El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 13El veredicto del sol
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Capítulo 13El veredicto del sol

El veredicto del sol

Dr. Samuel Geller

El Acueducto de las Lágrimas se alzaba ante ellos como una espina dorsal de caliza gris que cosía los extremos del desfiladero.

Construida en el siglo XI, la estructura desafiaba la gravedad sobre una serie de arcadas de medio punto que se estrechaban hacia el lecho del río Roca.

El abandono secular había permitido que la vegetación colonizara la mampostería; raíces de hiedra y arbustos de alcaparra se hundían en las juntas, agrietaban los sillares y abrían brechas por donde el agua de la tormenta reciente se filtraba en hilos constantes.

Samuel Geller se detuvo en la base del sendero y apoyó la mano derecha en un saliente de piedra.

El hombro izquierdo, vendado bajo la camisa húmeda, le envió una descarga de dolor sordo que le cortó el aliento.

Cada movimiento del brazo recordaba el sillar que casi lo mata en la atalaya.

Al levantar la mirada, el pecho se le contrajo.

Las cretas del acueducto, la hilada superior que coronaba el canal de conducción, se recortaban contra el cielo a más de treinta metros de altura.

El horizonte osciló. Samuel clavó los ojos en el suelo y se concentró en una brizna de hierba aplastada por el lodo para frenar el vértigo. El aire del desfiladero, cargado de humedad y olor a tierra empapada, soplaba en ráfagas frías que hacían crujir las ramas de los fresnos.

—La simulación sitúa la intersección en el cuarto arco, Samuel —dijo Irene a su lado, con la vista fija en la tableta rugerizada, cuyo brillo quedaba amortiguado por la luz mortecina—.

Pero el LiDAR muestra una deformación estructural en la clave.

El peso de los sedimentos acumulados ha desplazado el eje vertical casi cinco centímetros hacia el este.

Samuel asintió despacio, sin levantar del todo la cabeza.

—La Hermandad previó la deformación por asentamiento, Sterling. Los constructores medievales no calculaban para una estructura estática, sino para un organismo vivo que cede bajo la presión. Si el cuarto arco se ha desplazado, la piedra angular debe haber absorbido esa tensión.

Se obligó a dar un paso adelante por el sendero resbaladizo.

A su izquierda, el cauce del río Roca bajaba turbio, con un rugido sordo que delataba la apertura de los aliviaderos de la presa alta.

El nivel del agua ya lamía la base de los pilares más bajos.

Quedaban menos de veinte horas antes de que el cierre definitivo de las compuertas sepultara el valle bajo una masa de agua insalvable.

La luz del atardecer comenzó a teñir las paredes calizas del desfiladero de un tono anaranjado. El sol descendía rápidamente hacia el perfil aserrado del Peñón del Diablo, la aguja de roca que se alzaba en la vertiente opuesta del cañón.

Desde el suroeste, un banco de nubes de tormenta, densas y violáceas, avanzaba con rapidez y devoraba los últimos retazos de cielo azul.

La masa nubosa amenazaba con sepultar el sol antes de que alcanzara el ángulo exacto de la declinación.

Si las nubes cubrían el disco solar antes de que la sombra del Peñón del Diablo se proyectara sobre el acueducto, la búsqueda terminaría allí.

—Tenemos menos de quince minutos de luz directa si ese frente sigue avanzando a esa velocidad —advirtió Irene, señalando la sombra que ya empezaba a estirarse desde la base de la aguja de roca opuesta—.

Si no localizamos el receptor antes de que el sol se oculte tras las nubes, la triangulación de la atalaya no habrá servido de nada.

Un escalofrío recorrió la espalda de Samuel. Se acercó a la base del cuarto pilar del acueducto, donde la caliza mostraba una pátina de líquenes oscuros y depósitos de carbonato cálcico. Con la mano derecha, extrajo de la mochila el cepillo de cerdas de marta y una pequeña espátula de bambú.

—La piedra angular no puede ser un sillar corriente —murmuró, más para sí mismo que para Irene, mientras apretaba los dientes para controlar el temblor de sus manos—.

El diario del prior hablaba de la *petra clavis quae ad solem aspicit*.

La piedra llave que mira al sol. Debe estar situada en el trasdós del arco, en la zona donde la curva recibe el primer impacto de la luz oblicua del ocaso.

Se estiró para alcanzar la primera hilada de sillería sobre el estribo del pilar. El hombro herido protestó con una punzada que le nubló la vista. Apretó los labios y, con la espátula de bambú, comenzó a raspar una acumulación de musgo seco en la junta entre dos grandes bloques de caliza.

La piedra estaba fría, casi helada por la humedad del río.

Bajo la capa orgánica, la sillería revelaba la textura rugosa del labrante medieval, las marcas paralelas del cincel de plano que los canteros de la Hermandad utilizaban para regularizar las caras de contacto.

Pero no había glifos. Ningún compás de patas desiguales, ninguna línea quebrada.

—No está aquí abajo, Samuel —dijo Irene, que había caminado unos metros a lo largo de la estructura y analizaba el intradós del arco con una linterna de mano—.

El ángulo de incidencia del sol a esta hora de la tarde nunca podría tocar esta sección del pilar.

El Peñón del Diablo está demasiado alto.

La sombra se proyectará mucho más arriba, cerca de las cretas.

A Samuel se le contrajo el estómago. Miró hacia arriba, hacia la delgada pasarela del acueducto que se recortaba contra el cielo amenazante.

Las cretas parecían flotar sobre el abismo, suspendidas en un equilibrio precario que las vibraciones de la presa lejana hacían estremecer de manera imperceptible.

Para examinar esa zona, tendría que ascender por el empinado sendero lateral que conducía al estribo superior del acueducto, un camino de cabras tallado en la roca viva, sin más protección que el vacío.

—Samuel —la voz de Irene sonó tensa—. Mira el sol.

El disco solar ya tocaba el borde superior del frente de tormenta.

Los primeros jirones de bruma grisácea empezaron a difuminar la luz y transformaron los rayos dorados en una claridad difusa.

La sombra de la aguja de roca del Peñón del Diablo, una silueta afilada, comenzó a deslizarse por la pared del desfiladero y avanzó hacia la estructura del acueducto.

Samuel, sin esperar respuesta, comenzó a subir por la pendiente rocosa, arrastró los pies y mantuvo el hombro derecho pegado a la caliza húmeda de la montaña.

Sus dedos buscaban cualquier grieta o saliente de la roca para asegurar el avance.

El viento del norte azotaba su rostro y arrastraba las primeras gotas de lluvia fría.

A medida que ganaba altura, el rumor del río Roca se transformaba en un murmullo distante pero constante. Samuel mantuvo la vista fija en la sillería del acueducto y analizó la disposición de los bloques a nivel de las cretas.

La mampostería superior mostraba signos de una intervención posterior, reparaciones con mortero de yeso que ya se disgregaba por el agua.

Sin embargo, justo en la unión entre el cuarto arco y el estribo de la montaña, un sillar de dimensiones considerables destacaba sobre los demás.

No era caliza gris, sino granito arenoso de un tono más oscuro, un material importado que debió requerir un esfuerzo colosal para ser transportado hasta allí en el siglo XI.

—Ese bloque... —susurró Samuel, deteniéndose a escasos metros de la pasarela superior, con el pulso acelerado—. El granito no absorbe la humedad de la misma forma que la caliza. Su coeficiente de dilatación térmica es diferente.

—Es el receptor —coincidió Irene, que lo seguía de cerca, sostenía la tableta con una mano mientras se aseguraba a la roca con la otra—. La sombra del peñón está a punto de tocarlo.

El extremo de la aguja de sombra avanzaba como una manecilla sobre la mampostería del acueducto. El sol, casi devorado por las nubes, emitió un último destello de luz roja y rasante que proyectó las siluetas de los arcos con nitidez contra la vertiente opuesta.

Samuel se arrodilló en la pequeña plataforma donde el sendero se unía al acueducto. El vacío se abría a menos de un metro de sus rodillas, pero mantuvo la mirada fija en el granito e ignoró el abismo.

Se inclinó sobre el granito oscuro y buscó con los dedos temblorosos cualquier relieve en la superficie rugosa de la piedra angular. La luz del ocaso moría por segundos, y la sombra del Peñón del Diablo ya rozaba el borde exterior del bloque.

Las yemas de sus dedos, entumecidas por el viento del norte que encajonaba el desfiladero, se deslizaron sobre la aspereza del granito oscuro.

Aquel sillar de importación, de un tono casi negro que contrastaba con la caliza pálida del entorno, vibraba con una frecuencia sorda, sintonizada con el latido lejano de la presa.

A su lado, el haz de la linterna de Irene Sterling tembló sobre la junta de mortero de cal, recortando la silueta de sus manos contra el vacío.

—La sombra se está estrechando, Samuel —advirtió ella. El viento racheado dispersaba sus palabras, pero la urgencia en su tono era nítida—. Tienes menos de un minuto antes de que las nubes devoren el disco solar.

Samuel evitó mirar hacia abajo. A su izquierda, el vacío de treinta metros se abría sobre el cauce del río Roca, cuyas aguas turbias bramaban cargadas de lodo y sedimentos.

La altura se manifestó en una opresión sorda en el pecho, un peso invisible que dificultaba cada inspiración.

Se concentró en la textura rugosa del granito, en el frío húmedo que traspasaba la lona de sus pantalones y en la rigidez de sus propias articulaciones.

Su respiración se aceleró, entrecortada; la estrecha repisa de piedra parecía oscilar bajo sus rodillas, arrastrada por la inercia del abismo.