CAPÍTULO 1 — CINCUENTA Y NUEVE DÍAS | RUTH
La primera señal de que el banco iba a quitarle la granja llegó montada en un Buick negro que levantó polvo sobre el camino de entrada.
Ruth Calloway lo vio acercarse desde el campo sur.
Estaba inclinada sobre la cerca, con un rollo de alambre apoyado contra la bota y los guantes de Samuel metidos en el bolsillo trasero del pantalón.
Habían sido demasiado grandes para ella desde el primer día.
Catorce meses después de la muerte de su marido seguían siéndolo.
A veces Ruth pensaba que conservarlos era sentimentalismo. Otras veces pensaba que simplemente no tenía dinero para comprar otros.
El automóvil avanzó despacio entre los melocotoneros.
Demasiado despacio.
Quien conocía la granja conducía más rápido porque sabía dónde se hundía el camino después de la lluvia y dónde sobresalían las raíces del viejo nogal. Los desconocidos reducían la marcha y observaban la casa, el granero y los campos como si estuvieran haciendo inventario.
Ruth se incorporó. El alambre le arañó el dorso de la mano.
—Maldita sea.
Se llevó la herida a la boca y vio detenerse el automóvil junto al porche.
El hombre que bajó llevaba chaqueta.
En julio.
Aquello fue suficiente.
Ruth recogió el rollo de alambre y comenzó a caminar hacia la casa. No se apresuró. Samuel solía decir que una persona que corría hacia un problema le concedía demasiado respeto.
Era una de esas frases que durante el matrimonio le habían parecido ligeramente irritantes y que, después de recibir el telegrama del Departamento de Guerra, habían adquirido la cualidad absurda de las Escrituras.
Había muchas cosas así.
No dejes una herramienta bajo la lluvia.
Nunca compres semillas a un hombre que no cultiva nada.
Los frijoles pueden esperar un día; las vacas no.
Ruth conservaba todas aquellas frases y habría cambiado cada una por cinco minutos en los que Samuel no dijera absolutamente nada.
El visitante la vio aproximarse y se quitó el sombrero.
—¿Señora Calloway?
Ruth siguió caminando.
—Depende.
El hombre vaciló.
—¿De qué?
—De quién pregunte.
Tendría unos cuarenta años, quizá menos. Algunos hombres envejecían rápido cuando pasaban el día sentados. Llevaba el cabello pegado a la frente por el sudor y sostenía un sobre color crema con ambas manos.
—Harold Vickers. Primer Banco de Bellhaven.
—Entonces sí.
Él miró sus pantalones de trabajo.
Ruth conocía esa mirada. La había recibido del pastor, del empleado de la ferretería, de dos primos de Samuel y de prácticamente todas las mujeres de la Sociedad Auxiliar de Damas.
No era desaprobación completa.
Era algo peor.
Evaluación.
Una viuda de veintiocho años podía llevar pantalones mientras reparaba una cerca, suponía Ruth, siempre que nadie tuviera que verla haciéndolo.
—¿Podemos hablar dentro?
—Aquí hay aire.
Vickers miró el porche. Después el sobre. Finalmente a Ruth.
—Como prefiera.
Ella dejó el rollo de alambre junto a los escalones.
—¿Qué quiere el banco?
El hombre humedeció los labios.
Eso fue la segunda señal.
—Señora Calloway, lamento informarle de que la cuenta asociada a la propiedad presenta una situación que ya no podemos extender.
Ruth esperó.
Vickers pareció incómodo ante su silencio.
—Existen pagos atrasados.
—Lo sé.
—Varios.
—También sé contar.
—Claro.
La respuesta salió demasiado rápido.
Ruth cruzó los brazos.
—Entonces ahórreme la parte donde explica mis propias cuentas.
El hombre miró hacia el campo. Los melocotoneros se extendían en hileras imperfectas hasta el lindero este. Más allá había maíz y, todavía más lejos, las doce hectáreas de pasto que Samuel había insistido en comprar justo antes de alistarse.
«La tierra no desaparece», había dicho.
Samuel se había equivocado en muchas cosas aquel año.
Sobre todo en esa.
La tierra podía desaparecer sin moverse un centímetro.
Bastaba una firma.
Vickers le tendió el sobre.
—El banco iniciará el procedimiento de ejecución si el saldo pendiente no se regulariza en sesenta días.
Ruth no tomó el papel.
—¿Cuánto?
Él dijo la cifra.
Durante un instante el sonido de las cigarras pareció aumentar.
Ruth hizo el cálculo automáticamente. Los melocotones de agosto, incluso con un buen precio, no alcanzarían. Vendiendo las dos vacas menos productivas, tampoco. El tractor viejo no valía gran cosa. La plata de la familia de Samuel, quizás. El reloj. Los muebles del dormitorio de invitados.
Podía dejar de pagar al muchacho que venía los sábados y encargarse ella también de ese trabajo.
Aun así.
No.
—Eso no puede ser correcto.
—Incluye intereses.
—Sé qué incluyen los intereses.
—Y ciertas cantidades diferidas durante el período de servicio de su esposo.
La frase la golpeó de una manera inesperada.
Período de servicio.
Como si Samuel hubiera pasado dos años atendiendo un mostrador.
Ruth tomó finalmente el sobre.
No lo abrió.
—El banco nos aseguró que la deuda podía permanecer como estaba hasta que terminara la guerra.
—La guerra terminó.
Ruth levantó los ojos.
Vickers palideció.
—Quiero decir…
—Sé lo que quiere decir.
—También hubo un período de gracia después del fallecimiento del señor Calloway.
—Catorce meses.
Él no respondió.
Ruth apretó el sobre hasta doblarlo por el centro.
El Departamento de Guerra había escrito que Samuel había muerto con honor. El banco, al parecer, consideraba que catorce meses de honor eran suficientes.
—¿Sesenta días exactos?
—A partir de ayer.
Ruth soltó una risa breve.
Vickers frunció el ceño.
—¿Hay algo gracioso?
—Que hayan utilizado uno de mis sesenta días para traerme la carta.
—Fue emitida ayer.
—Entonces me quedan cincuenta y nueve.
—Técnicamente.
—Me alegra que coincidamos.
El hombre volvió a colocarse el sombrero.
—No disfruto de esta parte del trabajo, señora Calloway.
Ruth miró el Buick.
—Entonces debería buscar otra.
Eso pareció ofenderlo.
Bien.
Durante catorce meses demasiadas personas habían hablado con Ruth como si la desgracia le hubiera impuesto la obligación de facilitarles las conversaciones.
Sentimos muchísimo su pérdida.
Samuel fue un hombre extraordinario.
Dios tiene un propósito.
¿Hay algo que podamos hacer?
La respuesta verdadera a la última pregunta siempre habría producido un silencio incómodo.
Sí. Reparen el techo.
Sí. Cosechen ocho hectáreas antes de que llueva.
Sí. Díganle al banco que un telegrama no ara la tierra.
Así que Ruth había aprendido a responder no, gracias.
Una y otra vez.
Hasta que dejaron de preguntar.
Vickers se dirigió al automóvil. Antes de subir, se volvió.
—Le recomiendo hablar con el banco cuanto antes.
—Usted acaba de hablar conmigo en nombre del banco.
—Con el gerente.
—¿Cambiará la cantidad?
—No puedo decirlo.
—¿Cambiará la fecha?
Vickers desvió la mirada.
—No puedo decirlo.
—Entonces me ahorrará gasolina.
El automóvil se alejó levantando otra nube de polvo.
Ruth permaneció inmóvil hasta que desapareció detrás de los pinos.
Solo entonces abrió el sobre.
Leyó todo.
Dos veces.
En la segunda encontró el nombre.
No estaba en la primera página. Aparecía al final de la segunda, debajo de un párrafo de lenguaje legal cuidadosamente construido para hacer que quitarle a alguien su casa pareciera una cuestión de buena administración.
Autorización de procedimiento.
E. Pruitt.
Ruth sostuvo el papel con ambas manos.
El juez Everett Pruitt.
Su cuñado.
—Claro —dijo.
El viento movió una esquina de la carta.
—Claro que sí.
Durante los primeros meses después del telegrama, Ruth había esperado que alguien apareciera con instrucciones.
No lo admitía ni siquiera ante sí misma.
Pero cada vez que un automóvil desconocido tomaba el camino de entrada, una parte de ella suponía que dentro vendría un hombre del gobierno, o del banco, o de alguna oficina creada durante la guerra, dispuesto a explicar qué hacía una mujer con una granja que siempre había sido administrada por hombres.
Nadie llegó.
Lo más parecido fueron consejos.
El vecino del norte le aconsejó vender las vacas antes del invierno.
El pastor le aconsejó tener fe.
Louetta le aconsejó contratar a un capataz.
Un primo de Samuel, que no había tocado un arado desde los diecisiete años, le explicó durante media hora cómo debía rotar el maíz.
Ruth escuchó a todos.
Después hizo lo que consideró necesario.
Había aprendido a reparar una cerca porque Calvin Reese, el jornalero que ayudaba durante la cosecha, se lesionó la espalda.
Aprendió a llevar las cuentas porque el cuaderno de Samuel contenía números pero ninguna explicación.
Aprendió que una bomba de agua podía desarmarse sobre una manta y volver a montarse si una tenía paciencia suficiente para no arrojar una llave inglesa por la ventana.
También aprendió que los hombres de Bellhaven aceptaban con más facilidad que una viuda tuviera hambre a que tuviera autoridad.
Una mañana, dos meses después de la muerte de Samuel, llegó un vendedor de fertilizante.
—Necesito hablar con el señor Calloway.
—Murió.
El hombre se quitó el sombrero.
—Lo siento mucho. ¿Quién está a cargo ahora?
—Yo.
Él la miró.
—Me refiero a la granja.
Ruth había cerrado la puerta.
Aquella conversación volvió a su memoria mientras observaba la firma de Everett Pruitt en la carta del banco.
Quizá porque era la versión más limpia del mismo problema.
¿Quién está a cargo?
En el papel, el banco ya había contestado.
No tú.
Ruth puso la carta sobre la mesa y salió otra vez.
El trabajo esperaba.
Siempre esperaba.
Calvin Reese estaba en el campo sur tensando el alambre nuevo cuando ella regresó.
Tenía cincuenta años, hombros estrechos y el hábito de hablar con los animales como si fueran empleados poco confiables.
—Ese hombre del coche bonito no parecía vendedor de semillas —dijo.
Ruth se colocó los guantes de Samuel.
—Banco.
Calvin dejó de trabajar.
—Ah.
No preguntó cuánto.
Por eso Ruth se lo contó.
—Sesenta días.
—¿Desde hoy?
—Desde ayer.
—Muy propio de ellos.
Ruth sujetó el poste mientras él pasaba el alambre.
—¿Cuánto crees que sacaremos por los melocotones?
Calvin la miró.
—No suficiente.
—No te pregunté eso.
—Pero era la pregunta.
Ruth apretó la mandíbula.
Calvin continuó trabajando.