El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) CAPÍTULO 6 Bajo la luz del restaurador
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CAPÍTULO 6 Bajo la luz del restaurador

BLOQUE 1

La fotografía antigua había resuelto una palabra, pero al mismo tiempo había abierto un problema mayor.

Sebastián volvió a observarla apenas entró en la sala aquella mañana.

El negativo del rollo catorce conservaba con claridad la expresión otro volumen, pero después de esas dos palabras aparecía una zona irregular cuya lectura variaba según la forma en que se interpretaran los defectos de la imagen digitalizada.

Durante la noche había intentado reconstruir mentalmente la secuencia sin conseguirlo.

Ahora, frente a la pantalla, empezaba a sospechar que el problema no estaba en la escritura.

Estaba en la fotografía.

—No vas a sacar más de ahí —dijo Irene desde la puerta.

Sebastián no se volvió.

—Todavía no lo sé.

—Sí lo sabés.

Irene dejó el bolso y se acercó.

—El negativo tiene un límite. Si ampliás más, no aparecen letras nuevas. Aparecen defectos de la emulsión.

—No quiero ampliar.

—¿Entonces?

Sebastián señaló la zona deformada.

—Quiero saber si ese trazo pertenece realmente a la palabra o si estamos leyendo un defecto como si fuera escritura.

Irene observó la imagen.

—Puede ser un arañazo.

—Eso pensé.

—Entonces estamos de acuerdo.

Sebastián la miró por primera vez.

—No me gusta.

—¿Qué cosa?

—Estar de acuerdo tan temprano.

Irene sonrió.

—Podemos discutir después.

La pieza recuperada el día anterior permanecía protegida sobre una superficie de trabajo.

A pocos centímetros estaba el códice cuya antigua encuadernación había conservado el resto del pergamino.

No podían reunir físicamente los fragmentos, pero las fotografías permitían reconstruir buena parte de la posición que habían ocupado antes de ser separados.

Fray Julián había prometido llegar más tarde con nuevas reproducciones antiguas. Sebastián había decidido no esperar.

Necesitaban volver al material antes de seguir construyendo hipótesis.

Irene encendió el sistema de iluminación de la mesa.

La luz cayó de manera uniforme sobre el pergamino.

—Hoy quiero mirar la tinta —dijo.

Sebastián levantó la vista.

—¿Para fecharla?

—No.

—Bien.

Ella lo miró.

—Gracias por confiar tanto.

—Intentar fechar una tinta medieval con una mirada sería preocupante.

—No voy a hacer eso. Quiero comparar su comportamiento.

—¿Entre el cuerpo principal y las notas marginales?

—Exactamente.

Irene ajustó la intensidad y modificó la posición de la pieza.

A simple vista, ambas escrituras parecían oscuras, pero aquella semejanza significaba poco. El aspecto de una tinta podía variar por múltiples causas: el grosor del trazo, la absorción del soporte, la degradación o la cantidad de material depositado al escribir.

—Si las anotaciones fueron hechas bastante después —explicó—, quizá podamos detectar diferencias materiales.

—¿Y si no aparecen?

—No significará que sean contemporáneas.

Sebastián asintió.

—Bien.

Irene lo miró de costado.

—Sé cómo funciona esto.

—Solo lo decía.

—No. Lo estabas pensando en voz alta.

La observación bajo distintas condiciones de iluminación comenzó a mostrar pequeñas diferencias.

La tinta del cuerpo principal presentaba una degradación relativamente uniforme. En las notas marginales, en cambio, había zonas donde el trazo parecía haber penetrado de manera distinta en el soporte, mientras otras conservaban una intensidad algo mayor.

Aquello no permitía fechar nada.

Sí permitía sostener que las anotaciones no tenían por qué haber sido realizadas al mismo tiempo que el texto principal.

Irene documentó cada variación.

Sebastián seguía con la mirada las formas de las letras mientras ella trabajaba.

En la expresión otro volumen, la segunda mano había escrito con rapidez. Los trazos eran más comprimidos y el espacio entre palabras menor que en el cuerpo principal.

El margen no había sido pensado para contener una frase extensa.

Quien escribió allí aprovechó el poco espacio disponible.

Sebastián se inclinó.

—Hay algo raro.

Irene no levantó la cabeza.

—Eso llevás diciendo desde que llegaste.

—Mirá la inclinación.

Ella se acercó.

Sebastián señaló la última palabra visible.

—Al final cambia la dirección.

Irene observó.

La escritura descendía ligeramente hacia el borde.

—Puede ser porque se quedó sin espacio.

—Sí.

—¿Y?

—Si necesitaba seguir escribiendo, quizá continuó abajo.

Irene miró la pieza.

Debajo de la línea se extendía una zona que a simple vista parecía vacía. Solo se distinguían pequeñas alteraciones de superficie y manchas sin forma reconocible.

—No veo tinta.

—Yo tampoco.

—Entonces quizá no siguió.

Sebastián se inclinó un poco más.

—O se perdió.

Irene tomó la lámpara auxiliar y modificó el ángulo.

No apareció escritura.

Probó nuevamente.

Esta vez la superficie devolvió una irregularidad.

No era tinta.

Era relieve.

Sebastián acercó la fotografía.

—Ahí.

—No empieces.

—Hay marcas.

—Hay surcos.

—Que pueden corresponder a trazos.

Irene ajustó la iluminación rasante.

La zona inferior mostró varias depresiones casi invisibles.

No coincidían con el pautado ni parecían producto de daños naturales. Algunas seguían movimientos compatibles con el paso de una punta sobre la superficie.

—Podría ser escritura sin depósito visible —dijo Sebastián.

Irene negó.

—No tan rápido. También pueden ser marcas transferidas desde otra hoja.

—Como las que vimos antes.

—Exactamente.

Aquello complicaba la interpretación.

Si las incisiones procedían de una hoja situada encima, no tenían por qué pertenecer a la anotación marginal que estaban estudiando.

Sebastián permaneció en silencio mientras Irene fotografiaba la zona.

Al ampliar las imágenes, los surcos aparecieron con mayor claridad.

Sebastián estudió la orientación.

—No creo que sea presión de otra hoja.

Irene lo miró.

—¿Por qué?

—Porque sigue la dirección de la nota y comienza justo donde debería continuar la línea.

—Eso todavía no basta.

—No.

Irene regresó al original.

La coincidencia, sin embargo, era difícil de ignorar.

—¿Alguien escribió sin tinta?

—O con una pluma que apenas llevaba carga.

—Eso es diferente.

—Sí.

Irene modificó de nuevo la iluminación.

A simple vista, la zona seguía pareciendo vacía.

El relieve permanecía.

—Puede haber continuado escribiendo cuando la pluma ya casi no depositaba tinta —dijo ella.

Sebastián asintió.

—Es la explicación más sencilla.

También existía la posibilidad de que alguien hubiera marcado previamente la superficie con una punta seca, pero aquel procedimiento encajaba peor con la rapidez de la anotación marginal.

La hipótesis de una pluma prácticamente descargada resultaba más natural.

El gesto había quedado.

La tinta, en cambio, casi había desaparecido.

Irene observó la superficie durante unos segundos.

—Entonces hay texto que nunca habíamos visto.

Sebastián no respondió.

Por primera vez tenían delante una parte de la anotación que podía haber sobrevivido físicamente sin resultar visible bajo una observación ordinaria.

No era un mensaje oculto.

Tampoco una escritura secreta.

Era simplemente la consecuencia de un acto corriente ocurrido siglos atrás: alguien había seguido escribiendo con una pluma que ya apenas dejaba tinta.

Y aquellas marcas podían contener precisamente las palabras que faltaban.