CAPÍTULO 3 — PRIMER CONTACTO CON EL HIELO #2
Alzó la vista, asimilando la escala de la estructura.
El complejo abarcaba una superficie mucho mayor de lo que imaginó tras la descripción inicial de Renée por teléfono: múltiples alas conectadas por pasarelas cubiertas, terrazas exteriores con sofás de cuero dispuestos alrededor de hogueras encendidas pese a ser de mañana, todo enmarcado por la inmensidad blanca de las montañas, que por su proximidad parecían envolver el lugar.
Ante aquello, Mel se sintió insignificante; no solo en lo físico ante semejante arquitectura, sino de un modo más profundo, como si su vida anterior, la carrera construida con esfuerzo y la relación que había definido su etapa adulta cupieran en una fracción mínima del mundo que ese lugar representaba.
—¿Melissa?
La voz vino de su derecha y Mel se giró para ver a una mujer que se aproximaba con paso firme. Vestía un abrigo térmico en tono gris oscuro y llevaba el cabello rubio recogido en un moño práctico, propio de alguien acostumbrado a desenvolverse con rapidez entre múltiples tareas.
—Renée —respondió Mel, reconociendo la voz que solo conocía por teléfono, acompañada ahora por un rostro angular de ojos verdes que la examinaban con una mezcla de evaluación profesional y simpatía.
—Es un placer conocerla al fin en persona —dijo Renée, estrechándole la mano con firmeza mientras hacía una seña discreta a un empleado para que se hiciera cargo del equipaje restante de Mel—.
Espero que el viaje haya sido llevadero.
Sé que trece horas de vuelo más el trayecto en coche son palizas considerables, sobre todo con la diferencia horaria.
—He sobrevivido —contestó Mel con una sonrisa cansada pero sincera ante la desenvoltura de la mujer, alejada de la formalidad excesiva que preveía en alguien al servicio de un multimillonario europeo—. Aún no sé si he asimilado dónde estoy.
—Es normal —repuso Renée, girándose para encaminarse a la entrada principal con un paso rápido que denotaba prisa, pese al cansancio evidente de Mel—.
La primera vez que vine a Chamonix, hace casi seis años, tardé una semana entera en dejar de sentir que estaba dentro de un sueño extraño.
Las montañas producen ese efecto, en especial si vienes de una gran ciudad.
Mel la siguió al interior, tan impresionante como la fachada: un gran vestíbulo de doble altura, iluminado por un tragaluz que permitía que la luz natural inundara el espacio con una claridad tenue.
El mobiliario de diseño contemporáneo se combinaba con elementos rústicos: una chimenea central de piedra, alfombras de piel sobre el suelo de madera oscura y elaborados arreglos florales que parecían difíciles de mantener en un clima tan hostil.
—No tenemos tiempo que perder, por desgracia —continuó Renée, guiándola con rapidez por los pasillos mientras mantenía su tono directo—.
Sé que le gustaría descansar antes de nada, pero el Sr. Sterling insiste en conocerla hoy mismo.
La situación con los inversores se deteriora más rápido de lo deseado y cada día de retraso supone un riesgo añadido.
Le entregó un vaso de café humeante y un abrigo térmico doblado sobre el antebrazo.
—Póngase esto —le indicó—. Lo que trae no aguantará el clima de aquí. Le proporcionaremos un armario completo para el periodo del contrato, pero por ahora esto evitará que se congele de camino a la biblioteca.
Mel aceptó el café y la prenda con gratitud y cierta saturación sensorial; todo sucedía a una velocidad difícil de procesar para su mente agotada, con información e instrucciones sucediéndose demasiado rápido.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo Mel mientras se ponía el abrigo sobre el suyo, notando la diferencia de abrigo entre ambas prendas.
—Por supuesto.
—¿Cómo es él en realidad? El Sr. Sterling. Por teléfono mencionó la urgencia de la crisis y los detalles financieros, pero... como persona. ¿Qué me voy a encontrar?
Renée se detuvo un instante, dibujando una sonrisa sutil mientras sopesaba la respuesta.
—El jefe la espera en la biblioteca privada —dijo al fin, reanudando la marcha por un pasillo más estrecho que se alejaba del vestíbulo, con paredes decoradas con obras de arte contemporáneo iluminadas por focos discretos—. Y debo advertirla: su humor hoy es más frío que el invierno de ahí fuera.
Lo dijo con un matiz que, pese a la dureza de las palabras, encerraba cierto afecto cercano; no el tono de alguien que teme a su superior, sino la exasperación cariñosa de quien conoce los accesos y manías de un compañero respetado.
—No va a hacerle nada, si es lo que imagina —añadió Renée al notar la leve aprensión en el rostro de Mel—.
Arthur Sterling es el hombre más exigente con el que he trabajado en mi carrera, sin duda, y no se lo va a poner fácil solo porque acaba de cruzar el océano.
Pero es justo, dentro de sus propios y rígidos términos.
Si aporta resultados, lo reconocerá. Si intenta darle largas con excusas o medias verdades, se dará cuenta al instante, y ahí sí la situación se volverá incómoda.
Mel retuvo cada detalle de la descripción, intentando precisar la imagen del hombre que iba a conocer, sumándola a los datos recabados en la llamada inicial y a las búsquedas rápidas durante el vuelo usando la red del avión para obtener información pública sobre Arthur Sterling y el Sterling Group.
Aquellas búsquedas habían mostrado artículos financieros formales, fotografías corporativas donde aparecía impecablemente vestido con expresión seria y meditada, y un volumen preocupante de titulares recientes que cuestionaban su carácter y su liderazgo: la crisis de imagen que la habían contratado para atajar.
—¿Cuánto tiempo lleva al frente? —preguntó Mel para obtener más contexto práctico antes del encuentro.
—Prácticamente de todo el Sterling Group —respondió Renée sin frenar el paso—.
Asumió el mando hace diez años, bastante joven para esa responsabilidad, tras...
bueno, esa es una historia que quizás prefiera contarle él mismo si lo estima oportuno.
Pero le aseguro que, pese a la reputación de frieza que la prensa explota, quienes trabajamos cerca de él le tenemos un respeto genuino.
Yo llevo cuatro años como su asesora y sigo aquí por decisión propia, no por falta de ofertas.
Llegaron ante una puerta doble de madera oscura con relieves geométricos discretos, que contrastaba con las puertas de vidrio del resto del edificio. Renée se detuvo ante ella y se erguió ligeramente, un gesto casi imperceptible que delataba cierto celo respetuoso antes de acceder al recinto.
—Una última cosa antes de entrar —dijo Renée girándose hacia Mel y bajando el tono de voz, casi confidencial—: no se deje intimidar por el silencio inicial.
Suele evaluar a la gente observando antes de hablar.
Eso no implica una desaprobación automática; solo significa que está procesando.
Mantenga la calma, sea directa y todo saldrá bien.
Mel asintió sintiendo una leve aceleración en el pulso, mientras el calor del vaso entre sus manos le aportaba un modesto alivio ante la inquietud que se le acumulaba en el pecho.
Renée llamó dos veces a la puerta con un toque característico antes de empujarla despacio, revelando el interior de la biblioteca privada donde estaba a punto de comenzar el siguiente capítulo de su vida.
La reunión en la cumbre del mundo
La puerta se abrió despacio, revelando un espacio que parecía pertenecer a una época del todo distinta al resto del complejo ultramoderno que Mel acababa de recorrer.
La biblioteca privada de Arthur Sterling estaba rodeada, de suelo a techo, por estanterías de madera oscura repletas de libros encuadernados en cuero —muchos de ellos claramente antiguos, con lomos desgastados por el uso y el tiempo—, organizados con una precisión que sugería un sistema catalográfico personal y riguroso.
Una chimenea monumental ocupaba buena parte de la pared opuesta a la entrada.
Las llamas chisporroteaban con suavidad sobre leños recién añadidos, desprendiendo un calor denso y reconfortante que contrastaba con el frío cortante del exterior del resort.
El resto de la estancia combinaba sillones de cuero envejecido, una mesa de caoba maciza ubicada junto a la pared de cristal y alfombras persas que amortiguaban el sonido de los pasos, creando un silencio reverente.
Y ante el inmenso ventanal que enmarcaba la pista de esquí y las montañas nevadas al fondo, de espaldas a la puerta y con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón de sastrería oscura de corte impecable, había un hombre.
Mel sintió que su cuerpo se tensaba ante esa primera visión, aunque de momento solo pudiera verle la espalda.
Había algo en la postura de aquel hombre —en sus hombros anchos, que llenaban una camisa blanca impecable, en la rectitud de la espalda y en cómo parecía acaparar la atención del entorno sin moverse un solo milímetro— que comunicaba, sin necesidad de palabras, una autoridad física y palpable.
Una presencia de la que Mel rara vez había sido testigo, incluso tras años de trabajo junto a ejecutivos experimentados y directores de grandes cuentas corporativas.
Renée carraspeó con discreción, indicando su llegada.
El hombre se giró.
Mel vaciló una fracción de segundo: un movimiento casi imperceptible pero que experimentó de manera intensa, como si el suelo bajo sus pies se hubiera inclinado ligeramente antes de estabilizarse.