El castigo del alfa (Alfas dominantes nº 2) 3 #2
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Cerró el portátil y lo guardó en el mismo maletín donde ella había colocado una bomba que podría haberlo matado. Todavía se estremecía al pensar en lo que podría haber pasado si él no hubiera olfateado el complot en su contra.

Bajaron en ascensor hasta el garaje y Ben la acompañó hasta su lado del coche, pero en lugar de abrirle la puerta, la empujó contra el costado de su Mustang, con su considerable erección presionándole la parte baja de la espalda.

—Niñita, voy a devorarte —le gruñó al oído.

—No le tengo miedo al lobo feroz —murmuró ella, apretando el trasero contra él.

—Si no tienes cuidado, vas a conseguir que te follen aquí mismo, en este garaje. ¿Es eso lo que quieres?

Se le cortó la respiración y no pudo responder; la verdad era demasiado enrevesada y confusa como para comprenderla.

Sí, por supuesto que quería que la follaran allí mismo, y el peligro de que la vieran lo haría increíblemente excitante.

Pero no... de ninguna manera. Definitivamente no podría soportar que la pillaran así. —No, señor —se obligó a decir.

Él se apartó y le abrió la puerta, sonriéndole con suficiencia mientras ella se dejaba caer en el asiento.

Una vez en casa, le dijo que esperara antes de bajar del coche. Él lo rodeó, abrió la puerta del copiloto y la sacó, echándosela al hombro de un solo movimiento.

—¡Uf! —gruñó ella—. ¿Qué haces?

Él le dio una palmada en el trasero, que quedaba en alto, mientras la llevaba dentro de la casa.

—¿Recuerdas la primera vez que te azoté? —preguntó, dejándola en el dormitorio, donde había aparecido misteriosamente una cuerda sobre la cama.

Ella la miró, preguntándose qué estaría tramando.

—Sí.

—Sí, señor —corrigió él.

—Sí, señor.

Le enrolló la cuerda alrededor de las muñecas para atárselas y luego se las levantó por encima de la cabeza, enganchándolas en la puerta del baño.

Ahora lo entendía. La noche en que plantó la bomba en su maletín y descubrió que era un hombre lobo, él la había llevado a un motel y la había colgado así, le había quitado la falda y la había azotado con un cinturón.

Ahora estaba detrás de ella, deslizando las manos bajo la blusa para abarcarle los pechos. Sus dedos encontraron los pezones y los pellizcó y retorció hasta dar con ese equilibrio perfecto entre dolor y placer que la llevaba al límite.

Con los brazos levantados por encima de la cabeza, sus pechos quedaban aún más expuestos, y ella se retorció intentando protegerse.

Le bajó la cremallera de la falda y dejó que cayera arrugada a sus pies. A continuación le quitó las bragas y empezó a desabrocharle la blusa, todavía de pie detrás de ella. Resultaba íntimo y sensual que la desvistiera como a una niña.

Oyó el silbido del cinturón al salir de las trabillas y se le puso la piel de gallina.

—Separa las piernas.

Aunque la tenía colgada casi de puntillas, ella logró separar más las piernas.

—Si te mueves, mi cinturón te alcanzará la cadera o el muslo y no te gustará. ¿Puedes quedarte quieta durante tu azotaina, Ashley?

—Sí, señor —murmuró ella.

—Buena chica.

Se enrolló el extremo de la hebilla en el puño y descargó el cinturón, alcanzándola justo en el centro de las nalgas.

Ella chilló, los pies le dejaron el suelo y su cuerpo osciló hacia un lado, suspendido de las cuerdas que colgaban de la puerta.

—¿Qué te dije sobre quedarte quieta?

—Lo siento —jadeó ella, estirando las puntas de los pies para frenar el balanceo y volviendo a colocarse en posición a toda prisa.

Él volvió a blandir el cinturón.

Otra raya ardiente le cruzó el trasero.

Esta vez logró no saltar, aunque por poco.

Inspiró con un temblor y contuvo el aliento.

Otra raya, y luego otra. Cada golpe parecía peor que el anterior, y los primeros habían empezado a arder y escocer con un dolor que llegaba con retraso.

Le alcanzó en la parte de atrás de los muslos y ella aulló en protesta, pero milagrosamente logró no moverse. Otro golpe, y otro más, hasta que todo el trasero le ardía y respiraba con pequeños jadeos.

—Tres más —anunció él.

Pensó que quizá sería más suave, pero fueron los peores hasta entonces: rayas sobre rayas, líneas de fuego que la hicieron morderse el labio mientras las lágrimas le brotaban de los ojos.

Dejó caer el cinturón y la agarró por la cintura, levantándola del suelo para liberarla del marco de la puerta. Cuando la bajó y la giró, ella saltó sobre él, le rodeó la cintura con las piernas y le pasó las muñecas atadas por encima de la cabeza.

La llevó a la cama y la depositó, zafándose de su abrazo.

—Tu castigo casi ha terminado —dijo mientras le desenrollaba la cuerda de las muñecas.

La giró y le empujó el torso hacia abajo para que quedara doblada sobre el borde de la cama.

—De ahora en adelante, cada vez que tenga que castigarte por algo serio, lo recibirás por el culo después.

Se estremeció, medio excitada, medio aterrorizada. El tamaño de la polla de Ben hacía este castigo aún más intimidante, aunque no hubiera sido virgen anal.

Él fue hasta la mesita de noche y cogió un tubo de lubricante.

—Lleva las manos hacia atrás y sepárate las nalgas.

Cerró los ojos con fuerza, humillada por las instrucciones. Sin embargo, su cuerpo parecía disfrutar de aquella degradación; el coño le goteaba de excitación sobre los muslos mientras obedecía. Se estremeció al contacto del lubricante, frío y resbaladizo contra el ano tembloroso.

Ben se bajó la cremallera y dejó caer los pantalones al suelo. Nunca usaba bóxers ni calzoncillos porque solo le estorbaban si quería transformarse rápido. Su miembro se erguía ahora en todo su esplendor, apuntando hacia el trasero de ella con clara intención.

Ella volvió a mirar hacia la cama y agarró un puñado de sábanas.

Presionó la cabeza de la polla contra su entrada más íntima y la mantuvo allí, sin forzar, pero insistiendo.

Inspiró hondo y exhaló, obligándose a relajarse.

Él aprovechó la oportunidad y empujó con más fuerza, franqueando su entrada.

Jadeó ante el anillo de fuego mientras se dilataba para acogerlo.

Se deslizó hacia dentro centímetro a centímetro.

A cada instante estaba segura de que no podía acoger más, y sin embargo él no se detuvo, llenándola con su enorme polla hasta que por fin sintió el contacto de las caderas de él contra su trasero.

—Buena chica —arrulló él, y ella se relajó; aquel elogio la llenaba de satisfacción.

Se deslizó hacia fuera y de nuevo hacia dentro, y la sensación resultó demasiado intensa para disfrutarla. Sin embargo, el coño le palpitaba de excitación, desesperado por recibir atención.

Como si supiera exactamente lo que necesitaba, Ben le rodeó el cuerpo con la mano y deslizó los dedos sobre su sexo hinchado.

Ella gimió, presionándose contra sus dedos, ansiosa por más.

Poco a poco fue marcando un ritmo, follándole el culo con su enorme polla mientras los dedos le encontraban el clítoris.

Era demasiado: demasiado placer, demasiada intensidad, demasiado miedo al dolor. El dolor en sí había desaparecido.

—Ben —gimió ella.

—Lo estás haciendo tan bien, amorcita. ¿Estás lista para correrte?

—Sí... sí, por favor. Sí, señor —balbuceó ella.

Le frotó el clítoris con más fuerza al tiempo que aceleraba el ritmo, llenándola, llevándola al límite con un grito de éxtasis.

Y sin embargo, descubrió que no podía alcanzar el clímax, o al menos no como solía hacerlo, porque cuando los músculos se le contrajeron, el ano se le apretó alrededor de la polla de él y el dolor regresó.

En lugar de eso, se relajó, entregándose mientras él la embestía una y otra vez, hundiéndose profundamente en ella hasta soltar un grito de liberación. Las oleadas de placer posteriores al orgasmo la recorrieron, así que quizás sí había llegado al clímax.

Se retiró con cuidado y la llevó a la ducha, donde la sostuvo mientras el agua los limpiaba a ambos.

Ella se recostó contra él, con los ojos cerrados y el agua cayéndole por el rostro.

—¿Estoy perdonada? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta, pero quería oírla.

Ben le rodeó el cuello con la mano y le echó la cabeza hacia atrás para morderle la oreja.

—No vuelvas a mentirme nunca —gruñó, provocándole un escalofrío que le recorrió la espalda.

—No lo haré —dijo ella—. Te lo prometo.

—Te quiero —dijo él—. Pase lo que pase. No lo olvides.

Se le humedecieron los ojos.

—¿Cómo he tenido tanta suerte?

Él le besó la oreja.

—No —murmuró—. El afortunado soy yo.

Fin