CAPÍTULO 16 — ANTES DE TIEMPO | WREN
El traslado ocurrió antes del amanecer.
Wren había contado puertas durante días.
No contó con que la primera se abriera desde fuera.
—Levántate —dijo Hargrove.
Había una mujer del condado detrás de ella y un hombre con uniforme de conductor.
Wren miró la ventana.
Todavía oscuro.
—¿Qué hora es?
—Vístete.
—Mi revisión es la próxima semana.
Hargrove no respondió.
Eso fue la respuesta.
Wren salió de la cama.
Eddie se incorporó al otro lado de la habitación de tránsito donde habían colocado a los mayores esa semana.
—¿Qué pasa?
—Duerme —ordenó Hargrove.
Wren metió la mano bajo el colchón.
La vieja maleta no estaba.
—¿Dónde están mis cosas?
—Ya fueron preparadas.
Pánico.
No por la ropa.
Por el dinero escondido en el forro.
—Quiero mi maleta.
—Está en el vehículo.
Wren se vistió.
Eddie la miraba.
Ella negó apenas con la cabeza.
No hagas nada.
La promesa de no cerrar una puerta detrás de sí pareció absurda mientras dos adultos la conducían por un pasillo.
Tess apareció descalza junto al baño.
—¿Wren?
Hargrove la devolvió al dormitorio.
La última imagen que Wren tuvo del hogar fue una trenza de Tess desapareciendo detrás de una puerta.
***
El Hogar Industrial Estatal de Mujeres Jóvenes estaba a casi cuatro horas.
El nombre ocupaba media página en el formulario.
El edificio parecía una fábrica a la que alguien había añadido dormitorios.
Ladrillo gris.
Ventanas altas.
Cerca.
Wren vio la cerca y dejó de fingir que aquello era escuela.
Una supervisora registró su maleta.
Encontró el dinero.
—Esto se deposita en cuenta institucional.
Wren extendió la mano.
—Es mío.
—Se te devolverá al egreso.
—¿Cuándo es eso?
La mujer no contestó.
Veintidós dólares con sesenta y cinco centavos desaparecieron dentro de un sobre.
Wren sintió que seis años de planificación se alejaban con ellos.
La cuchara quedó.
Sin valor.
Por supuesto.
La pusieron en un dormitorio con dieciocho muchachas.
Una levantó la cabeza desde una cama.
Wren se detuvo.
—Bonnie.
La muchacha tardó en reconocerla.
Bonnie Hale había salido del orfanato el año anterior. Estaba más delgada. El cabello corto. Tenía una cicatriz pequeña junto al pulgar.
—Wren Doyle.
—Dijiste que estabas bien.
Bonnie soltó una risa sin alegría.
—Leen las cartas.
Wren sintió que su sospecha se volvía cuerpo.
—¿Cuánto llevas aquí?
—Catorce meses.
—¿Cuándo sales?
Bonnie miró sus manos.
—Cuando decidan.
***
El trabajo empezaba a las seis.
Costura durante cuatro horas.
Almuerzo.
Dos horas de clase.
Lavandería o cocina hasta la tarde.
Las cuotas no se describían como castigo. Simplemente una muchacha que no terminaba debía quedarse hasta hacerlo.
El primer día Wren cosió dobladillos hasta sentir los dedos rígidos.
Bonnie le enseñó a envolver el índice con un trozo de tela.
—¿Por qué no escribiste a tu abuela?
—Escribí.
—Dijiste que estabas bien.
—No esa carta. Otra.
Bonnie miró alrededor.
—Nunca llegó respuesta.
—¿Dónde vive?
—Cerca de Valdosta.
—Dirección.
—¿Para qué?
—Dímela.
Bonnie sonrió un poco.
—Sigues mandando.
—Y tú sigues perdiendo tiempo.
Bonnie le dio la dirección.
Wren la repitió hasta memorizarla.
Esa noche arrancó un hilo del colchón y cosió pequeños nudos en el dobladillo interior de su vestido para recordar números de la dirección.
No tenía lápiz.
Tenía tela.
Las herramientas dependían del lugar.
***
Al tercer día una supervisora la llamó a la oficina.
—Hay personas haciendo preguntas por ti.
Wren no mostró nada.
—¿Qué personas?
—Una mujer llamada Ruth Calloway. Otra, Idella Bell.
El corazón golpeó fuerte.
—¿Y?
—Tu traslado se realizó conforme a autorización del condado.
—No pregunté eso.
—No recibirás visitas hasta completar evaluación.
—¿Cuánto tarda?
—Depende de tu conducta.
Ahí estaba otra forma de control.
Wren comprendió que podían convertir cualquier protesta en evidencia de que merecía quedarse.
Sonrió.
—Entendido.
La supervisora pareció satisfecha.
Wren salió.
Bonnie la esperaba en el corredor.
—¿Qué pasó?
Wren habló sin mover mucho los labios.
—Me están buscando.
—¿Quién?
—Mi gente.
La expresión le resultó extraña.
Mi gente.
No había usado nunca esas palabras.
Bonnie la miró con algo que Wren no quiso identificar como esperanza.
—¿Pueden sacarte?
—No sé.
—Si puedes irte...
—Ya sé tu dirección.
Bonnie bajó la mirada.
—No quería pedir.
Wren pensó en Ruth.
En lo difícil que había sido formular una sola pregunta.
—Pedir es horrible —dijo—. Pero parece que a veces funciona.
Esa noche volvió a contar las puertas.
Dormitorio.
Corredor.
Escalera.
Puerta de servicio.
Patio.
Cerca.
Pero por primera vez no estaba diseñando una fuga solitaria.
Estaba contando también qué tendría que recordar para contarle a las otras dónde la habían llevado y cómo funcionaba aquel lugar.
No rescate.
Elección.
El taller de costura estaba en un edificio bajo detrás del dormitorio principal.
Cuarenta máquinas formaban cuatro filas. Algunas eran nuevas. Otras tenían pedales gastados y superficies rayadas por años de manos.
Wren entró con otras seis recién llegadas.
El ruido le golpeó antes que el calor.
Pedales.
Agujas.
Telas arrastrándose.
Una supervisora explicó las cuotas del día.
—Al principio observarán. Para el final de la semana cada una debe completar ocho piezas por turno.
Wren levantó la mano.
La mujer la ignoró.
Wren la mantuvo arriba.
—¿Qué?
—¿Qué pasa con las piezas?
—Se envían a proveedores estatales.
—¿Nos pagan?
Varias muchachas dejaron de mover las manos.
La supervisora miró a Wren como si hubiera preguntado si podía llevarse la máquina a casa.
—La formación, alojamiento y alimentación son proporcionados por el estado.
—Entonces no.
—¿No qué?
—No nos pagan.
—Doyle, ¿verdad?
Wren sintió una alarma pequeña.
—Sí.
—Tu expediente llegó con una nota sobre conducta.
—Qué eficiente.
—Siéntate.
Wren se sentó.
La chica a su lado tenía el cabello rojo cortado por encima de los hombros.
Wren la miró.
La chica siguió cosiendo.
—Bonnie.
La aguja se detuvo.
La muchacha levantó la cabeza.
Era Bonnie Hale.
Más delgada.
Más vieja de lo que un año debía permitir.
—Wren?
La supervisora golpeó una mesa con una regla.
—Silencio.
Bonnie volvió a coser.
Wren sintió que el corazón le golpeaba.
La carta.
«Estoy bien y agradecida».
Bonnie estaba a menos de un metro y no parecía ninguna de las dos cosas.
Durante la pausa de mediodía consiguieron sentarse juntas detrás del comedor.
—¿Cuánto llevas? —preguntó Wren.
—Once meses.
—Tu carta llegó hace nueve.
Bonnie soltó una risa.
—¿Qué decía?
Wren la miró.
—¿No la escribiste?
—Escribí una. La supervisora dijo que tenía que corregirla porque sonaba ingrata.
—¿Qué pusiste?
—Que trabajábamos demasiado y que una chica se desmayó.
—Eso no llegó.
Bonnie asintió como si ya lo supiera.
—Me hicieron copiar otra.
Wren sintió rabia.
—¿Cuándo sales?
Bonnie miró el patio.
—En teoría cuando cumpla diecisiete o consiga colocación laboral aprobada.
—Tienes dieciséis.
—Cumplo diecisiete en marzo.
—Eso son meses.
—Lo sé contar.
Wren bajó la voz.
—¿Has intentado escapar?
Bonnie la miró con dureza.
—Dos chicas lo hicieron. Una volvió. La otra no sé.
—¿Y tú?
—Mi abuela todavía vive. Si huyo, pueden dejar de mandarme sus cartas.
Wren comprendió otra clase de cerca.
—¿Te pegan?
—No como estás pensando. Castigos. Aislamiento. Quitar recreo, cartas. Trabajo extra.
Bonnie se inclinó.
—No hagas nada estúpido el primer día.
Wren casi sonrió.
—Me conoces muy poco.
—Te conozco exactamente suficiente.
La supervisora llamó.
Bonnie se levantó.
—¿Alguien sabe dónde estás?
—Sí.
Wren dijo la palabra con más confianza de la que sentía.
—Idella. Ruth. Selah.
Bonnie la miró.
—Entonces tienes más que yo cuando llegué.
Aquello fue peor que una advertencia.
Wren volvió a la máquina.
Durante la tarde aprendió a coser una costura recta. También aprendió que las puertas del taller permanecían abiertas durante el trabajo, pero una empleada vigilaba el patio. El camión de lavandería llegaba miércoles y sábado. La cocina recibía entregas por una entrada lateral.
No estaba planeando escapar.
Todavía.
Solo observaba.
Al terminar el turno, Bonnie le dio un pedazo de lápiz escondido en la manga.
—Para qué.
—Escribe direcciones si te acuerdas.
—No tengo papel.
Bonnie levantó el borde de la falda del uniforme. En el dobladillo interior había números escritos muy pequeños.
Direcciones.
Nombres.
Wren entendió.
Incluso allí había un Libro, solo que distribuido en ropa, memoria y susurros.
Esa noche escribió dentro del dobladillo de su propio uniforme:
Bellhaven — Bazar — Idella.
Luego añadió Ruth Calloway.
Selah Marsh.
No sabía quién encontraría aquello si ella no regresaba.
Pero el acto de escribirlo hizo que la institución pareciera un poco menos capaz de borrarla.
Antes de dormir, Bonnie susurró desde dos camas más allá:
—Wren.
—¿Sí?
—Si sales, dile a Idella que mi abuela vive en County Road Seven. Que necesito que le llegue una carta sin pasar por aquí.
Wren cerró los ojos.
—Lo haré.
Ya tenía una deuda.
Incluso allí.
La segunda noche, Wren dejó de intentar dormir.
El dormitorio tenía veinticuatro camas y veintitrés tipos distintos de respiración. Algunas muchachas roncaban. Una lloraba en silencio. Otra rechinaba los dientes con una regularidad que habría permitido medir el tiempo.
Wren estaba boca arriba, con la cinta azul enrollada dos veces alrededor de la muñeca.
Bonnie habló desde la cama cercana.
—Sigues contando.
—No.
—Mueves los labios.
Wren cerró la boca.
—Eso no significa nada.
—¿Puertas?
Wren giró la cabeza.
Bonnie miraba el techo.
—Yo contaba ventanas —dijo—. Al principio.
—¿Y después?
—Dejé de hacerlo.
—Eso suena deprimente.
—Era práctico.
Wren volvió a mirar el techo.
Había una grieta fina sobre su cama. Empezaba junto a una viga y desaparecía cerca de la lámpara.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Once meses.
—Eso es demasiado.
—Sí.
Bonnie no añadió nada.
Wren odiaba que una respuesta tan pequeña pudiera contener un año.
—¿Intentaste irte?
—Dos veces.
Wren se incorporó sobre un codo.
—¿Cómo?
—La primera por la lavandería. La segunda durante una entrega de carbón.
—¿Hasta dónde llegaste?