El caso de la casa de al lado I. UN DESCUBRIMIENTO
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El caso de la casa de al lado

El caso de la casa de al lado

Por Anna Katharine Green

© inepub.com

I. UN DESCUBRIMIENTO

No soy una mujer curiosa, pero cuando, en mitad de cierta cálida noche de septiembre, oí que un coche se acercaba a la casa contigua y se detenía, no pude resistir la tentación de levantarme de la cama y echar una ojeada entre las cortinas de mi ventana.

En primer lugar, porque la casa estaba vacía, o eso se suponía, pues tenía motivos más que suficientes para creer que la familia seguía en Europa; y, en segundo lugar, porque, al no ser curiosa, a menudo me pierdo, en mi vida solitaria y de soltera, muchas cosas que me resultaría tan interesante como provechoso conocer.

Por fortuna, aquella noche no cometí semejante error. Me levanté y miré al exterior y, aunque entonces estaba muy lejos de comprenderlo, di así el primer paso de una investigación que ha terminado…

A primera vista, no gran cosa: tan solo un coche de alquiler corriente, detenido junto al bordillo de la casa vecina.

La farola que supuestamente ilumina nuestro tramo de la manzana se encuentra a unos cuantos metros de distancia, al otro lado de la calle, de modo que apenas distinguí las siluetas de un hombre joven y una mujer que estaban en la acera, debajo de mi ventana.

Sí pude ver, sin embargo, que era la mujer —y no el hombre— quien ponía el dinero en la mano del cochero.

Un instante después, ambos estaban en la escalinata de aquella casa cerrada desde hacía tanto tiempo, y el coche se alejó.

Como ya he dicho, estaba oscuro y no reconocí a los jóvenes; al menos, sus figuras no me resultaron familiares.

Pero cuando, un instante después, oí el chasquido de una llave y los vi desaparecer de la escalinata, tras tantear un buen rato la cerradura, di por sentado que el caballero era Franklin, el hijo mayor del señor Van Burnam, y que la dama era alguna pariente de la familia; aunque por qué precisamente él, su miembro más escrupuloso, llevaba a una invitada a semejantes horas a una casa desprovista de todo cuanto pudiera hacer cómoda la estancia incluso a la visita menos exigente, era un misterio sobre el que me retiré a meditar a la cama.

No conseguí resolverlo, sin embargo, y, transcurridos unos diez minutos, me acomodaba para dormir otra vez cuando un nuevo ruido procedente del mismo lugar volvió a despabilarme.

La puerta que tan poco antes había oído cerrarse se abrió de nuevo y, aunque tuve que correr, llegué a la ventana a tiempo de entrever la figura del joven, que se alejaba apresuradamente en dirección a Broadway.

La mujer no iba con él y, al comprender que la había dejado en aquella enorme casa vacía, aparentemente sin luz y, desde luego, sin compañía, empecé a preguntarme si aquello era propio de Franklin Van Burnam.

¿No encajaba mejor con la temeridad de su hermano Howard, de carácter más despreocupado y menos digno de confianza, quien dos o tres años atrás se había casado con una joven de antecedentes poco satisfactorios y a quien, según había oído, la familia había repudiado por ese motivo?

Fuera cual fuese de los dos, había demostrado muy poca consideración hacia su acompañante. Con ese pensamiento me quedé dormida justo cuando el reloj daba las doce y media de la noche.

A la mañana siguiente, en cuanto el decoro me permitió acercarme a la ventana, examiné minuciosamente la casa vecina.

Ni una persiana estaba abierta ni una contraventana se había movido.

Como soy madrugadora, aquello no me inquietó en un primer momento; pero cuando, después de desayunar, volví a mirar y seguí sin descubrir señal alguna de vida en la gran fachada desierta que tenía al lado, empecé a sentirme intranquila.

No hice nada hasta el mediodía, cuando salí al jardín trasero y comprobé que las ventanas posteriores de la casa de los Van Burnam estaban tan herméticamente cerradas como las delanteras.

Mi inquietud creció tanto que detuve al primer policía que vi pasar, le expliqué mis sospechas y le rogué que llamara al timbre.

No hubo respuesta.

—Aquí no hay nadie —dijo.

—¡Vuelva a llamar! —le supliqué.

Y volvió a hacerlo, pero con idéntico resultado.

—¿No ve que la casa está cerrada? —refunfuñó—. Tenemos órdenes de vigilarla, pero nadie nos ha ordenado dejar de hacerlo.

—Hay una mujer joven dentro —insistí—. Cuanto más pienso en lo ocurrido anoche, más convencida estoy de que habría que investigar el asunto.

Se encogió de hombros y estaba a punto de alejarse cuando ambos vimos a una mujer de aspecto vulgar que nos miraba de pie frente a nosotros.

Llevaba un bulto en la mano y, pese a su rubicundez poco natural, había en su rostro una expresión asustada que resultaba tanto más llamativa cuanto que se trataba de una de esas caras de palo que, en circunstancias normales, apenas son capaces de expresar nada.

No era una desconocida para mí; es decir, la había visto antes dentro o en las inmediaciones de la casa que tanto nos interesaba en aquel momento; y, sin detenerme a refrenar mi excitación, bajé precipitadamente a la acera y la abordé.

—¿Quién es usted? —pregunté—. ¿Trabaja para los Van Burnam? ¿Sabe quién era la dama que vino aquí anoche?

La pobre mujer, sobresaltada bien por lo repentino de mi interpelación, bien por mis modales, que acaso fueran un tanto bruscos, dio un rápido salto hacia atrás, y solo la proximidad del policía le impidió echar a correr.

Se quedó, pues, donde estaba, aunque el encendido rubor que tanto hacía destacar su rostro se acentuó hasta volverle escarlatas las mejillas y la frente.

—Soy la mujer de la limpieza —protestó—. He venido a abrir las ventanas y a ventilar la casa —añadió, sin hacer caso de mi última pregunta.

—¿Va a volver la familia? —preguntó el policía.

—No lo sé; creo que sí —respondió débilmente.

—¿Tiene usted las llaves? —exigí saber entonces, al verla hurgar en el bolsillo.

No respondió; una expresión taimada sustituyó a la inquietud que había mostrado hasta entonces, y se volvió.

—No veo qué les importa a los vecinos —murmuró, lanzándome por encima del hombro una mirada de disgusto.

—Si tiene las llaves, entraremos a ver si todo está en orden —dijo el policía, deteniéndola con un leve toque.

Temblaba; vi que temblaba y, naturalmente, me emocioné. Algo iba mal en la mansión de los Van Burnam, y yo iba a estar presente cuando se descubriera. Pero sus siguientes palabras truncaron mis esperanzas.

—No tengo inconveniente en que entre usted —le dijo al policía—, pero a ella no le doy mis llaves. ¿Qué derecho tiene a entrar en nuestra casa? —Y me pareció oír que murmuraba algo sobre una solterona entrometida.

La mirada que me dirigió el policía me convenció de que mis oídos no me habían engañado.

—La señora tiene razón —declaró; y, pasando a mi lado con muy poco respeto, se encaminó hacia la puerta del sótano, por la que él y la supuesta limpiadora no tardaron en desaparecer.

Esperé delante de la casa. Me pareció que era mi deber.

Los distintos transeúntes se detenían un instante para mirarme antes de proseguir su camino, pero no abandoné mi puesto.

Hasta que no supiera que la joven a la que había visto entrar por aquellas puertas a medianoche se encontraba bien, y que su tardanza en abrir las ventanas se debía únicamente a la pereza de las personas elegantes, no me sentiría autorizada a volver a mi casa y a mis asuntos.

Pero permanecer allí exigía paciencia y cierto valor.

Pasaron varios minutos antes de que viera abrirse las contraventanas del segundo piso, y aún más tiempo antes de que se alzara de golpe una ventana del primero y se asomase el policía, solo para encontrarse con mi mirada interrogante y desaparecer rápidamente de nuevo.

Entretanto, tres o cuatro personas se habían detenido en la acera cerca de mí, el núcleo de una multitud que no tardaría en congregarse, y yo empezaba a pensar que estaba pagando muy cara mi virtuosa resolución cuando la puerta de entrada se abrió violentamente y pudimos ver la figura temblorosa y el rostro desencajado de la mujer de la limpieza.

—¡Está muerta! —gritó—. ¡Está muerta! ¡Un asesinato! —Y habría dicho más de no haberla hecho retroceder el policía, con un gruñido que sonó muy parecido a un juramento contenido.

Me habría cerrado la puerta en las narices si yo no hubiese sido más rápida que el rayo.

Entré antes de que diera el portazo, y fue una suerte, porque en ese preciso momento la limpiadora, que había ido palideciendo por instantes, se desplomó en la entrada.

El policía, que no era el hombre a quien yo hubiera deseado tener cerca en ningún apuro, pareció algo desconcertado por aquella nueva emergencia y dejó que yo levantara a la pobre mujer y la arrastrase hacia el interior del vestíbulo.

Se había desmayado y había que atenderla; pero, por mucho que siempre me empeñe en prestar ayuda donde se necesita, no bien llegué con mi carga a la altura de la puerta del salón, contemplé algo tan aterrador que, sin querer, dejé que la pobre mujer se me escurriese de los brazos y cayera al suelo.

En la oscuridad de un rincón en penumbra —pues la habitación no recibía más luz que la que entraba por la puerta donde yo estaba— yacía una mujer bajo un mueble volcado.

Solo se veían sus faldas y sus brazos extendidos; pero nadie que observara el rígido contorno de sus miembros podía dudar por un instante de que estaba muerta.

Ante una visión tan espantosa y, pese a todos mis temores, tan inesperada, sentí un mareo que un instante después podría haber terminado en otro desmayo, de no haber comprendido que no podía permitirme perder el juicio en presencia de un hombre al que tampoco le sobraba.

Así que me sobrepuse a mi debilidad momentánea y, volviéndome hacia el policía, que vacilaba entre la mujer inconsciente tendida fuera de la habitación y la muerta que yacía dentro, exclamé con brusquedad: