El Cártel de Sangre (Serie Kat Drummond 2) 15. 15
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Estaba en la acera con mi equipo de caza de monstruos completo cuando Pranish apareció derrapando al girar la esquina y se detuvo en seco.

La señora Ndlovu estaba allí mismo, arrancando malas hierbas, y parecía a punto de ponerse a gritarle de todo a Pranish.

La expresión de nuestras caras hizo que se lo pensara mejor.

—¿Qué ha pasado? Con exactitud y de forma comprensible, por favor —le pregunté a Pranish después de sentarme, mientras él hacía un rápido giro en U para volver por la calle.

—Trudie nos llevó al Eternity Lounge.

—¿A ti y a ella?

—Y a una de sus nuevas amigas. Una chica llamada Stephanie. Lo de siempre. Música alta, alcohol demasiado dulce...

—Al grano, Pranish.

—Perdona... me marché pronto. Pensé que Stephanie y Trudie podrían cuidarse entre ellas.

Son adultas. Pero... esta mañana he tenido un mal presentimiento.

He llamado a Trudie y su móvil se ha ido directamente al buzón de voz.

He llamado a sus padres. No la habían visto.

Pensaban que se quedaba conmigo o contigo. Y entonces he llamado al local...

Pranish frenó bruscamente en un semáforo en rojo, con el morro del coche bastante pasado de la línea. Tamborileó con los dedos con impaciencia y ansiedad.

—¿Qué han dicho?

—Tampoco han contestado...

No culpaba a Pranish por su estado de nervios. Yo también tenía un mal presentimiento sobre esto.

—¿Entonces vamos al Eternity Lounge?

Pranish asintió.

El semáforo se puso en verde y Pranish salió disparado como un piloto de rallies.

El Eternity Lounge estaba acordonado por cinta roja y azul.

Puretide. Debía de ser la agencia de seguridad paranormal preferida del edificio.

No es que la agencia me cayera mal exactamente.

Hacían un buen trabajo. Claro, eran mi competencia, pero eso nunca me había afectado realmente.

Yo jugaba en otra liga, era una principiante.

No se podía esperar que me enfrentara a una horda de cien zombis o a un vampiro superior.

Aun así, su presencia en el Eternity Lounge me hizo sentir más inquieta de lo que me había sentido en mucho tiempo.

Pranish aparcó su coche de cualquier manera cerca de una furgoneta de Puretide. Técnicamente no era legal, pero no estábamos para normas de tráfico ni para aguantar la ira de las megaagencias. Lo peor que podía pasar era que nos obligaran a movernos.

Salí del coche mientras un tipo que llevaba un chaleco de combate de Puretide se acercaba a nosotros. Su expresión irritada se transformó en sorpresa al reconocerme.

—¿Drummond?

Asentí con rigidez .

—¿Por qué la oficina central está contratando autónomos? ¡Podemos encargarnos de esto!

Yo no conocía al tipo, pero él a mí sí. Conrad tenía razón. Tenía reputación.

—Esto no es oficial. Mi amiga fue vista por última vez en el club. ¿Qué ha pasado?

Su rostro se volvió sombrío. Evitó mi mirada.

—Lo siento, Drummond. Recibimos el aviso a las cuatro de la madrugada. Saltó la alarma, pero cuando llegamos, el lugar estaba vacío. Sin signos de forcejeo. Todavía estamos haciendo las pruebas mágicas. También estamos comprobando si hay una brecha inversa.

Me dio un vuelco el corazón. Una brecha inversa era, técnicamente, solo una grieta.

Pero en vez de escupir monstruos y magia a nuestro mundo, absorbía cosas de la Tierra y las escupía en otro lugar.

Nadie que hubiera atravesado una grieta había regresado jamás a su mundo.

Ni siquiera sabíamos si alguno sobrevivía.

Debí de dejar que se notara mi horror, ya que el tipo de Puretide levantó las palmas de las manos.

—No hay por qué asustarse. Todos los muebles y las bebidas siguen ahí dentro, así que estoy bastante seguro de que no ha sido una grieta.

—¿Asustarse? No me estoy asustando. ¿O sí? Solté un suspiro de alivio. Una grieta lo absorbería todo, como un agujero negro.

—¿Alguna sospecha?

—Eso es un poco confidencial. —Se removió inquieto. Me acerqué más a él. Bajó la vista hacia las empuñaduras de mis dusacks gemelos. Yo ignoré la culata de su calibre 45.

—No estoy compitiendo por el dinero aquí. Mi amiga estaba ahí dentro. Esto es personal.

—Aun así, podrían despedirme... a menos que la asignen al caso. Si consigue el visto bueno de la central, entonces puede hacer lo que quiera.

Giré sobre mis talones y me alejé del tipo. No le culpaba por no ceder. Hoy no estaba en mi mejor nivel de intimidación. Pranish seguía sentado en el coche, con las manos aún en el volante. Me asomé por su ventanilla. Estaba murmurando para sí mismo. Le agarré el hombro y dio un salto.

Al ver que era yo, se calmó. —No debería haberla dejado sola, Kat. Ambos sabemos cómo actúa. Cuida de todo el mundo, pero no se preocupa lo más mínimo por su propia seguridad.

—No podrías haber hecho nada. Si te hubieras quedado, ahora tendría que estar buscándoos a los dos.

Asintió, pero detecté que no estaba satisfecho. Se sentía responsable. Al cuerno con la lógica. Era cosa de hombres. No importaba que no hubiera podido hacer nada. Lo único que importaba era que no lo hizo. La impotencia no era algo que nadie quisiera sentir.

Me aparté de la ventanilla y me apoyé en el coche, de frente al club. Los tipos de forense de Puretide entraban y salían. Un tipo con equipo de combate fumaba con un poli. El tipo con el que había hablado antes se unió a ellos.

Cada segundo que desperdiciaban en esta investigación rutinaria que no les importaba personalmente era un segundo en el que yo podría estar rastreando y salvando a Trudie de cualquier cosa terrenal o de otro mundo que la hubiera atrapado.

Saqué mi teléfono como quien desenvaina un cuchillo y llamé a Conrad.

—¿Kat? Es domingo. No trabajo los domingos.

—Desaparición masiva en el Eternity Lounge, en el Casco Antiguo. Puretide tiene el lugar acordonado.

—¿Por qué debería importarnos?

—Mi amiga estaba allí dentro. La gótica.

Una pausa. Continué.

—Quiero que me asignen al caso.

—Será difícil, Kat. Y no hay mucho dinero. No estoy muy seguro de que valga la pena.

—Mi amiga ha desaparecido, Conrad. Me importa un carajo el puto dinero.

Una pausa y un suspiro. —Veré qué puedo hacer, pero no te hagas ilusiones. Hará falta mover muchos hilos. Muchos favores...

—¿Kat?

Me giré y ante mí estaba Andy, vestido con una sudadera de forro polar y vaqueros. Reprimí mi sorpresa lo mejor que pude y señalé mi teléfono. Él habló de todos modos.

—No hace falta mover hilos. Ya está hecho. He conseguido que mi padre nos dé carta blanca ahí dentro.

La conmoción duró un segundo, y entonces le dije a Conrad: —Olvídalo. He encontrado una forma de entrar.

—Buena suerte, Kat. Y no desperdicies todo el domingo.

Me guardé el teléfono en el bolsillo y me volví hacia Andy.

—¿Cómo te has enterado?

—Sabía que Trudie estaba anoche en el Eternity Lounge. También sabía que hoy no ha entregado a tiempo nuestro proyecto de grupo. No contestaba al teléfono, así que sabía que algo pasaba. He tenido el presentimiento de que estarías aquí, así que he hecho que mi padre agilice una orden.

Arqueé una ceja. Me pareció un poco extraño, pero esta era una ciudad extraña.

—Gracias. ¿La tienes?

—Sí. —Sacó una hoja de papel con un sigilo legimántico impreso en ella. Un trozo de papel verdaderamente poderoso. Si Puretide lo desobedecía, estarían violando las leyes más altas del Estado de Buena Esperanza .

Alargué la mano para cogerla. Andy la retiró. Noté una sonrisa ligeramente divertida. ¿Era un juego?

—Yo también entro. Necesitarás otro par de ojos.

¿Qué esperaba conseguir? No era detective.

Ni siquiera era un cazador de monstruos.

Lo único que haría sería distraerme. Poco a poco, el afecto que había sentido por él empezó a enfriarse.

Solo un pelín. Pero solo intentaba ayudar.

No podía dejar que mi enfado por este caso afectara a lo que pensaba de él.

—Está bien —cedí—. Vamos.

El mismo tipo de Puretide de antes intentó detenernos en la cinta, pero una lectura de la orden nos permitió pasar. Los forenses de Puretide incluso se marcharon para dejarnos el lugar a nuestra entera disposición.

Solo había estado en el Eternity Lounge una vez.

Parecía muy distinto entonces. Había estado inundado de gente, vibrando con luces intermitentes y lleno de una música ensordecedora.

Ahora, estaba silencioso y vacío. Sus persianas, habitualmente cerradas, de unas ventanas altas, estaban abiertas, dejando entrar una luz natural que se acumulaba en los suelos de hormigón pintados de negro.

No era un club grande. Simplemente parecía grande cuando lo habitaba un océano de gente.

Ahora, con solo Andy y yo dentro, era mucho más pequeño que el Gravekeeper.

Una pista de baile estrecha se encontraba en una parte hundida del suelo, con una cabina de DJ justo encima.

Todo el equipo de DJ, parte del cual costaba más que todo mi patrimonio neto, seguía en el lugar donde lo habían dejado anoche.

Subiendo desde la pista de baile, un nivel abarrotado a la altura de la calle culminaba en una barra de bar morada en forma de media luna.

Vasos y botellas a medio beber cubrían la superficie.

Billetes y monedas de todas las denominaciones estaban esparcidos entre charcos de licor y ceniza de cigarrillo.

Era como si alguien le estuviera pasando el dinero a otro cuando ambos simplemente desaparecieron.

—No parece un robo —dijo Andy—. Se han dejado demasiados objetos de valor.

Se agachó para examinar una botella de cerveza rota. No tenía por qué deberse a un forcejeo. La gente borracha tiende a olvidarse de las papeleras. Proseguí sin decir palabra, buscando... cualquier cosa.

Pero no había nada que indicara que este fuera mi tipo de caso. Sin marcas de arañazos. Sin sangre. Sin más daños que los habituales que encontrarías en un bar de mala muerte.

—Es como si se los hubiera llevado el Rapto —dije.

—¿Cómo?