Capítulo 11Geometría de supervivencia #2
—Exacto. Pero la distancia entre los puntos es de casi un metro. Con mi hombro lesionado, no puedo ejercer la fuerza necesaria en ambos lados. Tienes que bajar conmigo.
Irene asintió. La tensión defensiva de sus últimos encuentros pareció disolverse en la urgencia física de coordinar sus cuerpos para abrir una vía de escape.
—¿Dónde están los puntos? —preguntó, tomando aire mientras el nivel del agua le rozaba el labio inferior.
—En las muescas circulares que simulan los plomos del nivel. Yo tomaré el este, el de la pata más larga del compás. Tú el oeste. Debemos empujar con todo el peso del cuerpo, de manera uniforme. Si uno de los dos afloja antes de que el pasador ceda, el sistema se bloqueará.
El silbido del aire comprimido se volvió un chirrido insoportable. El espacio de aire se redujo a una delgada franja de apenas diez centímetros. La oscuridad era casi absoluta, rota únicamente por el destello parpadeante de la linterna de Irene bajo el agua turbia.
—Prepárate —dijo Samuel, sintiendo el frío mineral de la caliza contra la nuca—. Una sola apnea. No habrá aire al regresar si esto falla.
Irene apretó su hombro sano, un gesto mudo que sustituyó a cualquier confirmación.
—Tres... dos... uno... ¡ya!
Samuel llenó sus pulmones con el último residuo de aire rancio y se sumergió.
El agua lo envolvió como una mortaja de lodo y frío.
El dolor en su hombro izquierdo se encendió de inmediato, un pinchazo de fuego sordo que amenazó con hacerle soltar el aire acumulado.
Ignoró la protesta muscular y pataleó hacia el fondo, guiándose por la columna del pilar octogonal.
A su lado, la silueta de Irene descendía con movimientos precisos, manteniendo el haz de su linterna orientado hacia el pavimento.
Llegaron a la base. El agua se movía con una corriente circular lenta pero pesada, generada por el reflujo del pozo central.
Samuel se deslizó por la sillería hasta la losa del respiradero.
Sus dedos palparon el relieve del compás y la escuadra, identificando la textura áspera de la caliza tallada en V.
Buscó la mano de Irene en la penumbra subacuática.
Sus dedos se encontraron, fríos y resbaladizos, sobre la piedra.
Samuel guio la mano de ella hacia el extremo oeste del nivel de burbuja tallado, asegurándose de que sus dedos se asentaran en la muesca circular.
Él hizo lo propio en el extremo opuesto con su mano derecha, utilizando el brazo lesionado únicamente para anclarse a una de las aristas del fuste y evitar que la corriente lo desplazara.
El diafragma de Samuel comenzó a contraerse. El frío aceleraba el consumo de oxígeno; la falta de aire se tradujo en una presión creciente detrás de los ojos. En su mente, los segundos caían como gotas de plomo.
Sostuvo la mirada de Irene a través de las máscaras de sus ojos sumergidos. En la penumbra ocre, solo distinguía el brillo de sus pupilas dilatadas.
Samuel apretó los dedos de su mano libre contra la piedra.
Ambos empujaron a la vez.
La resistencia inicial de la losa fue absoluta.
El agua acumulada en el canal de descarga exterior empujaba en sentido contrario, y los siglos de acumulación de carbonato cálcico actuaban como un cemento invisible en las juntas del mecanismo.
Samuel apoyó las rodillas en el pavimento de granito, buscando un punto de apoyo rígido para transferir todo el vector de su peso sobre el dedo pulgar y la palma de la mano derecha.
El hombro herido protestó con un latigazo que le nubló la vista, pero no aflojó la presión.
Irene, frente a él, inclinó el torso, aplicando su propia fuerza con una simetría perfecta.
La piedra no cedió.
El pecho de Samuel se contrajo de nuevo, esta vez con una sacudida involuntaria que le obligó a apretar los dientes para no abrir la boca bajo el agua.
Sus pulmones reclamaban aire; la sangre le latía con fuerza en las sienes, un ritmo acelerado que competía con el rugido sordo de la inundación que vibraba a través de la caliza.
Un segundo más. Visualizó la estructura interna del balancín, los pasadores de bronce deslizándose milímetro a milímetro dentro de sus camisas de piedra. La geometría no miente.
Incrementó la fuerza, concentrando toda la energía que le quedaba en el punto de contacto. Irene imitó su movimiento, coordinando el empuje en una última décima de segundo de esfuerzo desesperado.
Bajo sus palmas, un chasquido sordo y metálico viajó a través del agua.
No fue un sonido, sino una vibración física que recorrió los huesos de sus manos.
La losa del respiradero se hundió apenas dos centímetros, liberando los fiadores de los extremos.
De inmediato, un torrente de burbujas de aire retenido brotó de la junta circular, enturbiando aún más el agua a su alrededor.
El mecanismo interno de la Hermandad acababa de despertar de su letargo de nueve siglos, pero el movimiento se detuvo a mitad de camino, trabado por un engranaje intermedio que se resistía a girar bajo la presión del lodo acumulado.
La losa no se deslizaría del todo si no lograban bloquear el engranaje expuesto antes de que la presión de retorno volviera a cerrar los pasadores de piedra.
La presión del conducto obstruido empujaba la losa de caliza hacia arriba, milímetro a milímetro, mientras vencía la resistencia de sus manos entumecidas.
El fuego en sus pulmones se transformó en una punzada sorda que le presionaba las sienes; las manchas oscuras en la periferia de su visión se cerraban en un círculo negro.
Si cedía en ese instante, los fiadores de bronce volverían a encajarse en las ranuras, sellando la cámara.