El cielo que buscamos (Amor y otros sueños 2) Capítulo 33
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Capítulo 33

Capítulo Treinta Y Tres

Elina

Permanezco inmóvil, con la cabeza apoyada en su pecho. Pero por dentro mis pensamientos van a toda velocidad. Buscan una respuesta. Un patrón que antes no alcanzaba a ver.

Está ahí. De eso estoy segura.

El hecho de que Noah claramente no quiera ayudarme a descifrar este rompecabezas solo lo complica más. Lo que oí anoche no encaja. ¿Una lesión leve que acaba en muerte? ¿Una caída pequeña, sin sangre, y aun así pérdida de consciencia?

Aquí hay algo que no cuadra. Necesito saber más.

Sobre Julian y lo que le pasó.

Porque hay algo evidente: ahí está la clave del agotamiento crónico de Noah. Es probable que tenga estas pesadillas horribles casi todas las noches. Su alma intenta procesar su trauma, pero él lo ha reprimido con tanta fuerza que ni siquiera sus pensamientos nocturnos alcanzan su consciencia.

—¿Elina? —me acaricia la espalda con suavidad—. Basta con esto, ¿no? Somos felices.

Contemplo el paisaje montañoso cubierto de bosque y asiento.

—Lo somos —respondo, aunque sé que debería hacerle más caso a lo que siento—. Pero tu salud se está resintiendo de forma permanente si tú…

Me interrumpe con un suspiro tenso.

—Se arreglará solo. Estás exagerando las cosas.

Desde luego que no. Pero, aunque esté tan segura, no me atrevo a decírselo. Porque hay algo en su tono. Algo definitivo. Algo que me deja claro que no va a tolerar más preguntas. Y que, si insisto, volverá a levantar un muro entre nosotros.

Eso no puede pasar.

Alzo la cabeza y le sonrío.

—¿Qué te apetece hacer hoy? —pregunto, intentando sonar lo más despreocupada posible.

Por fin se relajan los músculos de su rostro y vuelve esa mirada llena de cariño. Esa mirada a la que soy tan adicta que ya no quiero vivir sin ella, aunque este hombre pueda ser mi perdición.

Inclina la cabeza para besarme.

—Por desgracia, hoy me toca turno de tarde —dice entre dientes cuando se separa de mí unos minutos después.

Al menos así tengo tiempo para poner en orden mis pensamientos. Para averiguar cómo puedo ayudarlo sin presionarlo demasiado y provocar que se cierre por completo como acaba de hacer.

—Entonces quedémonos aquí un rato más —digo mientras me acurruco contra él y cierro los ojos, deseando saborear el consuelo que me da su presencia—. Aquí se respira mucha paz.

Disfrutamos juntos de la mañana en la pequeña veranda del observatorio, alzando el rostro hacia el sol y aspirando el aire del bosque. Este lugar tiene algo mágico que aquieta mi alma, aunque por lo general yo viva del bullicio y el ajetreo.

De pronto caigo en la cuenta de que últimamente no he echado tanto de menos Viena. Esto, la naturaleza, la calma y la forma auténtica de vivir me arraigan de una manera muy especial.

Quizá podría quedarme. Para siempre.

No, eso no es posible. Independientemente de si me equivoco con Noah o no, tengo que irme a hacer el programa de formación especializada.

—Será mejor que vayamos recogiendo —dice Noah de pronto, con un deje de melancolía.

—¿Ya? —Si casi acabamos de despertarnos. No puede ser tan tarde. Confundida, saco el teléfono del bolsillo de la chaqueta.

En efecto, casi es mediodía. Pero no es lo único que veo en la pantalla.

Hay algo más. Un correo del Hospital Estatal de Graz. Dios mío.

—Ah, sí, aquí el tiempo pasa de otra manera. —Noah ríe, divertido, pero a mí me suena como si estuviera muy lejos.

Podría ser otra entrevista. Otra oportunidad. Debería estar contenta, pero algo dentro de mí se resiste.

Por primera vez en mi vida, ya no estoy segura de si mi sueño nació en mi propio corazón o más bien en el de mis padres. Y de si de verdad está bien luchar así por su atención y su cariño, algo que he anhelado durante tanto tiempo.

De pronto siento que Noah se pega más a mí.

—¿Qué pasa? Estás muy pálida.

Sin dudarlo, apago la pantalla.

—No pasa nada —digo, intentando sonreír con naturalidad, y me levanto de la silla—. Todavía tenemos que recoger.

La risa de Noah tiene un matiz travieso.

—Oh, sí, después de una noche como esta...

Ahí está otra vez. Esa mirada a la que no me puedo resistir. Me acerco a su silla y me siento a horcajadas sobre sus muslos.

—Quizá deberíamos desordenar esto un poco más —susurro, mirándolo a los ojos. Con las manos hundidas en su pelo, rozo mi nariz con la suya.

Un gruñido ronco se le escapa de la boca y, segundos después, nuestros besos se disuelven en un suspiro de puro bienestar.

—Me temo —empieza entre dos besos— que no tenemos —intenta apartarme, lo hace tan despacio que ni de lejos lo consigue— suficiente tiempo.

A regañadientes, me aparto de sus muslos.

—Entonces, hagámoslo —digo, con una sonrisa ladeada.

Divertido por mi doble sentido, niega con la cabeza. Luego me toma de la mano y me arrastra al interior del observatorio.

—Yo me encargo de la cocina; tú de la zona de dormir.

—Si no queda más remedio —murmuro, robándole un último beso antes de ponerme manos a la obra.

Esta noche hemos dejado la habitación hecha un desastre.

Hay cojines esparcidos por todas partes y los libros han acabado por el suelo, esparcidos por el escritorio.

Uno por uno, recojo los voluminosos tomos de Julian.

Para que no sigan acumulando polvo, los guardo en uno de los cajones del escritorio. A Noah seguramente no le importará.

Cojo la pila de libros y abro la puerta del mueble. Pero, antes de poder meterlos, distingo unos medicamentos.

Mi mirada se escapa un instante hacia Noah. Está enjuagando a conciencia nuestras tazas de café, completamente concentrado. No va a notar lo que hago aquí, así que agarro los paquetes a toda prisa y examino los principios activos.

El primer medicamento es un protector gástrico. A su lado hay un analgésico potente que suele recetarse para hernias discales.

¿No comentó Noah algo sobre esto junto a la fogata? Revuelvo en mi memoria y, en efecto, doy con la información.

Como Julian pasaba las noches encorvado sobre el telescopio, le dolía la espalda. Miro pensativa los dos aparatos. Ambos tienen soportes regulables; Julian podría haberlos ajustado a su altura.

Tenía que saberlo; era un profesional. ¿Por qué tomaba medicación en lugar de organizar de forma ergonómica su puesto de trabajo?

Me encantaría preguntarle a Noah directamente, pero estoy segura de que me cortará de inmediato en cuanto mencione el nombre de su mejor amigo.

Con el corazón acelerado, tomo el siguiente paquete entre las manos.

Son comprimidos para los cólicos estomacales.

Solo queda una pastilla de quinientas, con la fecha de caducidad muy lejana.

Aunque no puedo saberlo con certeza, tengo la apremiante sensación de que quizá se tomaba estas pastillas como si fueran caramelos.

Así que sufría dolores de estómago con frecuencia. ¿Tal vez por una intolerancia alimentaria? Pero ¿no habría tenido más cuidado con su alimentación en lugar de depender de las pastillas para solucionarlo?

Le doy la vuelta al envase. Lleva la pegatina de la farmacia de Helene.

Ella también debió recetarle este medicamento.

Entonces tiene que existir una historia clínica.

Documentos que puedan ayudarme a saber más sobre el amigo de Noah.

Información que por fin aporte respuestas en lugar de más interrogantes.

—¿Cómo vas con eso? —La voz de Noah suena de pronto muy cerca.

Con un movimiento rápido, empujo los libros al estante del mueble y cierro la puerta.

—Si me ayudas con el sofá, en diez minutos estamos saliendo —digo, intentando contener al máximo la emoción en la voz.

No debo dejar traslucir nada. Solo cuando haya puesto mis pensamientos en orden volveré a sacar el tema con Noah.

Por él. Y también, en parte, por los dos.