El Códice Desaparecido (El Secreto de San Millán: Tomo I) BLOQUE 2
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La clave apareció en un margen que hasta entonces ninguno había considerado especialmente importante.

No pertenecía a la anotación sobre el volumen retirado.

Estaba junto a otra entrada.

Sebastián llevaba casi una hora comparando las intervenciones marginales cuando detectó una pequeña señal repetida.

No parecía una letra ni correspondía a ninguna abreviatura habitual. Era un trazo breve añadido junto a dos entradas diferentes, como una llamada destinada a relacionarlas.

—¿Ves esto? —preguntó.

Irene acercó la silla.

—Sí.

Sebastián mostró la segunda aparición.

—Se repite acá.

—¿Una marca de referencia?

—Eso creo.

Fray Julián se aproximó.

—¿Puede remitir de una entrada a otra?

—Es posible. En registros de uso prolongado podían utilizarse signos para relacionar información situada en lugares diferentes.

Irene señaló la primera marca.

—Una aparece junto a la nota del volumen retirado.

—Sí.

—¿Y la otra?

Sebastián observó el segundo fragmento.

El texto estaba incompleto, pero conservaba una palabra que hasta entonces habían interpretado como parte de un posible nombre.

La estudió nuevamente.

Cambió la orientación de la imagen.

—No creo que sea un nombre.

—¿Entonces qué es?

—Puede formar parte de la descripción de otro volumen.

—¿Otra entrada del inventario?

—Sí.

Fray Julián miró los trazos.

—¿La señal conecta dos libros?

—No podemos decir eso todavía. Conecta dos entradas.

—Que podrían corresponder a dos volúmenes.

—Exactamente.

Irene se inclinó.

—Leé lo que puedas.

Sebastián comenzó por el cuerpo principal.

Había un término que parecía describir el contenido, una abreviatura posiblemente relacionada con una cantidad y otra palabra incompleta. Nada de aquello resultaba extraordinario.

La nota marginal era distinta.

Comenzaba con una forma breve que podía indicar alguna clase de relación con otra entrada.

—¿Puede decir “con”? —preguntó Irene.

—No hay suficiente.

—¿Algo equivalente a “junto”?

Sebastián negó.

—Sería adivinar.

Regresó a la primera anotación.

La marca de referencia aparecía inmediatamente después de la palabra volumen.

Eso podía significar que la nota no terminaba allí.

El signo podía estar enviando al lector hacia otra entrada del registro.

—Esperá —dijo Irene.

Tomó una copia de trabajo y marcó las posiciones de ambos signos.

—¿Y si no dice simplemente que retiraron un volumen?

Sebastián la miró.

—Seguí.

—¿Y si indica qué volumen fue retirado remitiendo a esta otra entrada?

Fray Julián observó las imágenes.

—¿Un volumen relacionado?

Sebastián guardó silencio.

No era una interpretación descabellada.

Un inventario podía contener obras divididas en varias unidades, piezas vinculadas por contenido o volúmenes registrados de manera consecutiva. Una anotación posterior podía emplear una señal de referencia para identificar con precisión cuál de ellos había cambiado de ubicación.

—Tenemos que saber si las dos entradas estaban cerca dentro del registro —dijo.

Irene señaló el pautado.

—¿Podemos reconstruirlo?

—Hasta cierto punto.

Los fragmentos no eran contiguos, pero las características físicas del folio permitían aproximar sus posiciones relativas.

Sebastián comenzó a trabajar con la disposición de los renglones, la anchura de los márgenes y la separación entre entradas.

Después de casi media hora se detuvo.

—Estaban cerca.

—¿Cuánto? —preguntó Irene.

—Es probable que estuvieran en la misma cara del folio o en la siguiente.

—Entonces la relación tiene más sentido.

—Sí.

Irene sonrió.

—Estás mejorando.

Sebastián ignoró el comentario.

La consecuencia era más importante.

Si la señal remitía realmente a otra entrada, la expresión relacionada con el volumen retirado podía no describir un elemento aislado.

Podía formar parte de una relación entre dos unidades registradas próximas entre sí.

Fray Julián fue el primero en plantearlo.

—¿Y si era una obra dividida en varios volúmenes?

Sebastián negó despacio.

—No tenemos base suficiente para decirlo.

—Pero es posible.

—Sí.

Irene regresó a la segunda entrada.

—¿Podría decir “otro”?

Sebastián la miró.

—¿Dónde?

—Acá.

La palabra era pequeña y estaba mutilada por el corte.

Sebastián amplió la imagen.

Se veía una o con claridad.

Después aparecía un trazo compatible con una t.

El resto desaparecía en la zona perdida.

—No alcanza.

—¿Pero es compatible con “otro”?

—Sí.

Irene esperó.

—¿Mucho?

—Sí.

La posibilidad quedó suspendida entre los tres.

otro volumen

Todavía no era una lectura completa.

Pero explicaba la señal de llamada.

Una nota podía estar diferenciando el volumen descrito en una entrada de otro relacionado con él.

Sebastián sintió una excitación que intentó contener.

Si aquella palabra era realmente otro, la anotación no se limitaba a registrar un movimiento.

Estaba distinguiendo una pieza de otra.

Y eso abría la posibilidad de que el volumen desaparecido hubiese estado relacionado directamente con otro manuscrito conocido.

Irene pareció llegar a la misma conclusión.

—¿Podría referirse al códice que estamos restaurando?

Sebastián respondió demasiado rápido.

—No podemos decirlo.

—Eso es distinto de “no”.

—Porque no tenemos ninguna evidencia de que esta entrada corresponda al códice actual.

—Pero el fragmento terminó dentro de su encuadernación.

—Mucho después.

—Podrían haber reutilizado un inventario perteneciente al mismo fondo.

—Sí.

—Y esta entrada podría corresponder al volumen.

—También.

Irene lo miró.

—Entonces no lo descartes.

—No lo descarto. Digo que todavía no podemos afirmarlo.

Fray Julián intervino.

—¿Hay alguna forma de comprobar si el códice actual figuraba en ese inventario?

Sebastián volvió a la entrada.

—Necesitaríamos una descripción suficientemente específica.

—¿La tenemos?

—Todavía no.

Irene regresó a las fotografías.

Había una palabra del cuerpo principal que ninguno había conseguido interpretar por completo.

Podía contener precisamente lo que necesitaban.

Durante los minutos siguientes Sebastián examinó cada trazo.

No logró reconstruir un título.

Sí consiguió identificar algo distinto.

—Esto parece una descripción material.

—¿Qué dice?

—Puede referirse al formato o a algún rasgo de la cubierta.

—¿Eso ayuda?

—Si podemos compararlo con descripciones posteriores del códice, quizá.

Fray Julián se dirigió hacia la estantería.

—Tenemos inventarios antiguos donde aparece descrito.

Sebastián asintió.

—Traelos.

No buscaban una coincidencia perfecta.

Solo querían establecer si la entrada fragmentaria podía corresponder al volumen cuya encuadernación había terminado preservando aquel pergamino.

Las primeras descripciones resultaron demasiado generales.

La siguiente incluía una referencia al formato y otra hablaba del estado material.

En una relación algo más antigua apareció una expresión semejante a la palabra mutilada del fragmento.

Irene la vio primero.

—Acá.

Sebastián leyó.

La coincidencia era tentadora.

Demasiado tentadora.

—Podría ser el mismo.

—¿Cuánto de “podría”?

Sebastián volvió a comparar ambos documentos.

—Bastante.

Irene arqueó una ceja.

—Eso es nuevo.

El formato era compatible. También lo era el contenido general, y parte de la descripción material coincidía con lo conservado en la entrada fragmentaria.

No bastaba para identificarlo con certeza.

Pero tampoco podían descartarlo.

Y si aquella entrada correspondía realmente al códice actual, la anotación marginal que remitía a otro volumen adquiría una importancia muy concreta.

Alguien había señalado la existencia de una segunda pieza relacionada con él.

Una que después había dejado de estar donde debía.