El Club de las Renacidas
© inepub.com
PRÓLOGO
El Libro no parecía importante.
Eso fue, durante muchos años, lo que lo mantuvo a salvo.
Tenía la cubierta de tela negra, las esquinas vencidas y una mancha de humedad que se había extendido por el lomo con la forma aproximada de Georgia.
Si alguien lo encontraba debajo del mostrador del Bazar y Mercería Bellhaven, entre las facturas del mayorista de hilo y las hojas donde Idella apuntaba cuánto azúcar quedaba en el almacén, podía abrirlo sin descubrir nada extraordinario.
M. Carter — jueves.
Tres gallinas — pagado.
A simple vista eran cuentas.
Eso pretendían ser.
Las mujeres de Bellhaven entendían otra cosa.
Dos dólares con cuarenta podían significar que una muchacha necesitaba un billete de autobús antes de que su padre descubriera que estaba embarazada.
Un saco podía ser harina, o ropa, o una noche en una casa donde ningún marido preguntaría quién había dormido en el cuarto del fondo.
Jueves podía significar que un automóvil estaría esperando detrás de la iglesia metodista después del anochecer.
Y cuando junto a una deuda aparecía una pequeña cruz trazada con lápiz, no significaba que la cuenta estuviera pagada.
Significaba que no debía volver a mencionarse.
Nunca.
El Libro pasó por manos de mujeres que sabían sumar antes de que alguien considerara adecuado que opinaran de dinero.
Mujeres que hipotecaron sus anillos de boda, escondieron monedas dentro de latas de café y aprendieron a distinguir por el sonido cuándo un hombre llegaba a casa cansado y cuándo llegaba buscando una pelea.
No todas se querían.
Eso también debe decirse.
En Bellhaven había mujeres que se criticaban los vestidos los domingos, que competían por las tartas en la feria del condado y que podían recordar durante veinte años quién había ocupado un banco de iglesia que no le correspondía.
La solidaridad nunca fue tan limpia como cuentan después quienes no estuvieron allí.
Había rencores. Había orgullo. Había favores cobrados demasiado caros y secretos utilizados para conseguir otros secretos.
Hubo mujeres buenas que hicieron cosas mezquinas.
Y mujeres consideradas indecentes que, cuando llegó el momento, fueron las únicas dispuestas a abrir una puerta.
Por eso esta historia no pertenece a quienes la juzgaron.
Pertenece a quienes estuvieron allí.
A quienes supieron por qué una página desapareció del registro del condado.
Por qué un automóvil cruzó la carretera estatal sin luces una noche de agosto.
Por qué una viuda decidió arriesgar la única tierra que le quedaba por una muchacha que todavía no era su hija.
Por qué una exconvicta volvió al mismo pueblo que había permitido que la encerraran.
Y por qué una niña de quince años, que había aprendido muy pronto que casi todo podía robarse, acabó convirtiéndose en guardiana de aquello que nadie debía poseer.
Durante mucho tiempo dijeron que el escándalo de Bellhaven empezó en una reunión de la Sociedad Auxiliar de Damas.
No fue así.
Empezó mucho antes.
Quizá durante la Depresión. Quizá antes todavía. Pero si alguien necesitara elegir un momento concreto, podría señalar una mañana calurosa de 1946, cuando tres mujeres que no tenían motivos para confiar unas en otras terminaron bajo el mismo techo.
Una había perdido a su marido.
Otra había perdido a su familia.
La tercera había perdido tres años de libertad.
Las tres estaban a punto de perder algo más.
Y en algún lugar debajo del mostrador del bazar, esperando que alguien volviera a escribir en él, estaba el Libro.
Lo que ocurrió después depende de quién lo cuente.
Los hombres del banco lo llamaron fraude.
El juez lo llamó conspiración.
La directora del orfanato habló de secuestro.
Durante un tiempo, algunas personas incluso utilizaron la palabra robo.
Nosotras usamos otros nombres.
Deuda.
Favor.
Promesa.
A veces, supervivencia.
Porque la pregunta nunca fue si aquellas mujeres hicieron cosas que no debían hacer.
Las hicieron.
La verdadera pregunta era otra.
¿Qué se habían visto obligadas a hacer para sobrevivir?
Y cuánto estuvieron dispuestas a pagar por ello.