El Club de las Renacidas CAPÍTULO 12 — TREINTA DÍAS | WREN
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CAPÍTULO 12 — TREINTA DÍAS | WREN

Treinta días era una cantidad absurda de tiempo.

Podía ser un mes entero o nada.

Treinta desayunos de avena en el orfanato.

Treinta noches escuchando a Eddie roncar detrás de la pared.

Treinta oportunidades para que la señora Hargrove cambiara de opinión.

Cero posibilidades de que lo hiciera.

Wren leyó la carta seis veces.

No debería haberla abierto. Eso era evidente incluso para ella.

Estaba dirigida a Idella porque la directora había decidido notificar formalmente a la mujer que con más frecuencia «interfería» en la disciplina de Wren.

La carta decía que el expediente de la menor Wren Doyle había sido aprobado para traslado al Hogar Industrial Estatal de Mujeres Jóvenes el día 14 del mes siguiente.

«Formación laboral, disciplina y preparación doméstica».

Wren imaginó tres años cosiendo uniformes para alguien y decidió que la frase tenía demasiado barniz.

Selah terminó de leer.

—¿Idella sabe?

—No.

—Porque abriste su correo.

—Exacto.

—Por una vez no intentes que eso suene razonable.

Wren le quitó la carta.

—No importa cómo lo sé.

—Importará cuando Idella te mate.

—Eso resuelve el traslado.

Selah no sonrió.

Wren odiaba que los adultos se negaran a colaborar cuando una broma era buena.

—Tenemos un mes —dijo Selah.

—Tú tienes un mes. Yo tengo hasta que Hargrove decida que me está observando demasiado.

Guardó la carta en el sobre.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó Selah.

Wren se encogió de hombros.

—Lo de siempre.

—Eso no es un plan.

—Mis planes funcionan mejor cuando nadie sabe que son planes.

Selah se acercó.

—No vas a huir sola.

Wren sintió una irritación inmediata.

—No puedes decirme qué voy a hacer.

—No. Pero puedo decirte que veintidós dólares no duran mucho.

Wren la miró.

—¿Cómo sabes cuánto tengo?

Selah levantó una ceja.

—No lo sabía.

Wren cerró los ojos.

—Te odio.

—Apúntalo en el Libro.

Idella entró desde el almacén.

—¿Qué vais a apuntar?

Wren escondió el sobre detrás de la espalda.

Idella la miró.

Wren sonrió.

Idella extendió la mano.

—Dámelo.

—No tienes pruebas.

—Wren.

Cinco minutos después, la señora Bell había leído la carta y pronunciado una serie de palabras que habrían provocado una semana de castigo en el orfanato.

—Treinta días —dijo al final.

—Veintinueve y medio —corrigió Wren.

Idella la señaló.

—No me ayudes.

Ruth llegó poco después. Selah le enseñó la carta.

Ruth leyó en silencio y se sentó.

Wren observó su cara.

—No tienes que hacer esa expresión.

—¿Qué expresión?

—La de alguien que está intentando decidir si soy un problema.

Ruth levantó la cabeza.

—Estoy intentando decidir qué puede hacerse legalmente.

—Peor.

Idella abrió el Libro.

—Ya hicimos esto antes.

Wren se inclinó.

—¿Qué?

La mujer empezó a pasar páginas.

—No exactamente esto. Pero niños sin padres, sí.

Encontró una entrada de 1937.

P. Nolan — reclamado por H. Green — iglesia / dos firmas.

Otra de 1940.

E. May — hogar Watson — papeles después.

Y otra.

T. Cole — tía no de sangre — pastor confirma.

Wren leyó dos veces.

—¿Los adoptaste?

—Yo no.

—¿Quiénes son?

—Niños que necesitaban casa y adultos dispuestos a decir que eran familia antes de que el estado hiciera demasiadas preguntas.

Ruth frunció el ceño.

—¿Adopciones falsas?

Idella negó con la cabeza.

—Informales. Algunas se formalizaron después. En aquella época, si un pastor y dos vecinos decían que una mujer era tía de un muchacho, nadie viajaba a otro condado para comprobar el árbol genealógico.

Selah señaló la carta de Hargrove.

—Ahora hay expediente estatal.

—Sí.

—Entonces necesitamos más que dos vecinas.

Wren apenas escuchaba.

Miraba los nombres del Libro.

Reclamado.

Hogar.

Casa.

Palabras que siempre había fingido que no le importaban.

Seis años en el orfanato le habían enseñado que querer una familia era como querer ser más alta: inútil, un poco vergonzoso y generalmente fuera de control.

Por eso había construido otra ambición.

Dinero.

Salida.

Elección.

Pero ahí estaban aquellos nombres de niños que alguien había reclamado.

No porque fueran pequeños y bonitos.

Uno tenía dieciséis según la fecha.

Wren cerró el Libro.

—¿Qué hace falta ahora?

Ruth respondió:

—Custodia legal provisional, quizá. Alguien que presente una petición y demuestre que puede mantenerte.

—Eso suena caro.

—No necesariamente.

—Suena adulto, que generalmente significa caro.

Ruth no discutió.

Selah estaba mirando a Ruth.

Idella también.

Wren sintió que la conversación se desplazaba sin ella.

—No —dijo.

Ruth parpadeó.

—¿No qué?

—Sea lo que sea que están pensando, no.

—Nadie ha dicho nada.

—Precisamente.

Wren se levantó.

—Puedo encontrar a alguien.

—¿A quién? —preguntó Selah.

—A alguien.

—Excelente apellido —dijo Idella.

Wren abrió la puerta trasera.

—Tengo que volver.

Ruth se levantó.

—Espera.

Wren se detuvo sin girarse.

—Podemos investigar el procedimiento antes de decidir nada.

—Decidir qué.

Ruth no respondió.

Wren salió.

Caminó hasta el orfanato por el bosque.

No pensó.

Eso intentó.

Pensó en Ruth sola en aquella casa grande.

Había visto la granja una vez desde la carretera. Campos, granero, árboles. Demasiado espacio para una sola persona.

También demasiado espacio para una muchacha que había pasado seis años compartiendo dormitorio.

La idea apareció sin permiso.

Wren la aplastó.

Durante los tres días en que no habló con Ruth, Wren empezó a recordar cosas que prefería considerar olvidadas.

La primera familia que había ido al orfanato a verla era una pareja de granjeros sin hijos. Wren tenía nueve años y todavía llevaba el vestido negro del funeral de su madre porque nadie había encontrado otro que le quedara bien.

La señora de la pareja le pidió que sonriera.

Wren lo hizo.

Después le preguntó si sabía cocinar.

A los nueve años, Wren sabía abrir una lata sin cortarse. Consideró que contaba.

La pareja eligió a una niña de siete años llamada June —otra June, no la hija de Selah— porque «se adaptaría mejor».

La segunda familia quería un niño.

La tercera pidió una niña rubia.

Después dejaron de llamarla para las visitas.

Wren había decidido que eso era un alivio.

No tener esperanza ahorraba tiempo.

Ahora Ruth había convertido otra vez la posibilidad en algo concreto y, por tanto, peligroso.

En el dormitorio, una niña pequeña llamada Tess le preguntó:

—¿Es verdad que te van a llevar?

Wren estaba doblando una camisa.

—Todo el mundo está muy informado últimamente.

—Eddie dijo.

—Eddie va a morir por hablar demasiado.

Tess se sentó en la cama.

—¿Es como una escuela?

Wren pensó en Bonnie.

—Eso dicen.

—¿Volverás?

La pregunta la molestó porque no tenía respuesta.

—Claro.

—¿Cuándo?

—Cuando me canse de ser educada.

Tess aceptó la broma y se fue.

Wren se quedó con la camisa en las manos.

Mentir a los pequeños era distinto de mentir a Hargrove. No se sentía inteligente después.

Esa noche abrió otra vez el Libro durante una visita al bazar. Idella la dejó, técnicamente, porque estaba atendiendo una llamada y no vio a Wren sacar el cuaderno.

Wren buscó las entradas de niños.

P. Nolan.

E. May.

T. Cole.

Intentó imaginar qué había ocurrido después.

—¿Siguen vivos? —preguntó cuando Idella regresó.

La mujer miró la página.

—Supongo.

—¿Los conoces?

—A dos.

—¿Fueron felices?

Idella se sentó.

—Eso es una pregunta demasiado grande para un Libro.

—¿Entonces qué registra?

—Que tuvieron una oportunidad distinta.

Wren tocó el nombre E. May.

—¿Se arrepintieron las familias?

—Alguna quizá. Los niños también.

—Qué buena propaganda.

Idella la miró con cansancio cariñoso.

—Una casa no arregla una persona. Una familia tampoco. Solo cambia con quién discutes durante la cena.

Wren sonrió.

—Eso sí suena más creíble.

Idella pasó una página.

—P. Nolan se convirtió en mecánico. Viene cada Navidad a dejar veinte dólares en el fondo aunque todavía no existía oficialmente.

—¿Por qué?

—Porque alguien lo reclamó cuando tenía quince.

La misma edad.

Wren miró la entrada.

—¿Quién?

—Una mujer llamada Harriet Green. No era tía. Solo había conocido a su madre.

—¿Mintió?

—Dijo que era familia de la madre. Eso era verdad en la forma que importaba.

Wren pensó en Ruth.

—¿Y si Ruth pierde la granja?

Idella no intentó endulzarlo.

—Entonces tendrán otro problema.

—¿Y si se arrepiente?

—Tendrás otro problema.

—¿Y si yo me arrepiento?

—Otro.

Wren cerró el Libro.

—No ayudas.

—No te estoy vendiendo una garantía.

Idella se inclinó.

—Tú estás esperando que alguien pueda prometerte que si perteneces a una casa nunca volverás a perder nada. Nadie puede.

Wren miró al suelo.

—Entonces ¿para qué?

—Porque tener algo que puede perderse sigue siendo distinto de no tenerlo nunca.

La frase la enfureció.

Quizá porque una parte de ella la entendió.

Volvió al orfanato y pasó dos días sin ir al bazar.

El tercer día, Hargrove le entregó una hoja para firmar confirmando que había sido informada de la fecha del traslado.

Wren leyó la línea donde decía «sin colocación familiar pendiente».

—Eso no es verdad.

Hargrove levantó los ojos.

—No hay solicitud aprobada.

—Pero puede haber una pendiente.

—Cuando exista, se registrará.

Wren no firmó.

—No puedo obligarte —dijo Hargrove—. Anotaré la negativa.

Wren pensó en el Libro y en los expedientes oficiales.

Cada sistema podía escribir una versión distinta de la misma persona.

Dejó el lápiz.

Aquella tarde fue al bazar.

Ruth estaba sola.

Wren permaneció cerca de la puerta tanto tiempo que sus piernas empezaron a doler.

Pedir que alguien la reclamara no era pedir una firma.

Era admitir que quería una cosa que podía perder.

Eso era lo verdaderamente difícil.

Wren tardó dos días en pedirle a Ruth que la reclamara.

Durante esos dos días encontró siete razones para no hacerlo.

Ruth podía decir no.

Ruth podía decir sí por lástima, que era peor.

La granja podía desaparecer.

Hargrove podía utilizar la deuda como prueba de que Ruth no era adecuada.

Wren podía arruinarle la vida.

Ruth podía cansarse.

Y, por último, la razón más importante: pedir significaba admitir que Wren quería algo que otra persona podía negar.

Robar era más limpio.

Si no conseguías un objeto, culpabas a una cerradura.

Pedir colocaba el rechazo en la boca de alguien.

***

La carta del orfanato llegó al bazar por error.

No era exactamente error. Hargrove había enviado una notificación a Idella porque Wren figuraba como contacto informal autorizado para salidas de compras.

Wren la interceptó antes de que Idella volviera del almacén.

La abrió.

Sabía que no debía.

Eso no ralentizó sus dedos.

Transferencia prevista dentro de treinta días, sujeta a disponibilidad de transporte.

Treinta.

Leyó la línea otra vez.

Hasta entonces el tiempo había sido una amenaza vaga.

Ahora tenía número.

Pensó en Ruth.

Cincuenta y tantos días para la granja.

Treinta para ella.

Le pareció injusto competir en desgracia con una hipoteca.

Idella apareció.

—Eso no está dirigido a ti.

Wren no escondió la carta.

—Habla de mí.

Idella la leyó.

Su cara se volvió dura.

—Treinta días.

—Sé contar.

—No te pongas lista conmigo ahora.

—Es cuando mejor funciona.

Idella dobló la hoja.

—Hay opciones.

—Siempre dices eso justo antes de explicar que son malas.

—He ayudado con colocaciones antes.

Wren levantó la cabeza.

—¿Qué significa ayudado?

Idella abrió el Libro antiguo.

Buscó páginas.

Había entradas que Wren nunca había comprendido.

E. Carter — dormitorio / escuela.

Milo — papeles, tía.

Sarah B. — familia de acogida / iglesia.

—Niños —dijo Wren.

—Sí.

—¿Del hogar?

—Algunos.

—¿Los sacaste?

—Ayudé a familias a completar papeles. A encontrar familiares. A demostrar que podían hacerse cargo.

—¿Y adopciones falsas?

Idella la miró.

—No.

—Dijiste informales.

—Dije colocaciones. A veces una familia recibía a un niño mientras los papeles tardaban. Eso no convierte el papel en falso.

Wren sintió irritación.

—Entonces hazlo conmigo.

—Necesito una familia.

La frase cayó.

Wren volvió a mirar el Libro.

—Claro.

Idella tocó su mano.

Wren la retiró.

—No.

—No he dicho nada.

—Exactamente. Esa cara es peor.

Salió al callejón.

Selah la encontró sentada sobre una caja vacía.

—Treinta días —dijo Wren antes de que preguntara.

Selah se sentó a su lado.

—Lo sé.

—Idella te lo dijo.

—Sí.

—¿Ruth también sabe?

—Sí.

Wren se levantó.

—Perfecto. Excelente. Podemos publicar un periódico.

Selah no la detuvo.

—¿Qué quieres que hagamos?

—Nada.

—Eso es mentira.

—Tú también mientes.

—Sí. Por eso lo reconozco.

Wren la miró con furia.

Selah esperó.

—Quiero que alguien me reclame —dijo finalmente.

La frase salió tan baja que casi desapareció.

Selah no sonrió.

No la abrazó.

Gracias a Dios.

—Entonces hay que preguntar.

—No a cualquiera.

—No.

Wren miró hacia la tienda.

Ruth estaba al otro lado del vidrio hablando con Idella.

—Ella tiene una granja que está perdiendo.

—Sí.

—No tiene hijos.

—Sí.

—Ni siquiera me conoce.

—Eso se puede cambiar.

—¿Y si dice no?

Selah se quedó en silencio.

Wren odiaba que no mintiera.

—Entonces sabrás que preguntaste a la persona equivocada. No que la pregunta fuera equivocada.

Wren se rio amargamente.

—Eso suena como algo escrito en una tarjeta.

—La prisión me volvió sentimental.

Wren la empujó con el hombro.

Selah la empujó de vuelta.

Fue ridículo.

Ayudó.

***

Esa tarde, Ruth la llevó en camioneta hasta el orfanato porque Idella estaba ocupada.

El camino era corto.

Wren pensó que si no preguntaba antes de llegar, no lo haría nunca.

—¿Te gustan los niños?

Ruth casi se sale del camino.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una normal.

—Viniendo de ti, lo dudo.

Wren miró por la ventana.

—Idella dice que una familia puede pedir custodia antes de que me manden al estado.

Ruth redujo la velocidad.

No habló.

Wren sintió que cada segundo confirmaba la peor respuesta.

—Olvídalo.

—Wren.

—Fue una idea estúpida.

—No dije eso.

—No dijiste nada.

Ruth estacionó junto al camino antes de llegar al hogar.

Apagó el motor.

—Mírame.

Wren no quiso.

Lo hizo.

Ruth parecía asustada.

Aquello no estaba en ninguna de las respuestas que Wren había preparado.

—Me estás preguntando si puedo hacerme responsable de ti —dijo Ruth.

—No tienes que decirlo así.

—¿Cómo debería decirlo?

—No sé. Menos terrible.

Ruth casi sonrió.

—Tengo una ejecución pendiente. Debo dinero. Trabajo desde antes de amanecer hasta después de que oscurece. No sé nada sobre criar a una adolescente.

—Yo sé criarme bastante bien.

—Eso sospecho.

Wren apretó las manos.

—Entonces no.

—No he terminado.

—La gente suele poner el no al final para ser educada.

Ruth respiró.

—Necesito pensar.

Wren miró la puerta del orfanato.

—Treinta días.

—Lo sé.

—No tengo mucho tiempo para que pienses.

—Lo sé.

Ruth encendió el motor.

Wren abrió la puerta.

—Wren.

Se detuvo.

—No te estoy diciendo que no.

La muchacha salió.

Cerró la puerta.

Caminó hacia el edificio sin volver la cabeza.

Solo cuando estuvo en el dormitorio permitió que se le escaparan algunas lágrimas.

Las odió.

Pero debajo de la rabia había una cosa peor.

Ruth no había dicho que no.

Eso significaba que Wren tendría que esperar una respuesta.