El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 12El ángulo del ocaso #2
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Capítulo 12El ángulo del ocaso #2

—El algoritmo de Adsum busca simetrías industriales, Sterling.

Por eso falla —murmuró, recuperando el rigor técnico—.

Mira la separación entre los anillos concéntricos que rodean el compás de patas desiguales.

No son círculos perfectos. El centro geométrico de la talla está desplazado casi cuatro milímetros respecto al eje de rotación del disco de bronce.

Irene amplió con dos dedos la sección suroeste de la imagen. Las líneas no eran concéntricas; se estrechaban en el cuadrante superior y se abrían en el inferior.

—¿Una elipse mal trazada?

—No. Una proyección cónica sobre un plano inclinado —dijo Samuel—.

La Hermandad no cometía errores de trazado.

Esto es un diagrama de declinación solar histórica.

Cada anillo representa la altura del sol al mediodía en diferentes épocas del año.

Y esta incisión recta que corta las curvas oblicuamente...

Señaló el trazo delgado que cruzaba los anillos hacia el cuadrante suroeste.

—No sigue el eje norte-sur de la torre. Es la línea de declinación para el ocaso. Pero no un ocaso cualquiera.

Irene apoyó la tableta sobre las rodillas y abrió el módulo de simulación astronómica y topográfica, cruzando los mapas de satélite del relieve de Vila de la Roca con la posición histórica del sol.

—Necesito la fecha de referencia —dijo Irene, con los dedos suspendidos sobre el teclado virtual—. La declinación varía según el siglo debido a la precesión.

—El diario del prior sitúa la consagración de la capilla de San Donato en el año mil ochenta y dos —respondió Samuel, sin apartar la vista de la pantalla—.

Utiliza esa fecha. Y aplica la corrección de la desviación polar que calculamos en la torre: tres grados y catorce minutos de arco hacia el oeste.

Irene introdujo los parámetros. La tableta procesó los datos para recalcular la posición de la bóveda celeste sobre las coordenadas del valle en el siglo XI. En la pantalla, un sol virtual comenzó a describir su trayectoria sobre la maqueta digital del desfiladero.

—Ahora alinea la línea transversal del glifo con el vector de la luz —indicó Samuel—. Ese trazo recto es un receptor de sombra. No funciona con luz directa, sino con el gnomon natural del entorno.

—¿El gnomon natural? —Irene detuvo la simulación—. ¿La Hermandad usaba los accidentes geográficos del valle como marcadores?

—Era el método más seguro de los maestros constructores —explicó Samuel, apoyando la espalda contra la pared de madera—.

Las montañas de Vila de la Roca no cambian de posición con los siglos.

Si querían que el secreto sobreviviera a la destrucción o al expolio, no confiarían en una pieza de bronce que cualquiera pudiera robar.

Usaron la propia geografía de la caliza.

Irene reanudó la animación y ralentizó el paso del tiempo a medida que el sol virtual descendía tras los perfiles digitales de las montañas. La luz rasante proyectó sombras alargadas sobre el cauce del río Roca.

El vector luminoso cruzó la posición de la atalaya inundada y se proyectó hacia el interior del desfiladero. El software trazó una línea de coincidencia entre el ángulo del glifo y las elevaciones del relieve.

—Ahí —dijo Samuel.

La sombra virtual del Peñón del Diablo, la aguja de roca que sobresalía del acantilado opuesto, comenzó a estirarse sobre el fondo del valle. La punta avanzaba cruzando las curvas de nivel digitales hasta alinearse con la línea de declinación del glifo.

Irene miró el indicador numérico de coincidencia en la esquina superior de la pantalla: noventa y nueve coma ocho por ciento.

—La intersección es perfecta —dijo ella—. Pero esta alineación no es un evento diario, Samuel. El ángulo del sol cambia constantemente a lo largo del año.

—No lo es —coincidió él—. Solo ocurre cuando el sol alcanza el ángulo exacto del ocaso en esta época del año.

Irene consultó el reloj interno de la tableta y lo cruzó con la simulación astronómica.

—Ocurre mañana —dijo Irene, volviéndose hacia él—. Mañana a última hora de la tarde, justo antes de que el sol se oculte tras el macizo occidental. Es el único momento en que la sombra del peñón señalará el punto exacto del tercer hito en el acueducto.

Samuel miró hacia la ventana de la cabaña, donde las gotas de lluvia golpeaban el vidrio empañado con regularidad monótona.

—Mañana —repitió—. Eso nos deja apenas dieciocho horas desde que se proyecte la sombra hasta el cierre de las compuertas de la presa el jueves al mediodía. Si el cielo sigue cubierto como hoy, no habrá sombra que seguir. El Códice quedará sumergido bajo el embalse.

Irene contempló el gráfico de predicción meteorológica que parpadeaba en la esquina de la pantalla.

Un frente de alta presión avanzaba desde el suroeste, desplazando la tormenta justo a tiempo para el atardecer del día siguiente.

La cuenta atrás seguía su curso, pero la luz del sol aún tenía una última oportunidad de tocar la piedra.

Irene mantuvo el dedo índice suspendido sobre el cristal templado de la tableta mientras la simulación completaba el trazado de la parábola solar.

A su lado, Samuel Geller contemplaba el mapa digital con la respiración entrecortada por la humedad aferrada a sus pulmones.

El calor residual de la pequeña hoguera de juncos apenas aliviaba el frío que ascendía por las tablas de la cabaña.

—Para estar seguros, Samuel, necesito el modelo de elevación digital de alta resolución del acueducto —dijo Irene, con la vista fija en la pantalla—.

El mapa base de la memoria local tiene una resolución de diez metros por píxel.

Es demasiado tosco. Si el terreno real presenta variaciones de cota no registradas, la proyección de la sombra se desviará decenas de metros.

Samuel se recolocó las gafas y asintió, contrayendo el rostro cuando el movimiento le tiró del hombro lesionado.

—La Hermandad trabajaba con tolerancias de milímetros, Sterling. Si la sombra del Peñón del Diablo se desplaza un solo grado por un error en el relieve, buscaremos el receptor óptico en el arco equivocado. Necesitamos la topografía exacta.

Deslizar el control digital para reactivar el módulo de comunicación inalámbrica que había apagado horas antes suponía un riesgo inmediato.

El protocolo de Adsum Corp realizaba un barrido automático de geolocalización con cada conexión.

Sin embargo, las curvas de nivel pixeladas del Acueducto de las Lágrimas en la pantalla eran indescifrables, un borrón impreciso.

Necesitaba el escaneo LiDAR de alta densidad que el equipo de topografía de la empresa había completado la tarde anterior.

—Serán solo diez segundos —murmuró, con la vista fija en el icono de red.