El Clarividente Epílogo
100%

Epílogo

París, un año después…

El viento soplaba con fuerza: arrancaba las hojas de los árboles, despeinaba a los turistas en los bulevares y sorprendía a los viajeros que salían de las bocas del metro.

Johan se cerró bien el abrigo y se preparó para el azote del aire gélido mientras la escalera mecánica lo subía, lenta pero inexorablemente, hacia la superficie.

Fuera caía la tarde, y las farolas no tardarían en tomar el relevo.

La marea de viajeros se deshizo en pequeños grupos y cada cual emprendió el camino de vuelta a casa.

Pronto Johan se encontró solo en la acera que bajaba hacia el Sena.

El móvil le vibró en el bolsillo. Seguramente era Cédric, que lo llamaba una vez más para que no se olvidara de presentarse en la iglesia a la mañana siguiente.

Se detuvo para enviarle un SMS. «¡A las diez en punto, allí estaré!

». «Más te vale, o Maud nos mata a los dos», respondió su amigo.

Al día siguiente llevaría en brazos a su ahijada hasta el altar, donde la bautizarían.

Johan sonrió y se guardó el móvil. El viento arreció a su espalda, como si quisiera empujarlo a seguir adelante.

Y entonces la vio. Llevaba el pelo más largo, pero era ella.

Apoyada en un bastón, Zoé estaba delante del portal del edificio, como si esperara a alguien.

Como si lo esperara a él. Aún dudaba si llamarla, y había dado unos pasos más, cuando ella se volvió.

Sus miradas se cruzaron y Johan tuvo que contenerse para no correr hacia ella y estrecharla entre los brazos.

Lo más probable era que Zoé no sintiera lo mismo que él.

Sentimientos que habían nacido en el futuro y que él había traído consigo al presente.

—Hola —dijo ella.

Johan abrió la boca para contestar, pero de pronto se quedó sin palabras. Era el sonido de su voz. Familiar. Y, sin embargo, le parecía que habían pasado años desde la última vez que hablaron, de tanto como había esperado este momento.

—¿Llevas mucho rato esperando? —preguntó sin más, como si se hubieran despedido la víspera.

Ella negó con la cabeza, con una leve sonrisa en los labios.

—No. Acabo de llegar.

Johan se fijó en la carta que ella tenía en la mano, su carta, que apretaba con tanta fuerza que se le habían puesto blancos los nudillos.

—Ven, subamos. Hace un frío que pela.

Fingió no advertir su vacilación y entró primero en el vestíbulo.

Ninguno de los dos dijo nada mientras el ascensor subía hasta la última planta.

—Es aquí —dijo él, y señaló la única puerta del rellano.

Estaba tan nervioso que se le cayó el llavero dos veces antes de dar con la llave correcta.

—Pasa, por favor.

Zoé entró despacio y descubrió el enorme loft. Desde el salón, unos grandes ventanales ofrecían unas vistas impresionantes del Sena y del parque de Bercy.

—¿Te gusta? —preguntó Johan, que la observaba desde la cocina abierta, donde acababa de encender la cafetera.

Ella paseó con timidez la mirada por la estancia y la detuvo en las paredes blancas y desnudas, en las estanterías vacías y en el suelo de hormigón visto.

—Es grande —dijo por fin—. ¿Acabas de mudarte?

Él negó con la cabeza.

—No. Lo compré hace un año, más o menos.

Esta vez, ella no pudo disimular la sorpresa.

—¿Vas a dejarlo tal cual?

—¿Tal cual? ¿Es tu manera de decirme que es frío e impersonal?

Ella apartó la vista, incómoda.

—En absoluto, no quería decir…

—Era una broma —la interrumpió él—. Si tienes algún consejo, te lo agradeceré. ¿Qué crees que debería hacer para que resulte más acogedor?

Ella volvió a mirar a su alrededor.

—Bueno, para empezar, podrías poner alfombras. Y también harían falta lámparas y algunas plantas.

—Había pensado en colgar cuadros en las paredes. ¿Qué te parece?

La observaba de reojo, con la esperanza de que captara la indirecta que acababa de lanzarle. En vano.

—Eh… Sí, unos cuadros estarían bien.

—El problema es que no tengo ningún gusto para la decoración. Creo que es mejor que se encargue mi mujer.

A ella por poco se le cae el bastón.

—¿Te has casado?

—No. Pero he comprado este piso por si acaso. Hay cuatro habitaciones más: un despacho que también puede servir de gimnasio, el dormitorio principal y dos habitaciones para los niños.

Una vez más, aguardó su reacción, pero Zoé no pareció reparar en su alusión al gimnasio.

—Pues ahora solo te falta encontrar a la mujer adecuada —dijo ella sin mirarlo.

—Estoy en ello.

Zoé bajó la vista.

—Ah, ya.

No, pensó él. Definitivamente, no se daba cuenta de nada.

—Deberías quitarte el abrigo. Luego te enseño la casa.

—No, no hace falta. De todas formas, no pensaba quedarme mucho.

Johan apenas podía disimular la decepción. No era así como había imaginado el reencuentro. Apagó la cafetera y se acercó a ella.

—Al menos siéntate.

Ella miró el sofá antes de rechazar la oferta.

—Es por la pierna —se apresuró a decir, y se dio una palmadita en el muslo con la mano abierta—. Estar de pie me ayuda a trabajar el equilibrio.

El silencio se alargó, amenazador.

—Me han dicho que vas a montar un espectáculo en la Ópera Bastilla, como coreógrafa —dijo él.

Ella lo miró unos instantes, sorprendida.

—¿Cómo te has enterado?

Él se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros.

—Bueno, tu fisio y yo comemos juntos de vez en cuando.

—Y de vez en cuando también habláis de mí.

—De vez en cuando…

Ella suspiró.

—Ya veo. ¿Eso no es saltarse el secreto médico?

—Eh… no, porque eres paciente de los dos. Al fin y al cabo, fui yo quien te operó.

Johan se arrepintió al instante de haberlo dicho.

—Podrías haber venido a verme directamente en vez de pasar por mi fisio.

—No estaba seguro de que quisieras verme.

—Lo sé. Lo decías en la carta.

Zoé dejó el sobre en la mesa baja.

—Supongo que mi fisio te habrá contado lo de mi hermana.

Johan sabía que Zoé había enterrado a Gabriela hacía ya dos meses. Había ido a Marsella, donde Anthony estaba encarcelado. Y, tal como Johan había visto en la visión del quirófano, Anthony lo había confesado todo. Incluso el lugar donde estaba el cadáver.

—Lo siento —dijo él.

—¿Por qué? No es culpa tuya.

Zoé se volvió hacia el ventanal, con la mirada fija en la pasarela Simone de Beauvoir, que cruzaba el Sena.

—Yo también me he enterado de cosas sobre ti.

—¿Ah, sí?

Ella asintió.

—Sé que operaste a aquel chico estadounidense.

—Es verdad. Una semana después de que te trasladaran a la Pitié.

—¿Conseguiste cambiarle el futuro?

Él sonrió. Johan conservaba en la memoria las imágenes de la vida de Lukas Boylan tal como las había visto desfilar durante la intervención.

El joven jugaría un tiempo en la liga profesional antes de tener que retirarse por una lesión de rodilla.

Pero seguiría disfrutando del fútbol americano como entrenador universitario.

Se casaría, sería padre, luego se divorciaría y volvería a casarse.

Esta vez, para siempre. La última imagen que Johan guardaba era la de Lukas Boylan rodeado de sus nietos, uno de los cuales haría realidad el sueño de su abuelo: llegar a jugador profesional.

Zoé se le había acercado sin que se diera cuenta. Johan se sobresaltó al encontrársela justo delante.

—En la carta decías que aún tenías algo que contarme. ¿También tiene que ver con mi futuro?

—Eh… Puede…

Ella le dio un codazo en el costado antes de ponerse seria otra vez.

—¿Tan malo es que no podías escribírmelo?

—No. No es eso.

—Entonces, ¿me vas a decir lo que me va a pasar?

Johan volvió a pensar en la última visión.

Se veía colocando las pinzas alrededor del proyectil y extrayéndolo con cuidado.

Las imágenes que había visto entonces no lo habían abandonado nunca.

Se había prohibido volver a pensar en ellas.

Se había prohibido creer en ellas hasta ese día, al verla al pie de su edificio.

—¿Te gusta la comida asiática?

Zoé se encogió de hombros, algo desconcertada por el cambio de tema.

—Eh… sí, pero…

—¡Venga, vamos! Te invito. Conozco un restaurante que te va a encantar.

—¿Y me dirás por fin qué has visto en mi futuro?

Johan puso los ojos en blanco.

—Eh… Puede…

Otro golpe en las costillas.

Zoé está tumbada en una cama de hospital.

Gira la cabeza para mirar una pantalla mientras una mujer con bata blanca le pasa la sonda del ecógrafo por el vientre abultado.

Mira al bebé que crece dentro de ella. Una niña.

Clara. Así se llama. Ahora tiene cinco años.

Tiene el pelo castaño como su madre, el mismo perfil y la misma sonrisa.

Zoé la abraza y le da un beso en la mejilla regordeta, que huele tan bien.

Luego abre los brazos. «¡Corre a ver a papá!

». Clara echa a correr con la gracia de una mariposa que acaba de recobrar la libertad.

Corre con el pelo al viento, riendo a carcajadas, con el tutú revoloteando a su alrededor.

Johan está agachado a unos metros. Él también abre los brazos, a la espera del instante en que ese cuerpecito se acurrucará contra él.

Y en los ojos de su hija reconoce ese brillo extraño.

El que los Valmeur se transmiten de generación en generación.