CAPÍTULO 6 — BAJO EL MISMO TECHO #2
Una iluminación cálida e indirecta se filtraba a través de las cristaleras, proyectando pequeñas islas de luz acogedora sobre la oscuridad gélida del exterior.
A pesar de la ansiedad que le producía asimilar las implicaciones de ese cambio repentino, Mel sintió un chispazo de genuina admiración ante la evidente belleza de la propiedad.
Caminó hacia la entrada principal seguida por el empleado que transportaba su equipaje. La puerta se abrió antes de que tuviera oportunidad de llamar o tocar el timbre.
El interior de la cabaña reveló un espacio aún más impresionante de lo que sugería la fachada: un ambiente amplio e integrado donde el salón, la cocina y el comedor se conectaban mediante una arquitectura abierta y fluida, enmarcada por los mismos ventanales que permitían contemplar la majestuosidad de las montañas nevadas desde el confort del interior.
El rumor reconfortante del fuego alcanzó los oídos de Mel antes de que pudiera localizar su origen.
En el centro del salón principal se erigía una chimenea suspendida de diseño circular; sus llamas danzaban suavemente, proyectando sombras cálidas sobre los muebles de madera oscura cuidadosamente elegidos.
Arthur estaba sentado en un sofá de cuero texturizado cerca de la chimenea. Tenía un vaso de whisky sobre la mesa auxiliar y un portátil abierto en el regazo, cuya pantalla iluminaba en parte su rostro concentrado.
A Mel le produjo una extraña impresión contemplar esa escena.
No porque tuviera nada de insólito ver a un hombre trabajando tranquilamente en su casa por la noche, sino porque era la primera vez que lo veía fuera del estricto «modo trabajo» que había caracterizado cada uno de sus encuentros anteriores, ya fuera en las negociaciones formales de la biblioteca o en las sesiones fotográficas ante las cámaras.
No vestía el impecable traje formal que ella asociaba a su imagen profesional, ni el equipo técnico negro de la sesión de esquí.
Llevaba únicamente un jersey de lana gris oscuro, informal pero de una calidad indiscutible, que hacía que sus hombros parecieran, paradójicamente, aún más anchos y rotundamente imponentes que con la sastrería estructurada.
—Bienvenida al ojo del huracán, Melissa —dijo él sin apartar del todo la mirada de la pantalla, aunque Mel, cada vez más atenta a los matices de su comportamiento, percibió en su aparente indiferencia cierto rasgo calculado, como si mantuviera la distancia deliberadamente para no mostrar una reacción obvia ante su llegada.
—Es una casa impresionante —respondió Mel, detenida cerca de la entrada, dubitativa sobre cuál sería el protocolo adecuado para una situación tan nueva y distante de sus dinámicas habituales.
—Tu dormitorio es la segunda puerta a la derecha en el pasillo superior —continuó Arthur, alzando finalmente los ojos para mirarla de frente con expresión neutra—. Tiene su propia chimenea y una vista privilegiada al valle. Renée se habrá encargado de que lleven tus maletas directamente allí.
Mel asintió. Mientras asimilaba la información, observó en silencio los pequeños detalles del entorno que revelaban aspectos de Arthur jamás presenciados.
Sobre la mesa auxiliar, junto al sofá, reposaba una pequeña pila de libros cuyas cubiertas sugerían intereses ajenos a la literatura corporativa o financiera: biografías históricas, un volumen de poesía que parecía ajado por el uso constante y una novela de ciencia ficción clásica que jamás habría asociado a la imagen inflexible que la prensa internacional difundía de él.
—¿Lees ciencia ficción? —preguntó, incapaz de reprimir la curiosidad ante ese detalle imprevisto.
Arthur siguió la mirada de Mel hacia los libros. Por un breve instante, cruzó por su rostro un sutil gesto de incomodidad, como si se sintiera sorprendido al revelar sin pretenderlo un rasgo más íntimo.
—De vez en cuando —respondió con voz controlada, aunque un punto menos formal de lo habitual—. Me ayuda a desconectar de los asuntos corporativos antes de dormir.
A Mel se le escapó una sonrisa involuntaria ante esa revelación tan humana; un atisbo de vulnerabilidad que contrastaba de forma evidente con la fachada ejecutiva que él exhibía en casi todas sus apariciones.
—No imaginaba que Arthur Sterling tuviera tiempo para algo ajeno a las negociaciones multimillonarias —comentó con un toque provocador, explorando con cautela el terreno más distendido que parecía abrirse en la intimidad de la casa.
Arthur arqueó levemente una ceja, ese gesto característico que ella ya reconocía como preludio a una respuesta elaborada.
—Aún me quedan algunas horas al día que no he logrado convertir en productividad corporativa medible —repuso él. En la cuidada cadencia de sus palabras se adivinaba un rastro de humor seco, rara vez expresado de forma abierta, pero latente bajo capas de contención.
Mel dejó escapar una risa breve y espontánea. Se sorprendió de su propia reacción ante un comentario que, en rigor, no resultaba gracioso, pero que en la voz de Arthur cobraba un matiz inesperadamente entretenido.
Él la observó con una expresión indescifrable, entre la satisfacción contenida y cierto desasosiego, como si disfrutara del intercambio a la vez que se cuestionaba por qué permitía que esa complicidad se desarrollara de forma tan natural.
—Voy a acomodarme en la habitación —dijo Mel finalmente, sintiendo la necesidad de poner distancia antes de que la cercanía se profundizara en esa primera noche bajo el mismo techo.
Arthur asintió y volvió la vista a la pantalla del portátil.
Sin embargo, al dirigirse a las escaleras que conducían al piso superior, Mel advirtió que él la observaba discretamente mientras se alejaba, con una atención velada que aún se resistía a analizar, pero que flotaba, innegable, en el silencio compartido.
La pataleta en la cocina
Mel bajó las escaleras cerca de una hora después, habiendo deshecho solo lo esencial de sus maletas, guardando la ropa en los amplios armarios del dormitorio y organizando algunos enseres personales sobre la cómoda junto al ventanal panorámico.
La habitación había superado con creces sus expectativas: espaciosa, decorada con ese mismo equilibrio entre lujo contemporáneo y calidez rústica que caracterizaba al resto de la propiedad, y con una chimenea individual ya encendida que esparcía un calor reconfortante por toda la estancia.
Sintió una sed repentina —probablemente como resultado del aire seco característico de las grandes altitudes al que aún no terminaba de acostumbrarse— y volvió a bajar hacia la cocina, vestida únicamente con una sudadera cómoda y calcetines gruesos que la protegían del suelo de madera ligeramente frío.
Lo que encontró al entrar en aquel espacio amplio e integrado la hizo detenerse en seco bajo el marco de la puerta, momentáneamente incapaz de procesar la escena que presenciaba.
Arthur Sterling, el multimillonario CEO cuya reputación pública sugería un control absoluto sobre prácticamente cualquier aspecto de su existencia, estaba parado frente al fuego con una sartén en la mano y una expresión de concentración tan intensa como jamás le había visto en ninguna negociación corporativa.
Mientras tanto, pequeñas llamas anaranjadas brotaban repentinamente del recipiente, amenazando con alcanzar la manga de su jersey gris oscuro.
—¡Arthur! —exclamó Mel, avanzando a gran velocidad hacia la cocina con una mezcla de alarma genuina y diversión creciente en la voz.
—Está bajo control —respondió él, aunque su semblante sugería algo infinitamente menos confiado que sus palabras. Tenía la mirada fija en aquellas llamas que bailaban de forma alarmante sobre la superficie de lo que parecía ser una salsa a base de coñac.
—Eso no parece bajo control en absoluto —observó Mel. Cautelosa y rápida, agarró la tapa de una olla cercana y sofocó el fuego con un movimiento preciso, una técnica aprendida años atrás en una clase de cocina a la que Camila la había convencido de ir juntas.
El fuego se extinguió al instante bajo la tapa improvisada, dejando tras de sí un humo tenue y un fuerte olor a alcohol quemado que impregnó el ambiente.
Arthur permaneció inmóvil un segundo, mirando primero la sartén cubierta y después a Mel. Su rostro pasó gradualmente de la concentración tensa a algo muy cercano a la indignación.
—Sabía exactamente lo que estaba haciendo —declaró, irguiéndose con esa misma autoridad física que caracterizaba sus intervenciones públicas más formales, aunque el efecto general quedaba seriamente deslucido por el delantal torcido sobre el jersey y una mancha visible de salsa en su mejilla izquierda.
Mel dejó escapar una risa franca, incapaz de contenerse ante semejante contraste entre la inquebrantable severidad ejecutiva y un tropiezo doméstico tan evidente.
—Casi incendias tu propia cocina —dijo, aún riendo y cubriéndose parte de la boca en un intento tardío por moderar su reacción.
—Esto se llama flambear, Melissa —replicó Arthur, con esa falsa indignación que ella empezaba a reconocer como una faceta insospechadamente encantadora de su personalidad—. Es una técnica culinaria francesa clásica, no un accidente doméstico como pareces empeñada en calificarlo.
—Flambear generalmente no implica que las llamas suban peligrosamente cerca de tu propia ropa —argumentó Mel.
Se acercó a la encimera y echo un vistazo al interior de la sartén tapada, donde la salsa aún borboteaba suavemente, desprendiendo un aroma que, a pesar del incidente, resultaba sorprendentemente apetitoso.
—Un pequeño detalle técnico de ejecución —admitió Arthur, dejando por fin que un matiz de humor asomara a su rostro.
Las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba, un gesto que Mel apenas le había visto hasta ese momento—.
Dirijo un imperio financiero multinacional valorado en miles de millones de euros, Melissa. Sé dorar un diente de ajo.