El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 2
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La mano principal del registro era relativamente regular.

La anotación relacionada con la entrega había sido escrita por otra persona.

Y la palabra devuelto pertenecía a una tercera mano.

Eso fue lo primero que Sebastián consiguió establecer con suficiente seguridad.

Irene observó las tres escrituras.

—Entonces tenemos momentos distintos.

—Como mínimo.

Mauro estaba sentado al otro lado de la mesa.

—Tradúzcanmelo.

Sebastián respondió:

—El documento no se confeccionó y archivó inmediatamente. Siguió utilizándose.

—¿Durante cuánto?

—No podemos saberlo todavía. Pueden ser meses o años.

Fray Julián se acercó a la pantalla.

—Una persona registró la entrega y después otra añadió información sobre una devolución.

—Exactamente.

Mauro señaló la abrasión.

—¿El borrado ocurrió antes o después de que escribieran “devuelto”?

Irene negó.

—Con una fotografía no podemos establecerlo.

Sebastián estudió la superficie.

—Lo que sí parece es que la abrasión afecta a la primera anotación y no a la palabra posterior.

—Entonces alguien eliminó parte de la información de entrega.

—Eso parece.

Mauro frunció el ceño.

—¿Por qué borrarían el nombre de quien recibió algo si después dejaron escrito que volvió?

Sebastián respondió:

—Podría ser una corrección, un nombre equivocado, un cambio de responsable o un dato que dejó de considerarse válido.

Irene añadió:

—También puede haber ocurrido durante una reorganización del registro. No necesariamente para ocultar información.

Mauro tomó nota.

Sebastián siguió los trazos supervivientes bajo la abrasión.

Se distinguía una vertical, una curva y algo que podía ser una abreviatura.

No alcanzaba para identificar un nombre.

—Riaño tuvo esto delante —dijo.

Irene asintió.

—Y probablemente pudo verlo en mejores condiciones que nosotros.

Mauro levantó la vista.

—¿Puede haber escrito una lectura en otra parte?

Sebastián pensó inmediatamente en el cuaderno negro.

—Sí.

Mauro entendió.

—El que sigue sin aparecer.

—Exactamente.

Fray Julián consultó el registro de sala.

—Riaño trabajó con esta unidad durante una hora y cuarenta minutos.

—¿Solo? —preguntó Mauro.

—En la sala, sí.

—¿Tomó fotografías?

—Las permitidas.

Mauro miró a Irene.

—¿Podemos saber cuántas?

—Si Clara tiene la carpeta completa, sí.

Sebastián ya estaba revisando el material digital autorizado.

La imagen recibida por la mañana no era la única.

Había nueve fotografías de la misma unidad.

Riaño había documentado distintas zonas y aproximaciones.

Irene abrió una de ellas.

—Acá se ve mejor.

La parte raspada aparecía desde otro ángulo.

Los restos de tinta resultaban más claros.

No completos.

Pero permitían distinguir dos grupos gráficos.

El primero podía corresponder a un nombre.

El segundo parecía una abreviatura.

—¿Puede leerse? —preguntó Mauro.

—Todavía no.

Irene abrió otra imagen.

La iluminación era peor, pero permitía apreciar mejor el relieve del papel.

Sebastián comparó ambas.

—Hay cinco o seis letras en el primer grupo.

Fray Julián observó.

—La última parece una z.

Sebastián negó.

—También puede ser una r.

—¿Y la primera?

—Tal vez una m.

Irene amplió.

—No. Yo veo una n.

Sebastián se quedó mirando.

Seguían teniendo demasiadas posibilidades.

Mauro empezó a mostrar impaciencia.

—¿No hay una forma más sencilla?

Sebastián levantó la vista.

—Sí.

—¿Cuál?

—Encontrar el documento físico.

Mauro no sonrió.

—Estoy trabajando en eso.

La pieza seguía sin aparecer.

Habían comprobado cajas cercanas, descartado un préstamo activo y revisado movimientos internos conocidos. Nada indicaba que hubiera sido enviada a conservación o digitalización.

La posibilidad de una simple colocación errónea seguía abierta.

Pero cada hora que pasaba aumentaba la necesidad de explicar cuándo había salido de su ubicación correcta.

Mauro cambió de asunto.

—Recibí el informe médico.

Irene levantó la mirada.

Sebastián también.

—¿Y?

—No hay, por ahora, nada que permita afirmar una causa externa.

Fray Julián preguntó:

—¿Entonces fue natural?

Mauro eligió las palabras.

—El informe es compatible con una arritmia fatal en una persona que tenía antecedentes.

El silencio duró unos segundos.

Sebastián sintió una mezcla extraña de alivio y frustración.

Nunca había querido que Riaño hubiera sido asesinado.

Pero una muerte natural tampoco explicaba el cuaderno ausente ni la unidad mal ubicada.

Mauro continuó:

—Eso no cierra la parte documental.

Irene lo miró.

—¿Sigue investigando?

—Sí.

—¿Por la pieza desaparecida?

—Por eso y por el cuaderno.

—¿Alguna novedad del cuaderno?

—No.

Sebastián apoyó una mano sobre la mesa.

—Entonces también existe la posibilidad de que Riaño muriera por causas naturales y alguien aprovechara después.

Mauro lo miró.

—Existe como hipótesis.

—Sí.

—Entonces manténgala como hipótesis.

Sebastián asintió.

Mauro añadió:

—El cuaderno puede haberse extraviado antes. Puede estar con otro material o haberlo recogido un familiar sin identificarlo. Y la unidad del archivo puede estar simplemente mal colocada. Hasta que exista algo que conecte ambas ausencias, siguen siendo problemas separados.

Irene volvió a la imagen.

—Pero el borrado no pertenece a ese problema.

Mauro se giró hacia ella.

—Explíquese.

—Esa abrasión es anterior a Riaño. Mucho anterior a su muerte. Sea cual sea su explicación, pertenece a la historia del documento.

Sebastián comprendió.

La investigación policial podía terminar ocupando demasiado espacio mental.

El registro antiguo seguía siendo el centro del misterio.

Allí alguien había modificado una anotación mucho antes de que Riaño naciera.

No necesariamente para esconderla.

Pero la información había desaparecido.

—Volvamos al registro —dijo.

Mauro asintió.

Sebastián abrió las nueve fotografías y empezó a reconstruir la disposición completa.

El texto principal describía una unidad libraria.

Una segunda mano había añadido una indicación de entrega.

Después aparecía el grupo parcialmente borrado.

Más adelante, quizá una fecha o abreviatura.

Y finalmente estaba devuelto.

Pero había algo extraño en su posición.

Sebastián acercó la imagen.

—Esperá.

Irene lo miró.

—¿Qué?

—La palabra está demasiado abajo.

—¿Con respecto a la entrada?

—Sí.

Sebastián trazó la línea base.

—Puede corresponder al asiento siguiente.

Irene midió las alturas utilizando otras anotaciones de la página.

La palabra devuelto coincidía mucho mejor con la entrada inferior que con la correspondiente a la segunda unidad.

Sebastián permaneció inmóvil.

—No pertenece al volumen.

Mauro levantó la cabeza.

—¿Está seguro?

—La alineación encaja con la entrada siguiente.

Irene volvió a medir.

—Tiene razón.

Fray Julián se acercó.

—Entonces la segunda unidad no tiene anotación de devolución.

Sebastián asintió.

Aquello resultaba mucho más importante de lo que parecía.

Habían estado a punto de interpretar una palabra cercana como prueba de retorno.

No lo era.

La entrada del segundo volumen terminaba en la anotación de entrega y en la zona raspada.

Después no había nada que indicara regreso ni nueva ubicación.

Mauro observó la pantalla.

—Entonces Riaño también tuvo que darse cuenta de esto.

—Seguramente.

—¿Y por eso cambió su tabla de “sin constancia” a “no regresó”?

Sebastián pensó.

—Puede haber contribuido. Pero para afirmar “no regresó” necesitaba algo más que la ausencia de una anotación.

Irene señaló la última fotografía.

—Hay otra palabra.

Casi fuera de cuadro aparecía un término breve que hasta entonces habían considerado perteneciente a otra línea.

Sebastián amplió.

La escritura era de la misma mano que había realizado la anotación de entrega.

La palabra podía leerse:

aparte

Fray Julián recordó inmediatamente la frase encontrada en los archivos de Riaño:

Los remitidos en la primera entrega fueron restituidos salvo los relacionados en hoja aparte.

Sebastián volvió hacia la pantalla.

—La hoja aparte.

Irene asintió.

—Puede ser la relación de los que no regresaron.

Mauro preguntó:

—¿Y dónde está?

Nadie pudo responder.