El Clarividente Capítulo 42
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Capítulo 42

Johan vio cómo se abría lentamente la puerta del despacho.

No podía creerlo. Y, sin embargo, era ella.

La mujer que había visto en el bosque, la mujer del retrato.

Estaba allí, flanqueada por el gendarme que había ido a sacarlo de la celda unos minutos antes.

Con ellos venía otro hombre. Un policía de paisano al que Johan veía por primera vez.

—Soy el capitán Dorsey —dijo sin más preámbulos—. La señorita Rossi quiere hacerle algunas preguntas. Debe saber que todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra.

Le recordó sus derechos, pero Johan apenas lo escuchaba. Estaba demasiado ocupado mirando a la joven, que se había quedado atrás, junto a la puerta, como si estuviera dispuesta a marcharse en cualquier momento.

—¿Ha entendido lo que acabo de decirle?

Johan asintió, pero era evidente que el militar esperaba la respuesta a una pregunta que él no había oído. Dorsey insistió:

—¿Está seguro de que no quiere la asistencia de un abogado?

Johan negó con la cabeza.

—No, no la quiero —respondió sin apartar la mirada de la joven.

Ella se estremeció al oír la respuesta. Johan se preguntó si el gendarme lo había notado.

Lo vio retirarse a un rincón para dejarles vía libre.

Entonces volvió a centrar la atención en Zoé Rossi.

Estaban cara a cara, como en un careo entre víctima y agresor, salvo que los papeles ya no estaban tan claros.

—¿Ha venido por voluntad propia o se lo han pedido?

—¿Acaso importa?

Eran las primeras palabras que le dirigía desde que habían hablado en el bosque.

—Para mí, sí —respondió él sin dejar de mirarla.

—He venido por iniciativa propia.

Él asintió y sonrió. Fue una estupidez. Le dolía muchísimo el labio partido. No debería haberle sonreído, pero no pudo evitarlo.

—¿Le parece gracioso?

—Me alegro de volver a verla, eso es todo. No estaba seguro de que quisiera hablar conmigo después de lo que pasó.

Johan quería que se acercara, pero ella no parecía dispuesta a acortar la distancia que los separaba.

Rehuía su mirada una y otra vez. ¿Se daba cuenta?

¿Era por él? ¿O por aquel hombre que vigilaba cada uno de sus movimientos como si la sospechosa fuera ella?

Tenía que encontrar la forma de estar con ella sin nadie delante.

—¿Podríamos hablar a solas? —se oyó preguntar.

Ella alzó la vista hacia su guardaespaldas, como una colegiala que suplica permiso para volver después de medianoche.

Este negó con la cabeza. Ante la negativa, Zoé frunció el ceño.

Estaba molesta, se le notaba. Ella también habría preferido hablar con él sin testigos.

¡Maldita sea! Había tantas cosas que necesitaba decirle, explicarle, cosas que solo ella debía oír.

Entonces la vio inclinarse hacia el capitán. No oía lo que le decía, pero, a juzgar por la expresión tensa del oficial, no debía de ser nada agradable.

—De acuerdo —accedió este por fin—. Primero voy a comprobar que está bien sujeto.

Johan lo vio acercarse, entre preocupado y enfadado. Luego sintió cómo el metal le mordía la carne cuando el gendarme tiró sin miramientos de las esposas que le sujetaban con fuerza la muñeca a los barrotes de la silla.

—Creo que ya basta —dijo ella, y se interpuso como si quisiera protegerlo.

Johan levantó la vista. Dorsey había sacado el móvil y lo había puesto a grabar.

—Ni se le ocurra apagarlo —dijo mientras lo dejaba sobre la mesa.

Zoé se limitó a asentir.

—Ya puede dejarnos solos —añadió.

—Estaré ahí fuera, por si necesita algo…

Zoé cerró la puerta tras él. Luego volvió a la mesa y se apresuró a poner la grabación en pausa.

—Siento lo que le han hecho —dijo, plantándose delante de él—. Los gendarmes…

Johan se encogió de hombros.

—Pensaban que yo era él . No puedo culparlos.

Ella se acercó. De pie frente a él, le examinó las heridas.

—¿Le duele?

Johan hizo una mueca.

—No mucho.

Tenía el cuerpo convertido en un enorme moratón y las costillas fisuradas le recordaban su presencia a cada respiración, pero eso no importaba. Lo único que importaba era ella.

—¿Y usted?

—¿Yo?

—Sí, Zoé, usted. ¿Cómo está?

Por primera vez desde que había entrado en el despacho, lo miró directamente a los ojos.

—Eh… Estoy bien.

No sabía mentir.

—¿Le he hecho daño? —logró preguntar él.

—No.

—Y, sin embargo, no confía en mí.

—No pido otra cosa, pero tendrá que contarme algo más.

Él asintió, muy serio.

—¿Qué quiere saber?

—Todo. Quiero saberlo todo.

Volvió a sonreír. Una gota de sangre le brotó del labio partido y se la limpió con la lengua. Aquel sabor le trajo recuerdos dolorosos.

—El problema es que no sé muy bien por dónde empezar.

—Hábleme de la visión.

La petición lo pilló desprevenido.

—¿Qué?

—He conocido a su padre —dijo ella.

—Ah, entonces le habló del retrato.

—¿Qué retrato?

Johan negó con la cabeza.

—No importa.

—¿Es un retrato mío?

—Sí. Más o menos… Se lo explicaré todo, pero antes necesito aclararme las ideas yo también. Mi padre. ¿Qué le dijo exactamente?

—Que había tenido una visión de nosotros dos y que usted había cruzado Francia para salvarme.

—¿Es eso lo que pasó? ¿La salvé?

—Bueno, aquí estoy, ¿no?

Se quedaron unos instantes en silencio, mirándose a los ojos.

—Lo malo es que lo tengo todo un poco confuso. Me refiero a cómo nos conocimos y también… a lo que pasó después. Ya no sé qué es realidad y qué es visión.

La vio asentir y no supo si estaba decepcionada o aliviada.

—Ya le pasaba cuando lo conocí —dijo ella entonces—. Decía que no recordaba quién era ni nada de su pasado.

—Seguramente porque sufría una amnesia psicógena. Es un tipo de amnesia que aparece tras un shock emocional.

—Un shock emocional…

—Un trauma psicológico, si lo prefiere, tan violento que la persona que lo sufre, en este caso yo, se disocia de la realidad.

—¿Qué clase de trauma?

—Bueno, digamos que esa persona ha llegado a temer por su vida o por la de un ser querido. O por ambas —añadió.

Era consciente de que seguía hablando de sí mismo en tercera persona, como si todo aquello le hubiera ocurrido a otro. Bien sabía Dios que habría preferido que así fuera.

—¿Tiene algo que ver con Marianne Deconti?

Johan se tensó al recordar a la enfermera. Necesito su ayuda , le había dicho ella. Pero él no había podido hacer nada…

—¿La conocía? —insistió Zoé.

—En cierto modo.

Ella puso los ojos en blanco.

—En cierto modo… Empiezo a estar harta de sus respuestas de gallego…

—… ¿de normando?

—Solo quiero entender cómo se vio metido en toda esta historia. Me encontró en el sótano de Marianne Deconti, luego me llevó hasta su cadáver y, por último, a ese bosque donde no había una, sino dos víctimas más del Segador. Así que, si usted no es él, ¿quién es?

—Se lo diré, pero antes tiene que estar preparada.

Leía la emoción en sus grandes ojos castaños. Y también la aprensión.

—Algunas de las explicaciones que voy a darle son, cómo decirlo… poco racionales…

Ella se recostó en la silla, pensativa.

—Con un padre médium, lo contrario me habría sorprendido. Entonces, ¿qué es? ¿Puede viajar en el tiempo? ¿Leer la mente? ¿Comunicarse con los muertos…?

—Con los muertos no. Con los moribundos.

Zoé se calló. Johan dejó que el silencio se prolongara unos instantes más.

Quería asegurarse de que tenía toda su atención antes de hacerle aquella confesión.

Era emocionante y aterrador a la vez. Emocionante, porque por fin iba a poder confiarle secretos que nunca había revelado a nadie; aterrador, porque temía su reacción.

Al darse cuenta de que contenía la respiración, se obligó a soltar el aire y notó que el cuerpo se le relajaba un poco. Lo que hay que hacer, se hace…

—Me llamo Johan Valmeur. Soy neurocirujano en el hospital de la Pitié-Salpêtrière, en París. Y… soy un asesino.