El Códice de la Orden de Montesa CAPÍTULO I — La noticia
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CAPÍTULO I — La noticia

CAPÍTULO I

La noticia

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El pabellón de Loriguilla estaba lleno como nunca.

No era un gran recinto ni tenía nada de épico: gradas modestas, la luz blanca y dura de una instalación municipal, el chirrido constante de las zapatillas sobre el parqué y ese rumor de pueblo que, en las noches importantes, podía confundirse con la fe.

Pero aquella tarde la pista parecía otra cosa. Un lugar al borde de algo.

Último cuarto. Siete segundos. Dos puntos arriba.

El tiempo muerto cortó el ruido en seco.

Los jugadores se agruparon alrededor de David. No levantó la voz. No hacía falta.

—Van a poner el balón en manos del base —dijo—. Quieren que se la juegue él. Obligadlo a sacarla fuera, hacia el jugador que todos tenemos en mente.

Miradas cruzadas. Respiraciones contenidas.

—Cerramos tarde. Que vea el pase. Y cuando llegue… falta.

Uno de los chicos vaciló apenas.

David lo miró.

—Sin pensar.

El árbitro llamó a pista.

El saque fue limpio.

El balón llegó al base. Botó hacia el centro, pero dos defensores saltaron sobre él. Levantó la cabeza y vio exactamente lo que esperaba: espacio. Una salida fácil.

El pase salió hacia la esquina, al jugador que no debía decidir.

David no siguió el balón. Nunca lo hacía.

El balón mentía. Atraía miradas, ansiedad, ruido. Lo importante ocurría medio segundo antes: el peso desplazándose sobre una cadera, el hombro que se abría, el defensor que creía llegar tarde cuando en realidad estaba ocupando el lugar exacto.

El juego no se leía donde miraban todos.

Se leía donde el espacio empezaba a obedecer.

—Ahora.

El cierre defensivo fue inmediato. Dos cuerpos encima. Sin margen. Sin salida.

El contacto llegó antes que la reacción. El pabellón se quedó en silencio.

Silbato. Dos tiros.

El primero rozó el aro y entró.

El segundo no.

Hierro. Rebote.

Final.

David dio un paso atrás.

No celebró. Se llevó las manos a las caderas y dejó que el ruido lo atravesara durante un instante —solo uno— antes de volver a cerrarse.

Nunca había sido un hombre dado a celebraciones visibles, ni siquiera en San Diego, cuando el baloncesto todavía parecía una promesa y no una herida mal cosida.

En el vestuario la euforia era joven, desordenada, legítima.

—¡Míster, esto va a ser portada! —gritó uno, lanzando una toalla al aire.

David negó sin mirar.

—Ganad dos más y ya veremos.

Se sentó en el banco de madera y sacó el móvil. Entre las notificaciones acumuladas, una destacaba. El titular de Las Provincias, demasiado breve para contener nada bueno.

La abrió.

Muere en Montroy el investigador Ignacio Jonás Arcega, «Indiano Jonás», en un accidente por gases de fermentación en una bodega.

Lo leyó dos veces.

Luego se levantó, salió del vestuario sin decir nada y cruzó el pasillo hasta la puerta lateral que daba al exterior del pabellón.

El aire del anochecer era frío. Se apoyó en la pared y se quedó quieto.

La pantalla seguía encendida. El titular, inmóvil. Debajo, en letra más pequeña, el subtítulo de la noticia:

Investigador dominicano. Especialista en reliquias y civilizaciones antiguas. Presencia constante en la prensa internacional. «Indiano Jonás», un guiño sarcástico pero rentable al personaje cinematográfico, se había convertido con los años en una marca propia: mitad burla, mitad homenaje.

David bajó el móvil.

Pensó en la última vez que había visto a Ignacio.

Un año antes. Valencia. Tres días sin avisar, como siempre.

Habían comido en un sitio barato cerca del mercado, discutido sobre algo que no importaba y, al despedirse en la calle, Ignacio lo había abrazado demasiado tiempo para que pareciera casual y demasiado poco para que sonara a despedida.

La causa de la muerte era verosímil. Dióxido de carbono acumulado durante la fermentación del vino: invisible, más pesado que el aire, capaz de concentrarse en cuevas y lagares bajos hasta dejar a un hombre sin oxígeno antes de que entendiera qué estaba ocurriendo.

Pero Ignacio lo sabía. Conocía aquel peligro mejor que quienes habían redactado la noticia.

Por eso la palabra accidente le pareció indecente, como un mal chiste en un funeral.

Bloqueó la pantalla.

Estuvo fuera tres minutos. Quizá cuatro.

Luego volvió a entrar.

Atravesó el pasillo, el eco del partido vibrando en las paredes con un retraso sordo, como si el partido aún no hubiese terminado de apagarse.

Fue entonces cuando la vio.

No estaba con el público. No miraba el móvil ni fingía esperar a nadie. Lo miraba directamente a él.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó David.

La mujer ladeó la cabeza, apenas.

—Sigues leyendo mejor las jugadas que las caras —dijo, divertida.

David se quedó quieto.

La voz llegó primero. El recuerdo después.

Calor húmedo. La hacienda de los Arcega en Santo Domingo. Música. Gente por todas partes. Y una niña siempre cerca, siempre escuchando, siempre entendiendo más de lo que decía.

—Francesca.

La miró de verdad. Y ahí estuvo el problema.

No vio a la niña.

Vio a una mujer.

Un metro setenta y cinco, quizá más. Postura firme, casi atlética. Cabello oscuro, ensortijado e indisciplinado. Piel entre cobre y aceituna, de un tono que la luz no conseguía apagar. Nariz levemente aguileña, que acentuaba un atractivo indómito. Ojos atentos. Intensos. Demasiado vivos.

No sabía cuánto tiempo llevaba sin verla. El suficiente para que la imagen que conservaba de ella ya no sirviera. No tanto como para que la memoria dejara de intentar imponerla.

—No sabía que estabas en Valencia.

—Yo tampoco sabía que Ignacio había muerto. No fue un accidente.

David sostuvo su mirada.

—¿Qué te hace pensar eso?

Francesca sacó el móvil y le mostró la pantalla.

—Escucha.

La voz de Ignacio salió rota del audio.

—Francesca… si escuchas esto… busca a David… que recuerde la defensa que nos dio el campeonato…

David escuchó sin apartar la vista del móvil.

Entonces llegó el fogonazo. No lo buscó. Apareció solo, con esa precisión de los recuerdos que saben exactamente cuándo regresar.

Catorce segundos. San Diego. Final NCAA.

Un punto abajo. Ignacio a su lado, inclinado con las manos sobre las rodillas, el pecho subiendo demasiado rápido, el sudor corriéndole por la frente sin que hiciera ademán de secárselo.

Tenía esa expresión suya, a medio camino entre el cansancio y la certeza, que siempre aparecía justo antes de hacer algo que los demás no veían venir.

—Van a atacarme por mi lado —dijo sin mirarlo—. Quieren aislar.

—No. Quieren que yo salte.

Entonces sí se miraron. No hacía falta decir más.

El saque.

El balón llegó al base contrario.

Cambio de ritmo hacia la izquierda.

Ignacio llegó tarde —o eso pareció—. El base lo superó con demasiada facilidad y el pabellón reaccionó.

David dio un paso al frente y dejó libre a su hombre. Solo uno. Lo justo.

El manejador levantó la cabeza. Ahí estaba: el pase fácil, el tirador en cuarenta y cinco.

El balón salió de sus manos y, en ese mismo instante, David ya retrocedía; no seguía el balón, sino la intención.

Ese había sido siempre su talento. No saltar más. No correr más. Leer antes.

Entender que una jugada no era el movimiento de cinco hombres. Era la mentira que esos cinco hombres intentaban contarle al espacio.

Ignacio lo sabía.

Por eso, si había dejado una pista, no la habría escondido en una palabra. La habría dejado en una posición.

Un paso atrás. Explosivo.

Brazo extendido.

Intercepción.

Ignacio ya corría, como si nunca lo hubieran superado, como si todo hubiera formado parte del mismo diseño. David lanzó el pase largo sin mirar.

Trayectoria perfecta. Carrera. Salto. Mate. Un punto arriba.

El pabellón estalló.

Cuando el audio terminó, permaneció en silencio unos segundos más de lo necesario.

Francesca bloqueó la pantalla con una rapidez sospechosa.

David lo notó. No porque desconfiara de ella todavía, sino por hábito. En una pista, un gesto medio segundo antes de tiempo siempre significaba algo.

—¿Hay algo más? —preguntó.

La respuesta llegó tras una vacilación mínima. Demasiado breve para una mentira torpe. Demasiado larga para una verdad limpia.

—No.

David no insistió. Pero desde aquel instante supo dos cosas: Ignacio le había dejado una instrucción y Francesca había decidido cuánto del resto estaba dispuesta a contarle.

—¿Cuándo te llegó esto?

—Ayer.

—¿Y viniste de Santo Domingo directamente aquí?

—Fui directamente a donde estabas tú.

David bajó la mirada un momento, como quien necesita separar lo que siente de lo que tiene que hacer a continuación.

—El partido contra Saint Mary's —dijo al fin—. La final de la NCAA.

Francesca asintió, pero no del todo.

—Eso encaja, pero no basta para saber qué quería decirnos. —Vaciló apenas—. Ignacio llevaba semanas siguiendo referencias a iglesias vinculadas con la Orden de Montesa. No había una ruta clara: solo fragmentos, notas, referencias cruzadas entre documentos. Y un nombre se repetía: Santa María.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me enviaba cosas. —Por primera vez desde que había aparecido, la voz de Francesca perdió una fracción de control—. No todo. Lo justo para que me preocupara. Nunca lo suficiente para dejarme ayudar. Eso también era muy suyo.

David no respondió. Conocía ese rasgo de Ignacio mejor que nadie.

—Ignacio siempre decía que llegabas medio segundo antes que los demás.

El eco del pabellón regresó, lejano.

—Parece que esta vez no buscaba una reliquia.

—¿Entonces?

—Algo que no podía leerse entero. Algo más antiguo que un libro. Piedra. Lugares. Señales.

—Eso no es un texto.

—No como lo entiendes tú. Más bien como si alguien hubiera querido impedir que pudiera leerse todo de una vez —añadió en voz más baja.

Montroy. La bodega.

El lugar.

—Ignacio no aparece en un sitio por error.

Consultó algo en el móvil y volvió a mirarlo, no con certeza, sino con decisión.

—Iglesia de Santa María de Montroy.

Francesca lo observó un instante más de la cuenta.

—Sigues tomando decisiones demasiado rápido.

David se giró, ya en movimiento.

—Y tú sigues llegando tarde.

—Eso no es verdad. —El tono era ligero. Sus ojos, no.

David sintió algo que no le gustó reconocer. Algo antiguo.

Porque en algún lugar de sí mismo seguía viendo a la niña, aunque al mismo tiempo ya le resultaba imposible verla de aquella manera.

No ahora. No con Ignacio muerto. No con aquella mirada.

Ignacio, incluso muerto, seguía jugando la partida.

Y, mientras cruzaba las puertas del pabellón hacia el anochecer frío, David tuvo la primera certeza verdaderamente incómoda desde que había escuchado el audio: la voz de Ignacio no había sonado a despedida.

Había sonado a instrucción.

Ignacio le había dejado una jugada ya en movimiento.

El aparcamiento estaba casi vacío. Dos coches, una furgoneta con el logotipo del club en el lateral y el Freelander de David bajo la única farola que funcionaba al fondo.

Desde el pabellón todavía escapaban música y voces sueltas, celebrando algo que había ocurrido veinte minutos antes y que ya parecía pertenecer a otra vida.

David se apoyó en el capó sin abrir.

Francesca se detuvo a su lado, manteniendo una distancia prudente. Lo bastante cerca para que ninguno tuviera que alzar la voz.

—Era el único hombre que conocía capaz de morirse y seguir dando instrucciones —dijo David sin girarse.

Francesca tardó un instante.

—Era —dijo.

Fue la primera vez que ambos aceptaron en voz alta que Ignacio ya no estaba.

Se quedaron así un momento. El frío del anochecer. La farola parpadeando.

Luego David sacó las llaves.

Francesca no preguntó adónde.

Montroy había dejado de ser una pista.

Ahora era una dirección.

Y, aunque David todavía no podía saberlo, alguien llevaba horas esperando que tomaran aquella carretera.

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