El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 4La sombra del Adsum #2
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Capítulo 4La sombra del Adsum #2

Irene arqueó una ceja y desvió por un segundo el haz hacia el manuscrito abierto.

La lupa de precisión de Samuel seguía apoyada sobre la vitela, distorsionando las palabras latinas que describían la *regula lucis*.

El compás de patas desiguales, la marca inequívoca de la Hermandad del Silencio, destacaba en el margen del pergamino.

Una punzada fría le recorrió la espina dorsal; el secreto estaba allí, a menos de un metro de su mano.

El recuerdo de la costosa expedición fallida en el desierto de Gobi, la humillación ante la junta de accionistas de Adsum y el temor constante a la irrelevancia profesional pesaron en su mente con la presión del agua que ya se acumulaba tras la presa.

Aquel pergamino era el billete de vuelta, el mazo que acallaría los murmullos en los pasillos de la corporación.

No dejaría que un restaurador idealista arruinara su redención.

—No me hable de ética científica, Samuel.

He visto demasiados yacimientos públicos desmoronarse porque las administraciones prefieren gastar el presupuesto en infraestructuras viales.

Adsum financia la tecnología que hace posible el rescate.

Sí, hay un beneficio corporativo. Pero el objeto físico se salva.

—¿A qué precio? —Samuel señaló la carpeta de plástico con un movimiento seco de la cabeza—. Me está diciendo que si saco este manuscrito de aquí para llevarlo al instituto de restauración, me denunciará por expolio.

—Le estoy diciendo que si cruza esa trampilla con cualquier material que no esté inventariado por mi equipo, la seguridad de Adsum lo detendrá en el perímetro de la plaza —dijo Irene, sosteniéndole la mirada—.

Mis hombres controlan los accesos desde esta tarde.

La ingeniera Bernardi ya ha firmado la exclusión civil del casco viejo.

Está fuera de su jurisdicción, doctor Geller.

El reflejo de la linterna, proyectado en el suelo arcilloso, dibujaba sombras angulosas en las paredes del archivo subterráneo.

El frío del acantilado se filtraba por las juntas de la piedra y entumecía los dedos de Irene dentro de sus guantes técnicos.

Los documentos sobre la mesa y la crecida inminente del río justificaban cada una de sus palabras.

Pero la fijeza en los ojos de Samuel, tras el cristal de las gafas, no era la de un saqueador al que se pudiera ahuyentar con guardias de seguridad.

Había en él una devoción rigurosa, una obstinación que Irene reconoció con una punzada de nostalgia; la misma que ella había sentido antes de los contratos de exclusividad y los informes de rendimiento.

Samuel miró el documento del ministerio en silencio, con los hombros caídos. El agua seguía subiendo en el desfiladero, y la maquinaria de Adsum Corp se cerraba sobre el valle con la misma fuerza que el caudal del río.

—Esto no es el final, Sterling —dijo Samuel en un susurro, mientras daba un paso atrás hacia la escalera de caracol y dejaba la caja de castaño sobre la mesa, junto a los folios de Adsum—.

La piedra de San Donato no se rige por sus decretos ministeriales.

Aunque inunden el valle, la geometría permanece.

Irene recogió la carpeta de plástico y la sostuvo contra su pecho, sintiendo el frío del polímero a través de la chaqueta.

—La geometría permanece, Samuel —concluyó ella, antes de apagar la linterna y devolver el archivo a la penumbra gris que descendía de la trampilla—. Pero solo si queda alguien vivo para interpretarla. Y el tiempo corre para los dos.

Con el cilindro de aluminio frío de la linterna apagado en la palma, Irene dio media vuelta hacia la escalera de caracol. Su silueta recortaba la penumbra del sótano y guiaba a Samuel peldaño arriba.

Subió con la soltura de quien frecuenta terrenos inestables, pero ralentizó el paso al notar el retraso de Samuel.

Detrás, la respiración del restaurador era un silbido tenso, acompasado por el roce áspero de su chaqueta de lona contra la mampostería húmeda del pozo.

Al mirar de reojo, Irene vio la mano enguantada de Samuel aferrarse a un sillar saliente con una rigidez excesiva, buscando un anclaje contra la verticalidad del hueco.

Registró la debilidad como un dato técnico más.

Emergieron por la trampilla de hierro, detrás de la pila bautismal.

El aire de la nave de Santa María, frío y cargado de la humedad de las bóvedas góticas, era más ligero que la atmósfera estancada del archivo.

Irene no se detuvo en el nártex. Cruzó bajo las arcadas con paso firme hacia el corredor de salida, un estrecho pasaje de caliza vista que conectaba el templo con la puerta lateral de la plaza.

Allí, donde el rumor de la tormenta y la vibración sorda de las turbinas de la presa se filtraban por los ventanales altos, Irene se detuvo. Apoyó la espalda contra el intradós de un arco de medio punto y cruzó los brazos, esperando a que Samuel la alcanzara.

El restaurador apareció poco después. Su rostro, pálido bajo la luz plomiza de las aspilleras, mostraba la mandíbula apretada. Se detuvo a tres metros, con una mano aún apoyada en la jamba de piedra del corredor.

—No vas a llegar a ninguna parte solo, Samuel —dijo ella, con una calma puramente fáctica—. El diario del prior te ofrece una pista sobre la luz, pero careces del equipo para medir la refracción en el acantilado antes de que el agua inunde la base de la torre.