El Cazador (Vrix nº 3) Epílogo
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Epílogo

Mientras Telok avanzaba por Kaldarak, todo parecía… mejor. El sol de la mañana brillaba con mayor intensidad, otorgando nueva viveza a cada color; los aromas del aire parecían más dulces, y los sonidos de la ciudad y de la jungla que la rodeaba resultaban más armoniosos que nunca.

El propio Telok se sentía más ligero, como si su entusiasmo hubiera atrapado la brisa para acelerar sus pasos.

A su alrededor, los cráneo-espinas trabajaban diligentemente para terminar los preparativos.

Habían transformado las plataformas, los puentes y las guaridas de Kaldarak, decorándolo todo con cristales, grandes extensiones de seda translúcida teñida y cuerdas entretejidas con enredaderas y flores.

En el corazón de la ciudad habían colocado enormes mesas destinadas a sostener las bandejas de comida para el banquete que se avecinaba.

Aquel día, los líderes de Kaldarak, Takarahl y Tovuunshai se reunirían en un mismo lugar para compartir comida y amistad.

Ahnset llegaría pronto, al igual que Tas, Shir, Sophia y Cole, lo que supondría la primera visita del humano a casa desde que había partido con Telok y los demás en busca de ojos del Cazador siete ciclos lunares atrás.

Todos aquellos que le importaban a Telok estarían juntos. Ahnset conocería por fin a las crías: no solo a Akalahn, sino también al hijo de Urkot y Callie, Khoda, y a la hija de Rekosh y Ahmya, Sheviah. Vería el vientre de Ivy redondeado por su segunda cría…

«Y verá el de Lacey redondeado por nuestra futura cría».

Telok aceleró el paso al acercarse a la plataforma de los humanos, cruzó el puente y pasó rápidamente junto al lugar de reunión y la guarida de Will y Diego para subir al siguiente nivel. Hasta la guarida que compartía con Lacey.

En lugar de aceptar una vivienda más grande destinada a una pareja, habían decidido permanecer allí, en la guarida que había sido construida para Lacey.

Durante varios ciclos lunares, Telok había trabajado para ampliarla, añadiendo espacio donde guardar sus armas y herramientas, asegurándose de que Lacey tuviera sitio de sobra para trabajar, instalando estante tras estante donde pudiera almacenar sus ingredientes, lociones, jabones, tarros de incienso y tés, además de lugares donde colgar hierbas y flores para que se secaran.

Y, por supuesto, había añadido espacio adicional para sus futuras crías.

El pecho de Telok se llenó de orgullo cuando se acercó a la entrada.

No podía tejerle un vestido a su compañera, ni modelar la piedra tan bien como Urkot o trabajar la madera como Cole, pero había ayudado a construir su hogar con sus propias manos.

No importaba que otros pudieran haberlo hecho mejor.

Aquel lugar les pertenecía a él y a su compañera.

Apartó la cortina de seda, teñida en el tono de verde favorito de Lacey —sospechosamente parecido al color de sus marcas—, y entró.

Telok apenas consiguió reprimir un gemido al inspirar.

Aunque había olido aquella mezcla de su aroma y el de Lacey incontables veces, nunca dejaba de encender el deseo en lo más profundo de su cuerpo.

Sus ojos encontraron inmediatamente a su compañera.

Como era de esperar, seguía exactamente donde la había dejado, acurrucada de lado sobre el lecho de seda mullida, con una fina manta cubriendo su cuerpo desnudo.

Telok se acercó en silencio y se inclinó sobre ella.

Incluso entonces seguía maravillándose ante la serenidad que relajaba sus hermosos rasgos mientras dormía.

Los rostros humanos eran tan maleables, tan expresivos, y él había disfrutado aprendiendo a descifrar el significado de cada sutil cambio que aparecía en el suyo.

Aunque Lacey se había burlado de él por ello, Telok podría haberse sentido perfectamente satisfecho limitándose a observarla dormir. Estaba cómoda, a salvo, libre de cargas.

«Y es mía».

Pero sabía que no querría perderse la llegada de sus amigos.

Deslizó el dorso de un dedo sobre su frente y después por su mejilla.

—Lacey —susurró.

Ella se removió. La nariz le tembló, inspiró profundamente y sus pestañas aletearon, pero no abrió los ojos.

—Despierta, mi hilo del corazón.

Lacey soltó un gemido somnoliento, acomodó aún más la mejilla contra el lecho y volvió a quedarse inmóvil.

Telok gorjeó suavemente, alzando las mandíbulas en una sonrisa.

Nunca había considerado a su compañera una persona de sueño pesado, pero últimamente el embarazo la dejaba agotada y la llevaba a dormir durante buena parte de las mañanas.

Sabía que aquello le resultaba desagradable y frustrante, pero aun así era mucho mejor que la enfermedad que la había golpeado cuando descubrieron que llevaba a su cría en el vientre.

Fue entonces cuando Telok comprendió el miedo que Ketahn había sentido por Ivy durante su embarazo.

Impotente, se había visto obligado a permanecer junto a Lacey observándola sufrir.

Incapaz de retener la comida, se había vuelto pálida y débil ante sus ojos, y había pasado largas noches empapada en sudor, aferrándose al vientre durante episodios de dolor intenso.

Ni siquiera Diego había sabido ofrecer una solución. Había supuesto que probablemente se trataba de su cuerpo adaptándose a la cría que crecía en su interior, puesto que Ivy, Ahmya y Callie habían sufrido el mismo problema, aunque ninguna con una intensidad semejante.

Aquellos habían sido los días más largos de la vida de Telok, y sabía que para Lacey habían sido todavía peores, pero, por fortuna, aquel periodo había quedado atrás. Ahora su compañera estaba sana, pese al cansancio que sufría.

—Ah, kir’ani vi’jatai.

Con cuidado, Telok subió al lecho y se tumbó detrás de ella, colocando dos brazos y una pata delantera sobre su cuerpo mientras la atraía contra sí.

Lacey irradiaba calor. Y era tan, tan suave.

Por los Ocho, por mucho que deseara que todos llegaran, Telok se sentía profundamente tentado a quedarse allí en la cama abrazando a su compañera durante todo el día.

Su mano inferior descendió hasta el vientre redondeado de Lacey y extendió los dedos para cubrirlo.

Algo se movió dentro antes de que la cría presionara contra la palma de Telok.

Él desplazó un dedo hasta aquel diminuto contacto y percibió las tenues impresiones de unos pequeños dedos intentando agarrarlo.

Telok emitió un trino, con los corazones rebosantes de alegría, orgullo y asombro.

De todos los vrix que habían existido, solo él y sus tres hermanos habían podido experimentar algo semejante.

Solo ellos habían podido observar cómo crecía el vientre de su compañera junto con su cría, sentir aquella vida en su interior, no protegida tras la dura cáscara de un huevo, sino dentro de carne blanda.

Telok frotó el rostro contra el cabello de Lacey e inspiró su aroma. Ahora solo necesitaba despertarla. Y sabía exactamente cómo hacerlo de una forma que ambos disfrutarían enormemente…

Desplazó el cuerpo hacia abajo, apartó el cabello de Lacey y recorrió suavemente con la boca el lateral de su cuello hasta alcanzar la cicatriz de la mordedura de su hombro. Un gruñido bajo vibró en su pecho cuando pasó la lengua sobre la marca.

Lacey volvió a removerse, suspirando suavemente y bajando el hombro para darle mejor acceso.

Telok la sujetó por aquel hombro, levantó la cabeza y la hizo rodar con cuidado hasta dejarla boca arriba. Después apartó la manta y expuso el exuberante cuerpo de su compañera a su mirada.

El deseo prendió en la parte baja de su vientre y se extendió como fuego por sus venas.

Sus pechos, ya grandes de por sí, se habían vuelto más voluminosos y sensibles con el embarazo.

Siempre había disfrutado tocándolos, pero ahora se deleitaba todavía más con ellos por el placer intensificado que proporcionaban a Lacey.

Telok se incorporó sobre ella y tomó aquellos pechos entre sus manos inferiores. Los amasó y moldeó, ronroneando ante la sensación de su carne bajo las palmas.

—Mi nyleea es tan suave. Despierta para tu luveen.

Atrapó los pezones, que comenzaban a endurecerse, entre los pulgares y los dedos y los pellizcó suavemente mientras los masajeaba.

Lacey jadeó, echando la cabeza hacia atrás mientras arqueaba la espalda y se aferraba al lecho con ambas manos.

—Telok…

La ronquera de su voz y la sensual respuesta de su cuerpo casi fueron más de lo que él podía soportar.

Sus manos superiores se cerraron sobre la seda mullida, hundiendo las garras en ella, mientras sus cierres se agitaban con la necesidad de alcanzar a su compañera, agarrarla y apretarla contra sí.

Su miembro palpitante atravesó la abertura sin ninguna restricción y la separó.

El contacto del aire contra su polla húmeda hizo que Telok temblara de un deseo feroz.

Deseo de estar dentro del sexo caliente y húmedo de su compañera.

Se aferró a aquella paciencia profundamente arraigada que tan bien le había servido en la Maraña.

El momento de hundir su lanza llegaría pronto, y la recompensa merecería sobradamente la espera.

Sosteniendo sus pechos, bajó la cabeza y movió la lengua sobre los pezones ya endurecidos, probando la dulzura que había escapado de ellos, otra deliciosa sorpresa del embarazo.

Lacey gimió y se retorció bajo él, frotando los muslos mientras hundía los dedos en su cabello.

—Telok…

—¿Quieres mi lengua en otro lugar? —preguntó.

—Sí —susurró ella, abriendo por fin los ojos para encontrarse con los suyos.

—Dime dónde.

Telok comenzó a deslizar lentamente la lengua por su vientre redondeado mientras desplazaba el cuerpo hacia atrás.

—En mi sexo. Quiero tu lengua en mi…

Telok lamió su abertura con una pasada firme de abajo arriba, rozando el clítoris al llegar a él.

—¡Sí! —gritó Lacey mientras sus caderas se elevaban.

Telok agarró el interior de sus muslos con las manos inferiores y los presionó contra la seda mullida, manteniéndolos bien abiertos mientras se daba un festín con su sexo.

La embriagadora fragancia de Lacey y su tentador sabor inundaron los sentidos de Telok, más dulces que nunca, empujándolo a lamerla y azotar su clítoris con pasadas rápidas y decididas de la lengua. Necesitaba más de ella. Nunca tendría suficiente. Aquella hambre duraría para siempre.

Lacey se retorcía y jadeaba, aferrándose a su cabello mientras movía la pelvis contra su boca. Sus jadeos y gritos se hicieron más altos, rápidos y ásperos, pero fue el temblor de sus muslos lo que indicó a Telok que estaba a punto de deshacerse.

Gruñendo, introdujo en ella un dedo cuya garra había desgastado, penetrándola profundamente, presionó la lengua con mayor firmeza contra su clítoris hinchado y comenzó a frotarlo.

—Oh… oh, joder… —dijo Lacey con voz ronca un instante antes de perderla por completo y tensarse como la cuerda de un arco.

Entonces gritó mientras las paredes internas de su sexo se contraían alrededor del dedo de Telok.

Una oleada de calor líquido brotó alrededor de su mano y mojó su barbilla. Telok se deleitó con la forma en que su compañera follaba su dedo y su lengua, con la fuerza con la que movía las caderas, desesperada por recibir todo cuanto él pretendía darle.

—Buena hembra —ronroneó mientras hundía el dedo con más fuerza y profundidad.

Lacey gimió cuando Telok llevó el pulgar hasta su clítoris y comenzó a acariciarlo para poder lamer la esencia que escapaba de su abertura.

—Toma de mí tu placer. Es tuyo.

—Telok… Por favor —gimió ella.

—¿Qué quieres, esposa mía?

—Quiero… Oh, joder, se siente tan, tan bien. No pares. Por favor, no… ¡Más fuerte! ¡Más fuerte, por favor!

Telok obedeció encantado y pronto arrancó otro orgasmo a su compañera. Sus gritos eran entrecortados, sus gemidos ásperos y la piel le brillaba de sudor. Tiró del cabello de Telok, provocándole una placentera punzada en el cuero cabelludo que envió una descarga directa hasta su polla palpitante.

«Paciencia…»

Telok hizo descender lentamente a su compañera desde el clímax mediante suaves movimientos de su dedo y lánguidas pasadas de la lengua, una tranquilidad que ocultaba la tormenta de necesidad que rugía dentro de él.

Lacey relajó el agarre sobre su cabello y comenzó a acariciarlo antes de deslizar amorosamente una mano por el lateral de su rostro. Sus dedos tocaron la base de una de sus mandíbulas y recorrieron su longitud hasta la punta del colmillo de su extremo, para después regresar perezosamente.

—Me gusta tu forma de convencerme para que despierte —dijo.

Telok lamió parte de la esencia de Lacey de la comisura de su boca y levantó la cabeza para encontrarse con su mirada por encima del vientre.

—A mí también.

Su compañera era hermosa. El cabello rojo se extendía alrededor de su cabeza, la piel pecosa estaba sonrojada, sus labios carnosos se curvaban en una suave sonrisa, las piernas permanecían abiertas…

—Mmm…

El contacto de Lacey fue provocadoramente ligero mientras sus dedos recorrían la mandíbula de Telok hasta la barbilla.

—Pero ahora tengo antojo de otra cosa —dijo ella.

Telok ronroneó y presionó el rostro contra su palma incluso mientras su dolorido miembro palpitaba.

—Dime qué deseas y será tuyo.

Lacey contrajo alrededor de su dedo las paredes internas, que todavía temblaban.

—Quiero tu polla dentro de mí.

Telok gruñó.

—Ah, vi’jatai, nuestros corazones y nuestros deseos son uno solo.

Retiró el dedo de su abertura. Más esencia escapó de Lacey, pero Telok no cedió al impulso de volver a bajar la cabeza y lamerla.

Cerró las manos inferiores alrededor de su cintura y la arrastró hacia sí.

Las piernas de Lacey lo rodearon de forma instintiva mientras sus palmas recorrieron su pecho hasta aferrarse a sus hombros.

Depositó un beso sobre la piel de Telok, justo encima de sus corazones que latían con fuerza.

Con estremecimientos de excitación abrumadora recorriendo sus extremidades, Telok guio la cabeza de su miembro hasta la entrada de Lacey.

—Debo atender las necesidades de mi compañera… —dijo Telok, y comenzó a penetrarla lentamente.

La abertura de Lacey se estiró alrededor de su polla, tan ajustada, caliente y húmeda que Telok no pudo reprimir un gemido.

—Y las mías.

Hizo el amor con su compañera, sabiendo que nunca sería suficiente, que su deseo por ella jamás quedaría satisfecho, que siempre tendría hambre de ella.

Pero también sabía que todo cuanto era le pertenecía. Y pasaría cada instante de su vida buscando más, y más, y más de su dulce y ardiente pequeña compañera.