El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 68 — La tormenta se acerca
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Capítulo 68 — La tormenta se acerca

La aparición del símbolo de sombra cambió el ambiente de la cámara de una forma difícil de describir.

Hasta aquel momento habían actuado con la sensación de ir descubriendo un misterio olvidado.

Ahora comenzaban a comprender que otras personas llevaban mucho más tiempo moviéndose dentro de aquella misma historia.

No estaban desenterrando algo abandonado.

Estaban entrando en un conflicto que ya existía antes de que ellos encontraran la primera llave.

El mapa continuaba brillando sobre la pared mientras los tres puntos avanzaban lentamente hacia la Isla de las Mareas Negras.

El más adelantado seguía destacando sobre los demás.

Su trayectoria era demasiado precisa. No cometía errores.

No realizaba desvíos. Parecía seguir un camino que conocía perfectamente.

Esteban no podía apartar la vista de aquella marca y, cuanto más la observaba, más incómoda resultaba la sensación que le producía.

No era exactamente miedo, sino reconocimiento, una impresión mucho más inquietante porque implicaba que alguna parte de él ya conocía aquello que estaba viendo.

La idea apareció de forma tan repentina que tardó unos segundos en comprenderla.

La presencia que había sentido junto al segundo sello y el desconocido de la llave de sombra no parecían completamente separados.

Existía una conexión evidente entre ambas cosas.

Tal vez no fueran exactamente lo mismo, pero estaban relacionados de una forma que todavía no alcanzaba a comprender.

—Hay algo más.

Las palabras hicieron que todos lo observaran.

—¿Qué ocurre? —preguntó Raquel.

Esteban mantuvo la vista fija en el mapa.

—No creo que la persona que vi esté buscando la isla.

—¿Entonces?

—Creo que ya sabe lo que hay allí.

El silencio que siguió fue inmediato. El guardián observó lentamente el punto luminoso antes de admitir que aquello explicaría muchas cosas.

—¿Como cuáles? —preguntó Marcos.

—Como el hecho de que avance sin dudar.

La explicación resultaba difícil de discutir.

Todos podían verlo porque aquel punto se comportaba de manera diferente a los demás.

No parecía seguir pistas ni investigar. Simplemente avanzaba, como alguien que regresa a un lugar conocido.

La idea provocó un escalofrío colectivo porque significaba que quizá no se dirigían hacia un territorio desconocido.

Era posible que alguien hubiera estado allí antes y conociera secretos que ellos ni siquiera imaginaban.

El hombre vestido de negro continuó observando el mapa durante varios segundos antes de señalar algo que los demás no habían advertido.

—Mirad esto.

Todos dirigieron la vista hacia la pared.

Durante unos instantes no vieron nada extraño, hasta que finalmente comprendieron qué intentaba mostrarles.

Los tres puntos avanzaban, pero no al mismo ritmo.

Uno aceleraba constantemente. Otro mantenía una velocidad estable.

El tercero, en cambio, parecía detenerse periódicamente y modificar su trayectoria.

—¿Está esperando? —preguntó Elena.

—No.

La respuesta llegó casi de inmediato.

—Está observando.

Aquella posibilidad resultó todavía más inquietante.

—¿Cómo puedes saberlo?

El desconocido señaló las pequeñas oscilaciones que aparecían alrededor del tercer punto.

—Porque está cambiando de dirección continuamente.

Raquel observó el mapa con atención.

—Como si estuviera vigilando algo.

—O a alguien.

Nadie necesitó preguntar a quién se refería. La conclusión apareció por sí sola. Era perfectamente posible que aquel tercer buscador estuviera vigilándolos a ellos.

Esteban volvió a sentir la vibración de la llave.

Aquella vez la sensación era más intensa y urgente que cualquiera de las anteriores.

La marca de su muñeca comenzó a arder ligeramente.

No era un dolor real, sino una advertencia diseñada para llamar su atención.

Cerró los ojos y, durante un instante, volvió a ver el mar.

Las olas golpeaban violentamente contra las rocas.

La tormenta era aún más intensa que en la visión anterior y la figura encapuchada seguía allí, inmóvil sobre el acantilado.

Sin embargo, esta vez no sostenía la llave. La estaba entregando.

Frente a ella había otra persona. Esteban no podía distinguir su rostro ni sus rasgos porque una oscuridad extraña parecía envolver completamente la silueta.

Aun así, antes de que la visión desapareciera logró percibir un detalle decisivo: una segunda llave.

La figura oscura ya tenía una en su poder y estaba recibiendo otra.

La visión desapareció de golpe. Cuando abrió los ojos descubrió que todos lo observaban. La respiración se le había acelerado y el cambio en su expresión bastó para que comprendieran que acababa de presenciar algo importante.

—¿Qué ocurre?

Esteban tardó varios segundos en responder.

—Ya tienen una llave.

El silencio cayó sobre la cámara.

—¿Qué?

—La figura que vi estaba entregando la llave de sombra a otra persona.

Durante unos segundos nadie encontró nada que decir. Esteban aprovechó aquel silencio para añadir que la persona que recibía la llave ya poseía otra.

La noticia golpeó al grupo como una ola helada porque cambiaba completamente la situación. Ya no estaban compitiendo contra buscadores que intentaban encontrar una llave. Estaban compitiendo contra alguien que podía poseer dos.

El guardián bajó lentamente la mirada. Por primera vez desde que lo conocían parecía verdaderamente preocupado.

—Eso no debería ser posible.

—Pues lo es.

El hombre levantó la vista hacia el mapa.

Los tres puntos seguían avanzando hacia la isla, pero ahora todos comprendían algo que antes ignoraban.

La carrera ya no consistía únicamente en llegar primero al segundo sello.

Consistía en impedir que alguien reuniera más llaves porque, si las antiguas historias eran ciertas, el verdadero peligro nunca había sido encontrar una llave aislada; el auténtico riesgo comenzaba cuando alguien conseguía reunir varias.