El Cártel de Sangre (Serie Kat Drummond 2) 21. 21
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—Vete, Kat —dijo Pranish, acunando a Trudie en sus brazos. Sus lágrimas habían dejado de fluir hacía siglos, pero tenía los ojos hinchados y la cara empapada. Su máscara de hockey blanca yacía en el suelo, a su lado—. Yo cuidaré de ella.

—¿Y si hay más vampiros? —pregunté. No podía apartar la vista del resplandor sobrenatural que provenía de la isla Robben.

Brett ya estaba ocupando su lugar al volante de la lancha motora. Me subí a su lado. Era la primera vez que subía a un barco y el balanceo me ponía nerviosa. Aunque no tanto como la visión de aquellas cadenas espectrales y aquel resplandor.

¿Por qué estaba haciendo esto? Trudie estaba a salvo. No me pagaban. El momento de ser una heroína ya había pasado. Mi objetivo estaba cumplido. Fuera lo que fuese aquello que venía de la isla, no era asunto mío. No tenía por qué arriesgar más mi vida.

¿Pero por qué subí entonces a la lancha, y por qué Brett arrancó el motor y salimos disparados?

—No me gusta ese resplandor. Se percibe como maldad —dijo Treth—. Tenemos que detenerlo.

Era justo eso, ¿verdad? Era lo que había que hacer. Había maldad y yo tenía que detenerla.

Empecé este relato diciéndoos que no deberíais ser héroes.

Seréis rechazados. Seréis heridos. Moriréis.

Y soy una buena autoridad en la materia.

Mientras cada ola y cada rastro de agua salada nos golpeaban mientras surcábamos el agua hacia la isla Robben y nuestra muy probable muerte, el pensamiento real de mi propio fin estaba en primer plano de mi mente.

Sin embargo, significaba muy poco. Tenía que ser así.

No puedes preocuparte simultáneamente por tu vida y por ser un héroe.

Tienes que priorizar una de las dos cosas.

Así que hacedme caso. No seáis héroes. No es un destino que le desearía a nadie a quien aprecie. Escuchadme, porque sé lo malo que puede llegar a ser. Sé que moriré. Yaceré magullada, apaleada y sangrando.

Moriré.

Y eso será todo.

Las sombrías costas de la isla Robben, iluminadas ligeramente por el resplandor alienígena de las anclas y la vil energía, se acercaban rápidamente cuando oímos los chillidos.

Gritos horribles y bestiales. Primero pensé en sirenas, pero se supone que ellas suenan embriagadoras.

Estos chillidos me helaron la sangre e hicieron que mi corazón se saltara un latido.

Eran los gritos de un depredador honesto.

Oscuras siluetas aéreas se nos acercaron, batiendo alas de murciélago.

Pero no eran murciélagos, ni siquiera vampiros murciélago.

Tenían el tamaño de hombres corpulentos, con rastas flotantes y dientes del tamaño y la forma de espadas.

Su piel era una combinación moteada de rojo y blanco fantasmal, con manchas de color ceniciento y gris carbón.

No llevaban armas, pero no las necesitaban.

Sus manos y pies eran rastrillos y garras, tan afilados y brutales como sus dientes.

—¡Toma el volante! —gritó Brett por encima del motor, el oleaje y los chillidos.

Yo nunca había conducido siquiera un coche (excepto el de mi padre en la granja cuando era muy pequeña, y aquello no salió muy bien), y los barcos eran harina de otro costal.

Agarré los controles, muy parecidos a los de un coche, y me sujeté, reuniendo todas mis fuerzas para mantenernos centrados hacia la orilla.

Brett apuntó con su AK saqueado y abrió fuego con la munición que había recuperado en el muelle.

Una lluvia de balas repicó contra los monstruos que se cernían sobre nosotros, pero el esfuerzo ni siquiera se vio recompensado por un simple chorro de sangre, a pesar de que habría jurado que al menos unos cuantos proyectiles habían dado en el blanco.

—¡Pensaba que había matado al último de vosotros, cabrones!

—gritó Brett, recargando y abriendo fuego de nuevo.

Debía de haber visto a esas criaturas antes.

No se parecían a ninguna forma de vampiro que yo hubiera visto jamás pero, como diría Miriam, cuanto más aprendías sobre los vampiros, menos sabías.

Ni siquiera podían considerarse una especie.

Solo podía llamarlos una aflicción. Una plaga para la vida.

Nos precipitábamos cada vez más hacia la orilla y las criaturas.

Brett se colgó el AK de nuevo a la espalda y me apartó del asiento del conductor.

Le cedí el control y desenvainé mis espadas justo a tiempo, cuando una criatura aterrizó sobre nosotros, con sus dientes hinchados y desmesuradamente grandes mordiendo mi hoja.

Con mi espada libre, apuñalé su pecho, pero mi arma rebotó en su piel dura como el acero.

Brett dio un viraje brusco con la lancha, haciendo que la criatura soltara mi espada y saliera volando unos metros hacia atrás, mirándonos con ojos rojos, parecidos a los de un pez.

El giro terminó abruptamente cuando la lancha encontró la resistencia de una orilla arenosa y casi pierdo el equilibrio .

Tres de las criaturas sobrevolaban nuestras cabezas.

Se quedaron en silencio, por un segundo, mientras yo les apuntaba con mis espadas y Brett les encañonaba con su escopeta y su AK, a dos manos.

Nos chillaron al unísono y me costó toda mi fuerza de voluntad no taparme los oídos.

Fue una suerte que no lo hiciera, ya que una de las criaturas se lanzó hacia nosotros y solo mis dos espadas bloquearon el zarpazo de sus pies como rastrillos.

Brett abrió fuego contra ella, y aunque el estallido de la escopeta no atravesó su carne, el impacto sí logró apartarla.

—¡Sigue adelante, Kat! —gritó él. Fue una de las pocas veces que pronunció mi nombre correctamente.

Desvié un golpe de otra de las criaturas.

—¡¿Qué?! —le grité.

—¡Agáchate! —aulló Treth, y así lo hice. La criatura aterrizó frente a mí, rompiendo el costado de la lancha. Intenté apuñalarla, pero mi espada tintineó como si golpeara un yunque.

—Yo me encargo de estos garkains. ¡Sigue adelante! ¡Detén lo que sea que estén haciendo!

El ala de una de las criaturas rozó contra mí, pero aun así se sintió como un puñetazo. Caí al suelo y vi aparecer las botas de Brett ante mí en un instante. Su escopeta tronó y su AK dejó escapar una melodía estridente. Las detonaciones cesaron por un segundo y él me levantó.

—¡Vete! —dijo, mirándome a los ojos. Hablaba en serio. Estaba asustado, pero hablaba muy en serio.

—¡Morirás!

Forzó una pequeña sonrisa.—Lo dudo. Se me da bastante mal lo de morir.

Me empujó fuera de la lancha hacia la arena. Dos garkains me miraron, pero unos disparos rápidos a sus caras atrajeron su atención de nuevo hacia Brett.

—Vete, Kat —dijo Treth—. No dejes que su sacrificio sea en vano.

Mis hojas se hundieron en la arena mientras las usaba para ayudarme a levantar. Avancé a gatas, hacia la luz y lejos de la playa.

No dejaría que Brett muriera. Detendría todo esto —fuera lo que fuese— y luego volvería para ayudarle. Se lo debía.

Crucé el umbral de la playa arenosa hacia el follaje agreste y me detuvo la luz azul que tenía delante de mí.

Me cegó temporalmente con su esplendor alienígena y, cuando mis ojos se recuperaron, no podía creer lo que veía.

Cadenas colosales se extendían tan alto como la propia luna y habían perforado el suelo como arpones en la carne de una ballena.

Las grietas en la Tierra formaban telarañas desde cada cadena y, entre las monstruosidades, un portal azul se abría desde el suelo no muy lejos de mí. Justo detrás del siguiente montículo.

¿Qué estaban invocando?

—Nada bueno —dijo Treth. Cada vez más, sentía que podía leerme el pensamiento, o que se le estaba dando muy bien adivinar lo que estaba pensando.

—No sé mucho sobre vampiros —continuó Treth—. Pero lo que sí sé es lo mismo que tú: son peligrosos. Demasiado peligrosos para permitirles vivir. Vamos. Yo te guardaré las espaldas.

Asentí, comprobando si mis espadas habían sufrido daños tras sus enfrentamientos con los garkains. Estaban melladas y astilladas. Necesitaría repararlas o reemplazarlas. Pero no podía hacer eso ahora. Avancé, con espadas dañadas o sin ellas.

La colina de arena que había subido desde la playa descendía hacia una carretera plagada de baches.

Oía los disparos de Brett y los chillidos de los garkains, pero poco más desde ninguna dirección.

Aun así, avancé hacia el centro de todo, cruzando la calle y deteniéndome cerca de una choza en ruinas de ladrillos vistos.

No había señales de vida ni de no-vida allí.

Era solo otro símbolo de decadencia en esta sociedad que se desmoronaba.

Pasé de largo el edificio y subí el siguiente montículo.

Ante mí se extendía una zona bien iluminada y llena de tanta actividad como el parqué de una bolsa de valores.

Gente, vestida con ropas variadas, corría entre sus respectivas estaciones.

Muchos estaban ante ordenadores, tecleando sin parar.

Otros hablaban por teléfonos móviles. Un círculo de ellos parecía estar meditando.

Algunos empuñaban armas de fuego, vigilando por si aparecían invasores como yo.

La mayoría, sin embargo, transportaba cadáveres hacia el centro de la actividad, hacia una grieta en la existencia, de la que sentía emanar un mal puro y sin adulterar.

Un horror primigenio de oscuridad cósmica.

—¿Lo sientes? —preguntó Treth.

Tragué saliva y asentí. Me alegraba de que hubiera hablado. Me distraía de esa sensación.

—Siento vidas terminando —continuó él—. Cada persona que se acerca demasiado a esa grieta, es extinguida. Más de lo que fui yo. Ni siquiera permanece el espíritu. Son borrados de la existencia. Devorados hasta quedar secos incluso de la esencia de la vida.