El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 131 — El último guardián
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Capítulo 131 — El último guardián

El amanecer comenzó a abrirse paso lentamente sobre la isla. El cielo parecía distinto. El resplandor rojizo que había dominado la montaña durante siglos se estaba extinguiendo y una luz suave, limpia y tranquila ocupaba su lugar.

Los guardianes liberados continuaban atravesando la puerta. Algunos se desvanecían serenamente después de recuperar sus recuerdos. Otros permanecían unos instantes contemplando el mundo antes de marcharse. No había miedo en sus rostros ni angustia en sus miradas. Solo una profunda sensación de paz.

El Corazón era ya apenas una sombra de lo que había sido. Las miles de voces se habían reducido a unas pocas y las miles de caras se habían convertido en unas cuantas figuras dispersas que se resistían a desaparecer.

Esteban observó la escena junto a Lucía.

—Se ha terminado.

Lucía negó suavemente con la cabeza.

—Aún no.

Esteban la miró sin comprender. Lucía dirigió la vista hacia Gabriel. Esteban siguió aquella mirada y entonces también lo comprendió.

Gabriel seguía allí.

El antiguo guardián observaba la montaña en silencio. Elena permanecía a su lado, pero algo en la expresión de ambos resultaba inquietante. No parecían felices. Parecían preocupados.

Raquel también lo advirtió.

—¿Qué ocurre?

Gabriel tardó varios segundos en responder.

—Hay un problema.

El grupo guardó silencio mientras esperaba la explicación.

—¿Qué problema?

El antiguo guardián observó los últimos fragmentos del Corazón.

—Yo sigo aquí.

Nadie entendió inmediatamente aquellas palabras.

Fue el anciano quien respondió.

—Porque todavía no has tomado tu decisión.

Gabriel bajó la mirada.

—Lo imaginaba.

El corazón de Esteban comenzó a acelerarse.

—¿Qué decisión?

El anciano observó al antiguo guardián con una mezcla de tristeza y respeto.

—Gabriel ha permanecido demasiado tiempo unido al Corazón. Más tiempo que cualquier otro guardián.

Nadie dijo nada y el silencio se hizo aún más profundo.

—¿Qué significa eso? —preguntó Lara.

El anciano respiró lentamente.

—Significa que puede marcharse.

Todos suspiraron aliviados.

Pero el anciano aún no había terminado.

—O puede quedarse.

La inquietud regresó de inmediato.

—¿Quedarse para qué? —preguntó Víctor.

El anciano contempló los últimos restos de la criatura.

—Para ayudar a los últimos guardianes a encontrar el camino.

Gabriel parecía conocer aquella posibilidad demasiado bien.

—¿Y si se queda?

El anciano respondió con sinceridad.

—Seguirá existiendo durante mucho tiempo.

—¿Y si se marcha?

La respuesta tardó varios segundos en llegar.

—Entonces será un hombre normal.

Gabriel sonrió con una expresión extraña, hermosa y triste al mismo tiempo.

—Y envejeceré.

—Sí.

—Y moriré.

—Sí.

Nadie habló porque todos comprendían el verdadero significado de aquella conversación. Durante siglos Gabriel había luchado por recuperar precisamente aquello: la posibilidad de vivir una vida normal, limitada y humana.

Elena observó al hombre que tenía frente a ella.

—¿Sabes lo que vas a hacer?

Gabriel tardó en responder. Contempló la isla, la aldea, la montaña y a los guardianes liberados. Después observó a Esteban, a Lucía, a Raquel, a Lara, a Adrián y a Víctor. Finalmente sus ojos se detuvieron en Elena y sonrió. Aquella vez no había tristeza en su rostro, solo calma.

—Sí.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Elena porque comprendió la respuesta incluso antes de escucharla.

Gabriel tomó su mano.

—He pasado demasiado tiempo sin vivir.

Elena cerró los ojos.

—Entonces ven conmigo.

El antiguo guardián asintió.

—Sí.

El anciano sonrió mientras los primeros rayos de sol iluminaban la isla libre. Los últimos fragmentos del Corazón terminaron de desaparecer. No hubo explosiones, catástrofes ni destrucción. Solo quedó un silencio sereno, el silencio de algo que había llegado a su fin después de siglos.

Esteban observó el horizonte y comprendió que la historia de la isla estaba terminando, pero también que la historia de todos ellos acababa de comenzar.