida tu hermana, merece exactamente la misma protección absoluta que le daría a un miembro de mi propia familia.
Hizo una breve pausa, rozándole la mejilla con delicadeza en un contacto que reunía ternura y firmeza a partes iguales.
—Thomas ha cometido un error estratégico nefasto —concluyó Arthur, recuperando el tono distante y frío—.
Creyó que podía presionarme mediante una amenaza abstracta contra alguien a quien consideraba ajeno a la situación.
Lo que no comprende es que al amenazar a alguien a quien amas, ya no se enfrenta solo a Arthur Sterling, el ejecutivo prudente y analítico.
Ahora tiene enfrente a alguien dispuesto a emplear cada recurso, cada contacto, cada ventaja financiera y legal a su alcance para garantizar que esa amenaza no se cumpla y que él pague un precio devastador por haberla formulado.
Las palabras de Arthur le infundieron una sensación de seguridad profunda que rara vez había experimentado en sus relaciones anteriores: no era la promesa vana de quien ofrece protección con palabras huecas, sino la certeza absoluta que emanaba del aplomo implacable de un hombre poderoso posicionado por entero a su lado.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella, recobrando la lucidez estratégica que definía su perfil profesional, aun en medio de la marejada emocional.
Arthur dibujó al fin una sonrisa helada y distante, la expresión que Mel sospechaba que reservaba para su faceta más implacable, aquella que rara vez salía a la luz en los entornos corporativos ordinarios.
—Ahora —contestó con voz firme— nos aseguraremos de que Thomas Reston descubra lo que significa afrontar las consecuencias reales de sus actos.
Activando el protocolo
Arthur caminó con paso firme de vuelta al comedor donde habían trabajado durante toda la mañana, marcando en el teléfono corporativo con precisión milimétrica. Mel lo siguió de cerca, observando la contundencia estratégica que desplegaba ante esta nueva contingencia.
—Preciso hablar de inmediato con Catherine Rousseau —dijo en cuanto le respondieron la llamada, empleando una voz de mando que no admitía dilaciones—.
Infórmele de que se trata de una emergencia de máxima prioridad relacionada con una posible extorsión corporativa y difamación financiera contra una persona bajo la cobertura de nuestra red de seguridad.
Apenas aguardó unos segundos antes de que le transfirieran la comunicación. Mel presenció así la puesta en marcha de los recursos extraordinarios que marcaban la distancia entre los problemas ordinarios y las situaciones gestionadas con el alcance financiero de Arthur.
—Catherine —habló él en cuanto escuchó la voz de la abogada—, necesitamos protección legal inmediata y completa para Camila Andrade, analista financiera radicada en São Paulo y hermana de Melissa Andrade.
Existe una amenaza creíble de que se distorsione documentación financiera para presentarla ante la prensa o los reguladores como indicio de un esquema de información privilegiada.
Hizo una pausa breve para escuchar la respuesta del otro lado de la línea antes de continuar:
—Quiero que te coordines con el bufete de São Paulo para ordenar una auditoría independiente sobre todas sus operaciones financieras legítimas.
Hay que estructurar un expediente preventivo que refute categóricamente cualquier sospecha.
Asimismo, ten preparada una comunicación oficial dirigida a los medios que puedan recibir esa desinformación, advirtiendo con firmeza legal de que cualquier difusión dará lugar a acciones querellables por difamación.
Mel contempló la maniobra con profunda admiración, constatando cómo la solvencia de Arthur ponía en marcha en minutos un escudo que ella jamás habría podido articular con sus propios medios.
Al terminar esa llamada, Arthur marcó otro número sin perder la concentración.
—Necesito contacto inmediato con el área de seguridad digital —ordenó al ser atendido—.
Requiero un refuerzo de protección instantáneo en las cuentas digitales, financieras y profesionales de Camila Andrade, así como una monitorización activa frente a intentos de acceso no autorizado o alteración de datos.
Siguió dando instrucciones técnicas detalladas durante varios minutos. Mel constató la dimensión real del poder corporativo que Arthur ejercía: una estructura de salvaguardas legales, financieras y tecnológicas movilizada con un par de gestos calculados.
Al colgar por segunda vez, Arthur se giró hacia ella con determinación.
—Tu hermana contará con varias capas de seguridad digital y legal antes de que acabe el día —afirmó con rotundidad—.
Cualquier intento de Thomas o de Pierre Laurent de manipular información financiera será documentado, desmentido con pruebas preventivas sólidamente acreditadas y utilizado en su contra en una demanda penal por chantaje y difamación.
—¿Y respecto a la alianza entre Thomas y Pierre Laurent? —preguntó Mel, sopesando los matices estratégicos.
Arthur asintió mientras marcaba un nuevo número.
—Voy a consultar con los penalistas corporativos —explicó mientras esperaba respuesta— si reunimos los elementos suficientes para presentar una denuncia formal por conspiración para la extorsión y espionaje industrial.
Atendido de inmediato, dio instrucciones precisas a su abogado especializado en delitos financieros para que revisara la documentación disponible, incluidas las capturas de los mensajes de Thomas y las imágenes obtenidas en el encuentro presencial con Pierre Laurent.
—También necesitamos un rastreo financiero minucioso —añadió por el teléfono—: en especial, cualquier transferencia reciente entre sociedades vinculadas a Pierre Laurent y las cuentas de Thomas Reston que pruebe la conspiración mediante un pago directo.
Mel vio cómo Arthur transformaba una amenaza personal en un sistema de contramedidas trazado con rigor jurídico y técnico.
Al finalizar la última llamada, Arthur dejó el teléfono sobre la mesa y relajó los hombros por primera vez desde que leyeron el mensaje de Thomas.
—En unas horas —informó con aplomo— tendremos la estrategia legal cerrada, la cobertura digital de tu hermana activa y las actuaciones iniciadas sobre la alianza entre Thomas y Pierre Laurent.
Si intentan llevar a cabo su chantaje, descubrirán que se enfrentan a unas contramedidas legales y financieras devastadoras que anularán cualquier ventaja que pretendieran obtener.
Mel sintió que una tranquilidad profunda se abría paso en ella, confirmando el valor de tener a su lado a alguien dispuesto a emplear toda su fuerza para protegerla.
—Gracias —dijo en voz baja, condensando en esa palabra una gratitud que trascendía cualquier discurso.
Arthur se acercó de nuevo y le tomó el rostro con delicadeza, mirándola con una combinación de firmeza e indudable ternura.
—Aún no hemos terminado, Melissa —respondió con voz serena y constante—. La protección legal y digital es solo la primera línea de defensa. Nos aseguraremos de que Thomas no vuelva a tener la oportunidad de amenazar a nadie cercano a ti.
La decisión de Mel
Mel sintió que la rotunda afirmación de Arthur quedaba suspendida en el aire. Percibió en ella una decisión unilateral sobre los pasos a seguir, una resolución en la que no se le había dado la oportunidad de intervenir.
—¿Qué tienes pensado hacer exactamente? —preguntó con cautela ante lo ambiguo del planteamiento.
Arthur vaciló un instante y apartó la mirada en un gesto sutil que Mel ya identificaba con cierta reserva.
—Me coordinaré con el equipo de seguridad para encarar a Thomas en persona —admitió al fin—. Le mostraremos la documentación recopilada y le dejaremos claro, en términos legales precisos, las consecuencias devastadoras a las que se enfrenta si insiste en su chantaje.
—¿Y dónde voy a estar yo mientras tanto? —inquirió Mel, sintiendo cómo la determinación se afianzaba en ella.
Arthur frunció el ceño con evidente preocupación.
—Aquí, en el chalé, protegida y al margen de cualquier encuentro de riesgo.
—De ninguna manera —replicó Mel de inmediato, con una firmeza que a ella misma la tomó por sorpresa.
—Melissa... —empezó Arthur con un tono protector que, en ese instante preciso, despertó en ella una firme resistencia.
—No —lo interrumpió, dando un paso al frente—.
No voy a quedarme de brazos cruzados esperando informes mientras deciden cómo enfrentarse a un hombre que se ha dedicado a manipularme durante siete años.
Conozco a Thomas mejor que cualquier abogado o experto en seguridad de tu equipo.
Sé exactamente cuáles son sus puntos débiles.
Arthur guardó silencio, observándola con una mirada en la que empezaba a asomar el reconocimiento de su determinación.
—¿A qué clase de información te refieres? —preguntó al fin, superando la renuencia inicial impulsado por su mentalidad analítica.
—Tú mismo sospechas, por el análisis financiero que revisamos, que Thomas está endeudado hasta el cuello —repuso Mel, articulando la idea que tomaba forma en su mente—.
Si mostramos pruebas de su precariedad económica a cualquier periodista al que intente acudir, desmontaremos por completo la credibilidad de sus acusaciones contra mi hermana.
Se acercó a la mesa donde descansaba el portátil abierto, ordenando los argumentos con lucidez: