BLOQUE 2
Leer los surcos resultó mucho más difícil de lo que Sebastián había esperado.
No había contraste que guiara el ojo.
Solo pequeñas diferencias de profundidad.
Cada trazo cambiaba según la dirección de la luz, de modo que una marca evidente desde un ángulo desaparecía casi por completo cuando Irene movía la lámpara unos grados.
Decidieron fotografiar la superficie desde distintas posiciones y comparar después las imágenes como apoyo visual.
No pretendían añadir información que no existiera.
El objetivo era separar las marcas que realmente pertenecían a la escritura de las deformaciones naturales del pergamino.
Fray Julián llegó cuando llevaban casi dos horas trabajando.
—Pensé que hoy buscarían inventarios.
—Después —dijo Irene.
El monje se acercó.
—¿Encontraron algo nuevo?
Sebastián señaló la pantalla.
—Tal vez una continuación de la nota.
Julián observó.
—No veo nada.
—Ésa es la idea.
—Magnífico.
Irene sonrió.
—Hay incisiones que podrían pertenecer a escritura.
—¿Legibles?
—Todavía no.
Fray Julián dejó sobre otra mesa una carpeta con reproducciones.
—Entonces les traje algo menos emocionante: documentación.
Sebastián miró la carpeta.
—Eso es más emocionante.
—Solo para vos.
Julián explicó que había localizado varias reproducciones de inventarios y referencias relacionadas con reorganizaciones antiguas del fondo. Ninguna parecía corresponder directamente al registro fragmentario, pero podían ayudar a establecer cuándo había dejado de utilizarse.
Sebastián quiso abrirlas.
Irene lo detuvo.
—Terminamos esto primero.
—Puedo hacer las dos cosas.
—No.
—¿Por qué?
—Porque dentro de veinte minutos vas a empezar a leer en estas marcas lo que encuentres escrito en esos documentos.
Sebastián la miró.
Tenía razón.
El contexto podía contaminar la lectura.
—Bien.
Fray Julián dejó la carpeta cerrada.
Continuaron.
Sebastián trazó únicamente las marcas que aparecían confirmadas en más de una fotografía.
El resultado seguía siendo pobre: una posible letra, otra marca separada y algo que podía corresponder a una abreviatura.
Irene observó el dibujo.
—No parece suficiente.
—No lo es.
—¿Entonces?
—Primero tenemos que saber en qué orden fueron trazadas.
La forma de algunas incisiones permitía inferir parcialmente la dirección del movimiento.
Sebastián siguió varias curvas.
Poco a poco las marcas comenzaron a perder parte de su apariencia caótica.
—Acá puede haber una palabra corta.
—¿Cuál?
—No sé.
—Muy útil.
Sebastián cambió de imagen.
—Podría comenzar con una preposición.
—¿“De”?
—Tal vez.
Fray Julián se inclinó.
—¿Y después?
—Nada seguro.
Sebastián volvió al final visible de la frase:
otro volumen
Después comenzaban las marcas casi invisibles.
Si la palabra siguiente era realmente una preposición, podía introducir procedencia, pertenencia o relación.
otro volumen de…
La expresión resultaba demasiado tentadora.
Sebastián se obligó a apartarla.
—No voy a leerla todavía.
Irene lo miró.
—¿Porque no podés?
—Porque no quiero completar lo que falta.
—Bien.
El trabajo continuó.
Media hora más tarde Irene detectó algo distinto.
En una de las fotografías, una zona diminuta del relieve parecía conservar un residuo oscuro.
Amplió la imagen.
No era suficiente para afirmar inmediatamente que se tratara de tinta, pero el depósito seguía exactamente uno de los surcos.
—Puede quedar material.
Sebastián se acercó.
—¿Podemos comprobarlo?
—Visualmente, hasta cierto punto.
—¿Sin tocar?
—Sí.
Irene modificó la iluminación.
La pequeña línea reaccionó de forma distinta al resto de la superficie.
No era una simple sombra.
Había un depósito.
Muy escaso.
Pero estaba allí.
—Entonces realmente escribieron sobre esta zona —dijo Sebastián.
—Sí.
Aquello eliminaba una de las principales dudas.
Ya no estaban interpretando únicamente una presión transferida desde otra hoja.
La misma pluma había dejado un resto de material sobre aquella superficie.
La anotación continuaba.
Irene fotografió la zona con mayor detalle.
Sebastián regresó a los trazos.
Una de las letras se volvió más clara.
—Esto es una d.
Irene observó.
—Sí.
La siguiente marca era pequeña y compatible con una e.
Sebastián escribió:
de
Irene lo miró.
—Entonces tenías razón.
—No. Teníamos una posibilidad que ahora tiene más apoyo.
—Nunca podés disfrutar cinco segundos.
—Sí puedo.
—No parece.
La palabra siguiente ocupaba un espacio mayor y parecía contener varios caracteres.
El primer trazo era ambiguo.
Sebastián lo siguió una y otra vez sin conseguir reconocerlo.
Fray Julián observaba desde atrás.
—¿Puede ser un lugar?
—Puede ser muchas cosas.
—¿Un nombre?
—También.
Irene señaló el espacio.
—Si realmente dice “otro volumen de…”, podría referirse al contenido.
Sebastián asintió.
—O a una procedencia.
—¿“De San Millán”?
—No entra en el espacio conservado.
—¿“De Suso”?
Sebastián la miró.
—No sabemos si esa forma tendría sentido para la época de la nota.
—Era un ejemplo.
—Lo sé.
Fray Julián intervino.
—¿Y si fuera “otro volumen del mismo…”?
Sebastián se quedó quieto.
La longitud podía parecer compatible, aunque solo de manera aproximada.
Volvió a las marcas.
La primera letra no parecía una m.
—No.
Julián asintió.
—Bien.
Nadie propuso otra palabra.
Irene regresó al examen material.
Fue entonces cuando detectó una diferencia en el borde inferior.
—Esto no pertenece al folio original.
Sebastián miró.
—¿Qué cosa?
—La abrasión.
Había una zona más clara, como si el pergamino hubiera sufrido roce repetido.
—¿Por la encuadernación?
—Probablemente.
—¿Puede haber borrado tinta?
—Sí.
Aquello explicaba de manera sencilla por qué la continuación de la anotación había desaparecido parcialmente.
No porque alguien hubiera intentado eliminarla.
La función mecánica del pergamino reutilizado había ido desgastando su superficie durante años.
La tinta, que ya era débil, terminó perdiéndose casi por completo.
Sebastián observó el espacio.
—Entonces una parte de lo que falta nunca fue cortada.
—Exactamente.
—Estuvo delante de nosotros todo este tiempo.
—Sí.
La idea era extraña.
Llevaban días buscando fragmentos perdidos cuando una parte de la frase había permanecido en el mismo lugar desde el principio, reducida a pequeñas incisiones y residuos que la luz ordinaria no permitía distinguir.
Irene apagó la iluminación general y dejó únicamente la rasante.
La superficie cambió.
No apareció una frase completa ni surgieron letras de manera espectacular.
Pero algunas marcas adquirieron suficiente coherencia para intentar reconocer otra secuencia.
Sebastián siguió los trazos con el dedo en el aire.
—Esperá.
Irene no se movió.
Él comparó varias fotografías.
Una forma podía corresponder a una r y la siguiente parecía una e. Algo más adelante había un trazo compatible con una g.
Sebastián se detuvo.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Irene.
—Puede ser parte de “registro”.
Ella miró.
—¿“Otro volumen de registro”?
Sebastián negó.
—Así no tiene sentido.
—Entonces no es eso.
—O estamos separando mal las palabras.
Regresó a las marcas.
La distancia que habían interpretado como un espacio podía ser simplemente una deformación del pergamino.
Si agrupaban los trazos de otra manera, la secuencia cambiaba.
Sebastián anotó algunas posibilidades y las descartó.
Ninguna resultaba convincente.
Fray Julián abrió la boca y se detuvo.
—Decilo —dijo Irene.
—No quiero condicionar la lectura.
Sebastián lo miró.
—Ahora te volviste prudente.
—Aprendo de ustedes.
—¿Qué ves?
Julián señaló una de las marcas.
—La primera letra no me parece una r.
—¿Qué te parece?
—Una n.
Sebastián volvió a la imagen.
Desde un ángulo parecía improbable.
Desde otro, no.
—Puede ser.
Irene modificó la iluminación.
La forma se volvió algo más clara.
Sebastián observó una vertical y el arco que salía de ella.
—Sí. Puede ser una n.
Continuó siguiendo las marcas, pero lo que venía después seguía demasiado incompleto.
No valía la pena forzar una lectura.
Irene apagó la lámpara.
—Basta.
Sebastián protestó.
—Estamos cerca.
—Precisamente.
—¿Qué significa eso?
—Que llevamos demasiado tiempo queriendo leerla.
Sebastián miró el reloj.
Habían pasado casi cuatro horas.
Irene tenía razón.
Otra vez.
—Abramos los inventarios —dijo ella.
Fray Julián acercó la carpeta.
Sebastián se alejó deliberadamente de la pantalla.
Era momento de buscar contexto.
Pero sin olvidar todo aquello que todavía no podían afirmar.