El Cártel de Sangre (Serie Kat Drummond 2) 16. 16
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Tras entrevistar infructuosamente a los investigadores de Puretide y a los posibles testigos, pasé el resto del día repasando febrilmente cada noticia relevante, cotilleo de cazadores y batiburrillo de investigaciones paranormales que pude encontrar.

Esto me llevó horas y horas. Horas en las que ni comí ni bebí.

Solo paré una vez para ir al baño y continué mi investigación allí mismo con el móvil.

Mi búsqueda se prolongó hasta bien entrada la noche.

Había demasiado que analizar. Mímicos. Nigromantes.

Magia de desaparición. Y desapariciones reales.

Tantas desapariciones. Antes y después de que yo hubiera matado al mímico.

Mi salón se llenó de notas esparcidas. Había pegado muchas en las ventanas, incluido un gráfico que mostraba las desapariciones denunciadas por días.

Tras la eliminación del mímico, hubo un descenso innegable en las desapariciones.

Pero la cifra volvía a subir y, con los sucesos del Eternity Lounge, estaba alcanzando cotas nuevas.

Cincuenta personas se habían esfumado a altas horas de la noche, sin dejar rastro.

Aquello era motivo de preocupación. El hecho de que la Ciudad no estuviera haciendo nada al respecto lo hacía aún peor.

Decenas, si no cientos de personas, habían desaparecido sin dejar rastro.

Incluso en una ciudad llena de monstruos, aquello era inusual.

Los monstruos dejaban mucha sangre. Pero esto.

.. esto no dejaba nada. Y por eso me sentía impotente.

Sin huellas. Sin rastro de la víctima ni de su asesino.

Sin indicios de que hubiera habido algún muerto en primer lugar.

Al menos con el caso del mímico, tuve algún tipo de pista.

Drake había hecho casi todo el trabajo por mí.

Como no dejaba de recordarme, no soy detective.

Soy una estúpida cazadora de monstruos. Un instrumento romo.

Y aunque esto no había importado mucho en el pasado, pues siempre me las apañaba para salir adelante, ahora sentía verdadera desesperación.

Mi amiga estaba en apuros y yo no podía hacer nada.

Trabajé durante una eternidad, pero incluso cuando mis ojos se nublaron de tanto mirar la pantalla y el papel, no sentía que supiera nada más que antes.

—¡Maldita brecha, Trudie...! —dije en voz alta, repasando de nuevo el gráfico de desapariciones, buscando algún patrón. Los ojos se me habían humedecido un poco durante ese rato, pero siempre mantenía a raya las lágrimas de frustración.

—La encontraremos —dijo Treth.

Yo no tenía su confianza. ¿Cómo iba a tenerla? No sabía nada. Sentía que sabía incluso menos que cuando había empezado la investigación.

Me rugieron las tripas.

—Tienes que comer —dijo Treth, con la voz llena de genuina preocupación.

Alargué la mano hacia el teléfono para consultar otro portal de noticias, para ver si la policía se había interesado lo más mínimo, cuando los retortijones de hambre me golpearon y se volvieron insoportables.

Imaginé que así debían de sentirse los zombis todo el tiempo.

Sentí un poco de lástima por ellos. Solo un poco.

—Está bien —dije, y me dirigí a mi minúscula cocina contigua al salón.

No tenía muchas existencias. No tenía ganas de cocinar nada. Estaba demasiado cansada. Así que simplemente metí un poco de pan en una tostadora pagada por un chucho vampiro menor que ahora estaba muy muerto. Me senté a esperar a que saltaran las tostadas.

No supe que me había quedado traspuesta hasta que me despertaron el salto simultáneo de las tostadas y el timbre de mi teléfono.

Ambos sonidos me sobresaltaron, dejándome en un estado de confusión borrosa.

Respiré hondo varias veces y luego cogí el teléfono, ignorando las tostadas.

Tenía la pequeña esperanza de que fuera Trudie, diciéndome que todo estaba bien.

Pero el número era desconocido. Ni siquiera mostraba los dígitos.

Identidad de llamada oculta y todo eso. Hice una mueca.

Odiaba a la gente así. Sobre todo estafadores y teleoperadores.

Siguió sonando y mi irritación se convirtió en curiosidad. Nadie llamaba a estas horas. Ni siquiera los teleoperadores. Estaba cerca de la medianoche. ¿Qué podía ser?

Y entonces sentí una fuerte inquietud. Nadie llamaba a esta hora de la noche. Solo unas pocas personas estaban despiertas a estas horas. Personas como yo, y la gente a la que yo cazaba.

A pesar de mi buen juicio, respondí.

El teléfono se llenó de una fuerte estática. No era ese siseo agudo de una mala línea, sino un estruendo profundo. Oí una respiración profunda al otro lado, ocultada por un modulador de voz.

—¿Diga? —dije.

—Hola, Kat —respondió la voz, profunda como el pozo de una mina y con el sonido de una nube de tormenta. Me provocó escalofríos. Consideré colgar en ese mismo instante, pero no soy ninguna cobarde.

—¿Quién es? —pregunté, reuniendo la voz más confiada que pude.

—Eso no es importante, Kat. —La forma en que la voz pronunció mi nombre me dio ganas de acurrucarme como una bola—. Lo que importa es el destino de tu amiga.

—¡Escucha bien, cabrón! —Todo el miedo desapareció y empecé a gritar—. ¡Nadie toca a mis amigos y nadie usa a mis amigos contra mí! Como le toques un pelo de la cabeza a mi amiga, acabo contigo.

—No tengo el privilegio de la compañía de Trudie, Kat. Lo que sí tengo, en cambio, es información.

—¿Sabes dónde está? —seguía echando humo, pero cambié el tono ante tal afirmación. Estaba en modo instinto total. Tenía que hacer lo que fuera necesario.

—Lo sé.

—¡Dímelo!

—Te gusta el comercio, ¿verdad, Kat?

No respondí. No sabía qué tenían que ver mis opiniones sobre economía con esto.

—Hagamos un trato. Un favor por otro favor.

Hice una pausa. ¿Un favor... para este humano o criatura? Tendría que estar loca. Pero Trudie...

—¿Qué favor?

—Te daré la información que necesitas para salvar a tu amiga, y a otros. A cambio, ignorarás un aviso. Tu jefe te llamará en cualquier momento. No contestarás al teléfono.

Abrí la boca para hablar.

—Lo sabré. Y además, vas contrarreloj. No puedes trabajar y recoger la información. Así que tienes una elección. ¿Qué será? ¿El trabajo o la vida de tu amiga?

—¿Dónde está la información? —respondí sin vacilar. La idea de colaborar con este horror desconocido me ponía enferma, pero mi amiga era lo primero.

—Eres predecible, Kat. Me gusta. Puedes recoger la información en la esquina de las calles Florence y Wrensch. Estará pegada debajo de un banco.

Iba a colgar. La voz habló de nuevo.

—No me traiciones, Kat. Lo sabré.

Colgué.

Realmente debería haber pedido un taxi, pero no estaba pensando con claridad. Todo lo que sabía era que tenía una dirección. Una pista. Algo que podría llevarme hasta Trudie y lo que fuera o quien fuera que la tuviera retenida.

Ignoré las incesantes llamadas de Conrad, tal y como se me ordenó.

No era propio de él llamar a estas horas.

Y aún menos propio de mí no cogerlo. Pero no podía responderle aunque me estuviera permitido.

Estaba corriendo a toda velocidad por las calles de Hope City, hacia Florence y Wrensch.

Me ardían los pulmones por el esfuerzo, ya que no aflojé el ritmo del esprint.

Sabía más o menos dónde estaban esas calles.

Recorría mucho la ciudad en mi línea de trabajo y me había aprendido muchos nombres de calles y barrios.

A veces, tenía que dar indicaciones a los taxistas, normalmente expertos en callejear, que a menudo me llevaban de un sitio a otro.

La avenida Florence y la calle Wrensch estaban cerca de las vías de tren en desuso en Observatory.

Un poco más al norte que el Gravekeeper.

No era un mal barrio. Hacía mucho trabajo en sus calles solo a medio degradar.

Al menos la voz espeluznante no me había dicho que me adentrara en los barrios bajos.

Me desplomé exhausta al llegar a Rosebank. Había estado corriendo lo que parecieron horas. Mientras respiraba y trataba de no vomitar, miré mi teléfono y me di cuenta de que habían pasado casi treinta minutos. No estaba ni a mitad de camino. También tenía cuarenta y tres llamadas perdidas.

Un cronómetro, había dicho la voz. Tenía un tiempo limitado para llegar allí.

¡Maldita brecha, Kat. Contrólate! Tu amiga necesita que estés más fría de lo normal, no menos.

Había recuperado un poco el aliento y fui a marcar el número del servicio de taxis.

—No hay taxis disponibles. Disculpen las molestias.

Típico, joder. Siempre en el peor momento.

Levanté la vista del móvil. Estaba en la acera de una calzada bastante ancha.

Solía ser bulliciosa, pero a estas horas de la noche no había nadie.

Oía algo de tráfico en la autopista, a lo lejos, pero esta era básicamente una carretera suburbana, a pesar de su tamaño.

No había madres en monovolúmenes transportando a sus hijos a estas horas.

Al menos las farolas estaban encendidas.

Me sentí un poco inquieta. Calles silenciosas que solían ser ruidosas.

Farolas parpadeando en la penumbra. Era justo como mi encuentro con la figura encapuchada en North Road, hacía meses.

Entonces me habían estrangulado con magia oscura.

Había pensado que la figura encapuchada era el nigromante al que me pagaban por rastrear, pero me equivoqué.

Seguía sin saber nada de ellos, y el único hombre que posiblemente podría habérmelo dicho había sido eviscerado por mi cuchillo.

—¿Falta mucho? —preguntó Treth.

—Muchísimo. —Fruncí el ceño y luego me tembló el labio. No, Kat. No es el momento. ¿Pero cómo iba a llegar allí? No podía correr toda la noche. Y mi equipo me lastraba.

—¿Y si...? —empezó Treth, y luego se detuvo.

—¿Y si qué? —Entonces me fijé en lo que él había visto. Una bicicleta, mal encadenada a un banco de la calle.

—No, Treth. No somos ladrones.

—Situaciones desesperadas, Kat. Y puedes devolverla al volver.