El Cazador (Vrix nº 3) 20. Capítulo Veinte
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20. Capítulo Veinte

CAPÍTULO VEINTE

Una música animada recorría Tovuunshai. El rasgueo de instrumentos de cuerda, el golpeteo de tambores y el murmullo de voces entretejía una melodía sin palabras.

Tas y varios danzavientos estaban sentados cerca de los humanos, mientras muchos otros se mezclaban con los cráneo-espinas, conversando, gorjeando y comiendo como si hubieran sido amigos toda la vida.

Colores intensos giraban mientras otros danzavientos bailaban, haciendo ondear por el aire largas bufandas de seda translúcida.

Pero Lacey solo podía mirar fijamente a Sophia.

La mujer de piel morena estaba sentada con las piernas cruzadas sobre una manta frente a ella, desplazando la mirada de Lacey a Cole una y otra vez, en un estado de conmoción parecido al suyo.

Apenas habían hablado más allá de las presentaciones antes de que Tas guiara a Lacey y sus compañeros hasta las guaridas provisionales donde podrían dejar sus cosas y asearse antes de unirse a la celebración.

Mientras Garahk y los cráneo-espinas habían preferido permanecer juntos en una estructura más grande, Cole y Lacey habían elegido edificios más pequeños, deseosos de disponer de algo de intimidad.

Por supuesto, Telok había seguido a Lacey al interior del que ella había elegido y había dejado sus cosas junto a las suyas como si pertenecieran allí, reclamando la guarida junto con ella. La había mirado como si la desafiara a discutir.

Pero Lacey había guardado silencio, disfrutando en secreto de aquello.

Llevaba cinco noches durmiendo entre sus brazos y, aunque no pensaba confesárselo, sabía que no habría dormido bien sin tenerlo contra ella.

Satisfecho, Telok había sacado una manta de su bolsa y la había colgado sobre la entrada con seda adhesiva, haciendo que la habitación se volviera inmediatamente mucho más íntima.

Después les habían enseñado lo que Tas, en tono de broma, había llamado la cascada de la aldea: básicamente una ducha comunitaria donde podían eliminar la suciedad y el sudor del viaje.

Numerosas cisternas situadas entre las ramas superiores recogían el agua de lluvia, que alimentaba un sencillo pero eficaz sistema de acueductos y surtidores por toda la aldea, evitando que los danzavientos tuvieran que descender hasta el suelo de la jungla para buscar agua.

Lacey había estado en el paraíso mientras se daba una ducha rápida. ¿A quién le importaba que lo hubiera hecho con la ropa puesta? Solo sentir el agua corriendo sobre su cuerpo, sentirse limpia, había sido divino.

—Yo… todavía no me lo puedo creer —dijo Sophia, negando con la cabeza—. Cuando vinieron a mi guarida y me dijeron que había más humanos aquí, no… no parecía real. Ni posible. Pensé que tenía que ser un error o que los había entendido mal.

—Nosotros sentimos lo mismo —respondió Lacey—. Creíamos que éramos los únicos supervivientes. No sabíamos si otras partes de la nave también habían caído aquí.

—¿Sabéis qué ocurrió? Cuando desperté, no había electricidad y todos estaban…

Muertos. Aunque Sophia no había pronunciado la palabra, Lacey la sintió suspendida en el aire, pesada y opresiva. Ella había visto los restos dentro de muchas de las cámaras criogénicas cuando despertó y sabía que aquellos no representaban más que una fracción de quienes no habían sobrevivido.

Lacey negó con la cabeza.

—Lo único que sabemos es que algo golpeó la Somnium y nuestro compartimento cayó aquí —comentó Lacey.

El inusual silencio de Cole hizo que Lacey se volviera hacia él. Estaba sentado mirando fijamente a Sophia, con la comida intacta. Lacey sonrió, se inclinó y le dio un codazo.

Cole dio un respingo y se aclaró la garganta.

—Eh… sí —dijo.

Sophia sonrió mientras recorría a Cole con la mirada.

Él se sonrojó y rápidamente se metió un trozo de carne en la boca.

Lacey comprendía por qué estaba tan descolocado.

Sophia era una mujer preciosa, con grandes y sensuales ojos marrones, labios carnosos y cejas gruesas y arqueadas.

Llevaba el largo cabello castaño oscuro recogido y sujeto sobre la cabeza, con mechones más cortos enmarcando su rostro.

Incluso tenía un pequeño hoyuelo en su delicada barbilla.

Vestía una falda amarilla con aberturas y una prenda semejante a un sujetador que dejaba al descubierto su vientre esbelto y sus brazos tonificados.

—Has dicho que vuestro compartimento no tenía electricidad. ¿Cómo despertaste? —preguntó Lacey.

Sophia negó con la cabeza.

—No lo sé. Quizá un fallo cuando se cortó la corriente o algún sistema de emergencia. Solo recuerdo despertarme bruscamente en una oscuridad absoluta, intentando respirar como si me hubieran arrancado todo el aire de los pulmones.

Cole hizo una mueca.

—Joder. Y yo creía que nosotros lo habíamos tenido mal —dijo Cole.

—Fue una experiencia que, gracias a Dios, nunca tendré que repetir —dijo Sophia.

Lacey no podía imaginar enfrentarse sola a semejante terror.

Joder, ni siquiera podía imaginar lo que había sido para Ivy, que había recuperado la conciencia por primera vez fuera de los restos de la nave, en brazos de un alienígena arácnido que la transportaba por una jungla inmensa.

Lacey se metió un trozo de fruta en la boca y volvió la cabeza para recorrer a la multitud con la mirada hasta encontrar a Telok.

Estaba en el límite de la reunión, más allá de la luz de los cuencos de fuego que habían encendido los danzavientos, dejando que sus marcas verdes brillaran en la oscuridad.

Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada en constante movimiento.

Siempre vigilando.

A menudo evitaba celebraciones como aquella, pero cuando asistía parecía asumir automáticamente la responsabilidad de montar guardia para que los demás pudieran relajarse y disfrutar.

Sus ojos se encontraron con los de ella. Y se detuvieron. El cambio fue inmediato y estremecedor. Se encendieron como ocho llamas verdes, ocho incendios alimentados por un deseo apenas contenido.Y el corazón y la respiración de Lacey se aceleraron.

El resto del mundo desapareció bajo la intensidad de aquella mirada abrasadora, que la quemó con toda la necesidad voraz y desatada de Telok. Lacey había visto destellos de aquella necesidad cuando se filtraba por las grietas de su autocontrol, y su cuerpo jamás dejaba de responder.

Durante los últimos días, sus pensamientos regresaban una y otra vez al arroyo. A su beso. A la intimidad con la que Telok la había tocado. A lo cerca que habían estado de… Si no hubiera habido nadie cerca, ¿Telok le habría acariciado su sexo? ¿La habría tomado?

El sexo de Lacey se contrajo.

«No es ni el momento ni el lugar, Lacey…»

«Joder».

Aunque el calor inundó sus mejillas, Lacey sonrió y levantó una mano, moviendo los dedos para saludar mientras intentaba controlar la creciente excitación.

Las mandíbulas de Telok se elevaron sutilmente.

—¿Sobreviviste sola durante dos meses en unos restos sin electricidad? —preguntó Cole, devolviendo la atención de Lacey a la conversación—. Eso es increíble.

Sophia rio y bajó la mirada.

—No sé si lo llamaría así. Fue… difícil.

Jodidamente difícil. Gracias a Dios recordé las provisiones de emergencia, porque de lo contrario jamás lo habría conseguido.

Tuve que forzar la puerta para poder salir de aquella habitación y todo lo demás…

simplemente había desaparecido. Únicamente quedaban fragmentos de metal dentado cubiertos de enredaderas.

»Y después, una puta jungla alienígena ahí fuera.

Tardé un par de semanas en reunir el valor suficiente para abandonar la nave, pero sabía que las provisiones no durarían eternamente.

Así que empecé a salir poco a poco para explorar.

Era aterrador, pero también tenía algo de emocionante.

Encontré algunas frutas y utilicé aquel aparato de análisis para comprobarlas, aunque dudé incluso después de que dijera que eran seguras.

Obviamente no morí ni enfermé al comerlas.

Conseguí preparar unas trampas sencillas y atrapar algunos animales pequeños, e incluso maté unos cuantos con mi lanza…

que en realidad solo era un cuchillo atado al extremo de un palo.

Las provisiones de emergencia se iban acabando, pero estaba aprendiendo a no depender de ellas —Sophia hizo una pausa—.

No voy a mentir… Hubo muchas veces en las que pensé en rendirme.

¿Qué sentido tenía? ¿Por qué debía seguir adelante cuando todos los demás estaban muertos?

Cuando había tantas cápsulas llenas de los huesos de personas que simplemente…

nunca despertaron —Sophia volvió el rostro hacia un lado.

Frunció el ceño mientras las comisuras de su boca descendían—.

Cuando mi hermano, Damián… —Inspiró profundamente y soltó el aire con pesadez—.

Murió dentro de la cápsula que estaba justo al lado de la mía mientras yo permanecía en estasis. Él murió y yo simplemente… dormí.

—Lo siento muchísimo —dijo Cole con una suavidad que Lacey rara vez le había oído.

Lacey no encontró palabras. Nunca había estado unida a su familia y no tenía hermanos.

Ni siquiera había tenido verdaderos amigos antes de todo aquello.

Pero imaginaba que el dolor de perder a un hermano debía de parecerse a lo que ella sentía cuando pensaba en perder a cualquiera de los miembros de su pequeña tribu, humanos y vrix por igual. Cuando pensaba en perder a Telok.

—No pasa nada —dijo Sophia.

Levantó los ojos hasta los de Cole y le dedicó una pequeña sonrisa.

—He tenido mucho tiempo para llorarlo y sé que no había nada que pudiera haber hecho. Ni por él ni por ninguno de los demás.

—Eso no hace que duela menos —respondió Cole.