El conde que la quería para sí (Las damas de Bellebourne nº 9) Capítulo 10 #7
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Capítulo 10 #7

Durante varios momentos ninguno se movió.

Solo existía la respiración.

La de Lenora.

La de Vincent.

El lento regreso de la habitación alrededor de ellos.

Vincent besó su sien.

Después su mejilla.

Después, con una ternura casi absurda tras todo lo que acababa de ocurrir entre ambos, la punta de su nariz.

Lenora abrió los ojos.

Él la miraba.

Ningún conde.

Ninguna serenidad pública.

Su cabello era un desastre.

Su rostro estaba relajado, asombrado y, de algún modo, parecía más joven.

Lenora sonrió.

—Hola.

Vincent la miró fijamente.

Después rio.

—Hola.

Ella también rio.

El sonido transformó la habitación de algo solemne en algo completamente suyo.

Vincent se movió con cuidado, acomodándola contra su pecho y cubriéndolos con las mantas.

Lenora se acurrucó contra él.

La mano de Vincent se movió lentamente por su espalda.

Arriba.

Abajo.

Otra vez.

Sin urgencia.

Solo contacto.

Ella escuchó los latidos de su corazón.

Todavía rápidos.

Eso le agradó.

—No estás sereno.

—No.

—Me siento engañada.

Vincent bajó la mirada.

—¿Sí?

—Sí.

—Pasaste semanas fingiendo que nada te alteraba.

—Tú me alteraste inmediatamente.

Lenora levantó la cabeza.

—¿Inmediatamente?

—El carruaje.

—Te fijaste en mi rostro.

—Entre otras cosas.

Los ojos de Lenora se estrecharon.

Vincent sonrió.

—Mi esposa tiene unos senos excelentes.

Lenora jadeó.

—Vincent.

—¿Qué?

—No puedes simplemente decir eso.

—Soy tu marido.

—Eso no te libera de los modales.

—¿En esta habitación?

Miró alrededor.

—Creo que sí.

Lenora intentó no reír.

Fracasó.

Vincent sonrió y apartó un mechón de cabello de su rostro.

Su expresión fue suavizándose poco a poco.

Su mirada descendió hacia la mano que descansaba sobre su pecho.

Los dos anillos de Lenora brillaban juntos bajo la luz de las lámparas.

Vincent los cubrió con la palma.

—Me elegiste.

La diversión de Lenora desapareció.

Ahí estaba otra vez.

No exactamente incredulidad.

Asombro.

Ella se acomodó un poco más arriba contra él.

—Sí.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Intelectualmente.

Lenora sonrió.

—¿Y de las otras maneras?

Vincent miró sus manos.

—Puede que necesite que me lo repitas.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Cincuenta años.

—Excesivo.

—Sesenta.

Lenora rio.

Después se puso seria.

—Si Hatherstone desapareciera mañana, aun así te elegiría.

Vincent se quedó inmóvil.

Ella tocó su rostro.

—Si no hubiera título.

Sus ojos sostuvieron los de ella.

—Ni finca.

—Lenora.

—Ni arrendatarios pidiéndote que repares verjas.

La boca de él se movió.

—Eso ahorraría tiempo.

Ella sonrió.

Después negó con la cabeza.

—Lo digo en serio.

Vincent se puso completamente serio.

Lenora colocó la mano sobre su corazón.

—No me casé con Hatherstone.

Silencio.

—No me casé con un conde.

Las yemas de sus dedos recorrieron lentamente su piel.

—Me casé con el hombre que recordó cómo tomaba el café después de una sola noche.

La expresión de Vincent se suavizó.

—Con el hombre que fingía preocuparse por el barro cuando estaba celoso.

—Sí me preocupaba el barro.

—Por supuesto.

—El drenaje realmente era...

Lenora lo besó.

Vincent rio contra su boca.

Cuando ella se apartó, continuó:

—Me casé con el hombre que escuchó cuando le dije que estaba equivocado.

—Eso ocurrió demasiadas veces.

—Seguirá ocurriendo.

—Un futuro difícil.

—Me casé con el hombre que pasó su vida creyendo que tenía que ser útil antes de que alguien pudiera amarlo.

La risa desapareció de los ojos de Vincent.

La mano de Lenora permaneció sobre su corazón.

—Nunca te necesité.

Vincent tragó saliva.

—Lo sé.

—Te quería.

Algo se abrió en su rostro.

Lenora sonrió.

—Todavía te quiero.

Vincent tomó su rostro entre las manos y la besó.

No con el hambre frenética de antes.

Despacio.

Profundamente.

Un beso que parecía menos una consumación y más una promesa.

Cuando terminó, Lenora volvió a acomodarse contra su pecho.

Fuera, Hatherstone seguía siendo exactamente lo que había sido aquella mañana: siglos de piedra, historia familiar, obligaciones y expectativas.

Sin embargo, Lenora no se sentía más pequeña dentro de él.

Seguía siendo ella misma.

Seguía siendo amada.

Seguía eligiendo.

Los dedos de Vincent recorrieron perezosamente su cabello.

—Te amo.

Ella sonrió contra su pecho.

—Te has vuelto repetitivo.

—Te lo advertí.

—Qué fastidio.

El brazo de él se tensó a su alrededor.

—Lenora.

Ella rio y levantó la cabeza.

—Yo también te amo.

Vincent la besó una vez.

Después otra.

Y cuando el segundo beso se profundizó, Lenora sintió el primer renacer del calor en lo profundo de su cuerpo.

Se apartó ligeramente.

—Vincent.

Sus ojos ya se habían oscurecido.

—¿Qué?

—Llevamos casados menos de un día.

—Exactamente.

—Eso no es un argumento.

—Es uno excelente.

Vincent giró, llevándola con suavidad bajo él mientras su cabello castaño se extendía por las almohadas.

Lenora rio.

—He estado en tus brazos durante la última media hora.

—Una distancia intolerable.

—No había distancia.

—Demasiada.

—Vincent...

La besó antes de que pudiera terminar.

Y esta vez Lenora rodeó con los brazos a su marido, riendo contra su boca, sin que quedara entre ellos nada que ninguno deseara contener.