El Código de la Alhambra (Los Secretos de España 2) CAPÍTULO 17 Inundación controlada
49%

CAPÍTULO 17 Inundación controlada

BLOQUE 1

Nadie intentó avanzar inmediatamente hacia el interior de la cámara.

La inscripción en castellano permanecía visible al fondo:

«Si has llegado hasta aquí, alguien ha incumplido el juramento.»

Después de lo descubierto durante la inspección con el endoscopio, Adrián ya no imaginaba una advertencia medieval.

La frase pertenecía probablemente a una intervención mucho más reciente.

Quizá del siglo XX.

Quizá incluso relacionada con Miguel Salvatierra.

Lucía volvió a comprobar los niveles de agua antes de autorizar la entrada.

La presión se había estabilizado.

El cierre principal permanecía parcialmente liberado y los técnicos de conservación habían asegurado los elementos móviles para evitar cualquier desplazamiento inesperado.

—Podemos entrar —dijo—, pero nadie toca una compuerta ni modifica el canal.

Adrián fue el primero en cruzar.

El aire era frío y húmedo.

No había nada sobrenatural en aquella sensación.

La cámara llevaba mucho tiempo cerrada y estaba vinculada a una conducción activa.

Daniel instaló sensores ambientales junto al acceso.

Omar comenzó a documentar las paredes.

No había decoración palatina.

Ninguna yesería.

Ningún mosaico.

Eso no significaba que la cámara fuera anterior a la Alhambra.

Solo que se trataba de una dependencia funcional.

Adrián se acercó al canal central.

El agua avanzaba con una lentitud extraordinaria.

Sobre el pedestal seguía la estructura transparente que habían observado con el endoscopio.

Ahora podían examinarla mejor.

La cubierta parecía relativamente moderna.

Dentro había una pieza mineral o vítrea, pulida en varias caras, instalada sobre una abertura vinculada al canal.

Lucía no la tocó.

—Primero el agua.

A ambos lados del canal aparecían estrechas ranuras talladas en el suelo.

No eran decorativas.

Algunas terminaban en pequeñas aberturas cerca de los muros.

Daniel iluminó una.

—Esto puede ser drenaje.

Lucía se agachó.

—O conducciones de alivio.

Siguió una de las ranuras.

Desaparecía debajo de un bloque lateral.

En otro punto aparecía algo parecido a una pequeña boca de rebose.

—Tenemos más agua detrás de estos muros.

Isabel la miró.

—¿Depósitos?

—Es posible.

No podían saberlo utilizando una cámara térmica como si atravesara la piedra.

Necesitaban combinar métodos.

Daniel colocó sensores de humedad, escuchó la respuesta mediante pequeños golpes de inspección y comparó los datos con el modelo obtenido en los corredores exteriores.

Una de las paredes presentaba una respuesta diferente.

Después otra.

Lucía estudió las cotas.

—Puede haber cámaras laterales.

—¿Llenas?

—No lo sé todavía.

Un pequeño conducto comenzó entonces a descargar unos centímetros por encima del canal principal.

Agua.

Muy poca.

Pero suficiente para confirmar que detrás existía algún volumen conectado.

Lucía observó el flujo.

—Eso puede ser un aliviadero.

Adrián miró hacia los muros.

Por primera vez la expresión “sala de control” adquirió un sentido posible.

No una habitación desde la que alguien dirigía todo el sistema mediante una máquina.

Un lugar desde el que podían inspeccionarse niveles, derivaciones y descargas.

Una sala hidráulica.

Y quizá una de las más importantes que habían encontrado.

BLOQUE 2

Daniel comenzó a levantar la cámara mediante escaneo láser mientras Lucía revisaba cada abertura visible.

No pretendían reconstruir mágicamente lo que existía detrás de los muros.

Necesitaban encontrar conexiones reales.

Una pequeña canalización lateral.

Después otra.

Una boca situada más arriba.

Varias marcas horizontales sobre la piedra.

Lucía señaló una de ellas.

—Niveles.

Omar se acercó.

Junto a la segunda marca aparecía una palabra árabe parcialmente erosionada.

La examinó.

—«Descargar».

Un poco más arriba encontró otra.

—«Cerrar».

Lucía sonrió.

—Entonces sí operaban algo desde acá.

No necesariamente todo el sistema.

Pero al menos determinadas derivaciones.

Daniel encontró en uno de los laterales del pedestal una pequeña cavidad protegida por una placa de piedra.

La retiraron únicamente después de documentarla.

Dentro había otra pieza pétrea plana.

Sobre su superficie aparecía un esquema de canales.

No coincidía perfectamente con el modelo moderno.

Tampoco representaba toda la infraestructura subterránea.

Parecía un croquis funcional.

Lucía lo estudió.

—Esto indica derivaciones.

Una línea principal.

Dos ramales.

Tres pequeños rectángulos que podían representar depósitos o cámaras.

Omar encontró pequeñas palabras junto a algunos trazos.

—«Alto».

Luego:

—«Bajo».

Y una tercera:

—«Desborde».

Adrián comprendió.

—Es una guía de operación.

No un mapa vivo.

No una pieza capaz de mostrar en tiempo real lo que ocurría bajo tierra.

Una referencia para quien trabajaba allí.

Lucía observó el esquema.

—Si estos rectángulos son depósitos, estarían a distintas alturas.

Daniel comparó las cotas disponibles.

—Eso encaja con algunos cambios de nivel que medimos.

La gravedad podía distribuir agua sin bombas.

Un depósito alcanzaba determinada altura.

El excedente entraba en otro conducto.

Ese conducto alimentaba una segunda cámara.

Una compuerta con flotador o contrapeso podía modificar automáticamente el flujo.

Nada de aquello requería tecnología imposible.

De hecho, cuanto más lo analizaban, más evidente resultaba que el sistema dependía de principios hidráulicos sencillos combinados con mucha experiencia.

Omar volvió al documento de 1491.

Encontró una advertencia:

«No abrir las tres derivaciones al mismo tiempo.»

Lucía levantó la vista.

—Eso sí es una norma de seguridad.

Si varias cámaras descargaban simultáneamente, podían provocar una crecida en un tramo preparado para recibir solo una parte del caudal.

Adrián observó el canal.

—¿Puede estar ocurriendo ahora?

Lucía comprobó los sensores.

—No.

Pero segundos después uno de ellos cambió.

El nivel comenzó a bajar en una derivación lateral.

Daniel se acercó.

—Nosotros no tocamos nada.

Lucía siguió la señal.

En otro sector el nivel aumentaba.

—Hay transferencia.

Isabel frunció el ceño.

—¿Automática?

Lucía no respondió inmediatamente.

Podía serlo.

Un depósito alcanzando un rebosadero.

Un flotador liberando una compuerta.

Un sistema de contrapesos respondiendo al nivel.

También podía ser una intervención desde otro punto.

Necesitaban determinarlo.

El primer nivel descendió.

Después se estabilizó.

Unos segundos más tarde comenzó a cambiar el segundo.

No con una precisión perfecta.

Los tiempos variaban.

El caudal también.

—Esto puede ser funcionamiento hidráulico normal —dijo Lucía.

Adrián señaló la placa.

—¿Coincide con el orden del esquema?

Lucía la comparó.

La primera derivación sí.

La segunda también.

Pero la tercera no.

Eso eliminaba otra conclusión demasiado cómoda.

La placa no estaba programando nada.

Solo describía una disposición posible.

Entonces Daniel recibió una alerta de uno de los sensores instalados fuera de la cámara.

—Acaba de cambiar una compuerta.

Lucía lo miró.

—¿Cuál?

—La que no controlamos.

Adrián observó el modelo.

El cambio procedía del sector todavía no explorado.

Alguien, o algún mecanismo de regulación situado allí, acababa de modificar el reparto del agua.

Y necesitaban descubrir cuál de las dos cosas era.

BLOQUE 3

Lucía pidió detener cualquier intervención.

Quería observar el comportamiento del sistema sin añadir nuevos cambios.

Durante varios minutos registraron niveles.

Una cámara descendía lentamente.

Otra recibía parte del caudal.

Después ambas se estabilizaban.

No existía una inteligencia coordinando el proceso.

Había hidráulica.

Algunas transferencias podían explicarse mediante rebosaderos.

Otras seguían siendo inciertas.

Daniel colocó sensores adicionales junto a uno de los muros.

—Hay movimiento mecánico detrás.

Un golpe leve.

Después otro.

Lucía escuchó.

—Puede ser una compuerta.

Adrián observó el esquema de piedra.

Una de las líneas terminaba precisamente en ese sector.

No porque la placa estuviera mostrando el movimiento actual.

Porque representaba una derivación que, siglos atrás, alguien había considerado suficientemente importante como para dibujarla.

Daniel encontró un pequeño tubo vertical cerca del pedestal.

—Miren esto.

Era transparente.

No tan antiguo como el resto de la cámara.

Probablemente añadido durante alguna intervención moderna.

El agua dentro del tubo subía y bajaba junto con el nivel de una de las conducciones.

Lucía comprendió.

—Salvatierra.

Isabel la miró.

—¿Un indicador?

—Eso parece.

Alguien había añadido una forma sencilla de comprobar el nivel sin abrir la conducción.

La cubierta transparente situada sobre el pedestal podía pertenecer a una lógica semejante.

No todo lo que encontraban era nazarí.

La cámara había seguido utilizándose y modificándose mucho después.

Daniel observó la placa antigua.

—Entonces en distintas épocas fueron añadiendo maneras de controlar el mismo problema.

Adrián asintió.

Eso explicaba mejor la complejidad del lugar que cualquier supuesta máquina construida de una sola vez.

De pronto el sensor exterior volvió a emitir una alerta.

La presión descendió con rapidez en uno de los ramales.

Lucía se acercó.

—Esta sí es una descarga importante.

El agua comenzó a abandonar una de las cámaras laterales.

No podían verla directamente, pero la variación de nivel resultaba clara en los sensores.

Daniel proyectó el recorrido probable.

—Está yendo hacia el norte.

Lucía negó.

—Está yendo hacia una cota más baja al norte. Eso es lo único que podemos decir.

El nivel continuó bajando.

Después apareció algo que no habían registrado antes.

Un sensor de humedad instalado cerca de una pared descendió bruscamente.

Daniel lo observó.

—Se está vaciando un espacio contiguo.

Adrián miró hacia el muro.

—¿Puede haber una galería inundada detrás?

Lucía estudió la cota.

—Sí.

Si una cámara o pasadizo había permanecido parcialmente lleno de agua, abrir una derivación inferior podía drenarlo.

No necesitaban que el sistema estuviera “alimentando” otro secreto.

Podía estar simplemente vaciando un conducto.

Pasaron varios minutos.

La vibración disminuyó.

Entonces apareció una junta horizontal en la base de uno de los muros.

No se había abierto por magia.

El descenso del agua había dejado visible una parte que antes permanecía sumergida.

Daniel iluminó el sector.

—Hay una abertura.

Lucía se agachó.

Un pequeño arco de piedra descendía hacia un pasadizo.

Todavía quedaban varios centímetros de agua.

Pero ahora podían verlo.

Omar observó la placa.

Una de las líneas representadas en el croquis salía precisamente por aquel lateral.

—Entonces esto era una de las derivaciones.

Adrián asintió.

Por primera vez podían comprobar físicamente una parte del esquema.

No todas.

Una.

Eso bastaba para validar que la pieza había sido utilizada como referencia técnica.

Daniel dirigió la linterna dentro del pasadizo.

A unos metros aparecía una rejilla metálica.

Mucho más reciente que la fábrica de piedra.

—Otra intervención moderna.

Adrián se acercó.

Sobre uno de los barrotes había una pequeña placa corroída.

Daniel limpió únicamente lo necesario para leerla.

M.S. — 1978

Todos se miraron.

Miguel Salvatierra había estado allí.

No solo detrás de Comares.

Había llegado hasta aquella cámara y había intervenido en la conducción.

Lucía observó el pasadizo parcialmente drenado.

—Entonces él sabía cómo funcionaba esta derivación.

—Al menos en parte —respondió Adrián.

Y quizá fuera la persona que había dejado la inscripción sobre el juramento.

O alguien que había trabajado junto a él.

Daniel enfocó más allá de la rejilla.

El corredor continuaba.

No hacia una instalación imposible.

Hacia otra dependencia de servicio.

Sobre una pared lateral podía verse algo colgado.

Una caja metálica.

Moderna.

Isabel frunció el ceño.

—Eso tampoco pertenece al sistema histórico.

Adrián observó el agua descendiendo lentamente.

Cada vez resultaba más claro que la cámara no había permanecido sellada durante cinco siglos.

Alguien había entrado.

Había estudiado las conducciones.

Había instalado indicadores.

Había colocado una rejilla.

Y había dejado señales de su trabajo.

El verdadero secreto ya no consistía únicamente en lo que habían hecho los ingenieros nazaríes.

También estaba en lo que ocurrió en 1978.

Lucía volvió a mirar los sensores.

—El nivel sigue bajando.

Adrián señaló el pasadizo.

—Entonces, cuando sea seguro, vamos a seguirlo.

No estaban asistiendo al despertar de una máquina.

Estaban drenando una antigua derivación hidráulica.

Y por primera vez, ese descenso del agua estaba dejando al descubierto el camino que Miguel Salvatierra había recorrido casi cincuenta años antes.