El Códice de la Orden de Montesa CAPÍTULO XXIII — La entrada #2
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CAPÍTULO XXIII — La entrada #2

La frase no buscaba asustar.

Por eso lo hizo.

Mateo levantó la cruz. Como protesta. Como lo único que le quedaba que no hubiera sido contaminado.

—Había algo sagrado aquí.

Julián sonrió entonces.

Una sonrisa breve, sin alegría.

—Lo sagrado, Mateo, es lo que alguien consigue proteger el tiempo suficiente para que otros crean que siempre estuvo a salvo.

La frase no debió pronunciarla.

Lo supo incluso David.

Porque Mateo no explotó.

No gritó.

Se quedó inmóvil, con la mirada fija en Julián, y durante unos segundos el monte entero contuvo la respiración con él.

Años de documentos.

De favores.

De obediencias.

Años convencido de que todo lo que había perdido había sido parte de una prueba.

Y ahora, en una repisa estrecha sobre el vacío, el hombre que le había prometido recursos acababa de confesar que el santuario, las reliquias, los restos arqueológicos, el agua, no eran para él una revelación.

Eran un obstáculo administrativo.

Algo se quebró.

No en el rostro.

Más adentro.

—Tú no eres custodio —dijo.

—No. Soy eficaz.

—Esto no se tapa.

—Todo se tapa si se hace antes de que alguien sepa qué está mirando.

Francesca sintió que el pie se le desplazaba unos milímetros. El viento subió desde el vacío, más fuerte.

David acercó apenas el brazo a su espalda.

Sin tocarla.

Una cobertura.

Mateo miró la entrada de la grieta.

La cruz en su mano.

Luego a Julián.

—Ibas a hundirlo todo bajo el agua.

—El secreto puede sobrevivir como leyenda —dijo Julián—. Lo que no puede sobrevivir es la prueba.

Mateo no respondió.

Julián bajó apenas la voz.

—Si hay algo ahí dentro, su verdadero valor consiste en desaparecer antes de que lo complique todo.

—Son siglos de custodia.

—Son piedras, agua y superstición.

Mateo dio un paso hacia él.

La repisa no perdonaba movimientos bruscos.

Todos quedaron al borde.

Expuestos.

Salcedo no miraba a David.

Miraba a Mateo.

O quizá miraba la forma en que Julián sostenía la pistola mientras hablaba de agua, permisos y utilidad pública.

David desplazó el peso hacia el pie derecho.

Un centímetro.

Menos.

El hombro de Francesca estaba a la altura de su codo. Ella no se había movido, pero había percibido el ajuste. David lo oyó en el leve enganche de su respiración, ese cambio mínimo que revela que alguien ha registrado una posición sin necesidad de palabras.

No miró la cruz.

Ya sabía dónde estaba.

Miró el punto de la repisa donde iba a caer.

—El proyecto ya ha pasado las fases que necesitaba —dijo Julián—. Los fondos están comprometidos. A las diez, Falcó firmará el convenio de puesta a disposición y cesión de derechos sobre los terrenos de las sociedades. Después, la actuación entra en otra fase y frenarla será mucho más difícil.

—¿Quién va a firmar el convenio? —preguntó Francesca.

—Falcó Roca.

—Como apoderado de las sociedades.

Julián la miró con una impaciencia casi indulgente.

—Alberto es el administrador y apoderado de las sociedades. Lleva años convirtiendo mis decisiones en documentos. Tiene poderes para formalizar lo que yo autorice y, a las diez, lo hará. Para eso está.

Después de esa firma, ya no bastará con señalar un hallazgo. Tendréis que detener una maquinaria que ya estará en marcha.

David miró el valle. Las luces dispersas de los pueblos. La oscuridad precisa del terreno que, antes de terminar la mañana, dejaría de ser paisaje para convertirse en expediente.

Si no lo detenían antes de la firma, después sería mucho más difícil frenar la actuación antes de que el agua terminara por sepultarlo todo.

Mateo giró hacia Julián con una lentitud que no era torpeza sino decisión acumulada durante demasiado tiempo.

—No. —Mateo negó muy despacio levantando la cruz como para golpear con ella a Julián—. Escuché lo que tú necesitabas que escuchara. Hay una diferencia.

Julián levantó el arma hacia Mateo.

Iván se movió antes de que el dedo llegara al gatillo.

No con técnica.

Con todo.

Con la velocidad de quien ha pasado veinte años convirtiendo el instinto en disciplina y, en ese instante, ya no necesita la disciplina porque el instinto basta. Su cuerpo se interpuso entre el arma y Mateo con el reflejo brutal de un hombre que había convertido el sacrificio en costumbre.

El primer disparo le entró por el hombro derecho.

El impacto lo giró, pero no lo detuvo.

El segundo le alcanzó el flanco cuando ya caía hacia delante. Aun así, sus manos encontraron a Julián y lo desequilibraron lo justo para sacar el arma un grado de la línea.

Ese grado fue suficiente.

Mateo lo usó.

Mateo recibió el disparo en la parte alta del pecho, cerca del hombro, y salió despedido hacia atrás. Al caer, golpeó a Francesca, que estaba demasiado cerca del borde y tenía demasiado poco suelo bajo los pies.

Francesca no gritó.

Solo desapareció.

—¡David!

Él ya estaba girándose antes de escuchar su nombre. Vio el borde. Vio que no estaba. Y en ese mismo instante vio también la cruz en la repisa, a medio metro, donde había rodado durante el forcejeo.

Exactamente donde había calculado que caería.

Julián levantó el arma hacia él.

David no pensó.

Recogió la cruz y se giró en un solo movimiento, cerrando la distancia antes de que Julián pudiera recuperar el ángulo.

La cadera entró primero —el bloqueo, el cierre del espacio— y después el hombro chocó contra su cuerpo.

David ya se había metido dentro del arco en el que Julián podía encarar el arma.

El codo llegó al final, en la base del cráneo, con una precisión sin nombre: no violencia ciega, sino geometría aplicada al único punto que podía romperle el equilibrio.

El peso de Julián se desplazó hacia el lado equivocado.

Su pie buscó apoyo.

Lo encontró un segundo.

Solo un segundo.

Y entonces la grava cedió.

No cayó de inmediato.

Eso fue lo extraño.

Durante un instante que no tenía derecho a durar tanto, Julián quedó suspendido en el límite.

Los brazos abiertos, buscando equilibrio donde ya no había nada que equilibrar.

Los pies a medias sobre la roca, a medias sobre el vacío.

El cuerpo inclinado hacia el abismo con esa lentitud imposible de los momentos en que la física hace una pausa antes de cumplir su promesa.

David lo vio.

Julián también lo vio.

Miró abajo.

El valle se extendía en la oscuridad con una quietud perfecta.

Las luces dispersas de los pueblos —Montroy, Llombai, las masías del interior— eran puntos pequeños y fijos sobre el terreno, como si alguien hubiera marcado con precisión todo lo que él tenía programado que dejara de existir.

El río. Los caminos. Las fincas que había comprado a nombre de otros, parceladas con la paciencia de quien lleva años preparando una inundación.

El perímetro exacto de su proyecto, visible desde allí arriba con una claridad que ningún mapa de despacho podía reproducir.

Todo lo que había construido.

Todo lo que tenía que desaparecer bajo el agua.

Y él encima.

La expresión de Julián no fue de miedo. Fue algo más difícil de nombrar: la cara de un hombre que había pasado años calculando y que, en el último segundo, descubría que el cálculo había sido exacto en todo salvo en la variable que importaba.

No dijo nada.

El vacío terminó de reclamarlo sin ruido.

El sonido llegó después.

Desde muy abajo.

Definitivo.

David llegó al borde en tres zancadas.

Francesca colgaba de una grieta estrecha en la roca, los dedos blancos por la presión, el cuerpo oscilando sobre el vacío con la quietud desesperada de quien sabe que moverse puede ser peor que quedarse inmóvil.

—Mírame.

Ella alzó los ojos. El rostro tenso. Los dedos cediendo milímetro a milímetro.

—Suelta una mano.

Negó apenas.

—Hazlo.

Lo hizo.

El tirón fue brutal, sin margen para el error; el esfuerzo le atravesó el hombro herido hasta el hueso.

La subió de un golpe.

Cayeron los dos sobre la repisa, Francesca encima de él, ambos respirando demasiado fuerte y demasiado cerca.

Pecho contra pecho.

Mirándose.

Con la certeza exacta de lo que acababan de evitar.

Y de lo que aún no había terminado.

A unos metros, Mateo seguía respirando.

Poco.

Pero seguía.

Tenían la cruz de Mateo.

La llave.

En la grieta, la entrada seguía esperando.

Y debajo, muy debajo, esperaba aquello que todos habían llegado demasiado tarde para reclamar.

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