Capítulo doce #3
—El equipo de la fundación aprobó la distribución.
—El equipo de la fundación también puso a ocho personas en una mesa para seis anoche.
Alfred se detuvo.
—¿De verdad vas a seguir?
Sara sonrió.
—Hasta que estés de acuerdo.
Él me miró.
—No digas nada.
Levanté ambas manos.
—No pienso meterme.
—Cobarde —dijo Sara.
—Con experiencia.
Alfred suspiró.
—Entrada lateral. No la principal.
Sara lo pensó un par de segundos.
—Trato hecho.
—Eso no fue una negociación. Acabo de decidirlo.
—Por supuesto.
Le dio un beso en la mejilla.
—Gracias.
Alfred siguió caminando, murmurando algo sobre haber creado su propio problema.
Sara lo observó hasta que desapareció en el despacho.
—¿Ves?
—Conseguiste la mitad de lo que querías.
—Quería que cambiara de opinión.
—Así que ganaste.
—Exacto.
Parecía satisfecha.
Eso era Sara.
Un no rara vez daba por terminada una conversación si ella aún veía margen para insistir.
—Tienes una pinta horrible —dijo.
—Buenos días a ti también.
—¿Dormiste?
—Sí.
—Suena a mentira.
—¿Kate y tú habéis hecho el mismo curso de interrogatorio?
Su nombre se me escapó antes de pensarlo.
Sara abrió la carpeta.
—Kate es mejor. Yo no tengo su paciencia para el silencio.
—Me he dado cuenta.
—Llegó temprano, por cierto.
La miré.
Sara no se dio cuenta.
—Rachel me robó a mi mejor amiga a las siete y veinte de esta mañana. Eso debería ser ilegal después de un evento.
—¿Dónde están?
La pregunta salió demasiado rápido.
Sara levantó la vista de la carpeta.
—En la sala de edición, creo.
Me quedé ahí un segundo.
—¿Por qué?
—Por nada.
—Acabas de preguntar dónde estaba.
—Trabajo con ella.
—Tú eres al que están grabando.
—Gracias por la sensibilidad.
Sara sonrió.
—Cuando quieras.
Volvió a la carpeta y se dirigió hacia los ascensores.
Yo fui al vestuario.
No pasé por la sala de edición.
Mason se dio cuenta de algo antes de que terminaran los calentamientos.
Por desgracia.
—Hoy estás raro.
—Lo dices demasiado a menudo.
—Porque cambias de humor constantemente.
Me ajusté el guante.
—A entrenar.
—Estoy entrenando.
—Pues hazlo en silencio.
Patinó a mi lado.
—¿Te has peleado con la fotógrafa?
Lo miré.
Mason sonrió.
—Pillado.
—No nos hemos peleado.
—Entonces es peor.
—¿Por qué sería peor?
—Si os hubierais peleado, sabría cuál es el problema.
—No necesitas saber cuál es el problema.
—Un capitán infeliz afecta a la moral.
—Estoy genial.
—Has lanzado tres discos después del silbato.
—Estoy entrenando.
—¿Rabia?
—Precisión.
Mason me lanzó una mirada que dejaba claro que no se creía nada de eso.
El entrenador hizo sonar el silbato.
Salvado.
Me uní a la fila.
Kate estaba cerca de las bandas.
La vi en cuanto me giré.
Pelo recogido.
Chaqueta negra de producción.
Cámara en las manos.
Me miró.
Asentí.
Eso fue todo.
El cambio en su expresión fue mínimo.
Demasiado lejos para leerlo.
Volví a centrarme en el ejercicio.
Durante el entrenamiento, hice exactamente lo que tenía que hacer.
Aguanté más en el contacto.
Recibí dos golpes fuertes por el lado derecho.
Ninguno me devolvió la sensación del partido anterior.
En el tercero, mantuve el disco y le pasé a Mason.
Anotó.
Mientras volvíamos hacia el centro del hielo, me dio un golpe en el casco con el guante.
—¿Ves?
—¿Qué?
—No te has muerto.
—Gracias por el diagnóstico médico.
—Para eso estoy.
Miré hacia las bandas.
Kate tenía la cámara levantada.
Esta vez, se lo permití.
Después del entrenamiento, Rachel entró en el vestuario.
—Necesito a Jack veinte minutos.
Mason me señaló.
—Llévatelo.
—Muy generoso.
—Tengo el almuerzo esperando.
Rachel lo ignoró.
—Vamos a grabar un seguimiento de la entrevista del partido. También algo del metraje del entrenamiento de hoy.
Cogí mi toalla.
—¿Ahora?
—Después de que te duches.
—Genial.
Se fue.
Mason esperó a que se cerrara la puerta.
—¿Con Kate?
—Probablemente.
—¿Quieres que vaya?
—¿Para qué?
—Apoyo emocional.
—Quiero que desaparezcas.
—Eso también puedo hacerlo.
Cogió su bolsa.
—Buena suerte.
Le tiré la toalla.
Habían montado la entrevista en una sala más pequeña de la planta administrativa.
Cuando entré, Kate estaba ajustando una silla mientras un asistente comprobaba el sonido.
Me vio.
—Hola.
—Hola.
Sin sonrisa.
Sin bromas.
Me senté.
Kate volvió al material.
—Vamos a comparar algunos momentos de ayer con los de hoy —explicó—. No hace falta volver a hablar de la lesión.
—Vale.
Me miró.
Quizá esperaba algo más.
No se lo di.
El asistente me enganchó el micrófono a la camisa.
Rachel entró, habló del material durante dos minutos y salió a atender una llamada.
Kate empezó la entrevista.
Preguntó por el entrenamiento.
Por el contacto.
Por cómo habían cambiado mis decisiones con el disco.
Respondí.
Sin evasivas.
Sin convertir ninguna pregunta en algo personal.
A los diez minutos, Kate se detuvo.
—Hoy esperaste el contacto.
—Sí.
—¿Fue consciente?
—En algunas jugadas.
—¿Y en las otras?
—Simplemente jugué.
Asintió e hizo una anotación.
—¿Mejor?
—Mucho.
Me sostuvo la mirada un segundo.
—Bien.
Volvió a mirar el cuaderno.
—Creo que tenemos suficiente.
El asistente dejó de grabar.
Me levanté.
—Perfecto.
Kate también se puso de pie.
—Jack.
Me detuve.
—¿Qué?
Miró al asistente, que había empezado a desmontar una de las luces.
—Nada.
—Vale.
Cogí mi botella de agua.
—Nos vemos luego.
Me fui.
No me gustó.
Pero me fui.
Llegué al final del pasillo antes de oírla.
—Jack.
Di dos pasos más antes de detenerme.
Kate venía detrás de mí.
Con la cámara todavía colgada del hombro.
—Estás haciendo esto a propósito.
—¿Haciendo qué?
—Esto.
—Vas a tener que ser más específica.
Me alcanzó.
—Estás actuando raro.
—Interesante, viniendo de ti.
Kate cruzó los brazos.
—¿Estás enfadado?
—No.
—Pareces enfadado.
—Estoy haciendo lo que me pediste.
—No te pedí nada.
La miré.
—Me lo pediste varias veces.
Se quedó callada.
Una mujer salió de una oficina cercana con una pila de papeles.
Esperamos a que pasara.
—Dije que eso no podía volver a pasar —dijo Kate.
—Lo recuerdo.
—Entonces, ¿por qué parece que me estás castigando?
Eso me irritó.
—No te estoy castigando.
—Apenas me miraste hoy.
—¿Eso es un castigo?
—No es lo que quise decir.
—Entonces explícate.
Kate se abrazó a sí misma con más fuerza.
—Sabes perfectamente lo que estás haciendo.
—Sí.
Esperó.
—Voy a dejar de perseguirte.
Dejó caer los brazos.
—¿Dejar de qué?
—De perseguirte.
El silencio se alargó más de lo que esperaba.
—Nunca te pedí que me persiguieras.
—Lo sé.
—Jack…
—Kate, me gustas.
Las palabras salieron solas, lo que las hizo más sencillas de lo que quizá deberían haber sido.
Se me quedó mirando.
Seguí hablando antes de que la conversación tomara otro rumbo.
—Me gusta hablar contigo. Me gusta tenerte cerca. Quiero volver a besarte, y he pensado en esa pared más veces de las que debería.
Casi esbozó una sonrisa.
—Pero sigues diciéndome que esto no puede pasar.
—Porque no puede.
—Así que te escuché.
—No es tan simple.
—Sé que no es simple.
Kate pasó los dedos por la correa de la cámara.
—No lo parece.
—Que no esté de acuerdo contigo no significa que no lo entienda.
Apartó la mirada.
—No lo entiendes.
—Entonces ayúdame.
Kate guardó silencio unos segundos.
—No puedo contarte cosas que son de Sara.
—No te lo pedí.
Me miró de nuevo.
—Pero quieres saber por qué me importa tanto.
—Quiero entenderte a ti.
Eso la detuvo.
Apoyé un hombro contra la pared.
—Ya me di cuenta de que no es solo una amiga que conociste en el colegio.
Kate miró el suelo entre nosotros.
—Los Bennett estuvieron ahí cuando mi familia no lo estuvo.
No pregunté qué significaba eso.
Continuó.
—Sara estuvo ahí cuando casi no tenía a nadie en quien confiar. Su casa se convirtió en un sitio al que podía ir sin tener que explicar por qué necesitaba quedarme.
Recordé la historia de la bicicleta.
Sara apareciendo con dos.
—Entonces esto no es porque creas que ella tiene algún derecho sobre mí.
—Nunca fue por eso.
—Lo sé.
Kate alzó la vista.
—¿Lo sabes?
—Me lo has dicho de diez formas distintas.
Parte de la tensión se le fue de los hombros.
—Entonces entiendes por qué no puedo simplemente…
Se detuvo.
—¿Qué?
—Fingir que esto no le hará daño.
—Nunca fui de Sara, Kate.
Cerró los ojos un segundo.
—Lo sé.
Eso me sorprendió.
—Entonces, ¿por qué me miras como si estar conmigo significara robarle algo?
—Porque no se trata de robarte a ti.
—Entonces, ¿de qué se trata?
Kate tardó en responder.
Cuando lo hizo, su voz sonó queda.
—Se trata de que sea yo.
Esperé.
—Si fuera otra mujer, la escucharía quejarse, tomaría vino con ella, la dejaría hablar mal de esa mujer durante una semana y luego intentaría convencer a mi mejor amiga de que pasara página.
Apretó la mano en la correa de la cámara.
—Pero soy yo.
Entonces entendí un poco más.
Tal vez no todo.
—Confió en ti.
Kate asintió.
—Con esto también.
Me froté la nuca.
—De acuerdo.
Pareció molesta.
—No digas «de acuerdo» así.
—¿Así cómo?
—Como si lo hubieras resuelto.
—No lo he hecho.
Me acerqué un poco más sin tocarla.
—Solo lo entiendo mejor.
Kate se quedó quieta.
—Y aún crees que estoy equivocada.
—Creo que estás en una posición terrible.
Casi sonrió.
—Gracias.
—Y creo que estás intentando resolver sola algo en lo que hay tres personas.
La sonrisa desapareció.
—Sara no lo sabe.
—Exactamente.
—No voy a decirle que te besé solo para sentirme mejor y destrozarla.
—No te pedí que lo hicieras hoy.
—Pero lo harás.
—Tal vez.
Negó con la cabeza.
—Ese es el problema.
—No, Kate. El problema es que sigues decidiendo mi papel en esto antes de que pueda hacerlo yo.
—¿Tu papel?
—Me besas. Me alejas. Te pones celosa cuando otra mujer me toca. Y luego decides que tengo que aceptar desaparecer porque es mejor para todos.
—Nunca dije que fuera mejor para ti.
—Bien. Al menos estamos de acuerdo en eso.
Se mordió el interior de la mejilla.
Ya conocía ese gesto.
—No voy a presionarte para que me cuentes nada sobre Sara —dije—. Y no voy a intentar convencerte de que ella no importa.
Kate me miró.
—¿Pero?
—Pero no voy a seguir ofreciéndome a alguien que me trata como algo que necesita evitar.
Las palabras quedaron flotando entre nosotros.
Kate abrió la boca.
No salió nada.