El cielo que buscamos (Amor y otros sueños 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

Capítulo Treinta Y Cuatro

Noah

Entre risas avanzamos penosamente por el sendero del bosque, poniendo un pie delante del otro, mientras este nos lleva cada vez más arriba, montaña arriba. Apenas puedo esperar a que lleguemos a la cima.

—¿No quieres darme una pista? ¿Aunque sea pequeñita? —pregunta Elina una vez más, con ese tono dulcemente seductor.

Como tantas veces antes, niego con la cabeza, sonriendo.

—Ya casi estamos, tranquila. —Por supuesto que me encantaría contártelo ahora mismo. Porque lo que he planeado para hoy va a demostrarte que también hay mucho más allá de la ciudad. Y que, si te quedas aquí en el campo, no te vas a perder nada.

Desde nuestra visita al observatorio la semana pasada, algo ha cambiado entre nosotros.

Estos últimos días han sido los más felices de mi vida.

Nuestro cariño ha crecido y nuestros sentimientos se han hecho más profundos.

Veo con gran claridad en sus ojos lo feliz que está conmigo.

Y yo también lo estoy, aunque sé muy bien que no debería.

—Eres malo —protesta, poniendo un mohín juguetón.

Acelera el paso, probablemente porque mi adorable señorita «tengo-que-saberlo-todo-todo-el-rato» ya no lo soporta más. Quiere ir más rápido, llegar por fin a nuestro destino.

—¿Tiene que ver con animales?

—No —respondo, sacando la botella del portabidones de la mochila y tendiéndosela—. Pero deberías volver a beber agua.

Con un dramático giro de ojos, me quita la botella de la mano y da un sorbo.

—Estoy lista —me apremia.

No puedo evitar acercarme, tomar su rostro entre las manos y besarla. Justo cuando estoy a punto de perderme en lo cerca que estamos, ella me agarra por los antebrazos, aunque no hace ningún intento de apartarse.

—No vas a distraerme tan fácilmente —dice.

—Lo sé —murmuro contra sus labios antes de volver a besarlos.

Pocos minutos después reanudamos la caminata y, media hora más tarde, llegamos a nuestro destino. Como siempre, la meca de todos los aficionados a la adrenalina está abarrotada. Adolescentes reunidos en grupos charlan a gritos. La gente hace barbacoas y de un altavoz sale música.

Con un nudo por dentro, recorro con la mirada los rostros de los demás visitantes. ¿Habrá alguien del pueblo? Al parecer no, y puedo soltar el aire en un suspiro de alivio. Ninguna mirada acusadora ni preguntas indiscretas van a estropearnos la excursión.

—¿Una fiesta? —pregunta Elina con tanto entusiasmo en la voz que parece que asistiera a un milagro. No puede estarse quieta, tiene las piernas inquietas y las mejillas encendidas—. ¿Y eso de ahí?

Ni siquiera tiene que señalar el asiento colgante con cinturones de seguridad que pende de unas cuerdas de acero de casi veinte metros. La estructura, plantada justo al borde del altiplano, salta a la vista.

—Es un columpio gigante —digo.

La expresión maravillada de Elina mientras observa el columpio no tiene precio.

—¿Cómo funciona?

—Nos sentamos y dejamos que el cabrestante nos suba con el cable. Luego soltamos la palanca de seguridad y... —alzo las cejas con intención.

—¿Como hacer puenting ? —Los ojos se le iluminan. No hay ni rastro de miedo ni de vacilación.

La atracción parece hecha a su medida.

—Mejor todavía —añado. Le tomo la mano y la guío más cerca de la estructura donde está sujeto el columpio, hasta que alcanzamos a ver lo que se verá desde el asiento—. Va a sentirse como si saltáramos al vacío desde ahí.

Se inclina hacia delante y asoma la cabeza por encima de la pendiente escarpada.

—Una auténtica prueba de valor —susurra, sobrecogida—. ¡Esto va a ser emocionante!

Saco del bolsillo las entradas que ya compré para los dos.

—Entonces, empecemos.

—¡Oh, sí! —exclama Elina, rebosante de expectación, y me rodea con un abrazo fuerte.

Imaginaba que esto le iba a encantar. Pero jamás habría pensado que se encendería así, con tanta vida, en medio del bullicio y la inminente descarga de adrenalina. Es otra prueba de cuánto le gusta la emoción. Necesita movimiento y detesta la calma y el aburrimiento.

Las dudas empiezan a colarse poco a poco en mis pensamientos. ¿Y si nada de lo que le muestro aquí, en el Tirol, es suficiente para ella? ¿Y si no hay nada que yo pueda hacer para convencerla de que se quede conmigo?

—¿Cuándo nos toca? —me susurra al oído.

A regañadientes, la dejo que se aparte.

—Podemos acercarnos ya.

De la mano, caminamos hacia el columpio, donde nos dan una breve explicación. El encargado nos ayuda a abrocharnos los arneses de seguridad rojos y brillantes. Con cada minuto que pasa, Elina está más inquieta. Verla así también me hace feliz.

—Aquí sueltan el seguro cuando estén arriba —explica el encargado, señalando con su dedo nervudo una pequeña palanca al costado del columpio.

—Entendido —digo, siguiendo sus indicaciones mientras Elina y yo nos sentamos en el columpio.

El empleado revisa los arneses una última vez y entonces llega el momento de partir.

Nuestros pies pierden contacto con el suelo.

A medida que nos elevan más y más, ante nosotros se despliega un impresionante panorama de montañas.

Le robo una mirada a Elina, que observa todo a su alrededor, maravillada.

—Es único —susurra—. Tan... hermoso.

No soy capaz de responder. Me tiene atrapado la sensación que ella despierta en mí. De pronto, el columpio se detiene en seco en su ascenso y queda oscilando en el aire.

Elina se aparta de la cara un mechón de su cabello dorado y señala la palanca que nos habían mostrado antes.

—¿Lo hacemos?

—Contigo me atrevería a cualquier cosa —respondo en voz baja, mirándola hondo a los ojos.

Ella entiende lo que intento decirle. Lo veo en su expresión, tan llena de amor. Y en la forma en que se inclina hacia mí para besarme con pasión.

—Vamos —murmura sin romper el contacto de nuestros labios.

Su movimiento pone el columpio en marcha. Abro los ojos y veo su mano sobre la palanca.

Allá vamos.

Con un chasquido metálico, comienza la caída libre.

Elina lanza un grito entusiasta y no puedo evitar unirme a ella.

Abrazados con fuerza, nos lanzamos hacia el abismo, desgañitándonos a gritos.

La adrenalina inunda mi cuerpo y barre de golpe cualquier otra preocupación o duda.

Solo existimos Elina y yo. Nos entregamos al vacío, con la certeza de que siempre estaremos ahí para sostenernos.

De pronto siento un tirón brusco. El columpio se dispara hacia arriba y el estómago se me revuelve.

—¡Estamos volaaaaaando! —grita Elina, seguida de un chillido entusiasmado.

Me uno a sus gritos. A medida que el columpio va perdiendo impulso en su vaivén, la estrecho contra mí con más fuerza.

Con un suspiro satisfecho, hunde la cara en mi cuello.

—No necesito nada más en la vida.

Dios mío, ¿de verdad acaba de decir eso? ¿Acaba de insinuar que aquí, en el Tirol, podría ser tan feliz como en la ciudad?

—Las montañas tienen algo mágico. Cuando te rindes a su encanto, ya no quieres volver a estar sin ellas —digo, intentando disipar cualquier duda que aún le quede.

Me besa el cuello con sus labios suaves como plumas y se desliza hacia mi oído.

—Absolutamente mágicas —susurra, rozándome la sien.

Este es el momento. El instante en que todo empieza a cambiar para mejor.

Aunque me cuesta, pongo un poco de distancia entre nosotros.

—Vente a vivir conmigo —le pido. Nada sería más hermoso que tenerla siempre a mi lado.

Con una sonrisa de oreja a oreja, asiente. Primero levemente, luego con más decisión. Parece todavía más feliz de lo que ya estaba.

—Eres la persona más increíble que he conocido nunca.

Las palabras salen de mi boca sin esfuerzo. Me embargan la admiración y el cariño por esta mujer extraordinaria.

Me acaricia la mejilla.

—Te quiero —susurra con ternura.

Son solo tres palabras, pero desatan en mí sentimientos indescriptibles.

—Y yo te quiero a ti —respondo.

Ojalá hubiera una forma mejor de expresar lo que significa para mí. Ojalá hubiera un modo de que pudiera asomarse a mi corazón y ver el afecto que le tengo. Pero lo único que puedo hacer es besarla y confiar en que sienta que mi amor por ella llega más alto que el cielo sobre nuestras cabezas.