CAPÍTULO 23
La boda se celebró la primavera siguiente, en abril, exactamente dieciocho meses después de aquel primer paquete mal dirigido que había cambiado el rumbo de ambas vidas.
Eligieron un jardín botánico a las afueras de la ciudad, con vistas parciales al lago Washington, en una de esas raras tardes de primavera en que el sol decidía colaborar con los planes de la gente en lugar de imponer su propia agenda de lluvia constante.
Pearl, completamente recuperada de la cadera y con un bastón decorativo que insistía en usar más por estilo que por necesidad real, ocupó un lugar de honor en la primera fila, declarando a quien quisiera escucharla que aquella boda era, en parte, mérito suyo, por haber metido prisa a los novios el verano anterior.
Marlow caminó hacia el altar improvisado entre las flores con un vestido sencillo de color marfil, sin ningún adorno excesivo, sujetando un ramo pequeño de flores silvestres que Sunny había insistido en cultivar ella misma en su jardín durante meses, y cuando vio a Dash esperándola al final del camino, vestido con un traje azul marino que hacía juego, casi a propósito, con el color de su antigua chaqueta de cartero, sintió que todas las dudas que alguna vez había tenido sobre el futuro se disolvían por completo.
—Estás preciosa —murmuró Dash cuando ella llegó a su lado, tomándole las manos.
—Tú no estás nada mal tampoco, para ser un hombre que sigue sin saber encender una chimenea a la primera.
—Eso fue un incidente aislado, ya lo discutimos.
El oficiante, un amigo de la familia de Dash que llevaba años ejerciendo de forma ocasional para bodas de conocidos, los guió a través de unos votos sencillos que ambos habían escrito por separado, sin enseñárselos el uno al otro de antemano, y que resultaron, sorprendentemente, hablar de las mismas cosas: de paquetes mal dirigidos, de risottos imperfectos, de tés de jengibre y conversaciones a deshora, de la certeza tranquila de haber encontrado, en medio de la rutina de una ciudad gris y lluviosa, a la persona exacta con quien construir todo lo demás.
—Te prometo —dijo Dash, con la voz quebrada por la emoción que ya no intentaba disimular— seguir aprendiendo de ti cada día, seguir escuchando tus conspiraciones, reales o inventadas, y seguir eligiendo esta vida contigo, una y otra vez, incluso en los días grises que en esta ciudad, sospecho, no van a escasear nunca.
—Te prometo —respondió Marlow, con lágrimas que ya no intentaba contener tampoco— seguir entregándote, literal y figuradamente, todo lo importante que tenga que darte durante el resto de mi vida, incluso si a veces tarda un poco en llegar a la dirección correcta.
Cuando el oficiante los declaró marido y mujer, el beso que siguió fue celebrado con aplausos y silbidos de Wren, lágrimas abiertas de Sunny, y el golpeteo entusiasta del bastón de Pearl contra el suelo del jardín, un sonido que se mezcló con la música y las risas de los invitados durante el resto de la celebración, que se extendió hasta bien entrada la noche, bajo guirnaldas de luces que imitaban, de forma deliberada, las luces navideñas de aquella primera Nochebuena compartida.