El cielo que buscamos (Amor y otros sueños 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

Capítulo Veintiocho

Noah

Llevo tres noches sin dormir. Es la misma pesadilla que me persigue una y otra vez. He probado de todo, pero no hay escapatoria. Tampoco la hay del peso de este cansancio que se adueña de mi cuerpo. Ayer, hoy y, con toda probabilidad, mañana.

La semana que viene.

Para siempre.

Reúno las pocas fuerzas que me quedan para mantener los ojos abiertos.

Si hoy hubiera más trabajo en la oficina, tal vez ayudaría.

Pero hasta ahora solo he tenido un encargo: guiar por teléfono a una turista a través de un terreno escarpado.

El papeleo está hecho, los casos antiguos cerrados y bien archivados.

Gimo al dejarme caer contra el respaldo de la silla y entrelazo las manos detrás de la nuca.

Mi mirada se posa en el vaso de café vacío.

Es el sexto del día y, aun así, me planteo volver a llenarlo.

Para eso tendría que levantarme, arrastrarme hasta la sala de descanso de la entrada y emprender el largo camino de vuelta. Pero lo único que consigue mi cuerpo es un bostezo interminable. Tengo frío, así que cruzo los brazos sobre el pecho.

Los párpados me pesan. Me pesan muchísimo.

Solo queda una rendija diminuta por la que alcanzo a ver lo que me rodea. Cada vez es más estrecha, más oscura.

No debería…

Dios, qué bien sienta.

Todos mis músculos ceden y no puedo detenerlos. Una pesadez me envuelve y me arrastra hacia la oscuridad.

Rodeado de calor y de calma, me dejo ir.

De pronto, la tierra tiembla. El epicentro es mi brazo, a la altura del bíceps.

—Noah —llama alguien.

Una mujer. ¿Elina?

El zarandeo se intensifica y hasta la cabeza se me bambolea.

—Despierta.

No es Elina. Es Anita.

—Ya estoy despierto.

Con un resto de lucidez abro los ojos y veo su rostro preocupado justo encima de mí.

—¿Qué te pasa? —quiere saber.

Me encojo de hombros como puedo.

—Va todo bien.

—Eso vete a contárselo a otro. —Por la forma en que se lleva las manos a la cadera, sé que se viene algo malo—. Te has quedado dormido. De guardia.

No tengo nada que objetar. Porque, en realidad, ni siquiera sé cuánto rato he estado dormitando. Es inconcebible que en ese tiempo hubiera entrado una llamada de emergencia y nadie la hubiera atendido. Con culpa, bajo la mirada hacia el suelo de laminado gris.

—¿Vas a informar de esto?

Su mano reposa cálida sobre mi hombro.

—¿No es mi obligación? —responde, y oigo lo mucho que lo lamenta.

Peter me va a echar. Seguro. Desde la muerte de Julian no ha hecho más que mostrar comprensión. Fue de los pocos que no me señalaron con el dedo. Me dio tiempo y me ayudó siempre que pudo.

¿Y cómo se lo pago? Quedándome dormido en el trabajo.

¿Qué demonios me pasa para que siempre acabe haciendo daño a todo el mundo, sobre todo a quienes dan la cara por mí?

—¿Duermes mal? —Anita arrastra la silla del escritorio más cercano y se sienta con gesto serio—. Tienes pinta de no haber pegado ojo en meses.

Meses no, aunque así lo parece. Desde que supe que Elina quería irse del Tirol, me persiguen estas pesadillas horribles.

—Estoy cansado —admito porque negarlo no tendría ningún sentido. Además, estoy demasiado cansado para inventarme una excusa.

—Tienes que ir al médico. Puede que algo vaya mal —dice Anita, posando la mano con suavidad sobre mi antebrazo y mirándome con atención.

Le hago un gesto desganado con la mano para quitarle importancia.

—Ya estoy en ello.

—Entonces tómate un tiempo hasta que estés mejor —propone—. Peter seguro que lo entiende.

No. No puedo causarle más problemas de los que ya le he causado.

—Déjame apañármelas solo. Solo necesito un poco de tiempo, y lo tengo. No me toca el turno de guardia en los próximos dos días. Ya he pedido vacaciones para la semana que viene.

Estaré en Múnich con Elina. Solo de pensarlo se me revuelve el estómago. Porque sé que allí va a estar radiante de felicidad y yo no voy a tener valor para sacar el tema de la solicitud de trabajo y aguarle la ilusión.

Anita ladea la cabeza.

—¿Estás seguro?

Ahora soy yo quien le agarra los antebrazos.

—Claro que sí. Voy a descansar. Los resultados de las pruebas deberían llegar en breve y, con la medicación adecuada, todo se irá encauzando.

—Intento sonar seguro, aunque no lo estoy.

Porque, incluso si logro librarme de las pesadillas, este cansancio aplastante me llevaba persiguiendo incluso cuando todavía podía dormir.

Mi compañera me mira con incertidumbre.

—Por favor. No le digas nada a Peter —le ruego con toda la sinceridad de la que soy capaz—. Si veo que no puedo con esto, hablaré con él. Te lo prometo.

Mordiéndose el labio inferior, se cruza de brazos sobre el pecho.

—Si te comportas de forma negligente y yo me entero, entonces...

—No va a pasar —la interrumpo, aunque en realidad nunca puedo garantizarlo. Nada más salir del trabajo voy a comprarme algo para dormir. También tengo que buscar una solución para que Elina y yo podamos seguir teniendo un futuro juntos.

—Puedes confiar en mí. No volverá a ocurrir.

Tarda demasiado en reaccionar.

—Te pienso vigilar de cerca —dice al fin con voz severa, señalándome con el dedo índice.

—Gracias.

Es lo único que consigo decir, porque de pronto se me cierra la garganta. No merezco su ayuda, y mucho menos su amistad. Y aun así está ahí para mí. O al menos lo aparenta. Pero ¿puedo de verdad fiarme de ella? Mejor no.

Se levanta de un salto de la silla.

—Y ahora voy a traerte un café —anuncia con entusiasmo y sale disparada hacia la sala de descanso.

La sigo con la mirada, lleno de rabia hacia mí mismo.

Pero por mucho que odie todo lo que ha pasado en mi vida, hay algo que tengo claro: ha llegado el momento de esforzarme todavía más en trabajar en mí mismo.

Porque si Elina se fuera y, encima, perdiera el trabajo, entonces sí que estaría perdido del todo.