El Club de las Renacidas CAPÍTULO 13 — DECIR QUE SÍ | RUTH
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CAPÍTULO 13 — DECIR QUE SÍ | RUTH

Ruth no durmió la noche después de que Wren le hiciera la pregunta.

A las dos se levantó y fue a la cocina.

A las tres hizo café.

A las cuatro había escrito dos columnas.

Razones para no hacerlo.

Razones para hacerlo.

La primera columna ocupaba casi una página.

Dinero.

Banco.

Trabajo.

Edad.

Escuela.

Reputación.

Pruitt.

La segunda contenía una sola palabra.

Wren.

Ruth miró aquello y sintió irritación.

No era una forma seria de tomar una decisión.

Tachó ambas columnas.

Cuando amaneció salió al porche.

Samuel nunca había hablado mucho de hijos. Habían estado casados cuatro años. Al principio decían más adelante. Después llegó la guerra y más adelante se convirtió en un lugar al que ninguno de los dos llegó.

Ruth se había preguntado alguna vez si habría sido buena madre.

No había respuesta.

Ahora una muchacha de quince años le estaba pidiendo una versión de esa pregunta con treinta días de plazo.

***

Idella llegó a la granja antes del mediodía con una cesta de pan.

—No necesito pan.

—No vine a discutir tus necesidades nutricionales.

Ruth la dejó entrar.

Idella se sentó a la mesa.

—Wren cree que vas a decir que no.

—Eso no ayuda.

—No vine a ayudarte a sentirte mejor.

—¿Por qué viniste?

Idella miró la casa.

—Porque sé lo que es decidir si haces espacio para alguien cuando tu vida ya parece demasiado llena de problemas.

Ruth esperó.

Idella rara vez ofrecía historias personales sin obligar a alguien a trabajar por ellas.

—Cuando murió mi madre, yo tenía veintinueve años —dijo—. La tienda tenía deudas. Mi padre llevaba tiempo fuera. Todos me dijeron que vendiera.

—No lo hiciste.

—Evidentemente.

—¿Qué tiene que ver con Wren?

—Había una niña llamada Mae que ayudaba aquí. Doce años. Su madre desapareció. Nadie sabía si estaba muerta o simplemente había conseguido irse.

Ruth se inclinó hacia adelante.

—¿La acogiste?

—No.

La respuesta sorprendió.

Idella miró sus manos.

—Tenía miedo. Dinero, reputación, trabajo. Todas las mismas razones que tienes tú. Encontramos otra familia.

—Entonces salió bien.

—Sí.

—¿Te arrepientes?

Idella pensó.

—Me arrepiento de haber decidido primero desde el miedo y haber llamado prudencia a lo que sentía.

Ruth guardó silencio.

—No te estoy diciendo que aceptes a Wren —continuó Idella—. Sería irresponsable. Te digo que distingas tus razones.

—Si pierdo la granja...

—Wren necesita una persona, no árboles de melocotón.

—Una persona necesita casa.

—Hay casas.

—No quiero llevármela y luego arrastrarla a otra incertidumbre.

Idella se levantó.

—Esa niña ha vivido seis años en incertidumbre. No prometas estabilidad perfecta. Promete no desaparecer sin explicárselo.

La frase quedó en la cocina después de que Idella se marchara.

***

Ese mismo día Ruth visitó a Beckett, un abogado retirado que había conocido al padre de Samuel.

Su oficina olía a tabaco viejo.

—Custodia de una menor del condado —dijo, ajustándose las gafas—. Posible. No simple.

—¿Qué mirarían?

—Ingresos. Vivienda. Reputación. Capacidad para escolarizarla. Antecedentes.

Ruth soltó una risa.

—La mitad del pueblo cree que no puedo administrar una granja.

—La mitad del pueblo cree muchas cosas.

—La deuda.

—Importa.

—Entonces no.

—No dije eso.

Ruth se inclinó hacia atrás.

—Todo el mundo está usando esa frase conmigo.

Beckett sonrió.

—Porque haces preguntas que no tienen respuesta de una palabra.

Sacó un formulario.

—Una ejecución pendiente complica, pero también importa que tengas propiedad, trabajo productivo y apoyo comunitario. La institución estatal no es necesariamente preferible si existe colocación local adecuada.

—¿Quién decide?

—El condado primero. Un juez si se formaliza.

Ruth pensó en Everett.

—¿Pruitt?

Beckett dejó el papel.

—Podría tener participación indirecta. Podemos solicitar que se aparte por relación familiar si llega a revisión judicial.

—¿Aceptará?

—Esa es otra pregunta de varias palabras.

Ruth tomó el formulario.

—¿Cuánto cuesta iniciar?

Beckett le dijo.

No era poco.

Tampoco imposible.

Por primera vez, el problema se convirtió en una lista de acciones en vez de una pared.

***

Esa tarde fue a buscar a Wren.

La muchacha estaba arreglando una caja de hilos en el bazar.

—Necesito que vengas conmigo.

Wren se tensó.

—¿Por qué?

—Quiero mostrarte algo.

—Eso suena como secuestro.

—Tú eres la experta en delitos menores. Sube a la camioneta.

La llevó a la granja.

Wren habló poco durante el trayecto.

Al llegar, Ruth la condujo arriba.

Abrió el dormitorio de invitados.

Todavía contenía muebles viejos y cajas.

—Esto podría ser tuyo.

Wren no entró.

—¿Podría?

—Si quieres.

—¿Estás diciendo sí?

Ruth sintió miedo.

Esta vez no intentó disfrazarlo.

—Estoy diciendo que voy a intentarlo. No puedo prometer qué hará el banco ni qué decidirá el condado. Puedo prometer que presentaré los papeles y que no voy a retirar la petición porque alguien me diga que una mujer sola no debería hacerlo.

Wren miró la habitación.

—La colcha es horrible.

Ruth soltó el aire.

—Era de la madre de Samuel.

—Entonces fue horrible durante mucho tiempo.

—Puedes cambiarla.

Wren entró.

Tocó el marco de la ventana.

Desde allí se veían los melocotoneros.

—Nunca he tenido un cuarto sola.

Ruth no supo qué decir.

Wren se volvió.

—No cambies de opinión.

No era una orden.

Por primera vez Ruth oyó la niña debajo de la voz afilada.

—Haré todo lo posible por no hacerlo.

Wren asintió.

No se abrazaron.

Ninguna estaba preparada.

Pero aquella noche Ruth quitó la colcha vieja y abrió las ventanas.

Decidir intentarlo no hizo que Ruth se sintiera mejor.

La hizo sentir ocupada.

A la mañana siguiente, llevó a Wren a la granja por primera vez con el pretexto de que necesitaba una segunda opinión sobre el dormitorio.

—Mi opinión cuesta —dijo Wren al bajar de la camioneta.

—Tienes suerte de que no te cobre gasolina.

Wren miró los campos.

El sarcasmo desapareció de su cara durante un segundo.

—Es grande.

—La mayor parte es trabajo, no paisaje.

—Sigue siendo grande.

Ruth abrió la casa.

Wren entró con cautela. No tocó nada al principio. Eso sorprendió a Ruth más que si hubiese empezado a revisar cajones.

—La cocina —dijo Ruth.

—Parece cocina.

—Gran observación.

—Cobro extra por arquitectura.

Subieron.

Cuando Ruth abrió el cuarto pequeño, Wren se quedó en la puerta.

La cama tenía una colcha blanca. Ruth había limpiado el polvo y retirado algunas cajas de Samuel, pero todavía no había cambiado el papel floreado.

—Es horrible —dijo Wren.

Ruth sintió una punzada absurda.

—La habitación o el papel.

—El papel. La habitación tiene posibilidades.

Entró.

Abrió la ventana.

Miró la cómoda.

Luego debajo de la cama.

—¿Qué buscas?

—Nada.

—Entonces dejas muchas huellas para nada.

Wren se arrodilló y midió el espacio con la mano.

—Cabe una maleta.

Ruth entendió.

No era una inspección de muebles.

Era comprobar si existía un lugar para sus cosas.

—Puedes usar el armario.

Wren miró el armario.

—La maleta está bien.

Ruth no insistió.

—Si esto funciona, puedes pintarlo.

—¿De negro?

—No.

—Entonces no es realmente mío.

Ruth sonrió.

Bajaron al granero. Wren conoció las vacas y decidió que una de ellas, Daisy, tenía «cara de informante». Alimentó gallinas sin quejarse. Intentó conducir el tractor y fue detenida antes de tocar la llave.

—Opresión —dijo.

—Supervivencia mecánica.

Al mediodía comieron en el porche.

Wren sostuvo un vaso de limonada entre las manos.

—¿Samuel vivía aquí?

Ruth tardó.

—Sí.

—¿Murió en la guerra?

—Sí.

—Hargrove dice que preguntar sobre muertos es descortés.

—Hargrove tiene muchas reglas.

—Entonces ¿puedo preguntar?

Ruth miró el campo.

—Puedes. No prometo responder todo.

Wren pensó.

—¿Quería hijos?

La pregunta encontró exactamente el lugar que Ruth intentaba proteger.

—Sí.

Wren bajó la mirada.

—Entonces quizá esto te parece…

—No.

Ruth respondió demasiado rápido.

Wren se puso tensa.

Ruth respiró.

—No eres un reemplazo.

—No dije eso.

—Lo estabas pensando.

Wren se quedó callada.

Ruth continuó:

—Samuel quería hijos. Yo también, alguna vez. Pero si hago esto, no es para llenar una habitación que él dejó vacía.

—¿Cómo sabes?

Era una pregunta brutalmente justa.

Ruth miró a Wren.

—No lo sé del todo. Solo sé que cuando pensé en decirte que no, la razón principal era miedo. No que no quisiera.

Wren bebió limonada.

—Yo también tengo miedo.

Ruth casi fingió no oír.

La muchacha rara vez ofrecía una verdad sin chiste.

—¿De qué?

—De que funcione.

Ruth frunció el ceño.

—Eso es una preocupación extraña.

—Si no funciona, vuelvo a saber cómo son las cosas.

Ruth entendió.

Fracasar después de tener esperanza podía parecer peor que no intentarlo.

—Entonces tendremos que ser valientes de una manera muy inconveniente.

Wren la miró.

—Eso suena a Idella.

—No se lo digas.

La tarde terminó con Ruth llevando a Wren al bazar y después visitando al abogado retirado que Idella había mencionado, señor Beckett.

Beckett leyó la lista de requisitos.

—El problema principal no es su viudez —dijo—. Es la estabilidad financiera.

Ruth sintió vergüenza.

—Estoy pagando mis cuentas.

—Algunas.

—¿Va a ayudar o a trabajar para el banco?

El anciano sonrió.

—Voy a decirle lo que dirá el tribunal antes de que lo diga. Eso es ayuda.

Le explicó que una petición provisional podía apoyarse en referencias, vivienda adecuada y un plan realista de manutención. La ejecución pendiente sería utilizada contra ella, pero no la descalificaba automáticamente.

—Y Pruitt decidirá —dijo Ruth.

—Normalmente.

—No es imparcial.

Beckett la miró por encima de los anteojos.

—Entonces tendremos que darle razones para que le resulte más caro parecer parcial que comportarse como juez.

Ruth pensó en Selah.

Eso era exactamente lo que estaba intentando hacer.

Al salir, llevaba formularios, una lista de referencias y la certeza de que decir sí a Wren no había simplificado nada.

Aun así, cuando volvió a la granja y vio la ventana del cuarto pequeño abierta, no sintió arrepentimiento.

—Voy a presentar la petición —dijo.

Wren no reaccionó.

Ruth continuó:

—No sé si la aprobarán. Y no te prometo que la granja esté a salvo todavía. Pero voy a intentarlo.

Wren miró a Selah.

Luego a Idella.

—¿Intentar qué?

—La custodia.

La muchacha abrió la boca.

La cerró.

Ruth esperó una broma.

Un comentario.

Algo sobre comida o dinero.

Wren preguntó:

—¿Por qué?

Era la pregunta que Ruth más temía.

No tenía una respuesta perfecta.

Por eso eligió la verdadera.

—Porque cuando me lo pediste, me di cuenta de que quería poder decirte que sí.

Wren bajó la mirada.

—Eso no tiene sentido.

—Probablemente no.

—Puedes perder la granja.

—Lo sé.

—Soy mala cocinando.

—Yo también.

—Robo.

—Eso tendremos que discutirlo.

—Entonces ya me arrepiento.

Ruth sonrió.

Wren se limpió la nariz con el dorso de la mano y fingió que no había pasado nada.

—¿Cuándo?

Selah levantó la lista.

—En cuanto consigamos que el registro acepte los papeles.

—¿Y Pruitt?

Ruth miró a Selah.

La expresión de Selah se volvió dura.

—Pruitt es otro problema.

Ruth tocó el hombro de Wren.

La muchacha se puso rígida, pero no se apartó.

—Entonces resolveremos uno a la vez.

Aquella tarde, Ruth volvió a la granja y abrió la puerta del dormitorio pequeño al final del pasillo.

Había una cama estrecha, una cómoda vacía y papel floreado en las paredes.

El polvo cubría el alféizar.

Ruth abrió la ventana.

Entró aire caliente y olor a melocotoneros.

Por primera vez desde la muerte de Samuel, preparó una habitación pensando en alguien que todavía podía llegar.