Capítulo Ocho #2
A veces me sujetaba el codo cuando empezaba a perder el equilibrio.
En un giro, me incliné demasiado y me atrapó por la cintura, girando conmigo hasta que ambos nos detuvimos.
Me reí tan fuerte que casi me caigo otra vez.
—Eso fue culpa tuya.
—Entraste en el giro como si huyeras de la escena de un crimen.
—Me dijiste que siguiera el movimiento.
—Seguirlo. No atacarlo.
—Diferencia mínima.
—No para un cirujano ortopédico.
Todavía me estaba riendo cuando me di cuenta de que Jack me observaba.
—¿Qué?
Negó con la cabeza.
—Nada.
—Nunca es nada.
—Te estás divirtiendo.
Bajé la mirada hacia el hielo.
—Quizá.
—Eso fue prácticamente una confesión.
—No lo arruines.
Jack empezó a patinar hacia atrás otra vez.
—Entonces vamos.
—¿Otra vez?
—Más rápido.
—No.
—Confía un poco en mí.
—Esa palabra se ha usado de forma irresponsable desde que llegué aquí.
—Kate.
Lo miré.
—Dobla las rodillas y deja de intentar controlar cada centímetro.
—Fácil decirlo cuando llevas haciendo esto desde niño.
—Exacto.
Le tomé las manos.
Jack aceleró.
El aire frío me golpeó en la cara.
El miedo llegó primero.
Durante unos segundos.
Luego desapareció.
Me reí.
Él también.
Cruzamos casi toda la pista.
Cerca del otro lado, Jack redujo la velocidad y me guio en un giro amplio.
Mi cuerpo lo siguió de verdad.
Me detuve, sin aliento.
—Otra vez.
Arqueó una ceja.
—¿Eso fue una petición?
—No hagas un drama.
—Lo oí claramente.
—Vamos.
La segunda pasada fue mejor.
En la tercera, Jack me soltó las manos a mitad de camino.
No me di cuenta hasta que ya había recorrido varios metros.
—¡Jack!
—Sigue.
Extendí los brazos ligeramente.
El hielo se deslizaba bajo mis patines.
Durante unos segundos, realmente funcionó.
La sensación fue tan buena que cometí el error de buscarlo con la mirada.
La cuchilla se me enganchó mal.
Perdí el equilibrio.
Jack estuvo a mi lado antes de que llegara al hielo.
Me atrapó por la cintura con una mano, pero nuestro impulso nos llevó hacia las vallas.
Mi cuerpo chocó contra la barrera acolchada.
Jack se detuvo antes de golpearme.
Terminó con una mano apoyada junto a mi cabeza y la otra alrededor de mi cintura.
Yo me estaba riendo.
Él también.
—¿Esto formaba parte de la lección? —pregunté.
—No.
—Excelente profesor.
—Miraste hacia atrás.
—Para ver dónde estabas.
—Y me encontraste.
Seguía sonriendo cuando me di cuenta de lo cerca que estábamos.
Jack también dejó de reír.
Su mano permaneció en mi cintura.
Cuando me moví para acomodarme sobre los patines, sus dedos se apretaron ligeramente.
Miré su boca.
Esta vez no fingí que había sido un accidente.
Jack bajó la cabeza.
Mi mano subió por su pecho.
La tela era suave bajo mis dedos.
Seguí hasta alcanzar su nuca.
Jack se quedó inmóvil.
Su aliento rozó mi rostro.
Entonces me besó.
El primer contacto fue lento.
Su boca permaneció contra la mía unos segundos antes de apartarse lo justo para dejar aire entre nosotros.
Lo atraje de vuelta por el cuello.
El segundo beso fue diferente.
Más profundo.
Su mano se deslizó desde mi costado hasta el centro de mi espalda, atrayéndome contra él mientras su boca se abría sobre la mía.
El frío de la pista desapareció.
Una mano permaneció en su pelo.
La otra se deslizó por su pecho y agarró su camiseta a la altura del vientre.
Jack inclinó la cabeza.
Su lengua se encontró con la mía y se me escapó un gemido antes de poder evitarlo.
Sus dedos se apretaron en mi espalda.
Mi patín resbaló.
Me agarré a su hombro para no caerme.
Jack sonrió contra mi boca.
—No te rías.
—Estás intentando tirarme.
—Son los patines.
—Por supuesto.
Lo besé antes de que pudiera terminar.
La risa desapareció.
Su mano llegó a mi nuca, ralentizando el beso.
Su pulgar acarició la piel bajo mi oreja.
Debería haber odiado lo fácil que me desarmaba con ese contacto.
En cambio, incliné la cabeza.
Besó la comisura de mi boca y siguió la línea de mi mandíbula.
Cerré los ojos cuando su boca tocó mi cuello.
—Jack…
Se detuvo.
Algo en mi voz había cambiado.
Levantó la cabeza y me besó de nuevo.
Breve esta vez.
Cuando se apartó, permanecimos cerca.
Mi mano seguía en su pelo.
—Besas mejor de lo que patinas —dijo.
Se me escapó una risa antes de poder evitarlo.
—Acabas de arruinar el momento.
—Pensé que era un cumplido.
—Pésimo cumplido.
—Sigue siendo verdad.
—Idiota.
Le agarré la camiseta y lo besé de nuevo.
Rápido.
Pero lo hice.
Cuando me aparté, no había excusa que valiera.
Mi móvil sonó desde dentro de la mochila, en el banco.
El sonido era débil, casi perdido en la inmensidad del estadio.
Me quedé rígida.
Jack lo notó de inmediato y me soltó la cintura.
Pensé en Sara antes siquiera de saber quién había enviado el mensaje.
Bajé la vista al hielo.
—Necesito salir de aquí.
—Vale.
La facilidad de su respuesta me hizo mirarlo.
Se pasó una mano por el pelo, desordenándolo aún más de lo que ya habían hecho mis dedos.
—Solo no me digas que fue un accidente.
Tragué saliva.
—No lo fue.
Sostuvo mi mirada.
—Lo sé.
Mi pecho seguía subiendo y bajando demasiado rápido.
—Pero no puede volver a pasar.
Jack tardó unos segundos en responder.
—Si eso es lo que quieres.
No había ironía en su voz.
Ese era el problema.
Aparté la mirada.
—Ayúdame a salir del hielo.
Permaneció a mi lado todo el camino de vuelta y me sujetó la espalda dos veces cuando perdí el equilibrio.
Sin comentarios.
Ningún intento de continuar la conversación.
Me senté en el banco y empecé a desatar los cordones.
Mis dedos temblaban más de lo que deberían.
Jack se quitó los patines en el otro extremo.
—¿Siempre haces eso?
—¿El qué?
—Poner esa cara antes siquiera de haberte quitado los patines.
Solté un cordón.
—No me arrepiento.
Jack se detuvo.
Me di cuenta de lo que había dicho.
No sonrió.
—Lo sé.
Lo miré.
Jack volvió a concentrarse en su patín.
Eso fue peor que si hubiera hecho una broma.
Me puse las zapatillas y cogí la mochila.
El teléfono vibró de nuevo.
Sara.
Abrí el mensaje.
Mi madre quiere saber si vienes a comer el domingo.
Apareció otro mensaje antes de que pudiera responder.
Le dije que sí porque obviamente le caes mejor que yo. No me hagas quedar como una mentirosa.
Sonreí.
Luego llegó una foto de Helena en la cocina, con una caja de postre en las manos.
Compró esa cosa de limón que te gusta. Soborno barato pero efectivo.
Me quedé mirando la pantalla más tiempo del necesario.
—¿Todo bien? —preguntó Jack.
Bloqueé el teléfono.
—Sí.
Estaba guardando los patines.
No preguntó quién era.
Me colgué la mochila al hombro.
—Debería irme.
Casi había llegado a la puerta cuando lo oí.
—Kate.
Me di la vuelta.
Estaba apoyado en el banco con los zapatos en una mano.
—Todavía me debes una reseña de la lección.
—Terrible.
—Mentirosa.
—El instructor es demasiado creído.
—Eso ya venía en los requisitos.
Negué con la cabeza.
—Buenas noches, Jack.
—Buenas noches.
Me fui antes de que encontrara otra excusa para retenerme.
En el parking, subí al coche y dejé caer la mochila en el asiento del copiloto.
El pabellón se reflejaba en el parabrisas, demasiado blanco contra el anochecer.
Cogí el teléfono.
Sara había enviado otro mensaje.
Y trae vino. Mi padre compró algo horrible la semana pasada y ahora finge que entiende de vinos.
Respondí.
Voy. Llevaré vino.
Apareció un corazón casi de inmediato.
Me quedé mirándolo unos segundos.
Todavía tenía los labios sensibles.
Cuando me pasé la lengua por el labio inferior, recordé la mano de Jack en mi nuca y tuve que dejar el teléfono en el asiento.
Arranqué el coche.
En el primer semáforo en rojo, el teléfono vibró.
Jack.
Quince minutos.
Fruncí el ceño.
Llegó otro mensaje.
Dijiste quince minutos. Estuvimos ahí fuera casi una hora.
Me mordí el labio para no sonreír.
El instructor habla demasiado.
Su respuesta llegó con el semáforo aún en rojo.
Pero besa bien.
Me quedé mirando la pantalla.
Escribí una respuesta.
La borré.
Intenté otra.
También la borré.
El semáforo se puso en verde.
Dejé caer el teléfono en el asiento antes de que alguien detrás de mí empezara a tocar el claxon.
Vibró de nuevo unos minutos después.
No lo cogí.
Aun así, pasé todo el trayecto demasiado pendiente de aquel teléfono a mi lado.