El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 3
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La modificación más difícil de interpretar apareció en una copia posterior.

No afectaba a la cantidad.

Afectaba a una palabra.

Sebastián la descubrió cuando comparó tres transcripciones de una misma anotación.

En una versión antigua aparecía:

separado

En otra:

retirado

Y en una copia posterior:

ausente

Irene se quedó mirando.

—No significan lo mismo.

—No.

—¿Cuál reproduce mejor el original?

—Eso es lo que tenemos que establecer.

Mauro se acercó.

—¿Qué diferencia práctica hay?

Sebastián señaló cada término.

—Separado describe que algo fue apartado del conjunto. Retirado expresa una acción más concreta. Ausente solo dice que ya no estaba.

Mauro señaló el fragmento reutilizado en la encuadernación.

—Ahí habíamos leído “retirado”.

—Sí.

—Entonces ésa es una de las formas más antiguas que conservamos.

—Y la más cercana físicamente al registro original que conocemos.

Irene volvió a la copia posterior.

—¿Por qué alguien cambiaría “retirado” por “ausente”?

Sebastián pensó.

—Puede ser una simplificación.

—O pérdida de contexto.

—También.

Mauro añadió:

—O una forma de evitar decir quién hizo algo.

Sebastián levantó la vista.

No podía descartarlo.

Pero tampoco afirmarlo.

La diferencia era significativa.

Retirado implicaba una acción.

Ausente eliminaba cualquier agente y describía únicamente el resultado.

—¿Cuándo se hizo esta última copia? —preguntó Irene.

Fray Julián revisó.

Era muy posterior.

Para entonces gran parte del contexto ya se había perdido.

Sebastián señaló eso.

—El copista pudo estar resumiendo una situación que ya no comprendía completamente.

Irene asintió.

—Pero el efecto es el mismo.

Sebastián la miró.

Tenía razón.

Cada transmisión reducía la precisión.

Una fuente hablaba de una acción concreta.

Otra conservaba solo la idea de separación.

Una posterior registraba únicamente ausencia.

Finalmente, la unidad desaparecía por completo de las relaciones nuevas.

No hacía falta falsificar nada.

Bastaba con resumir.

Actualizar.

Copiar una descripción sin conocer el hecho que había originado la anterior.

Con el paso del tiempo, la memoria administrativa podía erosionarse casi de la misma forma que la tinta.

Mauro observó las tres versiones.

—Entonces una procedencia puede desaparecer sin que nadie cometa ningún delito.

—Perfectamente.

—Y siglos después nadie sabe cómo salió el libro.

—Exactamente.

Sebastián volvió a la versión más antigua.

Había algo que todavía no habían analizado.

Junto a separado aparecía una abreviatura.

—Esperá.

Irene se acercó.

—¿Qué encontraste?

Sebastián amplió.

Podía tratarse de una indicación temporal.

Algo parecido a:

ant.

Fray Julián miró.

—Puede ser “anterior”.

—O “ante”.

Sebastián regresó al fragmento original.

La secuencia que conocían desde los primeros días era:

retirado ... antes ... traslado

La copia podía estar preservando la misma idea bajo una formulación diferente.

separado ante...

Irene comprendió.

—Entonces tenemos dos tradiciones documentales que pueden estar describiendo la misma secuencia.

—Sí.

Mauro preguntó:

—¿Eso lo demuestra?

Sebastián tardó.

—Demuestra algo importante: ya no dependemos únicamente del pergamino reutilizado.

Dos fuentes diferentes conservaban la misma noción temporal.

La segunda unidad había sido apartada antes del traslado general.

No durante.

Y no como consecuencia de él.

Antes.

Sebastián tomó una hoja y escribió la secuencia que podían sostener hasta ese momento:

registrado como segunda unidad

separado / retirado

desaparece del recuento

traslado general posterior

inventarios nuevos con una sola unidad

Irene leyó.

—Entonces el traslado no hizo desaparecer el manuscrito.

—No.

—Lo que hizo fue volver mucho más difícil reconstruir qué había ocurrido antes.

—Exactamente.

Fray Julián miró las fechas.

—Y Martín aparece dentro del intervalo en el que se produce la retirada.

Sebastián asintió.

Mauro señaló el nombre.

—Entonces tenemos que saber qué hizo con el volumen.

—Antes tenemos que asegurar que la entrada indica realmente que él lo recibió.

—La hoja lo relaciona.

—Sí.

—¿No es suficiente?

—Todavía no para reconstruir lo que ocurrió después.

Mauro aceptó.

Sebastián volvió a estudiar la indicación funcional situada junto al nombre de Martín.

El deterioro impedía leerla completa.

Pero las entradas paralelas demostraban algo suficiente por ahora: Martín había asumido una responsabilidad de guarda sobre bienes que debían permanecer disponibles para su posterior restitución.

No necesitaban nombrar todavía aquella función.

Necesitaban seguirla.

Irene repasó las copias.

—Hay algo que me preocupa.

—¿Qué?

—Si quien confeccionó el inventario nuevo lo hizo después de que el volumen desapareciera del fondo, puede no haber sabido que faltaba una unidad.

—Exactamente.

—Entonces la memoria real del segundo volumen solo sobrevivía en los registros anteriores.

Sebastián asintió.

—Y algunos de esos registros acabaron fragmentados, reutilizados o reclasificados.

Irene permaneció unos segundos mirando la mesa.

—Entonces no estamos reconstruyendo únicamente el recorrido de un manuscrito.

—No.

—Estamos reconstruyendo la última generación de documentos que todavía sabía que existía.

Sebastián no respondió.

Era exactamente eso.

Los inventarios posteriores no necesariamente mentían.

Simplemente sabían menos.

Uno conservaba dos unidades.

Otro una sola.

Una copia hablaba de retirada.

Otra de ausencia.

Una fuente todavía recordaba a una persona.

Las posteriores conservaban únicamente el objeto que seguía presente.

Cada documento había heredado una parte de la historia.

Ninguno la conservaba completa.

El teléfono de Mauro vibró.

Leyó el mensaje.

—Encontraron algo sobre Javier Monreal.

Irene levantó la cabeza.

—¿El anticuario?

—Sí.

Sebastián esperó.

—Hace quince años compró un lote de documentación de procedencia riojana.

—¿A quién?

Mauro consultó el mensaje.

—A una familia de Nájera.

Sebastián sintió que el nombre de la ciudad volvía a acercarse.

—¿Qué clase de documentación?

—Inventarios domésticos, correspondencia y protocolos familiares.

Fray Julián preguntó:

—¿Qué familia?

Mauro leyó:

Oruña.

Nadie habló.

El apellido volvía a aparecer.

La misma casa que en el siglo XIX había vendido bienes a Manuel Sáenz de Tejada.

La misma línea privada donde habían encontrado la referencia a dos volúmenes en pergamino.

Irene miró a Sebastián.

—Ahora sí tenemos que ir a Nájera.

Sebastián permaneció unos segundos en silencio.

Después negó.

Mauro estuvo a punto de sonreír.

—¿Qué falta esta vez?

Sebastián señaló las fechas extendidas sobre la mesa.

—Saber si estamos uniendo dos hechos que en realidad ocurrieron en momentos distintos.

—¿La entrega a Martín y la retirada?

—Sí.

—¿No son la misma operación?

—Eso llevamos varios capítulos suponiendo.

Irene comprendió antes que Mauro.

Si la entrega a Martín fuese anterior a la anotación de retirada, podían estar observando dos movimientos diferentes.

El volumen podía haber pasado por más de una persona o haber regresado temporalmente antes de desaparecer de la cuenta.

Toda la cronología volvería a desplazarse.

—Necesitamos una fecha —dijo Irene.

Sebastián asintió.

—Una suficientemente precisa.

Fray Julián miró los documentos.

—¿De cuál de los dos movimientos?

Sebastián señaló la anotación marginal.

—De la retirada.

Porque antes de seguir nombres, familias o ciudades necesitaban saber algo mucho más sencillo.

Cuándo había dejado realmente el segundo volumen de formar parte del fondo.

Hasta que no pudieran responder eso, cualquier camino hacia Nájera podía ser correcto.

O podía empezar varias décadas demasiado tarde.