El Contrato de Invierno (Lazos de Hielo nº 1) CAPÍTULO 6 — BAJO EL MISMO TECHO #3
46%

CAPÍTULO 6 — BAJO EL MISMO TECHO #3

—Las pruebas físicas ante nosotros indican justo lo contrario —contestó Mel, incapaz de borrar la sonrisa de sus labios.

Arthur soltó un suspiro dramático, se quitó el delantal torcido y lo colgó de nuevo cerca de los fogones.

Luego hizo un gesto vago hacia el desastre general que dominaba la encimera: tablas de cortar con verduras picadas de forma desigual, una botella de vino tinto descorchada que pretendía usar en su ambiciosa receta y diversos utensilios esparcidos con un desorden que delataba una confusión creciente.

—Estaba intentando preparar un coq au vin —admitió finalmente con una mezcla de frustración sincera y humor autocompasivo que a Mel, a su pesar, le pareció fascinante—.

Mi gobernanta suele preparar las comidas cuando estoy aquí, pero esta semana tiene días libres para visitar a su familia en Lyon.

Decidí, en un momento de confianza excesiva e injustificada, que podría apañármelas solo.

—¿Tienes una receta o estás improvisando del todo? —preguntó Mel, acercándose un poco más a la encimera, mientras su curiosidad natural se imponía a las ganas de seguir burlándose de la situación.

—Una receta, técnicamente —contestó Arthur, señalando una tableta apoyada contra un cuenco cercano, que mostraba instrucciones detalladas en francés que ella apenas alcanzaba a descifrar desde esa distancia—.

Aunque sospecho que algunos pasos exigen más precisión técnica de la que preví en un principio.

Mel contempló aquel caos y miró de nuevo a Arthur. Reconoció, con una satisfacción tranquila e inesperada, una oportunidad perfecta para entablar el tipo de convivencia distendida que no disfrutaba con nadie desde mucho antes de la catástrofe en Vanguard Marketing.

—Vamos a arreglar esto juntos —dijo, remangándose la sudadera con determinación—. No soy precisamente una chef profesional, pero al menos puedo garantizar que no incendies esta cocina tan impresionante antes de cenar.

Arthur acogió la oferta con una expresión que combinaba la sorpresa genuina con un alivio evidente, como si en el fondo estuviera deseando esa intervención, aunque jamás hubiera admitido necesitar ayuda externa.

—De acuerdo —asintió él, señalando la tabla donde las verduras aguardaban su turno—. Puedes encargarte de las hortalizas mientras yo... replanteo mi estrategia con la salsa.

Trabajaron codo con codo durante los minutos siguientes en una colaboración torpe pero genuinamente agradable.

Mel picaba zanahorias y cebollas con una destreza muy superior a la mostrada por Arthur, mientras él, siguiendo sus pautas sobre el control de la temperatura y los tiempos de cocción, lograba dominar la rebelde salsa.

—Definitivamente no es la primera vez que haces esto —observó Arthur, mirando con atención cómo Mel le mostraba la forma correcta de picar ajo sin arriesgar los dedos en el intento.

—Mi madre insistía en que toda mujer debía saber cocinar lo básico —respondió Mel con una sonrisa nostálgica—. Pasé incontables tardes de infancia viéndola en la cocina, aprendiendo técnicas que ni sabía que recordaba hasta que tuve que aplicarlas de adulta.

Arthur asintió y añadió el ajo picado a la cazuela según las instrucciones.

Durante un rato continuaron con aquella insólita alianza culinaria, intercambiando comentarios casuales y pequeñas bromas: Arthur preguntando con ironía si Mel también dominaba la gestión de crisis gastronómicas, y Mel replicando que tal vez debería añadir «rescate de cenas a punto de arder» a su ya abultado currículum profesional.

Cuando finalmente sirvieron el coq au vin —notablemente mejorado tras la intervención conjunta— en una mesa sencilla frente a la chimenea principal, Mel experimentó algo que llevaba días, quizás semanas, sin sentir: una ligereza auténtica, libre de la tensión estratégica constante que solía marcar sus interacciones.

Era un momento sencillo y humano de convivencia tranquila que, paradójicamente, resultaba más real y significativo que cualquier fotografía calculada que hubieran escenificado hasta la fecha.

El banquete de las verdades

Comieron en silencio durante los primeros minutos, un silencio cómodo que contrastaba con la tensión que solía dominar sus encuentros: no era el silencio evaluador y medido de la biblioteca, ni tampoco aquel latido de expectación física que había marcado el momento en la nieve, sino una quietud genuinamente relajada, esa serenidad que solo surge entre personas que han dejado de calcular cada palabra antes de pronunciarla.

El coq au vin había quedado sorprendentemente bueno, dadas las alarmantes circunstancias de su preparación, y Mel sintió una satisfacción sencilla ante el resultado; un pequeño triunfo doméstico que parecía más compartido que cualquier victoria estratégica alcanzada hasta la fecha.

La chimenea central continuaba crepitando en el salón, esparciendo un calor gratificante, mientras que al otro lado del ventanal adyacente a la mesa, Mel contemplaba la nieve caer en silencio, iluminada solo por el resplandor de la casa contra la noche alpina.

—¿Por qué aceptaste esta farsa tan rápido, Arthur?

—preguntó Mel finalmente. La duda brotó impulsada por una curiosidad sincera, despojada de cualquier afán inquisitivo o estratégico—.

Un hombre con tu poder podría aplastar a la prensa con abogados y demandar a cualquier medio que publicara algo difamatorio.

¿Por qué exponerte de esta manera tan... personal?

Arthur dejó el tenedor despacio sobre la mesa con cierta deliberación, como si evaluara minuciosamente cuánto revelar ante una pregunta que rebasaba los límites de lo profesional.

—Mis abogados controlan las leyes, no el mercado —respondió con una voz más baja que de costumbre, cargada de matices reflexivos—.

El consejo de administración de mi empresa está compuesto en su mayoría por hombres de la vieja guardia, personas que heredaron sus puestos tras décadas de tradición corporativa conservadora.

No les importa si soy eficiente o no. Les importa, y mucho, que mi vida personal refleje los valores tradicionales que consideran indispensables para alguien en mi posición.

Hizo una pausa y fijó sus ojos grises en un punto distante tras el cristal, como si observara algo más allá del paisaje nevado.

—Un Sterling no puede ser visto como un hombre inestable o solitario —continuó, y al pronunciar el apellido dejó entrever el peso desmedido de unas expectativas que había tenido que asumir tiempo atrás—. Especialmente no después de lo que ocurrió con mi hermano.

Mel sintió que algo se serenaba en su interior ante esa confidencia, consciente de que Arthur se adentraba en un terreno infinitamente más vulnerable que en cualquier conversación previa.

—Nunca mencionaste que tuvieras un hermano —dijo ella suavemente, sin presionar, ofreciéndole espacio por si deseaba continuar.

Arthur permaneció en silencio un largo rato. Sus dedos hacían girar lentamente la copa de vino sobre la mesa mientras observaba el líquido oscuro mecerse a la luz del fuego.

—Mi hermano mayor se llamaba Alexander —dijo al fin con una voz más áspera que de costumbre—.

En casi todos los aspectos, era el verdadero heredero que mi padre siempre imaginó para el Sterling Group.

Brillante, carismático y con un talento natural para los negocios, nunca forzado ni calculado como siempre lo fue para mí.

—¿Qué le ocurrió? —inquirió Mel, aunque presentía con pesar la respuesta.

—Un accidente de esquí —respondió Arthur en un murmullo que parecía arrastrar una década de dolor contenido—.

En esta misma montaña, hace diez años. Una avalancha imprevista en una zona que conocía a la perfección y que había recorrido cientos de veces sin incidentes.

A veces, la montaña decide que ha llegado tu hora, sin importar cuánta experiencia o habilidad poseas.

A Mel se le oprimió el pecho ante la revelación, al percibir la huella del dolor en esas palabras cuidadosamente elegidas, aun transcurrido un decenio.

—Heredé un imperio que jamás estuvo pensado para mí —continuó Arthur sin apartar la vista de la copa, evitando el contacto visual directo al mostrar esa vulnerabilidad—.

Me paso cada día tratando de demostrar ante un consejo de hombres que en secreto siempre me consideraron inadecuado, y ante la memoria de mi padre —que perdura en las exigencias imposibles grabadas en cada decisión corporativa—, que no soy el premio de consolación.

La segunda opción que nadie deseaba, pero que tuvieron que aceptar cuando la primera desapareció trágicamente.

Mel sintió una honda compasión, al descubrir en esa confesión a un hombre mucho más complejo y humano que la figura fría y calculadora que la prensa internacional insistía en retratar.

—Lo siento mucho, Arthur —dijo con dulzura, inclinándose ligeramente hacia él a través de la mesa en un gesto sencillo pero cargado de significado—.

Es una carga terrible pasar la vida intentando llenar el vacío dejado por otra persona, en especial cuando ese espacio implica tanto duelo y unas expectativas imposibles de cumplir.

Arthur alzó al fin la mirada y la fijó en ella. Mel advirtió un destello de fragilidad en su rostro habitualmente severo, una apertura franca que parecía costarle un esfuerzo considerable sostener.

—¿Y tú, Melissa? —preguntó él, recuperando poco a poco el aplomo, aunque con una calidez inusual—. ¿Qué intentabas llenar cuando aceptaste pasar siete años enteros siendo invisible para ese tipo en Brasil?

La pregunta la atravesó con una precisión incómoda. Supo que Arthur, al compartir su propia herida, había abierto un espacio de reciprocidad donde ella también se sentía dispuesta a explorar parcelas emocionales que rara vez se permitía examinar.

Bajó los ojos hacia su vaso de agua, sintiendo el nudo familiar en la garganta mientras sopesaba cuánto revelar.