El Códice de la Orden de Montesa
© inepub.com
PRÓLOGO
✠
Non vbi ocvli spectant, sed vbi mens pervenit. — Inscripción. Orden de Montesa, s. XIV
El primer golpe no fue brutal.
Fue preciso.
Y por eso resultó irreversible.
No hubo rabia ni vacilación, ni esa torpeza instintiva con la que pelean los hombres que necesitan demostrar algo. Aquello fue limpio, casi técnico. Ignacio Jonás Arcega lo sintió entrar en el costado como una orden breve, sin margen para interpretaciones.
El cuerpo se le dobló antes de que la cabeza alcanzara a comprenderlo. Cayó de rodillas sobre la tierra húmeda de la cueva con una pesadez humillante, impropia de quien había convertido durante media vida su envergadura en una forma de poder.
Por un segundo absurdo pensó en otra caída.
No en la piedra ni en la sangre, ni en el olor agrio que subía desde el fondo de la gruta.
Pensó en un parqué iluminado, en el estruendo de miles de gargantas, en la vibración seca del tablero después de un mate.
San Diego.
Hubo un tiempo en el que su cuerpo obedecía sin negociar, en el que el cansancio no había aprendido todavía a instalarse en los huesos. Allí, cuando caía, se levantaba antes que nadie.
Escupió sangre.
Le supo a hierro.
Levantó la vista.
La figura seguía delante de él, recortada contra la luz mortecina que se filtraba desde la entrada de la cueva. Alta, compacta, inmóvil. El contraluz le borraba el rostro, pero no la intención.
Ese tipo de quietud no se improvisa: se entrena durante años hasta que el cuerpo deja de necesitar el gesto para comunicar la amenaza.
Se movía como se mueven los cuerpos entrenados para ejecutar: sin gestos superfluos, sin ansiedad visible, con esa economía de energía que solo tienen quienes han hecho daño muchas veces y han aprendido que la violencia eficaz rara vez necesita ruido.
Ignacio bajó la vista apenas un segundo.
No lo hizo por miedo, sino por instinto. Los hombres heridos miran las manos de quien puede volver a golpearlos.
Sobre el dorso de la mano derecha del hombre, asomando bajo una venda negra, vio una cruz roja de brazos iguales, tatuada con una limpieza seca.
No era grande.
No hacía falta.
La cruz de Montesa.
Aquello lo inquietó más que el golpe. No era una marca descuidada. Era una declaración. La llevaba en la mano con la que golpeaba.
—Has llegado demasiado lejos.
La voz fue grave. Serena. Casi desprovista de emoción.
Ignacio sonrió como pudo mientras trataba de incorporarse. El gesto le arrancó otro latigazo de dolor en el costado.
—Siempre he tenido ese problema.
El segundo golpe fue mejor.
Más exacto.
Le vació los pulmones de una vez y el mundo se estrechó hasta reducirse a piedra, presión en el pecho y un sabor metálico que lo invadía todo.
—Dime dónde empieza.
Aquella frase sí lo hizo mirarlo de verdad.
No «dime dónde está».
No «dime qué has encontrado».
Dime dónde empieza.
Ignacio entendió entonces algo peor que la violencia.
No buscaban una reliquia ni un simple objeto, sino algo construido para no ser comprendido de una sola vez: un sistema que exigía posición, contexto, relación entre piezas.
Un conocimiento deliberadamente roto, dividido en signos, en lugares y en fragmentos de metal.
Ignacio lo había entendido demasiado tarde.
Y apenas había entendido la primera regla.
—Tienes una pieza —dijo el hombre—. O sabes dónde está.
Ignacio sonrió con sangre en los dientes.
—Si lo supiera, no estarías preguntando así.
El hombre no se movió. Pero la mano vendada se cerró apenas, deformando la cruz roja sobre la piel.
—Tres piezas revelan una puerta. Una basta para condenarte.
Ignacio respiró con dificultad.
El manuscrito no podía leerse sin las claves, y las claves no estaban escritas. Estaban ocultas en metal, en posiciones, en lugares. Tal vez en algo más que él apenas había empezado a intuir.
Buscaban la primera llave.
El umbral.
No había llegado a abrir nada; solo había entendido cómo debía hacerse. Todo encajó con una claridad brutal, como si alguien hubiera encendido una luz dentro de semanas de intuiciones dispersas entre archivos, iglesias olvidadas y cartas mal copiadas.
No era un tesoro.
Era un códice.
Pero no escrito en pergamino.
Un códice fragmentado en piezas.
Y él había llegado demasiado lejos sin tenerlas todas. Sabía dónde empezaba algo, pero no adónde conducía.
Cerró los ojos, no por dolor, sino por cálculo.
Necesitaba tiempo.
Dos segundos.
Tres, si tenía suerte.
No podía acabar allí. No cuando lo más importante que había descubierto seguía incompleto y, aun así, lo bastante cerca como para doler más que los golpes.
No cuando Francesca…
El pensamiento no llegó con ternura, sino con urgencia.
Su prima.
Su sombra los últimos años.
La única mente que había sido capaz de seguir sus intuiciones hasta el final y ordenar lo que él solo sabía perseguir a golpes de instinto.
La carta la habían encontrado juntos entre archivos del arzobispado de Valencia.
O, para ser exactos, la había encontrado ella; él se la había quitado de las manos tres minutos después de que le leyera el tercer párrafo, no por impaciencia, sino porque comprendió algo que Francesca todavía no se atrevía a formular.
Aquel texto no entregaba una verdad.
Advertía de ella.
Por eso había cogido el primer vuelo desde Santo Domingo. Por eso había venido a Valencia sin esperar, sin avisar lo suficiente, sin confiar del todo en nadie.
Y por eso, ahora, sabía que ella no podía continuar sola.
Había una parte de todo aquello que exigía otra mente. Otra forma de ver.
El hombre se inclinó un poco más.
—No me hagas perder el tiempo.
Ignacio abrió los ojos.
Miró más allá del hombro de su agresor, hacia el exterior.
La luz del atardecer caía oblicua sobre las hileras de viña.
Todo allí tenía un orden sospechoso, una limpieza que no pertenecía del todo al paisaje.
Las cepas trazaban líneas exactas y la fachada de piedra de la bodega, visible al fondo, parecía diseñada para no pertenecer del todo al paisaje.
Abadía de la Orden.
El nombre era antiguo, respetable, casi piadoso.
Perfecto de una forma incómoda para un lugar nuevo.
No acusaba a nadie. Eso era lo peor. Había lugares concebidos para que todo cuanto ocurría a su alrededor pareciera siempre ajeno a ellos.
—Llegas tarde —murmuró.
El hombre no respondió.
Lo agarró por la camiseta y lo arrastró hacia el interior.
La piedra encajó a su espalda.
La entrada quedó sellada.
El silencio se cerró poco a poco, como una compuerta. Ignacio respiró y lo supo, no por el olor, sino por la ausencia de él. El aire estaba quieto de una forma equivocada. Pesaba. No había corriente ni humedad fresca ni respiración mineral de la roca.
Solo una densidad muda, incolora.
Dióxido de carbono.
Intentó controlar la respiración.
No pudo.
El olor del mosto llegó desde alguna rendija lejana, dulce y agrio a la vez. En otro contexto habría sido vida.
Allí era una sentencia.
Sacó el móvil.
Pantalla encendida.
Sin cobertura.
Se le escapó una risa rota.
Abrió la grabadora.
—Francesca… si escuchas esto… busca a David.
Tosió.
Dolía respirar.
Dolía más seguir haciéndolo.
—Él sabrá mirar… haz que recuerde la defensa… la que nos hizo campeones…
No pudo decir más.
El aire empezó a fallar.
Pero aún le quedaba algo.
No una frase. Un gesto.
Volvió a verlo.
Catorce segundos.
San Diego.
Final.
No la jugada: la posición.
Dejó caer el móvil. Se giró como pudo. Ajustó el cuerpo. Medio de lado. El brazo extendido hacia el punto exacto que su memoria le dictaba.
Cuarenta y cinco grados.
Dejando la pista en el aire.
Como se deja un pase a alguien que aún no está en la jugada.
Pero llegará.
A la mañana siguiente, dos operarios de la bodega encontraron el cuerpo.
El informe fue rápido, aséptico, eficaz.
Muerte accidental por inhalación de gases de fermentación.
La noticia voló antes que la verdad.
Nadie habló del brazo extendido.
Nadie preguntó por qué un hombre agonizante había decidido morir señalando una posición.
Nadie podía decir lo que había dejado.
Nadie, excepto uno.
Y ese uno no sabía todavía que Ignacio lo necesitaba.
✠