Parte 2. En busca de Don Quijote
EN BUSCA DE DON QUIJOTE
Entrevista
Era la primera vez que visitaba Seúl en todo el año y la ciudad seguía igual de bulliciosa.
Quedaba a una hora en KTX desde Daejeon, pero me sentía a miles de kilómetros de distancia emocional.
Al bajar a la plaza de la Estación de Seúl arrastrada por la multitud que salía conmigo, me mimeticé rápido con el entorno, convertida en una seulense más.
Llamémoslo instinto de supervivencia. Esquivé con agilidad una paloma que casi me rozó con las patas y me escabullí fuera de la plaza pasando entre una persona con un panfleto religioso y un vagabundo. Respondí al teléfono:
–¿Diga?
–Oye, que estoy de camino.
–¿No habíamos quedado a las dos?
–Ten en cuenta el tráfico, que estamos en Seúl.
–¡Haberlo tenido tú en cuenta al salir, zoquete!
Colgué enfadada y suspiré. Mira que había propuesto quedar en Seocho-dong por lo mismo, pero él se había empeñado en recogerme y ahora llegaba tarde.
Hay gente así. Creen estar haciéndote un favor que no lo es en absoluto.
Vamos, que el coste emocional de los favores de esa gente es más alto que el favor mismo y eso hace que no quieras volver a recibirlo.
Pero si los rechazas, siempre te salen con lo mismo.
«Si lo hago por ti, yo hago lo que puedo».
Recientemente había descubierto que Han-bin era de esos y empecé a plantearme si me merecía la pena trabajar con un tonto de remate como él.
Sin embargo, trabajar junto al tonto de Han-bin era irremediable, ya que la información clave para encontrar al señor Don tenía que pasar por él.
Hacía un par de días me había llamado la mar de orgulloso para contarme que su madre conocía al mejor amigo de su padre en la universidad.
Le hice algunas preguntas más para confirmar la veracidad de la información y resultaba que sí, era amigo del señor Don, antiguo compañero de habitación y compañero de activismo cuando estudiaban en la Universidad de Sogang.
Vamos, compañeros de aventuras en los veinte.
Amenacé a Han-bin con dejar de hablarle si la información resultaba ser falsa, pero él me dijo que me preparase bien para la entrevista. Tonto de remate.
El entrevistado del día era el amigo íntimo del señor Don, que trabajaba en un bufete de abogados en el barrio de Seocho-dong. Teníamos que recopilar toda la información posible sobre su pasado y volver pronto a Daejeon, así podía editar y subir el vídeo de la sección «El alquiler de hoy».
Os recuerdo que eran dos vídeos por semana.
La constancia fue la razón por la que el canal sobrevivió el duro invierno y sigue hasta el día de hoy.
Subí contenido regular como si me fuera la vida en ello, soportando el frío intenso y aterrador del sótano, y solo al cabo del tiempo empecé a ver algún ingreso gracias a la publicidad. Si dejaba de subir contenido, se acabó.
Volvió a sonar el teléfono. Contesté mirando a mi alrede dor y divisé la cara de Han-bin asomando desde el asiento del conductor de un coche azul marino de marca extranjera. Me estaba gritando que cruzara porque no podía aparcar, y me acerqué reprimiendo mi ira.
Cuando subí a aquel voluminoso coche con el logo de un tridente, Han-bin me miró a través de sus gafas de sol haciéndose el chulito y pisó el acelerador.
–¿Y la cámara? –preguntó muy serio. Yo le dije que de qué estaba hablando, y añadió frustrado–: ¿No vas a grabar para el canal? Deberías grabar al caballero Won-bin saliendo en busca de Don Quijote.
–¿Caballero Won-bin?
–Hombre, si tú eres Sancho, pues yo también necesito un título. Y como me llaman Won-bin, por guapo, pues caballero Won-bin.
–Tú eres el chófer. Date prisa, que hay que llegar antes de las tres.
–Pff. Encima de que vengo en un cochazo y con gafas de marca…, y ni una reacción.
En mi mente, visualicé letra por letra la palabra «paciencia» . Debí de transmitirle mi aura desquiciada, porque se me quedó mirando y añadió:
–¿Qué pasa? Oh, gran youtuber Sancho. Tendrás que grabar algo magnífico para contentar a tus seguidores.
–Ah, o sea que todo esto del cochazo y las Ferragamo falsas es por salir bien en cámara.
Han-bin se colocó las gafas por encima de las cejas y me lanzó una mirada de desaprobación.
–¡Pero que son auténticas! Y no es un cochazo cualquiera, es un Maserati.
¡Una berlina italiana de lujo! Andy, mi amigo el de los coches, me lo dejó clarito cuando me lo prestó.
A la gente le gusta presumir de coches alemanes, pero las marcas de lujo de verdad son italianas.
¡Lamborghini! ¡Maserati! ¡Alfa Romeo! ¿Lo ves?
–Y yo qué sé. Gira a la izquierda en la intersección, anda –respondí cortante.
–De verdad, eh. Yo aquí dándote fuentes fiables para tu canal, acompañándote a la entrevista, y tú te portas como una borde conmigo. Como sigas en ese plan, me pongo en modo trabajo y te cobro por el servicio de hoy.
–¡Que te calles y mires la carretera! ¿No era mi única tarea buscar a tu padre?
Pues es lo que estoy haciendo ahora mismo.
Me lo pediste tú, ¿ahora de qué vas? ¿Me estás poniendo a prueba o qué pasa?
¿Te he pedido yo algo? No tengo por qué grabar todo esto.
Y tú deberías cubrir los gastos. Es más, demos el día por terminado y larguémonos a Daejeon.
–Que sííí. Que vale, uf. No me escupas.
Solo entonces cerró el pico y se concentró en conducir.
–Que no se me vea la cara.
Alto y delgado, media melena canosa y gafas sin montura.
Así era Yeong-hun Kwon, el jefe de la oficina, un tipo serio.
Daba la sensación de ser un hombre experimentado con ese ademán tan educado y sutilmente autoritario.
Nos sentamos uno frente al otro en la sala de reuniones y, bajo la atenta mirada del hombre, dejé la cámara grabando en un extremo de la mesa tras asegurarme de que el ángulo solo capturase la escena.
Han-bin estaba hablando con él después de no haberse visto en mucho tiempo.
–¿Cómo está tu madre?
–Bien, como siempre. El problema aquí es mi padre.
–Vaya. Como siempre, el centro de los problemas. Él mismo los crea y los resuelve.
Lo dijo como si nada, pero en ese momento comprendí lo significativa que sería aquella grabación.
Aquel hombre no solía ver YouTube, pero había accedido al canal por el enlace que le había pasado Han-bin.
La conversación comenzó con él explicando cuánto le había sorprendido enterarse de que su amigo Yeong-su había tenido un videoclub y comentó que le agradaba que alguien viniera preguntando por él ahora.
Él también sentía curiosidad por conocer el paradero de su amigo y le gustaba tener la oportunidad de conocernos a ambos.
A pesar de mis nervios por grabar la que era la primera entrevista en busca del señor Don, el hombre consiguió tranquilizarme con sus dotes conversacionales. Me preguntó por lo que habíamos averiguado hasta el momento y anotó algo en su cuaderno, como si estuviera tratando con un cliente.
Pulsé el botón de grabar y arranqué con la entrevista.
–¿Cómo se conocieron?
–Yeong-su es de Chuncheon, yo de Seokcho. Ambos somos de la provincia de Gangwon, aunque nuestros pueblos están separados por montañas. Pero, como éramos los únicos estudiantes de primer año que veníamos de Gangwon-do, nos hicimos amigos enseguida.
–¿Cuándo fue la última vez que vio a mi padre? –intervino Han-bin.
–Cuando él trabajaba como profesor en una academia. Yo había vuelto a suspender el examen para ser abogado y tu padre me invitó a comer para darme ánimos. Fue en un restaurante de barbacoa en una calle del barrio de Daechi-dong. Jamás he vuelto a comer una carne tan rica.
Dijo aquello sin que sonara en absoluto como una broma.
–Según dice mi madre, el señor Don ganaba bastante en aquella época. ¿Por qué dejaría un trabajo lucrativo como ese?
–No lo sé a ciencia cierta, pero tengo una teoría.
–¿Podría contárnosla?
–La gente como nosotros, con antecedentes activistas, no lo tenía fácil para encontrar trabajo en grandes corporaciones. Tanto Yeong-su como yo habíamos estado en la cárcel y nos estaba costando reinsertarnos.
Han-bin y yo nos miramos un instante sin saber qué decir.
–¿No lo sabíais? Mmm… Fue una vez, por delito político. Por eso quedamos exentos del servicio militar.
Me preguntaba cuántos años habría tenido que cumplir en la cárcel para librarse del servicio militar.
Entonces recordé que a mi madre no le gustaba que fuese al videoclub porque el dueño tenía antecedentes penales.
Yo no le había echado cuenta pensando que eran tonterías de las suyas, pero acababa de descubrir que sus palabras tenían fundamento.
–Así estaban las cosas a principios de los noventa.
Gente como nosotros, que salíamos de buenas universidades, solo teníamos acceso a trabajar en según qué industrias por el historial de activismo.
En primer lugar, la política. Se podía trabajar como asistente en la oficina de algún diputado o participar en actividades políticas en grupos sociales.
Otro sector eran los medios de comunicación.
Nunca para grandes medios, pero sí podíamos trabajar para periódicos y revistas progresistas.
También estaba la industria cultural; es decir, la editorial y cinematográfica.
Por último, el sector académico. Los mayores activistas abrieron academias privadas en Gangnam y se hicieron con una fortuna.
La profesión les iba que ni pintada, con la buena formación académica que tenían y mentes tan brillantes.
Además, a Yeong-su le encantaban los niños, ya había dado clases particulares gratis a los hijos del casero cuando compartíamos piso.
El señor Kwon hablaba intercalando cierto grado de informalidad en lo formal de su discurso, pero no nos molestaba en absoluto.
–Mmm… A mí nunca me ayudaba con los deberes –comentó Han-bin.
–Eso es porque no estudiabas. El señor Don solo enseñaba a quienes le mostraban interés –espeté.