El Cártel de Sangre (Serie Kat Drummond 2) 1. 1
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El Cártel de Sangre (Serie Kat Drummond 2)

El Cártel de Sangre (Serie Kat Drummond 2)

Por Nicholas Woode-Smith

© inepub.com

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—No intentes ser una heroína.

A la gente no le gustará que lo seas. Probablemente ni siquiera te gustará a ti misma. Y es ley de vida que ninguna buena acción queda sin castigo.

Pero esa es solo mi forma de verlo. Y no soy objetiva. Cualquiera dejaría de serlo si se encontrara en una vieja sala de tribunal de la era previa al Cataclismo, gris y austera, frente a un magistrado de rostro severo con un mazo del tamaño del puño de un trol.

Matar monstruos es a lo que me dedico, pero, al parecer, los monstruos metafóricos son algo más complicados.

Claro, matas a unos cuantos miles de zombis, necrófagos y otros no muertos variados y te dan una medalla y un cheque (pasable), pero como se te ocurra enterrar a un nigromante, prepárate para cumplir condena.

No importaba que ese nigromante hubiera asesinado a cientos de personas.

No importaba que hubiera alzado a la mayoría y hubiera hecho que los cadáveres vivientes mataran a más gente todavía. No importaba que mereciera morir.

Estaba la ley, y luego estaba lo que es justo. En mi mente, yo estaba en el lado correcto. La ley estaba en el otro.

—¿Su nombre es Kat Drummond? —preguntó el magistrado.

—Sí —respondí. Mi abogado, un joven de oficio recién salido de su último examen, se balanceaba de lado a lado como si estuviera jugando a la patata caliente con las plantas de los pies.

Había hablado brevemente con él y solo había obtenido tartamudeos.

No inspiraba mucha confianza, pero, como me solía pasar, cuanto más ansioso parecía él, menos ansiosa me sentía yo.

Me ocurría a menudo. Si alguien estaba temblando de miedo, yo me quedaba quieta como una estatua.

¿Quizá le estaba contagiando mi angustia?

O tal vez sabía que si ellos tenían miedo, yo debía ser valiente.

Y ahora mismo, con el peso de la ley cayendo sobre mí, necesitaba ser muy valiente.

—Diecinueve años. Estudiante en la Universidad de Cape Town. Vive sola. Sin personas a su cargo —el magistrado continuó leyendo un expediente.

No era como los dramas judiciales de la tele.

Para empezar, no había jurado. En Hope City no se utilizaban jurados.

Nada de cámaras. Sin grandes aspavientos.

Solo un guardia de seguridad (al que podría reducir fácilmente si me lo propusiera), un magistrado, un fiscal y mi abogado.

No había público. Mis amigos, Trudie, Pranish y Andy, estaban todos ocupados haciendo el mismo examen.

Con suerte, esta farsa de caso se habría resuelto para cuando llegaran mis exámenes.

Siempre podía presentarme a una convocatoria extraordinaria, pero eso requería papeleo. Odio el papeleo.

—El 21 de abril, usted asesinó a un tal Jeremiah Cox con un cuchillo que entregó como prueba. ¿Se ha declarado culpable?

—Sí —dije. Bueno, lo hice. No iba a escapar de ese hecho, por mucho que quisiera. Maté a un hombre. Un hombre que se lo merecía. Después de todo, había estado liderando un ejército de zombis para destruir mi campus. Había que acabar con él, o de lo contrario habrían muerto muchísimas personas más.

Pero no dejaba de ser un humano. Antes de él, nunca había matado a un humano.

Había matado a muchas cosas que antes lo fueron.

Muchos zombis y necrófagos que parecían bastante humanos.

Pero no lo eran. Y eso importaba. Había matado a Jeremiah Cox, un nigromante, y a ojos de la ley, yo era una asesina.

—Mi... e... cliente —comenzó mi abogado. No pude evitar una mueca. Quizá debería hablar yo. No me iría mucho peor.

—Espero que este bergante tenga algo más bajo la manga que un debilitante impedimento del habla —dijo Treth, el espíritu caballeresco y voz en mi cabeza. Resistí el impulso de sonreír ante el comentario. No me vendría bien para el caso sonreír en un juicio por asesinato.

—Mi cliente —repitió mi abogado, con mucha más fluidez.

Quizá sus nervios se estaban asentando por fin—.

Se estaba defendiendo de Jerem... Jeremiah Cox.

Me gustaría... recordar al tribunal que el señor Cox era un nigromante confeso, y responsable del ataque del 21 de abril a la Universidad de Cape Town.

Un ataque que, de... debo recordar al tribunal, resultó en la muerte de treinta y cinco personas.

Esas treinta y cinco personas también pesaban en mi conciencia.

Yo me había enemistado con Jeremiah. Él había atacado la UCT por mi culpa.

Para vengarse de mí por destruir sus planes.

Aunque no podía culparme razonablemente por las acciones de los monstruos, me sentía en parte responsable. Siempre lo haría.

—Las acciones de Jeremiah Cox son irrelevantes para este caso —respondió el fiscal—.

Los ciudadanos particulares no tienen derecho a impartir su versión de la justicia.

Esta es una nación de leyes y los vigilantes se oponen a esa ley.

La señorita Drummond no tenía derecho a tomarse la justicia por su mano.

¡Les parecía perfectamente bien cuando matábamos monstruos, incluso a los conscientes, pero que no se te ocurriera pisotear la prerrogativa de los policías de arrestar a humanos o que el Segador se apiade de tu alma !

—Debo recordar al fiscal —dijo el magistrado— que, si bien el vigilantismo es ilegal, las acciones de Jeremiah Cox son relevantes para el caso que nos ocupa.

—Gra... gracias, señoría. Las acciones de Jeremiah son profundamente relevantes.

No solo era un criminal cuya muerte detuvo la masacre en el campus, sino que también estaba amenazando directamente la vida de la señorita Drummond.

Mi cliente actuó en defensa propia, un principio considerado sacrosanto por el Espíritu de la Ley.

Mi abogado se refería, por supuesto, al espíritu semiconsciente que regía la constitución de Hope City.

Un ser elemental creado mediante legimancia solo unos años después del Cataclismo, el evento que trajo la magia y los monstruos a nuestro mundo.

Mantenía a raya al Consejo de la ciudad y establecía un conjunto inalterable de principios legales para gobernar el estado de derecho en la ciudad.

—Si se refiere a la amenaza que el ejército de Jeremiah representaba para el campus, entonces la señorita Drummond estaba en su derecho de eliminar a los no muertos, pero no de extender ese ataque al propio nigromante.

La nigromancia puede ser reconocida como magia oscura, pero sus practicantes no son considerados humanos de segunda categoría.

Tienen derecho a un juicio justo, y no a ser ejecutados por una aspirante a cazadora de monstruos.

Apreté el puño, pero antes de que pudiera replicar, el magistrado lo hizo por mí.

—Por favor, retire esa última declaración.

—Retirada, señoría.

¡Como si con retirarla bastara! Un caso de farsa. Todo una farsa.

—Señoría —dijo mi abogado—, me gustaría llamar a mi primera testigo al estrado.

El magistrado asintió y señaló hacia el estrado. Oí que las puertas se abrían detrás de mí y el ruido sordo de unas botas sobre el viejo suelo de madera. Miré hacia atrás desde mi posición en la silla del acusado y vi a una mujer a la que reconocí.

Tenía unos treinta años. Pelo rubio corto, estilo pixie.

Gafas de montura gruesa. Llevaba una túnica blanca y azul sin mangas con un caduceo blasonado en el frente.

Sus brazos estaban marcados con cicatrices de runas en cursiva.

Pranish probablemente reconocería de qué lengua primordial se trataba.

Yo solo sabía que era una de las buenas.

Esta mujer era sanadora y maga de purificación, y trabajaba de algún modo con Drakenbane, una agencia de cazadores de monstruos que me había ayudado en el campus.

Ella había estado allí y había usado el hechizo que marcaba sus brazos para ahuyentar a una horda de no muertos.

La última vez que la vi, sus esfuerzos mágicos le habían dejado los ojos oscurecidos y restos de vómito en la barbilla y el pecho.

La sanadora tomó asiento en el estrado y mi abogado se acercó a ella.

—Su nombre, edad y profesión, por favor.

—Cindy Giles. 33 años. Sanadora Auxiliar y especialista en purificación para la Agencia Drakenbane. Miembro de la Asociación de Heiligeslicht.

—Gracias —mi abogado se giró hacia mí y hacia la sala casi vacía—.

Cindy Giles se especializa en comprender y eliminar el uso de magia oscura.

En sus funciones en Drakenbane, también actúa como especialista forense en magia.

Estuvo presente durante los ataques del 21 de abril y estudió la escena en Jammie Hall, incluido el cuerpo de Jeremiah Cox.

Señorita Giles, ¿podría decirle al tribunal qué encontró?

—Además de los rituales nigrománticos ya establecidos y los rastros de hechizos de reanimación en el aire, el cuerpo de Jeremiah Cox poseía la esencia inequívoca de un encantamiento inacabado. Estaba en proceso de lanzar un hechizo cuando murió.

—¿Puede decir de qué tipo de hechizo?

Cindy asintió. Con rostro serio, pero tono calmado. Debía de estar acostumbrada a estar en los tribunales. Como experta forense, no le quedaba otra.

—Es increíble que la gente pueda hacer cosas así —dijo Treth—. Podríamos haber detenido a las cábalas de nigromantes hace décadas si hubiéramos podido detectar su magia.

—El hechizo era un encantamiento oscuro de la variedad de corrupción. Era un hechizo de descomposición de alto nivel.

—¿Puede decirle al tribunal qué habría logrado este hechizo si se hubiera completado el encantamiento, señorita Giles?

Mi abogado ya le había cogido el ritmo a la situación. Debía de sentirse más seguro de que podía ganar esto. Su tartamudeo había desaparecido, reemplazado por una sonrisa sutil pero confiada.

—Si el hechizo se hubiera lanzado por completo —Cindy vaciló, me miró y luego continuó—, la víctima habría sufrido un sangrado interno, seguido de una putrefacción acelerada de las extremidades, hasta que sus órganos vitales finalmente fallaran y muriera.