Capítulo 4La sombra del Adsum #3
Samuel enderezó el cuerpo, sin apartar la mano del muro. Su mirada se desvió un instante hacia el ventanal, donde la lluvia golpeaba el vidrio emplomado con la regularidad de un metrónomo.
—Tengo mis propios métodos, Sterling. Y no implican vender el Códice al mejor postor.
—Tus métodos son lentos —replicó ella, dando un paso al frente.
El logotipo de Adsum Corp en su cuello técnico brilló bajo la luz gris—.
Mírate las manos. Te tiemblan por el frío y la tensión de doce peldaños de piedra.
Mañana el caudal del río Roca aumentará un veinte por ciento por el deshielo de la cabecera.
La ingeniera Bernardi no retrasará el sellado de la presa porque un académico necesite tres horas para limpiar un sillar con un cepillo de marta.
Irene fijó la vista en el cuaderno que asomaba en el bolsillo de la chaqueta de Samuel.
Allí estaban los bocetos del gnomon y las anotaciones sobre el desvío polar.
El intelecto de Geller era el único mapa capaz de descifrar la lógica de la Hermandad del Silencio, pero carecía de la estructura para ejecutar el rescate a tiempo.
—Te ofrezco una alianza, Samuel —propuso, con tono firme—.
Mis recursos a cambio de tu mente. Adsum tiene un laboratorio móvil en el coronamiento de la presa con capacidad de procesamiento de datos en tiempo real.
Puedo poner a tu disposición escáneres láser de barrido tridimensional, espectrómetros para analizar la composición del mortero y un equipo de buceo técnico con soporte de heliox para cuando la cripta empiece a inundarse.
Trabajemos juntos. Tú descifras la geometría y mi equipo se encarga de la extracción física.
Samuel soltó una risa seca. Se ajustó las gafas con un movimiento rápido del dedo medio, un tic que Irene identificaba como su preámbulo para argumentar.
—¿Una alianza? —preguntó él—. Lo que propones es que te entregue la llave para que Adsum Corp cierre la puerta detrás de sí.
Conozco vuestro protocolo de rescate de urgencia.
En cuanto el cilindro de bronce o el códice estén en vuestras manos, pasarán a ser propiedad de la corporación bajo la cláusula de exclusividad de la concesión.
El hallazgo se convertirá en un activo financiero, una pieza de prestigio para los despachos de vuestros inversores en Zúrich.
—El objeto físico estará a salvo del lodo, que es más de lo que puedes garantizar tú con tu mochila y tus guantes de nitrilo —rebatió Irene.
El recuerdo del polvo de Gobi y las cajas de embalaje confiscadas tras el fracaso de su expedición independiente afloró de inmediato. Esa derrota casi la había borrado del mapa académico; no permitiría que la historia se repitiera por un exceso de purismo. El pragmatismo era su única armadura.
—El objeto físico no es nada sin su contexto, Sterling —dijo Samuel, dando un paso hacia ella con los ojos encendidos—.
Si extraes la clave de la cripta y la aíslas de la orientación solar de este valle, destruyes la obra de la Hermandad.
Ellos no diseñaron una reliquia para ser contemplada en una vitrina climatizada; diseñaron un sistema geométrico que interactúa con la geografía de Vila de la Roca. Privatizar el Códice es destruirlo.
—Prefiero un códice protegido en una caja fuerte que un montón de piedra colapsada bajo doscientos metros de agua ácida —replicó Irene, cruzándose de brazos—.
Sé realista, Samuel. Tu ética no va a detener el hormigón de la presa.
Mañana a esta hora, el agua habrá cubierto el primer nivel de la cripta.
Si rechazas mi oferta, te quedarás fuera del perímetro.
Mis guardias tienen órdenes estrictas de restringir el acceso a cualquier persona ajena a Adsum a partir de esta noche.
Samuel la miró fijamente. Había una obstinación silenciosa en su postura, una rigidez que no procedía del miedo a las alturas, sino de una convicción moral que Irene, a su pesar, respetó.
—Entonces tendré que ser más rápido que tus guardias y que tus excavadoras —respondió él, con voz queda pero firme.
Irene le sostuvo la mirada durante unos segundos. La tensión se estiró como un cable de acero sometido a carga. Finalmente, una sonrisa leve y condescendiente curvó sus labios. Se ajustó el cuello de la chaqueta y avanzó hacia la puerta de madera que conducía al exterior.
—Es una lástima, doctor Geller —dijo ella, deteniéndose un instante con la mano en el picaporte—. La dignidad académica es un lujo, pero no flota. El tiempo corre para los dos, pero yo tengo los medios para ganar esta carrera.
Abrió la puerta y salió bajo la lluvia, dejando a Samuel solo en la penumbra del corredor. Mientras cruzaba el empedrado de la plaza, bajo la tormenta y el latido lejano de la presa, Irene extrajo la radio táctica del bolsillo de su chaqueta y presionó el botón de transmisión.
—Vance, aquí Sterling —dijo, con la mirada fija en el perfil de la torre—. Geller ha rechazado la colaboración. Refuerza la vigilancia en el acceso al acantilado norte y prepara el equipo de escaneo para la torre.