23. Capítulo Veintitrés
CAPÍTULO VEINTITRÉS
Habían pasado horas desde que había salido el sol.
Horas avanzando lentamente entre la maleza, examinando cada rama, cada hoja y cada porción de tierra en busca de señales de los kurghests.
Se habían detenido a estudiar cada montón de excrementos de animales que encontraban, y en ocasiones los cazadores incluso discutían sobre qué criatura los había dejado allí.
Garahk había explicado que aquellos restos contaban una historia. Cole había bautizado aquello con entusiasmo como «conversación de mierda». Aunque los vrix no parecieron entender la broma, Lacey y Sophia no habían podido parar de reír.
Era muy fácil llevarse bien con Sophia. Era habladora, dulce y divertida, y devolvía todas las pullas de Cole con alguna extra por si acaso, pero sin la menor malicia. Lacey sabía que ella y Sophia acabarían siendo buenas amigas. En cuanto a Cole… Estaba coladísimo.
Estaba pendiente de cada palabra de Sophia, había estado allí para ayudarla a superar cada obstáculo —aunque ella no necesitaba ayuda— y había sonreído tanto que Lacey estaba convencida de que le dolerían las mejillas durante días.
Además, ambos tenían cierto resplandor que sugería que habían pasado una noche muy… satisfactoria.
«A diferencia de mí».
Lacey apartó de una patada una piedra de su camino.
Pese a una minúscula, diminuta e insignificante pizca de celos, se alegraba por Cole.
Se alegraba de verlo tan feliz. Su relación con Sophia ya parecía tan natural y despreocupada que Lacey no dudaba de que acabaría convirtiéndose en algo más profundo.
Dirigió la mirada hacia Telok. Estaba varios pasos por delante, caminando junto a Tas.
Ambos ocupaban el centro de una formación abierta en abanico compuesta por todos los cráneo-espinas y varios cazadores danzavientos.
Garra Veloz revoloteaba de rama en rama sobre ellos, manteniéndose apenas por delante del grupo.
Cuando habían abandonado la aldea, Tas los había guiado hasta el lugar del ataque kurghest más reciente.
Allí era donde Telok había encontrado el rastro que llevaban siguiendo desde entonces.
Aparte de algunas señales que le había mostrado a Lacey, como un mechón de pelo verde enganchado en las ramas de un arbusto o unas marcas de garras sobre un árbol, incluida una enorme garra rota, a ella le había costado muchísimo encontrar nada.
Era como si Telok poseyera un sexto sentido que le permitía detectar incluso las huellas más insignificantes.
Lacey lo observó en silencio. Su ritmo era lento. Cada paso preciso y deliberado. Sus ojos recorrían constantemente los alrededores. Lo había visto alerta muchísimas veces, pero aquello estaba a otro nivel. Hipervigilante. Hiperconcentrado.
«Hasta ahora solo lo había visto vigilar. Esta es la primera vez que lo veo cazar».
Y era fascinante.
—Telok losak kuix et Khan’ul’Tavitahl’ani vel losa —dijo Koss desde el lado de Lacey.
«Telok ve con los ocho ojos del Cazador».
Por lo que Lacey había aprendido, los cráneo-espinas no solían invocar a sus dioses a la ligera.
Sonrió y preguntó en vrix:
—¿Por eso siempre le pedís que vaya de caza con vosotros?
Koss gorjeó y dio un pequeño toque con una pata delantera contra la pantorrilla de Lacey.
—Las cacerías son más fáciles con él, y los cazadores están más seguros.
—Bajo el sol y el cielo, cierto es —dijo solemnemente Garahk desde el otro lado de Lacey—. El Cazador y la Guardiana han marcado su espíritu.
El orgullo creció dentro de ella ante los elogios que dedicaban a Telok.
¿Sabía él cuánto valoraban los demás sus habilidades?
¿Lo importante que era para los suyos? Siempre parecía mantenerse apartado, conservar aquella distancia segura, pero ¿entendía cuánta gente se preocupaba por él?
¿Entendía que no tenía que cargar solo con todos sus pesos?
—La Guardiana debe de favorecerlo de verdad para haber protegido su vida a través de tantas heridas —dijo Gai’Tahk Var, uno de los danzavientos que se había ofrecido voluntario para participar en la cacería.
Era algo más grande que algunos de los otros machos danzavientos, con hombros más anchos y músculos más gruesos bajo la piel gris oscura.
—Demasiadas heridas —dijo Lacey en voz baja.
El grupo continuó avanzando, siguiendo a Telok mientras descubría más indicios de la presencia de los kurghests en la zona.
Aunque aquellos rastros eran antiguos, constituían una prueba clara de lo que Shir les había contado.
Las bestias realmente habían reclamado aquella parte de la jungla como territorio.
Lacey mantuvo los ojos en movimiento, examinando la vegetación y vigilando cualquier señal de movimiento.
Más de una vez se había sobresaltado cuando unas hojas crujían y alguna pequeña criatura aterrorizada salía corriendo para alejarse de los cazadores.
Normalmente no estaba tan paranoica cuando salía a cazar y recolectar con los cráneo-espinas, pero antes de partir aquella mañana, Sophia había descrito a los kurghests como pesadillas de la jungla.
Bestias horribles y llenas de dientes, difíciles de distinguir cuando acechaban porque se confundían con el entorno gracias a un pelaje semejante al musgo y a unas púas óseas que parecían madera.
Ahora sentía como si la jungla estuviera jugando con sus sentidos.
Cada pequeño movimiento y cada sonido hacían que se le erizara el vello de los brazos y la nuca.
Podía haber ojos ocultos observándolos. Bestias invisibles acechándolos.
En cualquier momento, aquel grupo de cazadores podía convertirse en la presa sin siquiera darse cuenta.
—Debes de haber abatido muchas bestias poderosas, Ayali —dijo Ess desde su posición a la izquierda de la cráneo-espina.
Ayali emitió un trino.
—Me llaman Azote de los Yatin, porque he matado muchos con mis propias manos.
Zesh, que caminaba a su derecha, emitió un sonido admirativo mientras sus ojos topacio recorrían a la hembra.
—Tanta fuerza —dijo Zesh.
—Cualquier macho caminaría orgulloso de tenerte como compañera —dijo Ess, golpeándose el pecho.
—Este macho lo haría —dijo Zesh, repitiendo el gesto.
Lacey sonrió cuando Ess redujo ligeramente el paso para fulminar a Zesh con la mirada por detrás de Ayali.
Desde que habían conocido a la enorme hembra, los dos danzavientos prácticamente tropezaban el uno con el otro intentando constantemente llamar su atención.
—Yo también —dijo Ess, acelerando de nuevo y rozando suavemente una de sus patas delanteras contra la de Ayali—. ¿Buscas compañero?
Ayali emitió un murmullo y bajó sus ojos negros hacia él.
—Quizá, si se presenta un macho digno —dijo Ayali.
—¿Estáis seguros de que podéis con ella? —preguntó Cole riendo.
—No subestimes a los danzavientos —respondió Sophia, dándole un codazo.
—Entonces haré lo que ningún cráneo-espinas ha conseguido —declaró Zesh, irguiéndose e hinchando el pecho— y ganaré a Ayali como compañera.
Ess se frotó rápidamente el pelo de los hombros para ahuecarlo y se irguió todavía más.
—Y yo haré lo mismo. Pero antes que Zesh.
Gorjeos y risas ahogados recorrieron el grupo. Lacey tampoco pudo contener la suya.
—¿Y tú, Lacey? —preguntó Var mientras se acercaba a ella—. ¿Tienes compañero?
El corazón de Lacey dio un salto. Miró hacia Telok y descubrió que se había detenido. Estaba de espaldas a ella. Todos los demás se detuvieron a su alrededor.
—Todavía… no —respondió.
Desde la dirección de Telok llegó un crujido apenas audible. Como si alguien estuviera apretando algo con demasiada fuerza.
Var emitió un trino y se volvió hacia Lacey, encontrándose con sus ojos violetas.
—Me sorprendió descubrir que humanos y vrix podían aparearse —comentó Var. Extendió una pata delantera y la frotó contra la parte exterior de la pantorrilla de Lacey—. Pero siento curiosidad…
—Tío, no querrás hacer eso —advirtió Cole.
Lacey retrocedió un paso.
—¿Curiosidad? ¿Qué, eh… qué quieres saber? —preguntó Lacey, riendo con nerviosismo. Volvió a lanzar una mirada hacia Telok.
No se había movido. Ni lo más mínimo.
Var volvió a acercarse. Extendió una mano y atrapó un mechón suelto junto al rostro de Lacey. Lo frotó entre los dedos mientras con una mano inferior acariciaba la piel desnuda de su antebrazo.
—Todo —dijo Var.
—Nos detenemos aquí —dijo Telok.
La serenidad y firmeza de aquella voz profunda y áspera contradecían por completo la rigidez amenazadora de su postura.
—Gracias a Dios que esta vez no soy yo —murmuró Cole. Pasó un brazo alrededor de los hombros de Sophia y se llevó a la mujer, que parecía confundida.
—¿Has encontrado nuevas señales? —preguntó Tas.
Telok ignoró la pregunta. Se volvió hacia Lacey y Var. Llevaba la barbilla inclinada hacia abajo. Las mandíbulas recogidas contra el rostro con una tensión antinatural. Y sus ojos verdes ardían con un calor abrasador.
El corazón de Lacey aceleró cuando Telok avanzó hacia ella.
«Oh, mierda».
Los ojos de Lacey se abrieron como platos. Retiró rápidamente el cabello de los dedos de Var y volvió a alejarse de él.
—Eh… —Var siguió su mirada. Se estremeció al ver a Telok, que continuaba avanzando sin detenerse. El danzavientos bajó las manos y se apartó apresuradamente para dejar paso al furioso acechasombras.
Telok se detuvo frente a Lacey, le arrancó la lanza de la mano, se inclinó y le rodeó el cuerpo con los brazos izquierdos, levantándola del suelo para echársela sobre el hombro.
Lacey jadeó y apoyó las palmas contra su espalda mientras una de las manos de Telok le agarraba el culo. Él se volvió hacia Var.
—Ella es mía. Vuelve a tocarla y perderás una mano —gruñó Telok.
Lacey parpadeó.
«Vale, eso ha sido bastante sexy. Aterrador, pero sexy».
Cuando Telok se dio la vuelta y comenzó a alejarse del grupo, Lacey vio las miradas desorbitadas de todos sus compañeros. Todos salvo Cole, él sonreía.
—¡Joder ya era hora! —gritó Cole con las manos alrededor de la boca.
Desde arriba, Garra Veloz emitió un chirrido inseguro.